24 de julio de 2017

Costa Rica - Monteverde - Restaurante Sabor Tico



Un corto paseo

Desechada la primera opción de ir andando desde el hotel hasta el pueblo (calor, humedad, cuestas, cansancio...todos factores en contra), pedimos un taxi en recepción para que nos lleve, nos han recomendado un restaurante, que tiene dos locales, uno más lejano, descartado, y otro más cercano, que es el que elegimos, por si a la vuelta nos animamos a caminar lo que ahora no hacemos (pero no estábamos por la labor). 

Monteverde tiene mucho que ver y que hacer, pero no por supuesto en arquitectura, sino en naturaleza, tanto al aire libre como en las exposiciones varias de animales, y también te pueden sorprender los carteles publicitarios. 


La historia y sus curiosidades: en 1949, cuatro miembros de la Sociedad Religiosa de los Amigos, es decir, cuáqueros, fueron encarcelados en Alabama por no presentarse a filas durante la Guerra de Corea, ya que su religión es pacifista, y finalmente fueron liberados. Más tarde, 44 miembros de 11 familias abandonaron los EEUU y eligieron Monteverde para asentarse, tanto porque Costa Rica había disuelto su ejército como porque el clima de montaña era propicia para la cría de ganado, y con ello a la obtención de leche y elaboración de quesos, cuya fábrica sigue activa y que en la actualidad es visitable.


El taxi nos deja en un centro comercial, donde se sitúa el restaurante Sabor Tico, de cocina costarricense, como su nombre indica. 


Para los días fríos o lluviosos, un local interior. 


Para los demás días, la terraza con algunas vistas, que es donde nos sentamos. 



Fajitas de pollo, acompañadas de frijoles molidos, pico de gallo, plátano maduro frito y tortilla de maíz. Un buen plato. 



Dicen que es uno de los bocadillos típicos ticos: gallo de gallina achotada, con tortilla casera y ensalada con pico de gallo, la receta de la abuela. Al leer bocadillo pensé que sería otra cosa, ya montado, pero la gallina estaba rica. 


La comida fue acompañada de cerveza tica y de un refrescante zumo que no recuerdo de qué era. 


Poco más os puedo enseñar de Monteverde, porque por la zona más comercial y concurrida nunca paramos, solo para realizar una excursión y no nos bajamos del autobús. Lo último, es que frente al hotel hay una panadería-pastelería-cafetería, que utilizamos el  día siguiente para comer, por aquello de pasear e innovar a la cafetería del restaurante sin grandes desplazamientos. 


En ella nos pedimos dos bocadillos simples, de nuevo repetimos con pollo y pavo, pero en otra versión. El pan muy tierno, y el relleno muy normal, pero el conjunto muy rico y bien de precio. No tomamos postre, pero sus pasteles y bollos tenían buen aspecto, como para pedirse varios y llevarlos al hotel para la merienda. 


21 de julio de 2017

Costa Rica - Monteverde - Hotel El Establo



El hotel de las cuestas

La teoría es que estaremos alojados en el mejor hotel de Monteverde-Santa Elena, El Establo, aunque el pálpito en mi interior desde antes de la partida era fluctuante, en ocasiones confiado, y en ocasiones desconfiado. Su situación no está mal del todo, no muy lejos del pueblo en sí, lo que facilita el llegar a él, si no fuera por esa empinada cuesta que nos separa y que si ya es difícil de afrontar mentalmente no quiero ni pensar lo que será caminarla (no, no estamos para trotes en este viaje). 


La recepción es un caos de gente, de los que se van y de los que llegamos. La primera sorpresa, es que para ir hasta nuestra habitación nos llevan en una minivan, porque las habitaciones del hotel se distribuyen en edificios que van subiendo la altura de la colina en la que se encuentran. 


