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24 de mayo de 2019

Zimbabwe - De Victoria Falls a Chobe (Botswana)

Cruce de países

Desde la cama del Elephant Camp tenemos un bonito amanecer de despedida en Zimbabwe, aunque para disfrutarlo mejor hay que levantarse y salir a la terraza o al menos a través de los cristales o de la gran mosquitera  abierta del cuarto de baño. 


Hoy viajamos a Botswana, con lo que disfrutaremos del paisaje en el camino, y de algún animal si quiere salir a saludarnos, que como casi siempre, son los descarados babuinos. También vemos algunos elefantes y jirafas, camuflados entre la vegetación. 


El paisaje es una mezcla de pasto seco, el calor hace estragos tras la lluvia, con preciosas siluetas de árboles a la espera de recuperar sus hojas en sus ramas desnudas.


También hay árboles que han sido cubiertos por los arbustos, hasta el infinito y más allá (creo que se trata de árboles muertos al paso del hambre de los elefantes). La verdad es que algunos parecen adoptar formas algo fantasmagóricas, pero esto es solo mi imaginación desatada que es capaz de montarse historias como ella sola. 



Llegamos a la frontera de Zimbabwe con Botswana, donde lo primero que hacemos tras bajar del coche es limpiar las suelas de nuestro calzado, tal como hacíamos en algunos parques naturales en Nueva Zelanda: pisamos sobre una alfombrilla con algo de líquido desinfectante para evitar la fiebre aftosa, y tras ello vamos a las oficinas de aduanas, donde rellenamos unos impresos con nuestros datos personales y el alojamiento en el que estaremos, hasta que finalmente lo sellan (afortunadamente no había muchos viajeros haciendo los trámites y fueron rápidos). Lo que sí había a ambos lados de la carretera en la frontera eran muchos camiones aparcados.

Lo que no recuerdo es si tuvimos que pasar por la aduana de Zimbabwe y luego por la de Botswana, o sencillamente salimos del primero para fichar en el segundo. Como estoy elaborando este resumen de viaje con bastante tiempo de demora, es uno de esos detalles que no se han quedado en mi mente, como tampoco recuerdo si tuvimos que pagar una tasa de entrada a Botswana, pero según las notas tomadas antes del viaje existe una tasa de 30$ por persona, así que doy por hecho que allí mismo la pagamos. Ya sé, tenía que haber ido anotando todos estos detalles, y así no habría estos problemas de memoria. 



Cruzamos la frontera y continuamos el viaje por Botswana, donde hay carteles avisando que por mucha carretera que haya, no deja de ser territorio de animales, y que hay que conducir con cuidado, sobre todo por la noche. 


Nuestro transporte nos lleva hasta el aeropuerto de Kasane, ha sido como hora y media de viaje. Estamos muy cerca de la zona en la que se encuentran cuatro países: Zimbabwe, Zambia, Bostwana y Namibia (algo más alejada del resto en este área), y en la que se cruzan dos ríos, Chobe y Zambezi. 


No, no vamos a tomar ningún avión, allí nos espera el que será nuestro guía, chófer, tracker y amigo para los próximos tres días, el gran Innocent, cuyo adjetivo de gran es tanto por su tamaño (1,90 m de altura al menos, y de gran corpulencia), como por su gran sabiduría de naturaleza y animales, como por su gran impagable compañía.

Cambiamos de vehículo, pasamos las maletas y nuestros cuerpos a un descomunal 4x4 sin ventanillas, que será más nuestro alojamiento que el propio alojamiento, ya que pasaremos la mayor parte del día en él. 
Subir al coche tiene su cosa, ya que es bastante alto, y hay que encaramarse como los babuinos a él (sobre todo, si tu tamaño es como el mío, pequeño).


Nuestra primera parada en Botswana es el Parque Nacional de Chobe, y para ello pasamos por uno de los controles de entrada, Sedudu, donde Innocent hace los trámites por nosotros, que solo le esperamos en el coche o en el suelo si bajamos de él. 


En el centro hay un mapa del parque nacional, de 11.000 Km2


Y una placa conmemorativa de la creación del parque. 



En un principio seguimos transitado por una carretera convencional, bien asfaltada, y sin una curva en el horizonte, una planicie hasta el horizonte. 


Tras algo más de media hora de camino, Innocent nos avisa que se acaba lo bueno, abandonamos la carretera asfaltada y la cambiamos por un camino de tierra anaranjada en el que se avecinan baches. 


