5 de diciembre de 2018

Myanmar - Lago Inle - Innpawkhon - Fábrica de telas

Seda, algodón y loto

Tras la parada en Phaung Daw Oo Paya y su mercado, continuamos la navegación por el lago Inle, viendo algunos puentes que comunican las orillas de los canales.  



Vida tranquila, vida en marcha, es lo que vemos en las aguas, esta vida flotante siempre produce unas sensaciones muy especiales. 




En el paisaje no dejan de aparecer pagodas y monasterios, y es que la fe budista las levanta por doquier. 




Pasamos junto a aldeas con casas de diferentes tamaños, construidas con madera y bambú principalmente, en perfecto estado o en abandono total; alguna debe acoger algún organismo oficial a tenor de la bandera que ondea. 






En ocasiones hay que bajar de las barcas para realizar el trabajo. 


Paramos en una fábrica y tienda de ropa en el pueblo de Innpawkhon, ropa elaborada con seda (importada de China), algodón y lo que nos parece más llamativo, loto. La empresa está dirigido por la cuarta generación de la familia que la fundó. 



Nunca había pensado, más después de haber visitado algunos países de Asia en los que creo que no lo hemos visto, que con el loto se realizaran prendas, así que esta visita nos resulta interesante por la novedad, y nosotros somos de esos raros que les gustan visitar talleres y fábricas, sin importar que tras ello hay un rato de compras o intento de ventas de los propietarios.

Dicen que el loto es un ejemplo de cómo nosotros mismos podemos llegar a ser algo más de lo que a primera vista parecemos, y con esta elaboración lo demuestran; además dicen que usar una prenda realizada con este tejido ayuda a absorber la energía negativa de nuestro cuerpo y trae la buena suerte. Yo estaba convencida antes de emprender el viaje que compraría alguna prenda de este material, pero con estas palabras el convencimiento es mayor.
El tallo del loto se deshilacha pacientemente y luego se pasa por el huso para ir creando la madeja. Para un pequeño pañuelo se necesitan 4.000 flores de loto y 8.000 si es más grande, así que plantar, recoger, desmenuzar, hacer madejas y pasarlas por los telares lleva una buena dosis de trabajo y tiempo. 


 
En el lago crecen diferentes clases de lotos, siendo el más famoso el Kyar Padonmar, que es considerado una flor sagrada. Hace más de ciento cincuenta años, Daw Sar Ou confeccionó una túnica realizada con este loto y se lo regaló a un monje muy venerado, y así comenzó la tradición del tejido.

Todo el trabajo se realiza manualmente, lógicamente ayudados por pequeñas máquinas, como el huso para formar las madejas de hilos con los que trabajar; una de estos husos lleva una rueda de bicicleta, lo que demuestra que todo puede valer para todo con imaginación y tesón. Se tiene que trabajar con el hilo mojado para evitar roturas, ya aunque a primera vista parece fuerte y resistente, como una cuerda, realmente es frágil. 





Los tintes utilizados para colorear los tejidos, excepto los de flor de loto, se crean a partir de elementos naturales como cortezas de árbol, pétalos de flores, hojas y frutos. 



Pasamos por la zona de los telares, con sus bastidores y lanzaderas. 





En el exterior las madejas y las telas se secan al aire. 



Pasamos a la tienda y un despliegue de productos (pañuelos, camisas, pantalones, bolsas, monederos…) se despliega ante nuestros ojos: de algodón, de algodón y seda en diferentes proporciones, de seda únicamente, y sobre todo los pañuelos de loto, a los que me voy directamente con la intención de comprarme uno, pero primero me para el precio, a partir de 180$ (que no digo yo que no lo valga, por todo, por producto, trabajo y calidad), y principalmente el color, es natural, no lleva tintes, así que son de un color crema, que no entra en mis parámetros de vestimenta, con lo que no es una buena inversión; malo para mí, bueno para la cartera de mi pareja. Por supuesto no pregunté por otras prendas porque su precio sería demasiado alto. Finalmente salimos con varios artículos para regalar a la familia, y alguno para nosotros, pero ninguno elaborado con lotos.

