13 de octubre de 2011

Australia - Blue Mountains


Menos azul y más verde

Algo de música para acompañar esta excursión, ya os presenté a Slim Dusty, una gloria nacional ya desaparecida, que ahora nos canta una canción del saludo típico aussie: G’day (una abreviación de Good day).


Nos retrotraemos a la noche de nuestro primer día en Sydney. La meteorología es mucho más favorable de lo que nos pensábamos, estamos frescos como para caminar, así que decidimos que el día siguiente nos iríamos de excursión, para lo que entramos en un pequeño supermercado para comprar fiambres y pan de molde para hacer unos sándwiches e ir directamente a la marcha, sin pararnos a buscar algún lugar donde comprar avituallamiento. Comida, frutos secos, algo de chocolate, agua, muchas ganas…mochila preparada. 

Desde donde se encuentra nuestro hotel todo se mueve en torno al Circular Quay, ahora el tren, City Rail, que comunica barrios de la ciudad y también con poblaciones de Nueva Gales del Sur. El tren que tomaremos sale desde Central Station y el billete vale para llegar hasta allí desde Circular Quay en la línea City Circle y luego tomar el de las afueras. Aunque la pelea con el taquillero y su inglés fue tremenda, ni él nos entendía ni nosotros le entendíamos a él, hasta que al final comprendimos que hasta las ocho no podía vender billetes de ida y vuelta, a falta de quince minutos decidimos esperar. 

Tras un viaje de dos horas en un tren de dos pisos con los asientos cambiables de dirección y algo incómodos y aburridos, llegamos a Katoomba. 


La ciudad fue creada a finales del siglo XIX para alojar a los mineros que llegaron a la zona. En sus calles edificios de este pasado, bancos reconvertidos para otros usos como hoteles o cafés, algunos recuerdan al Oeste, tal y como ocurría en Nueva Zelanda y otros edificios  son estilo art déco. 


Lo primero que hacemos al salir de la estación es comprar unos billetes para el autobús Hop on Hop off que recorre la zona, Explorer Bus, (ahora Sightseein Bus). Se puede comprar el billete combinado de tren-autobús en Sydney pero no teníamos muy claro si utilizaríamos o no el autobús porque nuestro idea básica es caminar, pero una vez allí preferimos tener los billetes en nuestro poder porque hemos comenzado tarde la excursión con lo que tendremos que tomarlo para evitar caminatas y acercarnos a los lugares. Además también compramos el pase al Scenic World, del que ya iremos conociendo su mundo escénico. 

Las paradas están muy bien señalizadas, aunque siempre hay que recordar que aquí se circula por la izquierda, con lo que hay que tomar la acera correcta. Al principio caminamos para conocer algo de la ciudad y cuando estamos más lejos, las casas comienzan a dejar de estar concentradas, pasando de ser del siglo XIX al XX y decidimos esperar el autobús en la parada 5, al lado de una galería de arte. 

Aparte de los autobuses también hay otro medio de transporte que hace un recorrido similar, que rememora el pasado, un trolley-tranvía sin electricidad. Las paradas de ambos son bastante similares.


Hemos venido a Katoomba porque es la puerta de entrada más conocida y fácil al Parque Nacional de Blue Mountains, que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. Este paisaje tardó 250 millones de años en configurarse y la zona fue el lugar de comunidades aborígenes durante 14.000 años, siendo su terreno rocoso una barrera contra los recién llegados colonos. Aunque las montañas no superan los 984 m de altura y hoy no serían consideradas difíciles de pasar, hasta 1813 Lawson, Blaxlanda y Wentworth no lograron atravesarlas para abrir ruta en busca de pastos. 

El nombre de  Blue corresponde a la tonalidad azul que proporciona los eucaliptos que pueblan las montañas, porque el aceite que desprenden al refractarse con el sol producen ese color, pero ni de lejos ni de cerca nosotros percibimos el azul, sino la marea verde. 

Nos bajamos en la parada 9 para acercarnos primero al Cliff View Lookout, desde donde obtenemos una preciosa panorámica del lugar (si unís mentalmente las fotos tenéis la panorámica completa). 



Desde la parada 9 del autobús también parte un sendero de no gran recorrido por el que se llega a las Katoomba Cascades, nuestra primer toma de agua de las montañas, que al tiempo es la parada 10 del autobús.



