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12 de mayo de 2016

Madrid - Antojería Cascabel


¡Viva México...¡ 

Hacía tiempo que tenía pendiente publicar una entrada sobre un restaurante, y entre unas cosas y otras -la excusa de siempre- no he podido hacerlo, pero como creo que se lo merece, sobre todo por la calidad de su cocina y por el buen hacer (y cantar) de sus camareros. 

En Gourmet Experience, en el centro comercial El Corte Inglés de Serrano, junto al estupendo StreetXo de Daviz Muñoz –la versión más económica y divertida de Diverxo-, y la heladería Rocambolesc de los hermanos Roca, hay otro local que despunta, que es también la versión económica de otro local emergente en Madrid, la Antojería Cascabel, del chef Roberto Saiz, cuyo buque insignia es el restaurante Punto MX, con una estrella Michelin en su palmarés, en el que es imposible realizar una reserva para el día que se desee. Como en StreetXo ya hemos comido dos veces, ambas con excelente resultado gustativo, en esta ocasión le dimos la oportunidad a Cascabel.

El nombre de antojería ya es bueno y divertido, presagiendo antojos gastronómicos; este nombre en México está muy extendido, haciendo referencia a que cada uno come lo que se le antoja, y en ellas se sirve comida no muy elaborada, aunque este no es el caso, es la base pero no el desarrollo y el producto final. ¡Viva México!

Hay un pequeño salón junto a la barra, donde suena la música a todo trapo, muy molesto para nuestros oídos y para mantener una conversación, aunque es el mejor lugar para disfrutar del espectáculo de los camareros, que tatarean las canciones, o las gritan, sobre todo al unísono ¡Viva México cabrones!, de la canción del grupo Molotov. 



Fuente: harpersbazaar.es

 El día que fuimos era soleado aunque fresco, por lo que decidimos apostar por comer en la terraza, con buenas vistas sobre los tejados de la Milla de Oro capitalina. 


Para beber, una cerveza de la casa, y un cocktail Margarita Coyote, que lleva tequila, mandarina y physalis (un fruto muy de moda), ¡buenísimo!, pero mejor controlar un poco porque parece que no, pero se sube lo suyo a la cabeza, sobre todo si se consume rápido, y la comida y el calorcito solar acompañan a hacerlo. 


Con la carta tenemos un problema, porque nos apetece probar todos los platos, y eso es imposible, nuestro estómago, que es muy agradecido y de gran capacidad, no lo soportaría. 


Todos los platos serán para compartir, y comenzamos con un taco árabe, con ternera, tzatziki de chile habanero (para que sea bien picantito -una salsa de origen griego, con yogur, pepino, aceite, limón y en este caso unas hojas de menta-. Muy bueno, comenzamos casi con matrícula de honor, y no solo porque el sabor sea estupendo, sino porque la carne es de muy buena calidad. Pica, pica, tragos de margarita. 


El segundo plato es una flauta de pollo ecológico, y es que no nos podemos resistir a la tortilla de huitlacoche (también se puede llamar cuitlacoche), a la que conocimos en otro restaurante mexicano de Madrid, Entre suspiro y suspiro, y por la que desde entonces tenemos debilidad, aunque se trate del hongo del maíz. Va acompañada de salsa costeña, cuyo ingrediente principal es el tomate, aderezado con ajo, cebolla, cilantro y por supuesto ¡más chile!. De nuevo, rico rico, y pica pica, pues nada, hay que seguir bebiendo. 


Continuamos con unas quecas ahogadas, con los nombres vamos bastante perdidos, pero en carta viene en qué consisten los platos para ir con más seguridad. Se trata de dos quesadillas de queso bañadas en salsa verde de miltomate y crema de rancho. De compañía, cebolla roja y aguacate. Yo pensaba que este plato no me iba a convencer demasiado, y casi termino rebañando el plato con los dedos. 


Con la rica comida picante nos hemos terminado la bebida, con lo que toca una segunda ronda. En este caso, cambio el margarita estupendo por una michelada, una combinación de cerveza con zumo de limón y sal, que no me termina de convencer aunque está buena, pero puestos a elegir prefiero una cerveza bien fresquita. La michelada en México se usa para amortiguar la resaca, o la cruda como le dicen allí, y se puede servir también mezclada con salsas (supongo que picantes mejor). 


Terminamos, y podríamos haber seguido, pero desgraciadamente utilizamos el sentido menos común de todos, el sexto, con un Armadillo, una tosta de pan horneada con frijoles rancheros, pachola de ternera (carne picada con la que se hacen filetes y en este caso viene más desparramada que en figura) y majado de hierbas frescas, que se acompaña de una salsa de chipotle y cítricos que llega en un tubo tipo pasta de dientes. No hay palabras, aquello era una fiesta en la boca, con mariachi incluido. 