Nuestra habitación está situada en el primer edificio, y es un desencanto total, tanto porque al tener tan poco altura no tenemos vistas del precioso paisaje, como por su decoración interior, muy anticuada y con nada de encanto. La primera sensación es la de estar en un spa añejo, y por este edificio cargamos con nuestras maletas escaleras abajo para llegar a ella. 


No hay tiempo para mucho, ni para quejarse de la habitación (además la recepción sigue colapsada), colocamos ropa y maletas con poco convencimiento, nos damos una ducha y sin necesidad de llamar a la furgoneta encargada del traslado de los clientes colina arriba, colina abajo, nos vamos andando porque no estamos lejos y así exploramos un poco el lugar. Lo primero es ir a comer que luego realizaremos nuestra primera excursión en Monteverde.

A la mañana siguiente, tras el desayuno, nos pasamos por recepción para mostrar nuestras quejas ante la habitación, con vistas al parking y una pequeña zona de verde donde en cualquier momento nos podemos encontrar con la mirada de un paseante. Nos ofrecen un cambio de habitación, aunque en este momento no podemos realizarla, tenemos una excursión, con lo que quedamos que a la vuelta lo haremos, vamos a ver donde nos ponen ahora. Nos pasan al edificio siguiente, al segundo piso, por lo menos estamos más altos, sin vistas al párking. 


La decoración de la habitación mantiene la tónica de la anterior, aunque los muebles parecen menos viejos, o por lo menos tienen una mayor capa de barniz y de conservación. 



Ahora tenemos un balcón, y algo de vistas, a las que hay que esperar si la niebla se ha apoderado de ellas. 





La ventaja de nuestra nueva ubicación está claro que son las vistas, y por el contrario, la desventaja es que podremos bajar andando al restaurante donde sirven los desayunos, pero no así subir, yo por lo menos, que las cuestas son bastante empinadas, y estos esfuerzos los reservo para las excursiones. Así que desde aquí, las subidas en minivan, las bajadas a pie. Las habitaciones situadas en los edificios más altos tendrán unas vistas estupendas, y en contra, el depender de la minivan para entrar y salir, o realizar ejercicio continuo. 

El baño es incluso algo más grande que el anterior, que ya era suficientemente grande y desangelado. Su ventilación es a través de una ventana grande al pasillo, que se puede abrir y cerrar (con mucho cuidado), ya que es un panel de cristales en persiana. El buen detalle, disponer de bañera y ducha; lo extraño, la situación del inodoro, junto a la puerta (en caso de necesitad urgente puede resultar útil). 



Subiendo por la carretera, de vez en cuando hay un pequeño camino lateral paralelo por el que caminar más tranquilamente, accedemos a los edificios más altos del hotel; la pena fue que no llevábamos la cámara en uno de estos paseos para haber fotografiado el cruce por la carretera de un gran grupo de coatíes o pizotes, entre 20-25. Nos quedamos asombrados, y no sé que hubiera pasado si en lugar de estar a bastante distancia, hubiera ocurrido justo a nuestro lado. 


Llegamos al edificio que aloja la piscina, no demasiado grande, semi a cubierto, y con unas buenas vistas. Enfrente se sitúa la zona de spa, pero no llegamos a entrar. 


Extraño nos parece un recinto vallado en el que hay varios pavos reales, que son preciosos, pero no preguntamos la razón de tenerlos allí. 


Abajo del todo del complejo se encuentra la cafetería Las Riendas, donde sirven desayunos, comidas y cenas. Es un amplio espacio donde por las mañanas hay un bullicio y una ocupación completa. Aquí realizamos nuestra primera cena, un bocadillo de pavo y un sándwich de pollo, aceptables pero nada del otro mundo. 



Arriba del complejo, detrás del spa, se sitúa el otro restaurante, Laggus, que ofrece una comida más elaborada. La segunda noche cenamos aquí previa reserva, y como solicitamos una hora temprana todavía no habían llegado los comensales, por lo que pudimos hacer una fotografía del local. 