Desde ellas intentamos seguir lo que parece un camino, cruzándolas, pero más allá todo parece sin camino, o que por lluvias se ha perdido o que se haya abandonado, con lo que desistimos. Subimos de nuevo hacia la carretera y volvemos a intentarlo por arriba, buscamos un mirador de las cascadas, pero ni encontramos un cartel indicador ni un camino que pareciera cierto, con lo que caminamos de nuevo hasta la parada 9 del autobús, sí, como los cangrejos, en lugar de para delante para detrás.

Al lado de esta parada 10 del autobús se encuentra la estación del funicular, Skyway (el primer medio de transporte del Scenic World), que cruza el valle a 270 m de altura. 


No es un viaje largo, 205 m,  pero impresiona la altura a la que nos encontramos, además una vez que estamos en el aire en la mitad de la cabina se abre el suelo, es de cristal, muy rayado y machacado, pero asusta algo ponerse encima de ese cristal y mirar hacia abajo (parece que éste fue el primer funicular con este suelo). 

Aparte del propio paisaje en sí, lo que más capta nuestra atención son las largas Katoomba Falls, a las que es imposible capturar bien y completas; supongo que el pequeño movimiento de la cabina no era favorable al arte de la fotografía y de los recuerdos visuales digitales.


Cuando excursionamos antes desde las Katoomba Cascades lo que queríamos era llegar a un mirador terrestre de esta cascada, que daba la sensación de tener el paso cerrado y suponemos que las vistas de vértigo que debe ofrecer hacia el valle y la cascada deben ser de órdago. 

Desde el skyway se ve la atracción más significativa de estas montañas, pero para llegar aquí y tener una historia que contar debemos utilizar otros transportes y caminar más antes, por eso la dejo en blanco y negro. 


Bajando del skyway hay un centro con cafetería, tienda de souvenirs, baños y la entrada al Scenic Railway, un tren vertiginoso que se construyó en 1880 para transportar a los mineros hasta el fondo del valle. Es la línea férrea más inclinada del mundo (eso dicen), con 52º, y nos pilla de improviso todo: la música, Indiana Jones (risas totales), la pendiente, que hace que tengamos que apretar con fuerza con las piernas (es totalmente seguro) y las vistas hacia nuestra izquierda. Cuando llegamos el encargado nos preguntó si queríamos ir en primera línea, y así hicimos. Lo siento, no hay fotos ni vídeo, sólo de la valla enrejada que nos protegía de no caernos. Se nos hizo muy corto el trayecto pero fue muy divertido. 


Internet lo tiene todo: la música, las risas, el desencanto del final pero no se capta la inclinación en la que bajas en la primera parte sobre todo. 


Al bajar del tren se pueden hacer varias excursiones. Elegimos una de las cortas, que podría ser más larga, el Federal Pass, que a su vez se bifurca en la Furber Steps, que conduce desde abajo del valle hasta arriba, en un ascenso que tiene que resultar sobrecogedor y algo extenuante, pero sin dudas gratificante. Una pena tener solo un día en la zona y tener que estar continuamente eligiendo perderse o no. 
Como curiosidad hay un aviso de que se sale de las instalaciones del Scenic World y que lo pase más allá de la puerta batiente no es responsabilidad suya. Entramos en el Parque Nacional, bajando hacia el valle. 


Conocemos a parte de sus habitantes arborícolas, como el Turpentine Tree, un grandioso árbol que puede llegar a medir 30 m de altura, y que de anchura es imposible de abrazar. 


Nuestro pequeño paseo termina en una pequeña cascada, casi como una fuente.


¿Para esto hemos venido? No, por supuesto que no, desde aquí también se pueden ver en toda su caída impresionante las Katoomba Falls; ya que no hemos podido verlas desde arriba nos conformaremos con verlas desde abajo. 


También vemos el Skyway sobre nuestras cabezas, la pregunta sería ¿nos verán ellos a nosotros?


Con pena y con alegría al mismo tiempo volvemos sobre nuestros pasos, aunque nos gustaría seguir y seguir y seguir por este Federal Pass.Durante el camino por el rainforest, que es la vegetación que se encuentra en el fondo del valle, vamos teniendo nuestros flashbacks de los maravillosos paisajes que Nueva Zelanda nos obsequió.