Las cantidades en los platos no son precisamente generosas, sobre todo si se comparten, pero creo que la relación cantidad-calidad-precio es bastante ajustada, y lo que hace subir la cuenta no es la comida, a no ser que se piden diez platos, como siempre suele ser, es la bebida, que también podría haber sido más. Los platos cuestan entre 9 y 15€. Un sitio al que volver sin ninguna duda, además la cola suele estar para entrar a StreetXo y aquí es mucho más fácil, aunque como esto es vox populi al final será igual de difícil. Lástima no poder ir a Punto MX para abrir más nuestra mente y nuestro paladar, aunque de vez en cuando echaremos un vistazo a las reservas de su página web, y a nuestro bolsillo, por si los dos se acoplan bien. 

7 de mayo de 2015

España - Madrid - (Restaurante) StreetXO



Estrellas low cost

En un sábado tontuno nos acercamos a intentar comer a la zona del Gourmet Experience del centro comercial El Corte Inglés de Serrano, porque allí se ha instalado el restaurante-bar de concepción asiática callejera de Daviz Muñoz (Dabiz escribe él, que no sé como lo pronuncia), el laureado chef con tres estrellas Michelin que tenemos en Madrid (o ¿Madriz?). Dado que intentar comer en su restaurante formal Diverxo, es tarea casi imposible (fines de semana completos y entre semana que es cuando hay algún hueco para nosotros es imposible acudir), acudimos a StreetXO para ver si teníamos más suerte, y así probábamos su cocina, aunque no en su versión más extendida y seguramente no tan creativa y extravagante, pero por algo se empieza.

Las vistas de la Milla de Oro madrileña, la calle Serrano, son buenas desde la cristalera y las terrazas del centro. 



Hace dos años intentamos cenar en su restaurante, cuando se localizaba en la calle Pensamiento, pero una mala gestión de reservas (en nuestro caso no confirmaron hasta el mismo día de ella) y un malentendido por mi parte (confusión de oídos) y que ya habíamos reservado en otro restaurante al tratarse de una celebración y ante la falta de confirmación, Gastro Sergi Arola, no pudo realizarse el encuentro.

En StreetXO no se puede reservar, hay que hacer cola para ir entrando ordenadamente. Ventaja e inconveniente a la vez; ventaja, porque en teoría hay más posibilidades; inconveniente, porque no se sabe a la hora que se comerá con certeza. Así que lo mejor es llegar temprano para hacer cola y entrar en la primera tanda de comensales, y es lo que hicimos nosotros, aunque la cola ya era importante cuando nos pusimos, pero aún así, casi por los pelos entramos en este turno.

Se entra por una cortina de plástico, como la que se veían (no sé si siguen en activo) en los mataderos, por ejemplo; aunque también podría ser un centro de lavado automático de coches, en que de repente en lugar de jabón comenzara a caer comida. El logo es como un grafiti, y allí está David marcando cresta. Original, pues sí. 



La imitación a los restaurantes callejeros asiáticos es que la mayoría de los asientos se encuentran en la amplia barra que rodea el centro de operaciones culinarias; alrededor de la barra taburetes dispares, algunos clásicos y otros montados sobre cajas de envío de mercancías. También hay una terraza (el día era bueno pero a la sombra no apetecible) y unas cuantas mesas normales (concebidas creo que para personas con discapacidad o con niños). 

Fuente: hola.com

La carta es totalmente apetecible, menos dos platos cuyos ingredientes no son de mi agrado, con lo que tenemos que poner sentido común y sobre todo consenso. 



Si algo es de aplauso es la perfecta organización del equipo de cocineros y camareros; no los conté pero fácilmente habría diez-doce detrás de la barra, cantando (más bien gritando a tope) las comandas. Esto es meritorio, ya no solo por las órdenes que tengan de David, sino por el propio equipo, que en lugar del típico mandil negro llevan una especie de camisa de fuerza (y es que hay que estar un poco loco para aguantar el ritmo en cocina). 


Los peores asientos en la barra son sin duda los situados frente a la parrilla, y nosotros estamos hacia un lado, con lo que algo del calor nos llega, pero no tanto como para sudar la gota gorda. 


Aunque no solemos tomar aperitivo bebible alcohólico para comenzar una comida (a excepción de una copa de champán), en este caso lo hacemos, ya que vamos a probar la oferta del local, hagámoslo completamente. Preguntados sobre nuestros gustos, a él le aconsejan un negrini (vermut rojo, ginebra y campari) con frutos rojos macerados; y a mí, algo fuerte, whisky con mango (aquí comienzo a tener dudas de si podré bajar de la banqueta dignamente), del que primero tengo que comer la cuchara con los pequeños trozos de mango para que el paladar se inunde de su sabor y potencie el líquido. No sé cuál de los dos me pareció más fuerte, el mío se suavizaba con el mango (o con los tragos), y su presentación en vaso de cartón tipo café callejero es curiosa (aparte de evitar tener que lavar y que es material reciclable). 


Si volvemos a comer aquí creo que evitaría tomar cóctel y directamente pasaríamos a pedir vino (aunque en la carta no había ninguno que nos convenciera especialmente) o cerveza. 

Decidimos que vamos a pedir cuatro platos para compartir, si el estómago se queda insatisfecho ya seguimos haciendo pruebas. Los cubiertos de plástico, usar y tirar, como una comida comprada en la calle.

