29 de mayo de 2011

Japón - Tokio - Akihabara - Roppongi

Sayonara Nippon, Domo Arigato

A la salida tomamos un taxi, ya no es hora de visitas, es hora de las compras, y como en Nakamise-dori, la calle comercial del templo Senso-ji, habíamos visto productos interesantes, nos fuimos para allá, y terminamos de comprar regalos para todos. 


Y así, cargados de bolsas volvemos al metro, todavía le debo a mi marido la visita de un barrio para su disfrute, el barrio electrónico de Akihabara, donde yo me pierdo en los productos, pero él alucina con los precios de pcs portátiles de segunda mano, yo sólo me lo paso bien con los gritos de los vendedores, con las chicas vestidas de lolitas o camareras ofreciendo publicidad sexual (hice que mi marido cogiera un folleto ya que a mí no me lo ofrecían), con las luces, y con el mercado del móvil, que tienen variedades para aburrirse.


De nuevo las luces invaden la avenida, y sobre todo hay mucha gente joven en la zona. 



El mercado comenzó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército quiso deshacerse del material que diponía, y los estudiantes lo compraban para fabricar radios para venderlas posteriormente. Con el despunte tecnológica y económica la zona y sus productos fueron avanzando. 


En una calle transversal un coche que llamaba la atención de todos, ciudadanos y turistas. 



Volvemos a tomar el metro, ya es de noche y todavía nos queda por conocer la zona de Roppongi, donde se encuentra la torre de Tokio, que es tanto un distrito de embajadas como de torres residenciales y de oficinas, como un centro de ocio y diversión (para los japoneses ocio occidental), con las discotecas más de moda de la ciudad. Roppongi significa "seis árboles" pero el distrito no es famoso por su verdor sino por su bullicio de juerga en la noche tokiota.

Nuestra visita es a la Torre Mori para contemplar Tokio nocturno desde las alturas, con una visión de 360º, a 250 m de altura.  


En la pequeña plaza frente a la torre, la imponente y asombrosa escultura Mamán, una araña gigante, obra de Louise Bourgeois, fallecida a los 98 años el 1 de junio de 2010.



Tenemos la mala suerte que sólo está habilitado el primer mirador, cerrado por los cristales, el segundo, al aire libre, no se encuentra abierto por el viento que sopla, aún así subimos y disfrutamos entre cientos de cabezas. Las fotos no salen demasiado bien a causa de los cristales y de lo manoseados que están.


Ahora la ciudad no se encuentra tan iluminada a causa del terremoto, el tsunami y la catástrofe nuclear de Fukushima, que abastecía de energía a Tokio en un importante porcentaje. Las autoridades lo han pedido, y no sólo las empresas anunciantes, las oficinas con horarios más diurnos que nocturnos, sino que también los ciudadanos colaboran en todo lo posible en este apagón. 



Para volver al hotel tomamos un taxi, estamos realmente cansados, vamos cargados con las bolsas de compras y la salida del metro cercana al hotel no es tan cercana, es un buen paseo para el que no nos quedan muchas fuerzas. Le pido que nos lleve por la  zona dando una vuelta para conocer por lo menos en coche más de ella;  al conductor le cuesta comprendernos pero lo consigue y termino de tachar cosas en mi relación de cosas pendientes, aunque de la ciudad nos ha quedado mucho por descubrir, indagar, disfrutar y tachar.

No subimos a tomar una copa en el bar del hotel como habíamos pensado, está en la última planta, con vistas de la ciudad, pero es el lugar donde hemos desayunado, ya las hemos visto,  y no creímos que superaran a las de Roppongi, aunque seguro que serían magníficas igualmente.           

La mañana siguiente no nos da tiempo a desayunar, hemos estirado la hora de levantarnos y luego hemos estado lentos en prepararnos y recoger lo poco que queda, parece que estamos remolones a marcharnos.

Nos despedimos de Tokio, de la ciudad de las luces, de la ciudad asombrosa. Nos vamos despidiendo de Japón, de sus paisajes, de sus templos y santuarios, de su gente tan amable, de sus comidas no siempre acertadas....de un país asombroso y vitalista. 

Sayonara Nippon, domo arigato. 

Las maletas siempre están preparadas para un próximo viaje, y los que escriben más. 



27 de mayo de 2011

Japón - Tokio - Jardín Koishikawa Korakuen

La luna llena en un jardín


Con el callejeo por Kagurazaka ya son casi las cuatro de la tarde, y aquí todo lo visitable cierra a las 16.30 o a las 17 h, así que nos vamos hacia el jardín Koishikawa Korakuen, que dicen que es uno de los mejores para pasear en Tokyo. Desde la salida del metro hasta llegar es un gran paseo, ya que la entrada está dando la vuelta al recinto,  y durante el paseo nos acompañan los gritos de los de la montaña rusa de un cercano parque de atracciones, pegado al estadio de béisbol Tokyo Dome.


El jardín es una preciosidad y está lleno de detalles, algunos paisajes son representaciones de paisajes reales. El nombre, jardín del sumo placer, proviene de un poema chino, El castillo Yueyang de Fan Ahongya: "Sé el primero en sentir los problemas del mundo, sé el último en disfrutar de sus placeres" (verdades filosóficas a tener en cuenta más en los tiempos que corren o que hacen correr). 


La construcción del jardín se inició en 1629 y se completó 30 años después. Originalmente era cuatro veces más grande que el actual, casi 8 Ha y pertenecio a una rama de la familia del shogun Tokugawa. 


