24 de marzo de 2017

EEUU - Ruta 66 - Seligman - Peach Springs - Hackberry - Kingman - Oatman



Seguimos en ruta

Desde Williams continuamos por la ruta 66, cuya carretera no es precisamente buena por el asfaltado ni por las vistas, tenemos un paisaje anodino y solitario, es su leyenda lo que nos atrapa a todos. El siguiente pueblo en el que hacemos una parada es Seligman, a cuya entrada hay un motel con habitaciones de nombres característicos: Elvis Presley, Marilyn Monroe, John Wayne, la propia ruta…todo suena tan divertido...y tan americano. 


El pueblo es apenas una calle casi polvorienta con algunas casas principalmente en un lateral, dedicadas al comercio, aprovechando el tirón de la ruta. Eso sí, la decoración externa de las tiendas está trabajada para llamar la atención. 

 

Los coches de época salen a nuestro paso, así como salen nuestras sonrisas al verlos, hemos dado un salto al pasado automovilístico, y además hemos entrado en una clásica película de cine negro.


Nosotros seguimos entrando en las tiendas, y casi siempre salimos con alguna cosa en la mano, esto es compra compulsiva rutera. 


En una antigua peluquería se ha instalado el Route 66 Visitor Center, un cruce entre museo, tienda de souvenirs y cacharrería. 



Nos despedimos de Betty Boop para continuar nuestra ruta. 



Continuamos la solitaria ruta. 


La siguiente parada es en Peach Springs, territorio perteneciente a la tribu hualapai. En esta localidad aparte de sellar nuestro pasaporte no hay mucho que ver ni que hacer, por lo menos así del tirón de asfalto, con lo que la parada nos vale para recuperar fuerzas que hoy no tenemos muy claro si comeremos o no, aunque parece que al ritmo que vamos va a ser que no lo haremos si queremos hacer la ruta completa, o nos conformaremos con lo que podamos.


La siguiente localidad es Hackberry, donde destaca la antigua gasolinera y su tienda, un batiburrillo de cosas, un museo cacharrería de los años cincuenta, bastante oscuro e incluso un poco tétrico si le pones imaginación y en una esquina intuyes la peluca de Javier Bardem en No es país para viejos. El exterior por sí solo ya merece una parada.

 


En el exterior destaca un antiguo Studebaker, que no sé si está siendo restaurado o es este su aspecto de siempre, que ahora nos lleva a la película Bonnie and Clyde (por lo menos a mí me recuerda al coche que utilizaban en sus atracos). 



Aparte del Studebaker hay otros coches, como en el chatarrero, que con una simple mano de pintura tendrían otro aspecto aunque nunca pudieran ponerse en funcionamiento; no pierden su encanto por su mal estado o yo tengo la ñonería subida el día de hoy. 



Continuamos la ruta hasta llegar a Kingman, una localidad mucho más grande, importante y actualizada, donde la antigua estación hidroeléctrica desde 1997 aloja un museo del transporte, y por supuesto hay una gran sección dedicada a la ruta 66. Como la hora en la que llegamos es tarde, nos dejan entrar de forma gratuita (dejamos un donativo para agradecer el gesto), y realmente nos mereció la pena a pesar de la prisa en que realizamos la visita (hay bastante paneles en inglés para traducir y solo paramos en los expositores que nos resultaron más atractivos). 




Hora de decidir, o paramos y comemos, con lo luego ya nos volveríamos a Las Vegas, o continuamos la ruta, decisión esta última que seguimos, aunque con su problemática venidera, así que un sitio que tenía muy buena pinta en su exterior, un auténtico diner colorido, con comida típica americana y grasienta, lo dejamos pasar. 


Continuamos la ruta 66, y con ello comienza una extraña aventura para nosotros. El paisaje anodino de repente se torna en gran belleza, además acompañado por las luces del atardecer; la línea recta de la carretera hasta el momento se convierte en una curva tras otra. El problema es que el depósito de la gasolina está al mínimo, y no hay ni una sola en la carretera (el mapa es claro), y la decisión es si volver a Kingman, llenar el depósito, o continuar y jugar hasta llegar a la siguiente localidad, con el riesgo de quedarnos tirados con una y otra decisión en una carretera por la que no circula ni un solo coche, donde las casas no existen, y las pocas que vimos no parecían tener vida como pedir ayuda…¡recemos!, y al tiempo disfrutemos del bonito paisaje, que no tiene porqué estar reñida una cosa con la otra. 


Afortunadamente llegamos a Oatman, en cuyos alrededores se encontraba la mina de oro más grande de Arizona, descubierta en 1902, que fue cerrada en 1998 por falta de rentabilidad. La localidad ha sido escenario de un gran número de películas, entre ellas la mítica La conquista del Oeste y con toda la razón de elegirlo como escenario. Lo bueno, que hemos disfrutado durante el trayecto de un bonito atardecer; lo malo, que la localidad está entrando en noche cerrada, y que la vida parece haberse detenido por completo con la retirada de los turistas diurnos (que no los necesitamos, pero si los locales abiertos).