Lasaña coreana de wonton y vaca vieja gallega con shitakes (setas), tomates escabechados, picantes, bechamel de cabra cardamomo. Ya el adjetivo coreano nos gana a la primera y no hay discusión en su elección. Realmente sabrosa y jugosa la lasaña, de la que daban ganas de pedirse una bandeja. ¡Qué difícil es compartir cuando está rico!



Pez mantequilla a la robata con mojo canarionikkei, pastel de patata y bacon ahumado, con aliño de cesar salad. La robata es un modo de cocción de origen japonés, que sería como una brocheta a la barbacoa. Si el encuentro con el pez mantequilla suele ser algo anodino e insulso, a pesar del gran aprecio que en Japón le tienen, en este caso el mojo le da el punto perfecto. Por un momento pensé que eran chips de yuca, pero eran chips de patata. 


Costillas de raya y hojas de banana más sambal indonesio de pasta de crustáceos. Spicy salmorejo cremoso picante, con pan de gambas. En la pescadería que frecuento no tienen raya, solo la he conseguido en una ocasión, y es un pescado que me gusta mucho, a pesar de tener que ir limpiando sus espinas (lo de chupetear también puede ser un placer), así que tampoco hubo dudas en esta elección.

Este plato lo presentan sobre un salvamanteles de papel, que como podréis suponer terminó como un cuadro artístico. La raya es cocinada en la barbacoa envuelta en hoja de banana (en Vietnam y Camboya estas hojas son utilizadas en muchos platos, como supongo también lo será en otros países asiáticos). El sambal es un condimento de origen indonesio elaborado con pimientos, donde por supuesto no faltan los picantes. El contrapunto lo da el salmorejo de forma equilibrada. Y qué decir del típico pan de gambas, no hace falta desmerecer un producto conocido y famoso, solo presentarlo de otra forma, con otro sabor y toque. 



Chili crab, pimentón, chipotles (chile seco y picante), palo cortado (vino dulce), acompañados de mantou (panecillos chinos al vapor). Fue la elección más arriesgada, pero ya que estábamos ¿porque no? El chili crab es originario de Singapur, se trata de una salsa espesa, potente y en este caso bien picante, con pequeños cangrejos, a los que hay que meter mano para comer (por lo tanto los dedos o te los chupas o te los limpias constantemente para poder seguir la tarea…). Nos gustó y sorprendió pero no es un plato para repetir con asiduidad. Los panecillos estaban riquísimos. 



Finalmente no nos hemos quedado con hambre, las cantidades a compartir son realmente generosas (a no ser que se sea un gran comedor). La sorpresa nos la encontramos en la cuenta: dos cócteles, una cerveza, dos botellas de agua, cuatro platos…89 € (el precio de los platos varía entre los 11-15 €). Para nosotros una relación precio-calidad-cantidad insuperable, Dabiz nos ha ganado el estómago por goleada y sin estar preparados para ello, lo que tiene doble mérito. ¿Repetir?, ¡por supuesto!, aunque sospecho que tendremos que buscar fechas en las que la cola no sea especialmente grande. Ahora sí que tenemos ganas de probar su cocina en Diverxo, aunque para ello tengamos que hacer una reserva a seis o más meses vista, sabiendo que no tendrá que ver mucho con lo que hemos comido hoy, aparte de esa fusión de cocina asiática que tanto gusta a los cocineros o chefs.

Como no hemos tomado postre (ni preguntamos pero creo que no ofrecen) a la salida hacemos la segunda parada en esta zona del Gourmet Experience, y creo que la razón de esta falta dulce en la carta de StreetXO. Rocambolesc, la heladería de Jordi Roca, el repostero de los hermanos Roca, también laureados con tres estrellas Michelin; un pequeño espacio decorado como la fábrica de chocolate de Willy Wonka. También sirven cafés, y tanto estos como los helados se pueden tomar (disfrutar y degustar) en tres mesas altas en el espacio que ocupan. 


Fuente: hola.com

Como los sabores más sorprendentes que ofrecen de helado no nos apetecen demasiado en este momento, elegimos un clásico de chocolate, servido en tarrina (que también puede ser en cucurucho), y al que se pueden añadir toppings (nubes de violeta, chocolates, frutos secos…). Un helado muy cremoso, muy sabroso, y contundente. 



Para rematar la jornada solo nos faltó tomarnos un cóctel a base de tequila o mezcal en la antojería Cascabel, del mexicano Roberto Ruiz, artífice del también laureado y famoso PuntoMX, que ya tiene una estrella Michelin. Pero esto lo dejamos para otra ocasión, y así disfrutamos de los cócteles y de su comida (ya que en el restaurante ocurre como en Diverxo, es difícil realizar una reserva). 

Fuente: hola.com

Lo peor del espacio en general es el alto ruido. Desde Cascabel suena música mexicana, por ejemplo la famosa canción del grupo reivindicativo Molotov, Gimme the power, que los camareros gritan a pleno pulmón en una de sus frases: ¡Viva México cabrones!

En resumen, una formidable apuesta gastronómica del Gourmet Experience, aunque el espacio se queda algo pequeño y resulta un poco caótico (colas para los restaurantes, colas para la heladería, que aunque estén organizadas no deja de crearse un tapón). 