Estamos de nuevo en la estación de tren, ahora tomamos el otro camino, que a su vez se puede hacer de tres formas diferentes: corto (10 minutos), mediano (30 minutos) y largo ( 50 minutos) recorrido. Por supuesto elegimos el largo, que puede llevar algo más de media hora que aparte de british, amazing, just in case, otra frase muy repetida entre nosotros y después del viaje para explicar lo que hemos hecho ha sido “ya que estamos aquí”. Es el que llaman Scenic Walkway, y por este no se paga nada, ya se ha pagado por el World en su totalidad. 
La primera parte de este camino es por la historia de los mineros, con dioramas, instrumentos, restos de su presencia que parecen más chatarra si no fuera por los carteles explicativos de los usos (tanque de agua, tuberías, tanques sépticos, remolques), una escultura…




Al tiempo vamos conociendo sus árboles, los eucaliptos que le dan nombre, que surgieron cuando los mineros abandonaron esta zona en 1895. Parte del camino está con pasarelas, así no hay forma de perderse, aparte de que también hay cruces con indicaciones.Cuando las ramas y los árboles despejan un poco asoman las formaciones rocosas y la catarata espectacular. 


Las ramas de los árboles juegan a ponernos trampas aunque dan ganas de jugar a Jane con ellas -siempre y cuado aparezca un Tarzán-.


En el camino hay una cabaña, una recreación de dónde y cómo vivían los mineros.


Lo que nos rodea es vegetación de varios tipos: arbustos, helechos, eucaliptos, árboles de nombre desconocido para nosotros…




Un árbol tiene una pequeña pasarela para llegar a él, su tronco está hueco y han habilitado dos asas para tumbarse, asirse a ellas y mirar hacia las alturas.


También conocemos un árbol conocido como Lilli Pilli (no conozco su familia ni sus apellidos mundanos), de gran altura, del que se presupone acabará cayendo por no poder soportar las raíces su peso. 


Este paseo termina en la estación del cableway, un teleférico que desde el fondo del valle lleva hasta arriba, del que se disfrutan vistas nuevamente de las montañas y del valle a sus pies. Con esto hemos utilizado todos los transportes incluidos en el Scenic World. 


En el centro del Scenic World se halla la parada 12 del autobús, que volvemos a tomar para bajar en la parada 15, el Honeymoon Lookout. 


Lo que hacemos es caminar por el Cliff Walk (Camino del Despeñadero, que como su nombre indica va bordeando la montaña), donde siguen apareciendo nuevos miradores.


Hacia abajo un inmenso mar verde, que cuando los eucaliptos desprendan el aceite azul si puede parecer un auténtico mar. 


Con nuevos miradores donde asomarse con toda seguridad. 


Siguiendo por Cliff Walk hay una bifurcación, la Giant Starway, unas escaleras, de momento hacia abajo, pronunciadas que atacamos con fuerza y decisión. Estas escaleras acaban enlazando primero con la ruta del Dardanelles Pass y finalmente con el Federal Pass, aquel que cogimos para ver las Katoomba Falls desde abajo, todo comunicado con todo.

Tras un pequeño tramo se obtiene una recompensa inmensa, la cara posterior de las montañas famosas que hemos visto en blanco y negro, Three Sisters, Las Tres Hermanas –cuya historia dejamos pendiente pero ya a todo color-, a la más cercana se puede acceder a través de una corta pasarela. 


Seguimos bajando por la escalera Giant Starway y los tramos de escaleras se alternan entre escalones de metal y escalones de piedra desnivelados; se nota que la ruta no es excesivamente transitada. 


La ruta promete pero utilizamos el sentido común, aunque más adelante lo perderemos un poco, y no continuamos bajando: bajar es fácil, cuestan los escalones pero no deja de ser bajada, lo difícil es subir, con lo que nos damos media vuelta y en esta subida consumo fuerzas que no tenía a pesar de mi sonrisa, dejándome las piernas y la respiración. Salimos de nuevo al Cliff Walk y por un camino más llano salimos al punto 14 de la ruta del autobús, el Echo Point, donde hay varios miradores a diferentes alturas desde los que se obtienen vistas del Jamison Valley, que es casi la misma visión que desde el Cliff View Lookout.


Y sobre todo las vistas que todo el mundo viene a ver, a las Three Sisters, que miden 922 m, 918 m y 906 m, formaciones que reciben su nombre de una leyenda aborigen del “tiempo de los sueños”: un jefe tribal convirtió a sus tres hijas en piedra para impedir que fueran secuestradas por sus enemigos (también se menciona a un monstruo, un bunyip), pero el jefe murió durante una batalla y no pudo deshacer el hechizo, condenando a sus hijas a ser piedras para la eternidad. 