Hay una calle principal, Main St, en la que se suceden las construcciones, entre ellas el Oatman Hotel, donde Clark Gable y Carole Lombard pasaron su noche de bodas en 1939. Dos actores glamourosos en un hotel aparentemente sin nada de glamour, pero alejados de las cámaras de los paparazzi. 


Uno de los restaurantes del pueblo lleva el nombre de Olivia Oatman, apellido y pueblo al unísono, con lo que llega la hora de una historia. Los Oatman eran una familia de mormones que tuvieron que huir de Utah por discrepancias religiosas, y se dirigieron a California. En el cuarto día del viaje su caravana fue asaltada por indígenas yavapai, que los asesinaron, sobreviviendo Olive, de catorce años, y su hermana Mary Ann, de siete años. Los indios las secuestraron y fueron utilizadas como esclavas hasta que decidieron venderlas a los mojave, donde fueron adoptadas por el jefe de la tribu y su esposa, que siguiendo su tradición pintaron un tatuaje en la barbilla de Olive, unas líneas y flechas con tinta azul, como símbolo de protección para entrar en el valle de la muerte, aunque Olive pensó que se trataba de una identificación como esclava. 

Cinco años después, Mary Ann murió de hambre durante una fuerte sequía. Un día llegó un mensajero al campamento, y pidió el regreso de Olive a su mundo civilizado, hasta que finalmente se acordó que la joven, ya de 19 años, fuera trasladada al fuerte Yuma, pero a ella no le gustó este cambio; y supongo que a los del fuerte tampoco, ya que Olive llegó vestida con ropas indígenas y el pecho descubierto. 

Al cabo de una semana Olive se enteró que su hermano Lorenzo también había sobrevivido al ataque y que la estaba buscando. Olive se hizo famosa y todos los escritores querían escribir sobre ella y sus vivencias. Finalmente Olive se caso con el ganadero John B. Fairchield, al que no le gustaba la fama de su esposa y quemó todas las copias del libro sobre ella que encontró y le prohibió realizar más lecturas del mismo como propaganda. Olive no fue una mujer especialmente feliz, siempre echó de menos su vida con los mojave, hasta que murió a los 65 años. 


En la tienda en la que debían sellarnos el pasaporte viajero de la ruta 66 nos dan con la puerta en las narices, a pesar de la intermediación de una buena señora para que nos dejaran entrar; dos modos de comportarse en el mismo lugar y espacio de tiempo. 

En Oatman se mantiene el ambiente del lejano Oeste, volvemos a entrar en un decorado real. Durante el día por su calle circulan asnos salvajes, descendientes de los que fueron utilizados para transportar la tierra de la mina de oro, de los que se dice que no son precisamente amigables, pero tampoco de ellos hay rastro en las calles, animales y humanos están descansando.






A la misma buena señora que intercedió por nosotros para sellar el pasaporte le preguntamos por una gasolinera, comentándole que estamos en la reserva del depósito y que hacia atrás, hacia Kingman no llegaríamos ni de broma, esa carretera de curvas y de montaña consumiría rápidamente el depósito, pero nos tranquiliza diciendo que hacia delante la carretera ya no tiene ese aspecto, es lisa, y que saliendo a la Hwy 95 encontraremos una gasolinera, en la que paramos para repostar y continuar nuestro viaje a Las Vegas


22 de marzo de 2017

EEUU - Ruta 66 - Williams

En la mítica ruta americana



Con tristeza, porque el gran cañón del Colorado nos ha calado tan profundo como sus acantilados rocosos, y por tener que abandonar nuestra confortable y coqueta cabaña del Angel Bright Lodge, un cálido refugio tras las excursiones por la zona, hoy emprendemos el camino de vuelta a Las Vegas



En este camino de vuelta ya conocemos la carretera, y sabemos que es buena, además el tiempo ha ido mejorando, durante estos días no ha nevado, así que no hay duda que haremos el desvío que en el viaje de ida no hicimos. Comenzamos parando en el pueblo de Williams, que tanto nos había llamado la atención y donde nos quedamos con ganas de darnos un paseo. La entrada es puro oeste americano.




La pequeña ciudad, que debe su nombre al trampero Old Bill Williams, es una de las que forman parte de la mítica Route 66, como así hacen notar con un anagrama gigante de la ruta ante el que por supuesto nos hacemos las fotos de rigor, cosa que hacemos con tranquilidad sin agobios, no hay exceso de turistas haciendo cola, y podemos hacer las payasadas que queramos.



Originalmente la ruta discurría desde Chicago hasta Los Ángeles, pasando por Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California, con un total de 3.939 km. Fue oficialmente retirada de la red de carreteras de Estados Unidos en 1985, pasando desde entonces a convertirse en Historic Route 66, que nos atrapa a muchos curiosos y sobre todo cinéfilos, así como la referencia literaria de John Steinbeck en Las uvas de la ira (también película por cierto). 