7 de marzo de 2019

España - Madrid - Restaurante DiverXO

¡Bienvenidos al espectáculo!

Un día trasteando por internet restaurantes allá por el mes de enero de 2018, pasamos por la página de DiverXO, del chef Dabiz Muñoz, en el que nunca encontrábamos mesa a no ser que fuera algún día entre semana, y desgraciadamente no podemos ir en estos días, y de repente allí estaba: mesa disponible para dos un sábado, la noticia mala era que era el sábado 13 de octubre y que el viernes 12 es fiesta, pero cómo había que elegir, elegimos una buena comida en lugar de pasar el fin de semana fuera, al fin y al cabo ambas experiencias son un viaje, cada uno a su estilo; era la oportunidad y había que pillarla.

Al hacer la reserva hay que dejar una señal (ticket le llaman, que está muy extendido en restaurantes con estrellas o muy conocidos o solicitados) con la tarjeta de crédito (que eso de reservar y luego no acudir no está bien en ningún sitio).

El restaurante está alojado en el hotel NH Eurobuilding, en un espacio fuera de la circulación del propio hotel, lo que lo hace independiente y menos curioseable. La entrada no es especialmente bonita, una puerta giratoria que le da un toque de oficina o ambiente algo retro, que han decorado con mariposas y una cortina para evitar las miradas. 


Nada más entrar se despliega un mundo onírico, como de película surrealista, ¿el espíritu de Dalí ha pasado por aquí? Son las primeras pinceladas de decoración fuera de lo normal y supongo que del propio Dabiz; te imaginas más un club de música que un restaurante.


Nos reciben, nos recogen los abrigos y nos acompañan al piso superior donde se sitúa el restaurante, con unas escaleras con hormigas gigantes. 


Me gusta cuando nos dan la sorpresa en los restaurantes y nos pasan por la cocina, en este caso por la inmensa cocina, no pude contar todos los que estaban allí trabajando, pero lo que se notaba era orden, organización y limpieza (todo lo contrario a mi casa cuando preparo la cena de Nochebuena, que la cocina es un caos de cacerolas, platos, comida y ¡gente!). Decidimos que nos haríamos fotos en este momento, cierto es que me hubiera gustado pero fue un placer ver el ambiente.

Entramos por una puerta a la cocina y salimos por otra a la sala del restaurante, donde de nuevo el mundo de los sueños o de la fantasía de Dabiz está desplegada, con motivos decorativos fuera de lo usual (e incluso normal), que hacen que el espacio resulte divertido, libre de convencionalismos. Miro entre tanto cocinero y no veo a Dabiz, pero esto no quiere decir que no esté, solo que no le veo.

Paredes blancas que aportan luminosidad, acentuada por los grandes ventanales de luz natural; paredes en la que destacan esos cerdos con alas, los cerdos voladores de Daviz, ya sean sus cabezas o sus traseros; ya decía yo que la decoración no es nada convencional, comer con esos culos de cerdos como visión… 




Las mesas son igualmente blancas, con un pie central con luz (gran idea por aquello de estar sentados sin darte con las patas); sobre ellas lámparas de diseño y/o mariposas decorativas. Las mesas están rodeadas de una cortina igualmente blanca (creo que en un principio eran negras, pero este color resta luz e incluso puede aportar negatividad, y eso que el negro es mi color, pero no el adecuado para un espacio de creación y magia. 



Los sillones pueden ser blancos o rosas, rosa pasteloso y cursi, que sigue el patrón onírico de fantasía, eso sí, en el respaldo hay grabados unas alas, ¿los cerdos somos nosotros?... 


Me encantan las cubiteras para el agua, un cucurucho de helado. Curioso el detalle de las botellas de agua, unas simples de plástico (esto habrá que corregirlo por ecologismo) de Solán de Cabras, que se lleva mucho el agua fantasiosa a grandes precios. 


Ya estamos en nuestra mesa, una amplia mesa solo para dos, con la declaración de guerra de Dabiz en la cocina escrita en las servilletas, Vanguardia o Morir. 


Sobre la mesa un esqueleto de pez, que no parece muy amigable. 


Nos entregan el menú de degustación, que llaman la cocina de los cerdos voladores, no podía ser de otra manera. 


De aperitivo para beber optamos por champán, y nos dan un Suenen, francés, un blanc de blancs, que no conocemos pero que tenemos que apuntar en nuestra memoria porque estaba muy rico (no puedo dar notas de cata, más quisiera yo llegar a este nivel). Con esta copa esperamos la llegada del sumiller para que nos aconseje sobre si realizar un maridaje, si lo tienen, ya que como es normal el libro de petete de vinos es demasiado grande; además el maridaje es un modo de conocer vinos, sin ser una apuesta personal con falta de conocimientos. 


La elección del sumiller es simple, durante toda la comida disfrutaremos de un estupendo champagne Gosset Grand Rosé, que ya conocemos y nos apasiona (lo descubrimos en el restaurante del hotel La Torre del Remei). Lo del champán era la idea inicial de mi pareja para toda la comida, no el Gosset específicamente. La novedad es que durante algunos platos especiales, elegidos por el paladar y el saber de Miguel Ángel Millán, el sumiler, nos servirán copas de otros caldos, así que habrá un hilo conductor con el Gosset y de vez en cuando daremos rodeos en el camino.