La realidad es la que hemos aprendido en los libros de historia natural: la acción del viento y el agua ha moldeado las rocas, ha cortado verdaderos bloques de piedra entre ellas, separándolas y dando rienda suelta a la leyenda. Es más, se supone que al comienzo no eran tres hermanas sino siete, pero los cortes fueron tan profundos que cuatro de ellas acabaron despeñadas en el fondo del valle. 


Son las 15.45 h más o menos, estamos en la parada 14 del autobús y aquí perdemos un poco el sentido común, decidimos hacer una última excursión, hay que terminar de aprovechar el día, con lo que cogemos el autobús hasta la parada 17, y con ello podríamos perder la oportunidad de subirnos al último autobús que recorre la zona, que pasaría por la parada 18 a las 16.45 h. Si se pierde no pasa nada, porque se sale al siguiente pueblo, Leura, al lado de Katoomba, pero esto significará andar más y más. La teoría dice que en una hora se hace el camino, y nos parece asequible. 
Muy cerca caminando se encuentran las Leura Cascades; creo recordar que era un camino a la izquierda de la carretera. 


Emprendemos el camino de bajada por el rainforest, el bosque tropical, para seguir caminando junto a las Leura Cascades, que al igual que las Katoomba no son solo un salto de agua, aunque en este caso no tienen una caída tan espectacular, sino tramos de caída en el bosque.


Pero llegamos a  ver uno de sus pequeños saltos en su recorrido cuando comenzamos a subir nuevamente.


Con la subida he agotado las fuerzas que me quedaban, así que una bifurcación de este camino, que conduce al mirador de las Bridal Veil Falls, decido no tomarla, en principio es de bajada y será fácil pero luego la subida será dura. Nos separamos, yo continúo andando y mi marido intenta bajar, porque si estaban cerca era una pena que no lo intentara solo por mí, pero él también desistió al ver que no aparecían y me alcanzó rápido (supongo que más preocupado por mí que por las dichosas cascadas).

El tiempo corre en nuestra contra, una cosa es que anochezca a partir de las 18-18.30 h y otra cosa es que la oscuridad dentro de este bosque ya se empieza a apoderar; podéis ver el contraste claro-oscuro en la foto, nosotros por supuesto estamos en el oscuro, es una vegetación muy tupida en bastantes ocasiones que no permite entrar la poca luz, el sol comienza a esconderse, y el camino va por el borde de la montaña. 


Y aquí, vagabundeando por estas montañas aparece la flor símbolo del país, la acacia dorada. Australia nos saluda y nos agradece el esfuerzo. 


En las subidas voy completamente desfondada, y mi marido se empieza a preocupar, no sabemos dónde estamos del camino, que además está bastante inexplorado, no es de los caminos que la gente utilice más, no sabemos lo que queda para salir de él ya que no vemos ninguna indicación y le preocupa que nos llegue la noche de repente, no veremos nada y lo que tenemos hacia abajo es una caída de cientos de metros. 


Hay desviaciones en el camino, que ante el mal estado y ninguna indicación no tomamos, hay miradores que aprovechamos rápidamente e incluso quedan fuerzas para esbozar una sonrisa, el paisaje es único. 


Apretamos el paso, yo lo que puedo, nos olvidamos de las impresionantes vistas, de buscar el camino hacia el mirador de las Gordon Falls que era otro de los lugares a visitar y nos concentramos en salir lo más rápido posible de la montaña. 

A las 17.15 h salimos a la parada 18 del autobús, nos hemos saltado la 19 que es la entrada a las Gordon Falls (el autobús hace un giro para estas dos paradas, con lo que los números no se corresponden sucesivamente en el mapa), y los dos respiramos tranquilos, estamos en el pueblo de Leura, hemos logrado salir, eso sí, la caminata ha sido de más de una hora como comentaban en el papel que nos dieron pero también hemos salido una parada más delante de la que recomendaban. 

No hemos terminado de andar, por aquí no pasan autobuses de ninguna clase, hay casas con iluminación pero vida humana en las calles no hay ninguna, lo único que podemos hacer es caminar para llegar hasta la estación de trenes, que todavía nos queda volver a Sydney.