En algunos tramos la arena se ha amontonado en el centro y el coche va dando vuelcos, al igual que nosotros, que tenemos la sensación de estar en una batidora que no termina de arrancar. Estamos impactados y emocionados ante el paisaje que tenemos ante nuestros ojos, sin ver nada más que lo que podéis ver vosotros, arena y vegetación, la sensación de inmensidad es abrumadora, y de naturaleza salvaje a pesar de ir en un vehículo poderoso es lo que nos sobrecoge. 


De vez en cuando descubrimos algún pájaro, al que Innocent no le da importancia, pero nosotros sí se la damos por supuesto, no son conocidos y significan un nuevo mundo; Innocent está más pendiente de llegar al alojamiento que de nuestras caras de asombro y de nuestras exclamaciones de niños pequeños (Innocent debe lidiar con la impaciencia de los visitantes). Si bien a los pájaros no les pudimos hacer fotografías, ya tendremos tiempo, si podemos capturar a nuestros primeros impalas, ¡qué bonitos son! 


En un momento del trayecto, en la lejanía vemos el increíble río Chobe, de repente de lo que parecía una sequedad infinita pasamos a una zona acuífera de dimensiones insondables. Además nos damos cuenta que a pesar de estar en caminos en lo que parece el fin del mundo, hay mojones para la orientación, porque si lo mejor es hacer safaris con guías (más cómodos y efectivos en la búsqueda y encuentro con animales) también es posible adentrarse en el parque en nuestro propio vehículo, así que estos mojones ayudarán si el GPS nos juega una mala pasada.


Llegamos a nuestro campamento para tres días, Chobe under canvas, una apuesta aventurera de la que os contaré en la siguiente entrega. Mi fallo es que el viaje lo he realizado con sandalias, por aquello de ser un viaje en coche y así ir más fresca y cómoda, pero claro, bajamos del coche a la arena, ¡al campo!, con esa tierra que empieza a colarse en mis zapatos y entre mis dedos…me tengo que calzarme mis botas lo más rápido que pueda. 

21 de mayo de 2019

Zimbabwe - Victoria Falls - Elephant Camp

Nice to meet you Syl

La comida en el Lookout Café la hemos hecho en compañía, aunque en mesas separadas, de un matrimonio australiano super simpático, siendo hoy su último día en Victoria Falls, y al final el tiempo ha pasado muy rápido (o todos hemos sido muy lentos, hasta nuestro chófer), con lo que hay cambio de planes, y les acompañamos al aeropuerto, donde nos despedimos deseándonos todos los parabienes posibles y casi imposibles.

Desde el aeropuerto volvemos al lodge, no tenemos tiempo de pasar por nuestra tienda para refrescarnos, por lo que según llegamos nos vamos a conocer a Sylvester, un guepardo adoptado por el lodge y el equipo de Wild Horizons, que según llega donde nos encontramos, se escapa de las manos de su cuidador-guía y se queda totalmente en libertad, mal empezamos este encuentro, aunque rápidamente le vuelve a coger de la correa con tranquilidad para todos. 



En abril de 2010 un game scout de la reserva vio como una leona mataba a la madre de Sylvester y a sus cuatro hermanos recién nacidos, que no abrían todavía los ojos, pero Sylvester sobrevivió al ataque, teniendo todavía su cordón umbilical. Y así llegó el cachorro de guepardo al lodge, para ser cuidado bajo la supervisión de expertos en estos animales, y siempre en la creencia de que no sería un animal doméstico, manteniendo su espíritu salvaje en la medida de lo posible. Hay que tener en cuenta que un cachorro sin la supervisión de su madre, que es la que les enseña a vivir, a cazar, a sobrevivir, no duraría nada en la sabana.

Sylvester lo que quiere es beber agua, por eso ante la laxitud del que sujetaba su correa, se ha podido soltar fácilmente. 



Sylvester participa en actos con escuelas de niños, y en el lodge puedes sencillamente conocerle, para lo que posa cual modelo, y además puedes optar por dar un paseo con él, nosotros elegimos la primera opción, ya que si creemos que Sylvester sigue siendo en esencia un animal salvaje, con las necesidades alimenticias cubiertas, lo de pasear junto a él como si fuera un cachorro de perro no tiene sentido. Entendemos la salvación del cachorro, y hasta que una parte de él se haya reconvertido al haber sido criado por humanos, pero no podemos terminar de aceptar que sea un animal de exhibición, y eso que ¡aquí estamos!, contradicción total. 


El guepardo es un animal increíblemente elegante, creo que el más elegante, y así nos lo demuestra Sylvester, que además está atento a los ruidos cercanos o lejanos, porque estaba muy alerta… y nosotros a su lado. 