Desde Williams parte el tren Grand Canyon Railway que lleva hasta Grand Canyon Village, y cuyo viaje debe ser una simpática experiencia, pero está concebido como un viaje de ida y vuelta en el día (aunque posiblemente si en lugar de maletas se lleva una mochila creo que podría ser factible quedarse unos cuantos días para disfrutar del gran cañón). 

Junto a la señal tamaño XXL de la ruta 66 hay una pequeña colección de vagones de tren, de mercancías, y algunos logos de compañías ferroviarias. 





Nuestros ojos se fijan, aparte por supuesto del fantástico cartel de la ruta, en los maravillosos rótulos de los diner norteamericanos estilo años 50-60. 



No podemos resistir la tentación de entrar a uno de ellos, donde hay un anuncio a la entrada que no es nada tranquilizador, pero esto es USA en estilo puro y duro (y más duro que se puede poner con los tiempos que corren en la actualidad). 



Pedimos permiso para realizar fotografías, que es concedido sin problemas, pero de todas formas también pedimos un café para llevar, ya que hay que ser agradecidos con la gente amable. En el exterior nos recibe la imagen en madera de un indio con penacho y todo, y en el interior, la figura acartonada de Elvis Presley. 



Lo que te transporta a la década de los 50 es la decoración: en la barra, en los asientos, y en la figura, ya no de cartón, de Betty Boop. 



No faltan las placas de la ruta con los estados por los que pasa, así como una bonita colección de coches antiguos (si regándolos crecieran, sería una maravilla). 




Otro de los establecimientos que nos llama la atención es una soda fountain, con el mismo estilo de diner, otro establecimiento típico, aunque en esta ocasión no entramos para conocerle. 




Comenzamos a caminar por Williams, sin un rumbo fijo, pretendemos entrar a alguna de sus calles, ya que estamos en la que corre junto a la carretera. Como antiguo pueblo de Old West tiene una parte decorada, que más parece propia de una película de serie B de vaqueros, pero que tiene su punto de gracia (no puedo decir que es bonita, es sencillamente simpática y bastante lograda en su conjunto). 

Junto a la pequeña oficina del sheriff, donde se encontraba la cárcel; la más grande casa de citas, o club social como se les solía llamar. Con esta diferencia de tamaño ya se ve que era lo más importante. No falta el depósito de agua, depósitos que en NY buscamos continuamente con nuestra mirada y con la cámara, con el deseo de que nunca desaparezcan, aunque ya no tengan su uso.




El saloon, donde beber, jugar y retarse. No falta una carreta de ambientación. 



Uno de los edificios aloja el restaurante, cuyo uso es real, con mesas en el patio que ahora no se utilizan porque hace un considerable frío, a pesar de disponer de setas estufas. Antes de entrar aquí si hay que dejar las armas en un arcón. 




Otra carreta, pero al estilo chino, población que ayudó a construir el ferrocarril. 


Uno de los detalles que nos pareció más divertido fue la oficina de detectives Pikerton -en bastantes películas hemos oído ese nombre, sobre todo cuando en ellas hay el robo de un banco-, y no son un invento de película, fue una compañía real fundada en 1850.



Hay algunos carteles más o menos simpáticos, y un escupitajo que no vaya a la escupidera metálica puede salir caro (el precio no tengo claro si se refiere a la cantidad o al tamaño). 



La línea de diligencias presenta un logo muy coqueto y femenino, no parece para los hombres rudos del oeste. 




El importante servicio de correos Pony Express requiere personal joven para trabajar; no les falta ni un detalle en este decorado. 




Salimos del decorado del oeste y en la ciudad lo que hay más hay son referencias a la ruta, de todas las maneras posibles. Para anunciar un garaje hay un coche en venta de estilo vintage




Los trenes que llevan hasta Grand Canyon Village, siendo curioso el de color verde, con el nombre de Polar Express, y es que el cine siempre se nos aparece, ahora con Tom Hanks de protagonista y en versión animada. 



Vamos entrando entrando en cada tienda que nos encontramos -como insectos atrapados en las telas de arañas-, y aparte de ser una oda a la ruta 66, es una locura comercial, donde puedes salir tras haber encargado una maravillosa nevera antigua de Coca-Cola, o después de haber jugado en una ruleta por el valor del importe de las compras (Las Vegas y su sombra amenazante del juego están cerca). 


De la estación de trenes nos conformamos con verla desde lejos, aunque hubiera resultado interesante su visita (no descarto volver a realizar la ruta en otra temporada, en otro momento). 




Los antiguos surtidores de las gasolineras ahora adornan las cafeterías, los bares, los restaurantes, los garajes, las calles y supongo que más de una casa. 


Y de tienda en tienda, de compra en compra, salimos de Williams inmensamente contentos, aunque podíamos haber pasado todo el día en la ciudad, comiendo y comprando. Salimos en posesión de un pasaporte para ir sellando en los pueblos de la ruta, una turistada más que nos hace gracia.