En la estación de trenes comprobamos el horario del tren de vuelta, por aquello de no fiarnos solamente del horario que tenemos en la guía que nos entregaron cuando compramos los pases del autobús y de los que yo había sacado por internet. No tenemos ni ganas de tomar nada ni de buscar nada, solo descansar en los bancos de la estación, además los pocos lugares que hemos visto abierto son para cenas que parecen algo formales y nuestra vestimenta a estas horas del día es cualquier cosa menos formal o casual. Además, durante el día yo me he torcido algo el tobillo derecho y con la última caminata lo he ido rematando al forzarlo y ahora me cuesta mucho apoyar el pie. 


El tren llega y parte a su hora y nosotros llegamos a Sydney y al hotel reventados, pero aún así, después de la ducha bajamos al restaurante del hotel a cenar, que nos lo hemos merecido, aunque esta noche comenzó el calvario por los vinos del país, dos tintos nada buenos. 



9 de octubre de 2011

Australia - Sydney - Manly


Aborígenes muy varoniles 

Nuestra última tarde-noche y anochece en Sydney, pocos lugares a los que poder ir, así que decidimos hacer un nuevo paseo por la bahía, así podremos verla de noche, con la iluminación de sus edificios emblemáticos y de su particular skyline, y de paso visitamos, aunque sea a paso de marcha ligera, la población de Manly, a 11 km de Circular Quay, que es desde donde sale el ferry que tomamos.


Por aquello de disfrutar las vistas nos ponemos a proa, pero hace un aire frío tremendo, con lo que aguantamos el viaje como turistas ansiosos con el riesgo de pillar un constipado (mientras no sea más que eso, que todavía nos queda mucho viaje). De nuevo disfrutamos del Harbour Bridge, de la Sydney Opera House, de la propia bahía y llegamos a Manly.


Manly recibe este nombre por el gobernador Philip, que se quedo como pasmado al ver el aspecto de los varones aborígenes del lugar, manly significa varonil. A finales del siglo XIX se convirtió en una playa frecuentada por los habitantes de Sydney. 
 
La estación de ferries tiene un puesto en el que alguno se podría quedar enganchado, y podría hacer honor al nombre de este sitio, Death by Chocolate. El muelle también tiene sus restaurantes, como todo muelle que se precie de serlo en la actualidad. 


The Corso es la zona peatonal más importante de la localidad, donde se encuentran las tiendas, los restaurantes, los garitos, la marcha…es como entrar en cualquier localidad costera española pero sin tanta animación, supongo que en verano la cosa cambiará a mejor, ahora no deja de ser invierno y de noche. 


Llama la atención uno de las tiendas de alcohol, con un buen arsenal a disposición de los clientes. 


The Corso termina en la playa de Manly, que parece tranquila, pero que nuevamente es de las que toman los surfistas, así que alguna ola que otra seguro que tiene.



Manly ofrece un paseo por la llamada ruta pintoresca, de 9 km, que pinta interesante por las vistas de las playas y los cabos, pero tendrá que ser en otra ocasión. Nosotros volvemos para tomar el ferry de vuelta al centro de la ciudad.

En principio nos ponemos a popa, por aquello de ir resguardados que yo ya voy algo tocada con temblores y escalofríos, pero lógicamente las vistas se tienen mejor a proa, con lo que volvemos al frío con tal de ver y disfrutar -creemos que merece la pena tener la visión diurna y la nocturna de la bahía-.


Por supuesto, el Harbour Bridge.


La Opera House, ahora parece de acero recién afilado.


El payaso de Luna Park más diabólico iluminado, pero ahora apetece mucho entrar entre sus dientes. 


Al llegar a Circular Quay excursionamos para buscar un restaurante para cenar en su muelle, nos acercamos hasta la terminal de pasajeros, pero no hay consenso marital, yo votaba por el clásico fish and chips con algo de categoría pero la escasez de clientes en sus mesas no convenció a mi marido. 


Al final en las Campbell’s Storehouses hay acuerdo, y cenamos en el Waterfront, especializado en marisco, pero las mariscadas que vemos son una fiesta, en la que se incluyen por supuesto ostras, que no son de nuestro agrado, cangrejos o nécoras, de los que solo nos comemos las patas, con lo que en un lugar de marisco pedimos carne, porque en los pescados no hay mucha variedad y la que hay no la terminamos de entender, tampoco vemos mariscos al peso que hubiera sido una alternativa, aunque hubiéramos necesitado un nuevo consenso y ya bastante con uno al día o la noche. El lugar está a rebosar de gente, de murmullo, y de nuevo nos damos con un canto en los dientes con el vino, no hay manera de dar con los buenos australianos, que haberlos haylos y tenemos moral para intentar encontrarlos.