Comenzamos con un viaje a la India, a las playas de Goa exactamente, con un aguacate asado lentamente con chutney caliente de menta escabechada y tomates verdes, piel de oveja Malai Masala y azafrán. No quiero preguntar por la piel de oveja porque quiero probar este bocado sin demasiadas cortapisas mentales -supongo que es un velo de leche o nata-, ya bastante tengo con el aguacate, que no me gusta nada, sobre todo si es muy blando, su textura me desagrada hasta el vómito. ¡Gran sorpresa!, el bocado de aguacate es una auténtica delicia (está claro que cuando hay buen producto, buenas ideas y buena ejecución al final me terminan gustando casi todos esos ingredientes que no como). 


Mientras tanto, cuando sirven un plato del menú en otras mesas un olor cítrico inunda el salón, un olor maravilloso, y a momentos incluso te sientes como en un spa donde te fueran a dar un masaje relajante entre humo oloroso. Tendremos que esperar nuestro turno, para este plato, no para el masaje.

Caviar asado en un horno tandoori con curry vindaloo y yogur griego (yoghourt según menú). Pues de nuevo me sorprende y me sorprendo, porque este caviar no tiene el regusto marino tan potente (de los sucedáneos y de los buenos), solo es en el retrogusto cuando te viene este sabor, que en boca desaparece y es suave. Comienzo a enamorarme de las salsas y fondos, ese curry es un espectáculo, al que acompaña a la perfección la frescura del yogur (ya sé, esto no es un invento de Dabiz, pero es que forman una pareja perfecta los dos ingredientes). 



Dal Masala (lentejas Masala) con suero de mantequilla de oveja y crorofil; ancas de rana como si fuera butter tikka masala, menta escabechada. Le acompaña un papadum de lentejas y un chutney de mango. Me gustan las lentejas así que no creo que estas me vayan a decepcionar. Primero nos comemos la cuchara de lentejas, donde va la extraña menta escabechada. Luego atacamos la pequeña y sabrosa anca de rana (en Vietnam venden pequeñas ranitas en todos los mercados como si fueran pipas) y finalmente el papadum (la pequeña torta de pan) con las lentejas, ¿alguien me da pan por favor que el papadum se me queda corto? ¡qué rico!


Naan de queso al vapor con trufa, maíz y parmesano acidulado. Este plato es como dar finos y exquisitos bocados al otoño, no como un jabalí o un cerdo buscando trufas, sino como señores con smoking y trajes de fiesta. Es realmente espectacular lo que sientes al comerlo, ¡quiero una ración!


Le acompaña un Doctor Bürklin Wolf Pechten 2007 Pfalz, un Riesling, que si ya en condiciones normales es difícil pronunciar el nombre de este vino no quiero yo pensar cómo será hacerlo con unas copas del mismo. Millán nos cuenta las cualidades y calidades del vino como si fuera un cuento, a mí desde el primer momento me engancha a su exposición, que además es rítmica en sonido, enfatizando en algunas partes…pufff, esto es tremendo. El caso es que este vino le acompaña fenomenalmente a la humedad del plato, a la trufa, al otoño, y sí que es cierto que al olerlo te daba esa sensación a humedad (¿estaré aprendiendo? o ¿solo me he contagiado del buen hacer de Millán?)

Como bebida acompañante para el siguiente plato una pipa de lima limón y menta, un rebujito de shiso, que nosotros utilizamos para limpiar el paladar del fuerte sabor a trufa en lugar de esperar el siguiente plato -además nos hizo tanta gracia que fuimos unos ansiosos-. Estamos jugando y formamos parte del circo del restaurante, somos como niños pero sin el como. 


Ensalada de papaya verde con berberechos al vapor, “ventresca” de cochinillo crujiente, tomates semi-secos, cacahuetes cremosos y aliño de hibiscus agridulce. Un mar y montaña versión Dabiz, con los toques asiáticos en la acidez (es muy ácido el plato pero muy bueno) y en el uso de los cacahuetes, que en lugar de crujientes totales son crujientes externos y una crema suave en su interior. Los pequeños trozos de cochinillo imitando la ventresca por ser parecidos ambos ingredientes en su grasa son una gozada, porque es una grasa limpia, no es dura ni pegajosa, no se queda en el estómago pegando alaridos para digerirla. 



Chupe peruano de angulas estofadas en crema de centolla, yema de huevo y chile rocoto. ¡Ay esa crema de centolla!, que bien le quedan a las angulas. Un chupe para chuparse los dedos. 



Para apurar la crema una curiosa y simpática cuchara, que no se quede nada en el plato.