Ya hemos visto que las mujeres realizan todo el trabajo, también el de dependientas, que están constantemente pendientes de ti, lo que me produce cierta incomodidad, ya sé que es así siempre, pero yo soy más libre, de llamar cuando necesito ayuda; y a la salida vemos cómo los hombres colaboran en las tareas (actitudes demasiado generalistas en todos los países que en este momento no voy a entrar a valorar). 


A nosotros nos resultó una visita muy entretenida, sobre todo por conocer el trabajo con el loto, del que no conocíamos su existencia.

3 de diciembre de 2018

Myanmar - Lago Inle- Mercado de Phaung Daw Oo

En el mercado de tierra

En las poblaciones del lago Inle se realiza el famoso mercado flotante de Ywama, pero para poder coincidir con él hay que mirar el calendario, ya que se celebra cada cinco días, y como no nos cuadra, nos conformamos con visitar uno de los mercados flotantes secundarios, el mercado de Inthein, que se celebra cada cinco días y va cambiando la población donde se instala, nosotros visitamos el mercado que se ha instalado detrás de Phaung Daw Oo Paya.

Myo nos deja a nuestro aire, él se quedará desayunando en uno de los puestos de comida que nunca faltan en los mercados. 


La verdad es que hasta apetece probar algunos alimentos, porque estas empanadillas tienen buena pinta. 


Muchos de los puestose están atendidos por mujeres de la etnia pa-o o karen negro (los pañuelos y sus colores en las cabezas son el distintivo). 



 
Caminamos por los pasillos del mercado, arriba y abajo, izquierda y derecha, nos damos una buena vuelta por él. Os preguntaréis, ¿mercado flotante?, y es que tiene algo de truco esta definición, porque el mercado lógicamente está en tierra, pero los vendedores llegan aquí con sus productos en barca. Esta es la diferencia básica con el mercado flotante de Cang Rai del delta del Mekong en Vietnam, que sí se realiza en el agua y entre barcas, aunque también hay mercados de tierra; que es ciertamente curioso por el caos de barcos, vendedores, compradores y ahora visitantes turistas en busca de la mejor foto y el mejor momento.






Verduras, hojas de betel para elaborar tabaco que enrojece dientes y encías, flores, todo se vende. 




Cualquier sitio es un buen lugar para montar el puesto, incluso en mitad del pasillo. 


La venta de unos simples cacahuetes parece reproducir una extraña partida de ajedrez, con espectadores. 


Por supuesto no solo se vende comida, el turismo ha llegado, así que entre cebollas, cacahuetes, verduras y demás productos alimentarios siempre hay ventas de artículos de souvenirs, ya sean típicos de artesanía o creados especialmente para los visitantes. 


Un puesto de pescado, que extrañamente no estaba poseído por las moscas (como vimos en el mercado de Bagan), y eso que hacía mucho calor. 


Un solitario pez acompaña al surtido de pollos, y la compradora nos sonríe para la foto mientras el vendedor permanece serio, él debe estar más harto de los visitantes ocasionales que no compran y ella es feliz de ser protagonista. 


Un puesto de pescado seco. 


Un poco de fruta, pero poco, uvas y fruta del dragón. 


Puros artesanales, llamados cheroot por los británicos coloniales, elaborados con hierbas de todo tipo pero sin nicotina. 


Apetece probar los productos de aperitivo, de los que solos reconocemos a primera vista las cortezas de cerdo; los de la segunda fotografía nos recuerdan a los pretzel neoyorkinos. 




Lo primero parecen porras gigantes, pero mucho más contundentes y pesadas; y lo segundo como spaguettis fritos. 



En la parte trasera del mercado está el embarcadero donde los comerciantes han aparcado sus barcas llenas del género que quieren vender, uno de los motivos por los que recibe el nombre de mercado flotante. Ya es última hora, por lo que las barcas han ido marchándose, pero muchas tendrán que volver para desmantelar el mercado de tierra. 


Regresamos junto a Myo y nos tomamos una reconfortante y caliente taza de té.