El puente Tsukenkyo, que queda perfecto con su color anaranjado. En teoría es una copia de un puente de Kioto, pero desconozco el nombre y situación del original. 


El puente Engetsukyo o de la luna llena, ¿se nota porqué? a pesar de que el agua no está todo lo cristalina que este puente se merece.


No se puede subir por él.


No falta el cautivador camino de piedras sobre uno de los estanques, sigo evocando a Scarlett.


También hay una pequeña cascada. 


El recordatorio del lugar donde una vez hubo un templo. 


En el paseo encontramos muy pocos turistas, más bien japoneses paseando, fotografiando y muchos también pintando. 


En el jardín se representan grandes paisajes en miniatura: Rozan (una famosa montaña china), el río japonés Kiso y en medio del estanque la isla Horai. 


El cerezo llorón, que en floración tiene que ser un espectáculo. 

 
Me recuerda mucho al Central Park de Nueva York, con todas sus diferencias, pero es como el mismo pulmón verde en la ciudad rodeado de edificios. 

Con los jardines japoneses nos quedan dos asignaturas pendientes: en primavera (un poco antes realmente; tendré que ir cargada de antihistamínicos) con la floración de cerezos, y en otoño con sus tonalidades rojas y cobrizas, esplendor cromático donde los haya. Aunque en un invierno de nieve tampoco estarán mal...tendremos que irnos a vivir un año al país. 

26 de mayo de 2011

Japón - Tokio - Parque Kitanomaru-koen - Kagurazaka-dori

Por Bob Dylan


Desde Jimbocho nos trasladamos en metro hasta el parque Kitanomaru-koen, situado al norte de los terrenos del Palacio Imperial, que era utilizado como recinto para la guardia imperial, que se transformó en parque público en 1969. En un mapa Jimbocho y el parque se encuentran cerca, pero en Tokio esto no hay que darlo por hecho nunca, así que es preferible utilizar el metro para una estación solamente.


En el foso que lo rodea se pueden alquilar barcas para pasear por él., pero vista esa pastosidad verde no apetece demasiado, la verdad.


No falta el mapa con las indicaciones de lo que se puede encontrar en el parque (siento que no esté completo pero nuestro objetivo era solo uno). Afortunadamente en esta ocasión al japonés le acompaña el inglés para hacer las cosas más fáciles.


Tras cruzar el foso se entra al parque por la puerta Tayasumon, que como todas las puertas de templos, santuarios y castillos, es grande, aunque ya su tamaño comparada con las imponentes sanmon no nos impresiona.


El parque es famoso por el Nippon Budokan, un estadio octogonal de artes marciales que se construyó para las Olimpiadas de 1964 y que se ha utilizado para conciertos, entre ellos el de The Beatles en 1969, y el de mi disco de vinilo de Bob Dylan, At the Budokan, razón por la que hemos venido a este parque, aunque no podamos entrar en su interior, en el exterior hay camiones desembalando instalaciones, parece que habrá un concierto pronto. 


Como una carambola, hace dos días, el 24 de mayo, Bob cumplió 70 años, ¡felicidades!.

En el recinto del parque se encuentran varios museos, que no visitamos: Museo de la Ciencia (Kagaku Gitjutsukan), no tan importante como el instalado en el parque Ueno; el Museo Nacional de Arte Moderno (Kokuritsu Kindai Bijutsukan), uno de los mejores en su género de Japón, y la Galería de Artes y Oficios (Kogeikan).

Lo que hacemos es realizar un pequeño paseo con nuestras amigas cantarinas (¿escucháis la música celestial?), ahora acompañadas de fuertes cuervos, y es un parque normal, sin paisajismos evidentes. 


De nuevo al metro, ahora vamos a Kagurazaka, que fue un barrio de geishas pero no queda casi nada de él, por lo tanto no es turístico; para encontrar rastro del pasado habría que entrar en sus callejones y no tenemos tiempo para hacerlo, aparte de que nos perderíamos con toda seguridad. El barrio es conocido como el pequeño Kioto dentro de Tokio y con esta presentación ya merece una visita con detenimiento.

Disfrutamos del paseo por estas calles comerciales menos transitadas y yo encuentro unos calcetines para mis getas, de esos de cuatro dedos en un lado y el gordo aparte, no son los más bonitos, pero como no los encontraba me conformo con ello.

En el mercado Nishiki de Kioto dejé pasar la oportunidad de comprar té al por mayor, luego no encontraba ninguna tienda, y de repente, estaba allí esperándome. Tenía un amplio surtido y degustamos dos tipos de té, uno más suave,  y el té japonés, el de las ceremonias, el matcha verde, que va en polvo y acompañado de un panfleto con instrucciones sin necesidad de tener que hacer la ceremonia ni comprar la "escobilla" con la que lo baten. La tetera que más me había gustado se había quedado en Takayama, y ahora ninguna me parecía tan bella, y como aquí hay muy bonitas para elegir me aturullé y no compré ninguna (el sentido común del espacio y del miedo a que se rompiera también hacían lo suyo).

Y aquí una de esas calles llenas de cables, por causa de los terremotos, (de triste actualidad) ya que si los soterran sería más peligroso y la reconstrucción más lenta, y también más costosa claro.


De camino al metro, a la estación Lidabashi para no hacer transbordos, pasamos por el santuario Zenkoku-ji, también conocido como Bishamonten, uno de los siete dioses de la fortuna.