Nos sirven un simpático aperitivo de aceite y vinagre, acompañado de frutos secos y queso rallado. La presentación tipo yin y yang es chula.


Nos dejamos aconsejar por el maitre en la elección del vino, preguntándole entre dos, nos sugiere el argentino Saurus, que resultó estar francamente bueno. 


Compartimos de entrada un atún al estilo nikkei, con vinagre de soja y ensalada de fresas. 


La recomendación en recepción fue que pidiéramos carne, que era un auténtico manjar, y eso es lo que hicimos. Un Rib Eye a la Jimena, de ternera angus, acompañado (que no bañado porque va en salsera aparte) de salsa de queso, patatas y verduras. 


Y un lomito Romeo & Julieta, con salsa de vino y salsa de trufa blanca, con patatas y verduras. En este caso, la salsa si moja la carne, pero no con exceso. 


Una carne exquisita sin lugar a dudas, creo que la mejor que hemos comido durante todo el viaje. 

De postre compartimos una fantasía de chocolate: brownie de chocolate, cesta de chocolate con helado de vainilla y mermelada de naranja, y espuma de chocolate blanco con perfume de triple sec. 


El Establo no es un mal hotel, pero no es el tipo de hotel que nos guste o nos encante; no puedo dejar de recomendarlo porque su localización es buena, sus habitaciones no están mal, sus vistas (con habitación en los pabellones más altos del complejo) son preciosas…pero no nos ha convencido, posiblemente si no hubiéramos venido desde la excelencia del hotel Nayara Springs, la comparación no hubiera resultado tan negativa, pero aún así, creemos que tiene muchos aspectos a mejorar y limar. Lo mejor, el restaurante Laggus, y por supuesto, la atención del personal en todo momento.

17 de julio de 2017

Costa Rica - De Arenal (La Fortuna) a Monteverde



Por tierra y agua

Hoy nos toca traslado, a las 7.40 h tenemos que estar en recepción, pero hasta las 8 h no llegaron a por nosotros. Desayunamos tranquilamente en la terraza de la habitación del hotel Nayara Springs, disfrutando hasta el último momento de nuestra estancia, del jacuzzi, de la ducha exterior, del placer y del lujo asiático del hotel, y hasta nos da pena irnos, quizás teníamos que haber tenido más días de tranquilidad aquí, combinándolos con actividades en la mañana por la naturaleza, pero queda mucho país por conocer y es lo que nos gusta, que ya llegarán los días y viajes de más tranquilidad, aunque este no ha sido agitado, solo removido.


En una furgoneta nos acercan hasta la laguna de Arenal, el mayor de los lagos de Costa Rica, con 124 km2, en una depresión entre la sierra de Guanacaste y la sierra de Tilarán, surgida por la construcción de la presa Sangregado en 1973.  





Hemos llegado de los primeros a la laguna, por lo que nos toca esperar al resto de viajeros que ocuparemos la embarcación, a la que van subiendo las maletas según van llegando las furgonetas (increíble el poder de conducción de los chóferes ya que el camino es de tierra y está inclinado, y algunas de ellas para facilitar el traslado de las maletas se acerca casi al agua). 


El tiempo lo pasamos contemplando el paisaje, entre ellos a los zopilotes o buitres negros americanos, que andan rebuscando entre el pasto y la hierba. 





Más elegante, bonita y menos sombría nos parece la garza blanca, que cuando anda en el agua parece que lo hace sobre ella, por su estilo y fineza. 




Finalmente estamos todos a bordo y comenzamos a navegar por la laguna. 




Por desgracia las nubes amenazantes que se alternaban con el sol ganan la partida en el cielo, y descargan agua sobre nosotros, por lo que tenemos que bajar los toldos laterales de la embarcación para no empaparnos, y así nos quedamos sin vistas, aunque tampoco se veía mucho ya que las nubes grises lo ocupaban todo. Nos hubiera gustado ver al volcán, que estaba más que escondido y además a nuestra espalda, y su reflejo en la laguna, pero no pudo ser. 





