27 de mayo de 2011

Japón - Tokio - Jardín Koishikawa Korakuen

La luna llena en un jardín


Con el callejeo por Kagurazaka ya son casi las cuatro de la tarde, y aquí todo lo visitable cierra a las 16.30 o a las 17 h, así que nos vamos hacia el jardín Koishikawa Korakuen, que dicen que es uno de los mejores para pasear en Tokyo. Desde la salida del metro hasta llegar es un gran paseo, ya que la entrada está dando la vuelta al recinto,  y durante el paseo nos acompañan los gritos de los de la montaña rusa de un cercano parque de atracciones, pegado al estadio de béisbol Tokyo Dome.


El jardín es una preciosidad y está lleno de detalles, algunos paisajes son representaciones de paisajes reales. El nombre, jardín del sumo placer, proviene de un poema chino, El castillo Yueyang de Fan Ahongya: "Sé el primero en sentir los problemas del mundo, sé el último en disfrutar de sus placeres" (verdades filosóficas a tener en cuenta más en los tiempos que corren o que hacen correr). 


La construcción del jardín se inició en 1629 y se completó 30 años después. Originalmente era cuatro veces más grande que el actual, casi 8 Ha y pertenecio a una rama de la familia del shogun Tokugawa. 


El puente Tsukenkyo, que queda perfecto con su color anaranjado. En teoría es una copia de un puente de Kioto, pero desconozco el nombre y situación del original. 


El puente Engetsukyo o de la luna llena, ¿se nota porqué? a pesar de que el agua no está todo lo cristalina que este puente se merece.


No se puede subir por él.


No falta el cautivador camino de piedras sobre uno de los estanques, sigo evocando a Scarlett.


También hay una pequeña cascada. 


El recordatorio del lugar donde una vez hubo un templo. 


En el paseo encontramos muy pocos turistas, más bien japoneses paseando, fotografiando y muchos también pintando. 


En el jardín se representan grandes paisajes en miniatura: Rozan (una famosa montaña china), el río japonés Kiso y en medio del estanque la isla Horai. 


El cerezo llorón, que en floración tiene que ser un espectáculo. 

 
Me recuerda mucho al Central Park de Nueva York, con todas sus diferencias, pero es como el mismo pulmón verde en la ciudad rodeado de edificios. 

Con los jardines japoneses nos quedan dos asignaturas pendientes: en primavera (un poco antes realmente; tendré que ir cargada de antihistamínicos) con la floración de cerezos, y en otoño con sus tonalidades rojas y cobrizas, esplendor cromático donde los haya. Aunque en un invierno de nieve tampoco estarán mal...tendremos que irnos a vivir un año al país. 

26 de mayo de 2011

Japón - Tokio - Parque Kitanomaru-koen - Kagurazaka-dori

Por Bob Dylan


Desde Jimbocho nos trasladamos en metro hasta el parque Kitanomaru-koen, situado al norte de los terrenos del Palacio Imperial, que era utilizado como recinto para la guardia imperial, que se transformó en parque público en 1969. En un mapa Jimbocho y el parque se encuentran cerca, pero en Tokio esto no hay que darlo por hecho nunca, así que es preferible utilizar el metro para una estación solamente.


En el foso que lo rodea se pueden alquilar barcas para pasear por él., pero vista esa pastosidad verde no apetece demasiado, la verdad.


No falta el mapa con las indicaciones de lo que se puede encontrar en el parque (siento que no esté completo pero nuestro objetivo era solo uno). Afortunadamente en esta ocasión al japonés le acompaña el inglés para hacer las cosas más fáciles.


Tras cruzar el foso se entra al parque por la puerta Tayasumon, que como todas las puertas de templos, santuarios y castillos, es grande, aunque ya su tamaño comparada con las imponentes sanmon no nos impresiona.


El parque es famoso por el Nippon Budokan, un estadio octogonal de artes marciales que se construyó para las Olimpiadas de 1964 y que se ha utilizado para conciertos, entre ellos el de The Beatles en 1969, y el de mi disco de vinilo de Bob Dylan, At the Budokan, razón por la que hemos venido a este parque, aunque no podamos entrar en su interior, en el exterior hay camiones desembalando instalaciones, parece que habrá un concierto pronto. 


Como una carambola, hace dos días, el 24 de mayo, Bob cumplió 70 años, ¡felicidades!.

En el recinto del parque se encuentran varios museos, que no visitamos: Museo de la Ciencia (Kagaku Gitjutsukan), no tan importante como el instalado en el parque Ueno; el Museo Nacional de Arte Moderno (Kokuritsu Kindai Bijutsukan), uno de los mejores en su género de Japón, y la Galería de Artes y Oficios (Kogeikan).

Lo que hacemos es realizar un pequeño paseo con nuestras amigas cantarinas (¿escucháis la música celestial?), ahora acompañadas de fuertes cuervos, y es un parque normal, sin paisajismos evidentes. 


De nuevo al metro, ahora vamos a Kagurazaka, que fue un barrio de geishas pero no queda casi nada de él, por lo tanto no es turístico; para encontrar rastro del pasado habría que entrar en sus callejones y no tenemos tiempo para hacerlo, aparte de que nos perderíamos con toda seguridad. El barrio es conocido como el pequeño Kioto dentro de Tokio y con esta presentación ya merece una visita con detenimiento.