Capón-salmón. Caldo agripicante de capón, emulsionado con su grasa, partes gelatinosas de la cabeza del salmón, sus aletas y huevas de trucha. Según cantaban el plato mi cara era siendo cada vez más un poema, todos esos ingredientes gelatinosos pueden ser un infierno en mi boca. Pero la sorpresa está en que fue uno de los platos que más me gustaron (y me gustaron todos mucho muchísimo) pero este especialmente, supongo que por mi negativa mental, fue un escándalo de sabor que me sorprendió y aluzinó. 


Según el menú vamos con la parte del típico Yamcha de Hong Kong versión Daviz.

Dumpling de nécora versión chilli crab de chipotles con cocotxa en romana de yema de pato. Ese chilli crab me recuerda una sopa de cangrejos picantes que comimos en StreetXO -versión más asequible de la cocina de Dabiz- y me produce mucho respeto, porque si bien indicaban claramente que era picante, la sopa tenía que estar marcada con diez guindillas o más. Pues efectivamente, este chilli crab estaba riquísimo, y por supuesto picaba bastante con esos chipotles. La cocotxa con una textura melosa pero muy suave. 


Preciosos son los cubiertos para comer este plato, que además va con un juego de palillos para coger la cocotxa. 


De bebida para acompañar este plato una grata y magnífica sorpresa, un sake, Heaven Sake Dassai Junmai Daiginjo (parece que casi puedes pronunciar Jumanji y de repente en este circo gastronómico saldrán animales como en la película, que estarán comandados por un ejército de cerdos voladores por supuesto). Francia y Japón se reúnen para elaborar este riquísimo sake, del que Millán nos cuenta maravillas de su elaboración y sabor: se exprime al máximo el almidón del arroz para que quede un sabor más puro, más nítido…yo solo sé que al olerlo no era alcohol, tiene un punto afrutado, y en boca no era recio ni áspero, sino suave, una perdición si esa botella está en una mesa y te sirves como si no fuera alcohólico, te acabarás levantando como lo hacen los japoneses, tambaleándote. En esta ocasión sí le pedimos la botella para hacer una fotografía ya que no queremos que se nos olvide. 


El siguiente plato va servido en vaporeras de las que sale humo y sobre todo un aroma a cítrico que inunda el salón, de ellas venía el olor que ha inundado nuestras pituitarias a ráfagas durante la comida. Lo presentan como un juego, levantar vaporeras y encontrar su contenido: puede haber una, dos o tres, y si ocurre lo último, el camarero se sienta con nosotros. No creo que haya tres en ninguna ocasión, pero bienvenido sea si esto ocurre, que dado que todo es un circo, hasta pegaría esta novedad, y no molestaría, porque además yo aprovecharía para hacer un interrogatorio culinario. 


Vamos con el plato. Bocata de calamares XO, chipirones rehogados, ali-olii picante, sésamo negro y pan crujiente con salsa agridulce. No tengo palabras, un bocado de bocata maravilloso. Estos nuevos bocatas de los chefs que le dan la vuelta y la revuelta son una exquisitez, como lo fue en el ya cerrado restaurante Sergi Arola Gastro. Atención al detalle de la servilleta de bar en el plato, como una comida de calle pero con toques finos. 


Recuerdos de un viaje a Nápoles. Dumpling de vino tinto y ragout de pichón estofado en jugo de tomates sicilianos con puré de patatas peruano al estilo Robouchon. ¿se puede mezclar más? Supongo que sí pero mi cabeza no me da para tanto. Primero te comes el puré de patatas, que fue demasiado mantequilloso o con exceso de nata para mi gusto (solo yo y nada más que yo) y luego el dumpling sabroso. 


Los dos siguientes platos son gambas a la quinta potencia en dos pases…

Bolognesa de esencia de carabineros, sashimi tibio de quisquilla de Motril, macarrones de albahaca thai y jugo de ossobuco estofado. Qué mezcla tan sabrosa, y la finura de esos macarrones, transparentes y delicados; el carabinero ilumina el sashimi de quisquilla y ese jugo de ossobuco... Precioso y muy rico. 


Para apurar bien el plato una cuchara y un instrumento tipo lengua para empujar y rebañar, al final solo nos quedaba pasar el dedo. 


Langostino baby chigüato a la andaluza, polvo de galeras y pan de gamba con tomate ¿langostinos qué?, pues el que pregunta encuentra respuestas, y resulta que estos son de Cádiz y eran crujientes por el frito y tiernos por su pequeñez y punto de cocina. El pan de gamba no tiene nada que ver con el pan de gambas de los restaurantes chinos, esto es otra historia. 


Para acompañar este langostino nada mejor que un Jerez, La Bota de Manzanilla Pasada N.40, Equipo Navazos. Yo advierto que con estos vinos no me termino de entender bien, me parecen muy pesados, Millán me ofrece cambiarlo, pero yo ante estos menús de degustación (comida y bebida) lo acepto todo, tengo que ir aprendiendo a conocer, a paladear y a entender, así que voy por este manzanilla, que al final me sigue sin convencer, no estaría entre mis elecciones. No sabía que el Jerez se criaba en las botas clásicas de vino, siempre he visto barriles o eso me ha parecido ver, lo que hoy aprendo es que se separan algunas botas especiales para conseguir estos vinos especiales. Pido disculpas si lo que cuento no se ajusta a la realidad. 