Con esto nuestros paseos por Sydney han finalizado, para nosotros el siguiente día nos movíamos a otra ciudad, pero como para tener continuidad me salté el segundo día de estancia la siguiente entrega será una excursión en los alrededores de Sydney. 

6 de octubre de 2011

Australia - Sydney - King Cross - Alamein Fountain - Darlinghurst - Oxford St


Arco iris en Sydney 

Desde Elizabeth Bay por Maclealy St nos adentramos en el barrio de King Cross, que leyendo la guía como que no apetecería entrar en él: “el barrio chino de Sydney, una extraña mezcla de prostitución, crimen, tugurios de destape, discotecas, locales de comida rápida y drogas duras, con algún que otro hotel internacional…”. Pues aún así el barrio es curioso y sobre todo se nota que la vida circula por sus calles. 

A principios del siglo XIX era un buen barrio, de grandes propiedades, pero durante la década de 1930 se extendió el toque bohemio con alcohol, y tras la guerra de Vietnam llegó el libertinaje y la prostitución, perdiendo sus orígenes de alcurnia, pero a estas horas de la tarde no encontramos casi nada de lo mencionado, que algunas cosas más que verse se anuncian en neón.

La calle desemboca en la Alamein Fountain, que es un punto de reunión de la zona. Fue construida en 1961 para conmemorar el papel del ejército australiano en Tobruk, Libia (ayer y hoy de la mano), y la batalla de El Alamein, Egipto, durante la Segunda Guerra Mundial. Parece que su funcionamiento es tan errático que la llaman la fuente de “me quiere, no me quiere”. 


Una muestra de los locales destinados al sexo (ante este anuncio ¡cómo no hacer una foto!, Porky’s the film fue un hito para una generación de jóvenes).


Desde la fuente tomamos Darlinghurst Road, entrando en el barrio homónimo de Darlinghurst, que es como una pequeña Little Italy con sus cafés, pero nosotros vamos realmente de paso, se ha hecho tarde, visitable no hay nada y decidimos no callejear como nos gusta. En el cruce de Darlinghurst Road con William St un rótulo luminoso al que han hecho famoso, lo comparan con el de Hollywood de Los Angeles, pero la realidad es que no tienen nada que ver, y que no hay nada como el “boca a boca” para que circulen las noticias y se hagan famosos los anuncios.



Nos topamos con una escultura urbana, son como albóndigas negras preparadas en brocheta -admito sugerencias e incluso un tirón de orejas ante mi dejadez en esta ocasión frente al arte urbano-).
 


No falta en el barrio una lavandería, eso sí, señalizada como si fuera una tienda de modas de postín.


Ni tampoco su iglesia, la anglicana St John’s Darlinghurst, hay trapos que se lavan de otra manera. 


La última parte de Darlinghurst Road está delimitada por el largo muro de la Old Gaol, una antigua cárcel que ahora es el National Art School. Como casi todo lo construido en la ciudad, la cárcel también fue construida por los presos. Lindando con ella y conectada con pasajes subterráneos se halla la Darlinghurst Court House. 


Darlinghurst Road desemboca en Oxford St, una vía principal y de las más largas de la ciudad, con cantidad de locales de todo tipo: cafés, librerías, bares de striptease, galerías de arte, tiendas de ropa... Comienza en el sudeste de Hyde Park y llega hasta el Centennial Park, y por ella discurre el desfile de Mardi Grass en febrero-marzo, el desfile de gays y lesbianas de la ciudad, con gran afluencia de público.


Hacia el Centennial Park se extiende el barrio de Paddington, que se caracteriza principalmente por sus casas victorianas con balcones de hierro forjado, pero no son horas de adentrarse en él, dentro de poco comenzará a anochecer, no veríamos nada y nos dificultaría la vuelta. 

En el cruce de Oxford St con Barcom Avenue se localiza el antiguo Hotel Albury, ahora cerrado como tal, donde se rodaron varias escenas de Priscilla, reina del desierto, pero como no sabíamos el aspecto exterior del hotel pensamos que era cualquiera de los dos más clásicos y de fachadas más interesantes, resultando ser el más anodino exteriormente y al que no hicimos foto. 


Continuamos por Oxford St hasta su cruce en Hyde Park y por el borde sur de este llegamos a la estación del City Circle, lo que vendría a ser el metro pero siendo más grande el interior de los vagones, de dos pisos, ya que es más tren que metro. 


En las paredes un chiste “graciosillo”.