Disfrutamos del paseo por estas calles comerciales menos transitadas y yo encuentro unos calcetines para mis getas, de esos de cuatro dedos en un lado y el gordo aparte, no son los más bonitos, pero como no los encontraba me conformo con ello.

En el mercado Nishiki de Kioto dejé pasar la oportunidad de comprar té al por mayor, luego no encontraba ninguna tienda, y de repente, estaba allí esperándome. Tenía un amplio surtido y degustamos dos tipos de té, uno más suave,  y el té japonés, el de las ceremonias, el matcha verde, que va en polvo y acompañado de un panfleto con instrucciones sin necesidad de tener que hacer la ceremonia ni comprar la "escobilla" con la que lo baten. La tetera que más me había gustado se había quedado en Takayama, y ahora ninguna me parecía tan bella, y como aquí hay muy bonitas para elegir me aturullé y no compré ninguna (el sentido común del espacio y del miedo a que se rompiera también hacían lo suyo).

Y aquí una de esas calles llenas de cables, por causa de los terremotos, (de triste actualidad) ya que si los soterran sería más peligroso y la reconstrucción más lenta, y también más costosa claro.


De camino al metro, a la estación Lidabashi para no hacer transbordos, pasamos por el santuario Zenkoku-ji, también conocido como Bishamonten, uno de los siete dioses de la fortuna. 


25 de mayo de 2011

Japón - Tokio - Puente Nihonbashi - Templo Zozo-ji - Jimbocho

Del kilómetro cero a las librerías de viejo


Una vez visitado el templo cercano al hotel, el Tokoyawa Inari, el planning de hoy está marcado por los lugares que queremos (quiero realmente, ya que soy la encargada de elaborar una guía de lugares interesantes y mi marido se deja llevar), su orden estará condicionado por las estaciones de metro, cuanto más directo se llegue de una a otra y evitando en todo lo posible los transbordos.

Al metro para ir al puente Nihonbashi, el puente de Japón, que da nombre al distrito, Nihonbashi que fue el centro mercantil y empresarial de Edo y del Tokio Meiji, centro que se trasladó a Marunouchi y Ginza tras el terremoto de 1923.

El puente marcaba el comienzo de las cinco carreteras principales en el periodo Edo. La construcción actual data de 1911. 


En la orilla norte del río se encuentra la señal de bronce desde la que se calculan las distancias desde y hacia Tokio, lo que sería el kilómetro cero. 


Por supuesto, el puente tiene sus dragones alados y majestuosos decorándolo.


En metro buscamos nuestro nuevo destino, el templo Zozo-ji, y por la calle que conduce a él un restaurante muy familiar.


El templo fue restaruado tras ser incenciado durante la restauración Meiji, pero fue nuevamente incendiado por un vagabundo en 1909 y posteriormente destruido durante la Segunda Guerra Mundial. A pesar de estos hechos la puerta sanmon de dos niveles, de 1605, permaneció en pie. 


Frente a la puerta un cedro con una placa recordatorio de la visita del General Grant al país.


Ya os habréis dado cuenta que de la mayor parte de los interiores de los templos no he publicado fotografías, porque no se hicieron, bien por respeto a los fieles o porque la oscuridad no favorecía el arte fotográfico, pero en esta ocasión hay una, que da idea de lo que se puede encontrar, con sus diferencias, en ellos.


Lo más llamativo de este templo es la inmensa colección de jizos que se encuentran, muy coloridos y alegres las estatuas del protector de las almas de los niños fallecidos.



Un detalle curioso  de este templo es que otra de las puertas de acceso, la Nitenmon, se encuentra en el recinto de un hotel, el Tokyo Prince Hotel, aunque realmente está como en un parque pequeño que debe conducir al hotel.


De nuevo al metro, a estas alturas lo manejamos como verdaderos tokiotas, nos dirigimos a Jimbocho, donde se encuentran las llamadas librerías de viejo desde finales del siglo XIX, que surgieron porque en la zona se erigieron las tres universidades de Japón a finales de ese siglo, Meiji, Chuo y Nihon, permaneciendo sólo la primera. 


Ahora se ve una zona muy moderna, pero ahí están las librerías como recuerdo del pasado. También se venden grabados ukiyo-e y hay tiendas de manga, la lectura del presente. De la Plaza Mayor de Madrid (kilómetro cero) hemos pasado a la Cuesta Moyano (librerías de segunda mano). Aunque parece que estas librerías tienden a desaparecer.


En una ferretería, que se podría llamar de viejo también, compramos dos candados minis para nuestras nuevas maletas. Aprovechamos para hacer una parada refrescante y para comer, que el día va a ser largo, con lo que mejor ir con el estómago lleno, aprovechamos la zona estudiantil para tomar un sándwich BLT, muy americano él (bacon, lechuga, tomate). 

La pregunta sería ¿por qué ir a Jimbocho?, la respuesta es fácil, ¿por qué no?, al confeccionar la guía fue uno de los detalles que me llamaron la atención, y ya vais conociéndome un poco,  mejor ir y valorar que quedarse con las ganas. El pulso de la vida de una ciudad se encuentra en todos sus rincones, no sólo en sus monumentos o edificaciones representativas, aunque pueda parecer raro y más cuando no es época lectiva, pero era nuestro tiempo de ir.