29 de junio de 2018

Myanmar - De Monywa a Bagan

Viaje a una ciudad mítica


Desde las increíbles cuevas de Hpo Win Daung emprendemos el viaje del día, durante el cual paramos un momento para ver cómo juegan unos niños con una pelota de caña, el juego se llama chinlone, y sólo se pueden utilizar los pies o las rodillas para golpearla. La verdad es que son movimientos muy rápidos y parece en ocasiones más una danza que un deporte o un simple juego, juego que tiene más de 1.500 años. La pelota como elemento decorativo es preciosa. 


Las imágenes del paisaje vegetal continúa con los palmerales, muy tropical. 


Un neumático gigante anuncia una empresa china, Sinohydro, que precisamente en China se ha encargado de la construcción de la presa de las Tres Gargantas en el río Yangtze, presa no exenta de polémica. 


Por las instalaciones de la empresa pasa la carretera, que se puede cortar por una valla de protección. Es bastante extraño, y supongo que a lo mejor está relacionado con el ejército...


La realidad es que los traslados por carretera se hacen largos y algo pesados,  el estado de las carreteras, sin ser completamente óptimos, no son tan malos como podíamos esperar, y esto es un punto positivo, pero la velocidad de nuestro conductor, por nuestra seguridad y posiblemente por obligación, es limitada. 


Llegamos a Pakokku, localidad que se hizo famosa justo antes de nuestra partida por la crecida del río Irrawaddy, que se llevó una pagoda por delante, el agua se la tragó, aunque afortunadamente no hubo víctimas humanas, aquí podéis ver el video


En esta localidad comeremos antes de seguir el viaje, en el restaurante Ho Pin. 

 
El local tiene dos salas, y hoy Myo decide que prefiere comer en soledad en una de ellas, que se lo respetamos, somos un trío bien avenido; los conductores no suelen comer con nosotros en ningún viaje y en ningún país, aunque le hacemos saber a Myo (o al guía en general) que pueden acompañarnos. 

Al llegar somos los únicos comensales, pero a mitad de la comida llegó un grupo de turistas holandeses, también con el mismo touroperador birmano. De nuevo nos acercamos a la vitrina donde exhiben los platos para elegir, lugar desde el que además vemos la cocina, pero cuando llegó el grupo grande cerraron la visión con unas contraventanas de madera, supongo que para que no hiciéramos  fotografías a diestro y siniestro, como era mi intención al finalizar la comida. 


En esta ocasión el surtido de platos es menor, como lo es también un poco su calidad, pero no estaba malo, cumplían su función de alimentar. Una sopa de fideos vermicelli –se agradece el cambio-; el guiso de garbanzos que está rico; las judías con cacahuetes; un guiso de patatas; y no falta un plato de patatas fritas con la salsa picante. En esta ocasión nos dejan la cacerola del arroz sobre la mesa, de modo que nos podemos servir nosotros mismos. 





Hoy -parece mentira que haya tardado tanto- comienzo a asumir que las comidas van a ser repetitivas, ya que al mirar los platos de curry descartamos los de vísceras, los de pescado (hay que confiar mucho para pedirlo), y el nuevo de hoy, que Myo nos dice que es cabra (supongo que sería más cordero, pero todo puede ser), que no nos apetece mucho, que otra cosa es que se lo hubiera pedido él y lo hubiéramos probado. Así que volvemos a tener curry de pollo y de cerdo. 



De postre, dos grandes plátanos. 


Hoy los dulces no vienen en la caja bonita, vienen en un tupper, y además son de los que no nos gustan. 


Salimos de Pakokku y pasamos junto a la estación de bomberos de la ciudad. 


Cruzamos el río Irrawaddy por el puente Pakokku, inaugurado en 2012, el más largo del país, con 3,4 km, que tiene dos carriles para peatones. 



Llegamos al destino final del viaje, uno de los destinos míticos de Myanmar, Bagan, donde vamos viendo algunos de sus templos, que nos van abriendo boca para los dos días siguientes y nos emocionan, pero lo primero es ir al hotel.

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