El siguiente plato tiene su guasa, viene presentado bajo la cresta del pelo de Dabiz (creo que el cambio de look que se ha hecho últimamente ha sido un recorte de esta cresta característica además de un cambio de color de pelo, ¿tendrá que cambiar vajilla?) 


El plato viene con pregunta, “¿a qué sabe un güoper de Diverxo?”, y primero nos preguntan si conocemos el Whopper, ¡a nosotros!, que a los 18 nos criamos con ellos siempre que podíamos (por delante siempre de McDonald, que luego las cosas cambiaron). Royal de pato (lo normal hasta el momento era royal de liebre y hoy cambiamos) a las cinco especias chinas y gochuyang (mi Corea, que recuerdos gastronómicos, ¡y qué salsa picante! la del gochujang), emulsión de mostaza verde, cebollino y vinagre de arroz. El pato es asado al carbón. Patatas fritas extracrujientes de pato (piel de pato, que presentan en brocheta) con salsa brava. ¡Que Whopper el de ayer! ¡Que “Güoper” el de hoy!, a cada edad lo suyo, y ahora estamos más por el segundo, no hay color. 




Sin tiempo para hacer el intento de disfrutar del manzanilla llega un Domaine Rapet Volnay Les Ehards 2012, un vino potente para acompañar este güoper, un borgoña pinot noir. 


Pixin asturiano (rape, pero como es asturiano, pixin) macerado en sirope de arce y cocinado como lo haría un chifa (wok en llamas, que hace referencia a la cocina japonesa-peruana), con gazpacho de jalapeños y aceite de vainilla y coco. El rape era una delicia, un bocado exquisito, de una calidad impresionante y cocinado de forma maravillosa. Lo mejor, con tus dedos coges el trozo de rape, lo bañas en la salsa de jalapeños y te lo comes, para terminar chupándote los dedos. ¡Viva el juego! ¡Fuera las normas! 




Cigala de tronco asada y reposada con su Bordalesa, mantequilla de ajos negros, cremoso de chiles acidulce y salsa xo (salsa original de Dabiz,  que el camarero nos dijo que partía de mi querido kimchi coreano) ¡Madre mía! ¡qué cigala!, era pequeña pero matona. La presentación es un auténtico cuadro, como un Miró en la mesa. 


Cabeza de cigala con “menuiere” de limones agridulces. No, los labios del plato no se comen, son de cerámica, pero si el tronco de la cigala estaba bueno, lo de la cabeza se sale, hacía años que no comía ninguna tan rica -fue en una marisquería, de la que chupamos hasta los ojos y la recordamos con cariño y placer a partes iguales-. Solo rebañas la cabeza, que dejas su cascarón soporte. 


Los platos salados terminan con un ¿Strogonoff viajero?. “Estofado express” en el wok de solomillo de Kobe con achiote, setas shimeji en escabeche de Cabernet y chantilly de rábano raifort. No hay casi ningún restaurante de menú degustación que no termine con una ternera Kobe, hoy es en un sabroso estofado como diferencia importante que normalmente suele ser un buen taco de carne poco cocinado con alguna salsa; los cables negros eran como unos cheetos de Matutano. La presentación de nuevo es espectacular, que da miedo hasta romper, podría ser un Matisse.


Le acompaña un Castro de Candaz Finca el Curvado 2016, un gallego Ribeira Sacra con uva mencía. Desde que en Navidades descubrimos los vinos gallegos tenemos una auténtica debilidad por ellos, y no sólo por los clásicos ribeiros o albariños, que Galicia afortunadamente es mucho más. Este Castro de Candaiz nos gusta, no nos parece recio de sabor por lo que no se lleva el strogonoff sino que lo acompaña. 


Los postres los llaman Dibujos animados…Mundo dulce de fantasía, así que fantaseemos y saboreemos.

Kakigori. Sopa Tom kha gai helada con guayaba, lemon grass, chile, lima, lima keffir. ¡Vaya lleva lemon grass!, a mi pareja no le gusta nada de nada, pero hoy va en un postre, menos mal que son solo tres hojas que se pueden apartar y algo de regusto porque contamina mucho esta hierba. El detalle es que se lo quieren cambiar por uno que no lleve las hojas, pero realmente no son tan importantes como para desarrollar una urticaria o un asco total. Este postre es como subir la cima de una montaña y comerte la nieve porque tienes sed, y darte cuenta que no es nieve ni hielo, es un granizado de sabor intenso; y es que el kakigori es un helado de nieve de origen japonés...¡los vimos en nuestro viaje a Japón! pero no tuvimos la suerte de comerlos tan ricos. El plato lo terminan de decorar en la mesa. 



Para los postres acompaña un Mitis Amigne de Vetroz 2014, un vino dulce de Suiza, país que pese a su cercanía a Austria, Italia, Francia, nunca había pensado como productor de vinos. 