Cada uno de nosotros se pone a un lado de Sylvester para hacernos fotografías con él, pero a mí me miraba y sacaba la lengua, emitiendo además un tímido rugido, con lo que no me hacía bajar de mi creencia que esto no es un lindo gatito (el lindo gatito compañero de Piolín), y que cualquier cosa le puede incordiar (la única condición que establecieron era que nos quitáramos las gafas de sol), por lo que tendrá que reaccionar conforme a su naturaleza (normal, que esto debe ser así), y por muchos guías amigos, por mucho instrumento (un palo) que tengan para protegernos, la reacción podría ser tardía si Sylvester decide hacer un ataque (y tendría toda la razón del mundo) por modesto que este pudiera ser. No, no estoy tranquila, y mi cara en las fotografías lo demuestran (no os voy a dar la satisfacción de verme, os lo cuento pero tengo mi sentido del ridículo). 


No ha sido una sesión de fotos tranquilizadora en mi caso, mi pareja estaba feliz, pero me ha encantando conocer a Sylvester, ya que además tenemos serias dudas de que seamos afortunados y veamos un guepardo en libertad durante los safaris que tenemos en este viaje, que sería lo ideal. Nos cuentan que Sylvester no siempre está atado, que le dejan en libertad buena parte del día (en su collar lleva un gps para localizarle), y que tiene acceso a caza soltándole animales, pero que siempre vuelve, ya que con los guías tiene los cuidados, los juegos, y su protección. Sylvester no es un animal doméstico pero tampoco es salvaje, está entre los dos mundos: la naturaleza fue cruel al nacer, y los humanos lo han rescatado de una muerte segura. 


Sylvester es embajador del lodge, y su figura en metal está en una de las mesas del salón. 


La mañana siguiente fuimos testigo del paseo que realizan los guías con Sylvester por la reserva, se puede comprobar lo tranquilos y despreocupados que van junto a él, y que no llevan ningún tipo de instrumento para defenderse o controlarle, solo la simple correa. 


16 de mayo de 2019

Zimbabwe - Victoria Falls - Lookout Café

Comida y percances

La mañana se ha completado con la visita a la aldea de Monde Village y el encuentro con los elefantes, para comer hoy hemos optado por hacerlo en Lookout Café, ya que el lodge nos da esta opción al tratarse de uno más de los negocios de Wildlife Horizons. Tanto en el lodge como en el viaje aprovechamos para practicar nuestro inglés con un matrimonio australiano, todo amabilidad y simpatía, ya hicieron todo el esfuerzo por entendernos como nosotros lo hacíamos para hablarlo (si se quiere, se puede; por ambas partes).


Desde este restaurante se tienen buenas vistas del río Zambeze, con sus rápidos en su paso por Batoka Gorge, a 120 m de altura, garganta que nosotros vimos al atardecer. 


Al fondo se ve el puente de las Cataratas Victoria sobre el río. 


Muy cerca del restaurante hay un sistema de tirolinas, que aunque no estaba muy frecuentado sí que vemos a dos personas disfrutando de esta actividad. 


El restaurante al ser un negocio más de Wild Horizons -tenemos todo el paquete de alojamiento y actividades contratados con ellos-, nos adjudican una mesa alta con taburetes, situada junto a la terraza, y por lo tanto está reservada -las reservan para sus clientes especialmente-; la otra alternativa es una mesa baja pero lejos de la vista de la garganta.
 
Para comer elegimos una hamburguesa y un wrap de pollo y bacon. 



Estábamos tan contentos  y tranquilos comiendo, una buena comida hay que escribir, cuando tuvimos dos altercados. El primero fue la llegada de avispas, atraídas por la carne, que terminaron consiguiendo que no pudiera disfrutar de mi hamburguesa, y me tuve que meter hacia el interior para poder hacerlo, pero con los ojos puestos en ellas. La camarera, amablemente aunque tardó un buen rato, quemó café y lo puso en la mesa para ahuyentarlas, método que inicialmente funcionó pero que al cabo de unos pocos minutos, las avispas se rieron del café y de su humo ya que volvieron con más furia.

El otro momento, del que no fuimos grandes protagonistas por los pelos, es la aparición por sorpresa de un rápido mono, que intentaba llevarse lo que pudiera, y mi mochila estaba colocada en el suelo, al alcance de sus ágiles manos, y la pude salvar de milagro, que eso es lo que fue, un milagro por segundos, ya que si llego a estar más lejos de ella, el mono ladrón se hubiera llevado su botín.

El restaurante tiene unas buenas vistas y su comida es buena, así que lo podemos recomendar.