Cruzamos la laguna, y al bajar un tropel de niños (entre 8-14 años) nos está esperando, se quieren encargar de nuestras maletas, llevarlas desde el embarcadero hasta los transportes en los que nos repartirán. El trato de trabajo con los niños no nos gusta a ninguno de los dos, así que cargamos cada uno de nosotros con una maleta, sobre un terreno embarrado que hace mucho más difícil la labor. A la espera del reparto, yo me quedo junto a las maletas, y mi marido se acerca al grupo de niños (nadie está por la labor de dejarse ayudar) para intentar darles directamente dinero, no por su trabajo, sino por si realmente lo necesitarán, y nuestra intención era dárselo al más pequeño del grupo, para que se sintiera un poco importante. Pero en esta espera de repente dicen nuestros nombres y hay que subir las maletas a la furgoneta por la ventanilla trasera que tienen habilitado para tal labor, y yo por supuesto soy incapaz de hacerlo, así que dos niños se tienen que encargar de ayudarnos finalmente. Al ver el movimiento, mi marido se acerca, y yo le señalo a los que me han ayudado, hay que recompensarles por ello. Reflexionando allí y aquí sobre el tema, la confusión moral reina, porque sabemos que lo que estamos haciendo no es bueno, no es lo correcto, estos niños tienen que estar en el colegio y no aquí, y si no hay colegio, deberían estar jugando, pero el turismo siempre tiene este aspecto negativo, que para estos niños es positivo. Quizás habría que llegar hasta este muelle con libros, libretas, rotuladores, juegos… aunque seguramente ellos no lo valorarían como nuestras conciencias y prefieren los pocos dólares. 


Finalmente, el poco dinero recaudado, muy pocos se han dejado colaborar, se lo reparten entre ellos, y al menos con ello nos dan una lección a nosotros, son solidarios, no importa quién cargue, todos reciben algo.


El sol ha salido, pero durante la noche tiene que haber llovido a base de bien, porque el terreno está embarrado, y nuestro transporte es una van, que ahora va cargada de personas y maletas, pues el señor conductor resulta ser todo un artista, que acelera firmemente, aunque las ruedas intentan patinar, y por la pendiente y el barro consigue subir y llegar al camino más normal, también de tierra. El pasaje le dedicamos una ovación por su buen hacer, que por un momento nos vimos bajando nosotros y las maletas al barro para empujar la “furgo”. 


Yo creo que hemos salido por la zona de Tronadora, y el camino sigue siendo de tierra, por lo que vamos pegando botes dentro de la van, incluso miramos con algo de envidia a los jinetes montados en caballo, el transporte más efectivo en estas tierras. 




El sol brilla y el paisaje es muy hermoso, de un verde intenso e infinito. 






Pasamos junto a unos molinos eólicos , muy manchegos ya que cada uno recibe el nombre de un personaje de Don Quijote. 




Mientras nosotros vamos enlatados en la van, los habitantes disfrutan del aire montando en sus caballos, no en vano estamos en la provincia de Guanacaste, tierra de sabaneros o vaqueros. 




Continuamos el camino, que sigue siendo de tierra, pero ya es más lisa, menos campestre, y para las pocas iglesias clásicas que vemos las intentamos captar con la cámara. 


 

Durante el viaje realizamos una parada, no recuerdo el lugar, donde preguntamos en una oficina de información por diferentes excursiones, que no teníamos contratadas porque no teníamos muy claro el tiempo del que dispondríamos, pero aquí nos informamos de las posibilidades ya que llegaremos a mediodía y dispondremos de toda la tarde libre, contratando finalmente dos, de modo que de ir tranquilamente más o menos hasta ahora, hoy nos tocará no parar, pero si estamos animados, mejor aprovechar el momento. Y llegamos a destino, Monteverde, donde empieza el desembarque de viajeros, aunque la mayoría nos alojaremos en el Hotel El Establo.