Ganache de coco, ajo negro, chicle de grosella, albahaca y regaliz, con helado de cenizas de coco-yuzu. Riquísimos todos los ingredientes, pero ese chicle de grosella era un salto al pasado, a ese chicle de feria que te inundaba de sabor de fresa o menta durante segundo y medio y luego desaparecía, aunque en este caso el sabor se mantenía, y con él tus recuerdos –para los más jóvenes el recuerdo será para los chicles rellenos de líquido de los noventa-, y ese toque de regaliz, que a mí me priva. Gracias por la emotividad que me transmitió este plato, fueron sensaciones a todos los niveles. 


Limón, maíz, lulo, vainilla y la leche que queda en el fondo del bowl después de los cereales ¿se puede ser más cachondo?, aunque eso de que me den la leche que le ha sobrado a alguien… Lo mejor, su sabor del dulce y ácido a la vez, una explosión en boca. 


Sorbiendo tu infancia…Flan de algodón de feria, remolacha, vainilla y toque de salsa siracha. Tiene una instrucción, prohibido usar los dedos, además no hay cubiertos, la única posibilidad es sorber del plato con la boca. Dabiz juega con la comida y nos hace a nosotros jugar con ella, todo debe ser diversión, desde el momento en que comienza a idear el plato (y me lo imagino serio y soberbio) hasta que lo prueba y aprueba, y finalmente es apto para que nos lo comamos. Muy divertido, y quieres más. 


Terminamos el menú con la merienda…croissant y galletas blancas. Una versión del mochi japonés para elaborar una galleta blanca y un croissant de gran delicadeza (¡que tiemblen los famosos Manolitos!). 


Terminamos con un café y un té blanco (me sorprende que Dabiz no tenga una variedad más amplia de tés, un must de los restaurantes en la actualidad, y más teniendo en cuenta su gran base de los sabores asiáticos en su cocina). 


Toca pagar, factura que llega en una caja cuya tapa parecen los morros de un cerdito, solo le faltaban unas pequeñas alas en los laterales… 


En resumen, ha sido una experiencia gastronómica impresionante y maravillosa, de espectáculo en cada plato, que ha merecido la pena la espera de nueve meses para llegar a Diverxo, y que es una pena que no sea fácil hacerlo porque las reservas vuelan, como los cerdos. Yo no sé si Dabiz es un genio o no, para mí sí lo es, es inmensamente creativo, realiza una conjunción de sabores únicos y en una armonía total, además te hace jugar con la comida en modo diversión con platos, presentaciones, cubiertos o modo de comer.

Todos los ingredientes han sido de una calidad excepcional, todos los sabores han sido mágicos, intensos, fuertes y suaves, con mucho contrapunto de acidez pero nunca sin pasar la línea de perder el sabor del ingrediente principal. Pero sin lugar a dudas yo me quedo con todas esas salsas, esos fondos, hubiera pasado a cocina a robarlos, ¡los quiero todos en un tupper ya!, una concentración de sabor única.

A las mariposas no les pillo la idea, puede ser que tras una oruga feuchona sale una preciosa mariposa… La idea de los cerdos voladores pues no sé pero tenemos una teoría, relacionada tanto con las comidas pantagruélicas de los romanos, como con las medievales o las del siglo XVIII en Francia, en todas ellas los comensales devoraban como auténticos cerdos, y nosotros vamos a comer en cantidad pero con elegancia; los cerdos son voladores porque con la comida vamos a volar, a soñar, a introducirnos en un mundo de fantasía culinaria. Creo que hay mucho de ironía, humor y onirismo en estos cerdos.

El servicio lleva uniformes cuyas chaquetas imitan a los maestros de ceremonia de los circos, ¡bienvenidos al circo de Dabiz!, ¡pasen y coman!, ¡disfruten sin miedo!

Por último, Dabiz salió a la sala en varios momentos, controlando las mesas con su mirada, pero aunque tuve ganas de acercarme a él, no era el momento, él estaba haciendo su trabajo, en cocina y en sala, no era cuestión de que los comensales le avasallaramos, ya no hacer una foto, sino para hablar con él de sus creaciones, de sus planes futuros. Me gusta mucho cuando un chef está a los mandos de sus fogones en sus cocinas y restaurantes, no es obligatorio en sus funciones que nos saluden y nos pregunten (que nos gusta, pues sí, te sientes importante si le comentas tus impresiones y además si estás contento y sorprendido te gusta ser agradecido). 


En los planes de Dabiz está dejar Diverxo, no solo el local, sino descansar del restaurante, aunque no creo que pueda dejar de crear en la cocina, eso es algo que lleva en las venas, y es una pena que no podamos disfrutar su comida en todo su despliegue, que espero que este cierre sea temporal y vuelva sin tardar mucho, aunque será un milagro encontrar mesa, pero lo volveremos a intentar, a ver si los cerdos voladores nos ayudan a llegar. Por lo menos aún nos queda StreetXO (en Madrid y en Londres), la versión low cost, que por supuesto nos tiene enganchados, aunque cuesta llegar a comer, todo es cuestión de paciencia, ya que no admiten reservas, solo hay que hacer cola durante largo tiempo y al final te sientas, comes, ríes y disfrutas.

¡Gracias!, a todo el equipo, el que vemos y nos atiende, al que no vemos, y por supuesto a Dabiz, que nos ofreció un maravilloso viaje gastronómico.