9 de abril de 2018

Myanmar - Mandalay - Mahamuni Paya

La imagen deformada

El vuelo Yangón-Mandalay lo hemos hecho temprano, así que hemos tenido tiempo de llegar al hotel para acomodarnos algo y poco más, hemos quedado con Myo a las 10 para comenzar a explorar la ciudad, cuyos monumentos están bastante diseminados por ella, aunque hay una zona donde se concentran varios. Por supuesto el coche es nuestro aliado para hacer el paseo. 


Myo ha decidido cambiar el orden de visitas del tour, que no nos parece mal mientras se respeten todos los puntos, y empezaremos por Mahamuni Paya, también conocida como Arakan Paya, la pagoda de Arakan, dejando nuestras chanclas en el coche y pagando 1.000 kyats por cámara, ya que la entrada humana la tenemos incluida. 


La puerta situado al este por la que entramos da a un pasillo en el que predominan las tiendas de artesanías, las tallas de madera son preciosas, y si no hubieran sido tan pesadas, alguna podría haber venido en la maleta (lo del envío a domicilio en este caso no lo contemplamos, que hubiera sido lo más efectivo). También hay estatuas de Buda doradas o de bronce, así como imágenes pintadas, pero sin lugar a dudas, las tallas de madera, con esos paneles labrados son preciosos (y viendo las fotografías me arrepiento más de no haberlo comprado, que otro problema hubiera sido donde colocarlo en casa). 



Al fondo del pasillo, que se asemeja más a un pasillo de un centro comercial que al de una pagoda, el santuario principal, donde ahora también se anuncia con un panel luminoso tipo discoteca o restaurante. 


De las tiendas y las luces pasamos al esplendor dorado de la paya, este mundo de contradicciones comerciales y espirituales es un punto al que no le encontramos el equilibrio, pero somos simples occidentales. En el suelo hay sentadas principalmente mujeres, y es que hasta aquí podemos pasar las féminas, tenemos prohibido acercarnos a la imagen venerada del Buda Mahamuni (en todas las religiones cuecen las mismas habas para las mujeres). 


Los hombres sí pueden acceder a la imagen, aunque me parece que no todos, debe de haber algún tipo de restricción, permiso y orden de entrada, pero como no soy hombre no me preocupe de entender el modus operandi, ni siquiera para tener una buena fotografía. 


La imagen fue traída (robada o sustraída a la fuerza) de Mrauk U (estado de Rakhine o Arakan, de triste actualidad por la persecución de los rohingya y su expulsión al fronterizo Bangladesh) en 1784, se llevó a Amarapura hasta que Mandalay pasó a ser la capital del país. Se creía que databa del siglo I, aunque la población de Rakhine cree que corresponde a una visita que realizó Buda en el 554 a.C. a la ciudad de Dhanyawadi, que era la capital de Arakan; el rey, impresionado por las enseñanzas de Buda ordenó erigir la imagen, de bronce, con una altura de 4 m, portando una corona con incrustaciones de piedras preciosas. 


Hay algo que llama la atención en este Buda, y no solo su cara reluciente dorada, su corona y las joyas que cuelgan de su pecho; son esas bolitas a modo de picaduras de avispas en brazos y piernas. La razón es que a lo largo de los años los fieles la han ido cubriendo con láminas de pan de oro, afortunadamente han dejado libre el rostro, por lo que ahora el resto del cuerpo es una masa deforme. A la locura desmedida de cubrir las imágenes llegaremos más adelante en el viaje. 


En un video se ve mejor la imagen y como se va deformando por el acumulamiento de láminas de oro. 


Una fotografía de la imagen en 1901, cuando todavía tenía brazos y piernas. 


Caminamos por los pasillos dorados que rodean el santuario que alberga la imagen, en los que hay hornacinas con pequeñas imágenes de Buda, donde lo dorado es predominante. 


La pagoda original fue construida en 1784 por el rey Bodawpaya, que además ordenó construir una calle de ladrillos desde su palacio hasta ella. En 1884 fue destruida por un incendio y fue reconstruida. 



Paseamos tranquilamente por el complejo de la pagoda, y cada vez me voy haciendo más adepta al blanco (con sus hti dorados) en lugar de al resplandeciente dorado en su totalidad.



Hay otros templos con más imágenes en su interior, y decoraciones simpáticas en su exterior. 




Los puestos planetarios están reunidos en un lugar, alrededor de una pequeña estupa y no alrededor de la estupa principal.


También hay diferentes campanas en el recinto -que no están exentas de los vándalos pintores-, y el gong, fundido a mediados del siglo XVIII con un peso de más de 5.000 Kg. Me gusta mucho la campana plana, elemento que utilizan para crear sonajeros colgantes de viento para decoración -un souvenir que veréis por todas partes-. 




Una pequeña torre aloja  en su parte superior un tambor, instrumento de llamada que no hemos visto en todas las pagodas, no sé si por no existir o por no haberle encontrado nosotros - vamos, que no lo hemos buscado y no lo hemos visto-. 



En un pabellón hay una colección de cuadros que cuenta la historia de la imagen, de su viaje desde Rakhine, y de la pagoda. 



Vemos a un pintor está en pleno proceso creativo (o de restauración). 


Antes de salir de la pagoda le pregunto a Myo por unas imágenes que no hemos visto, seis figuras jemer de bronce que fueron traídas junto a la imagen de Buda desde Rakhine, la pena es que no se puede entrar en el pabellón donde están y no las podemos ver con claridad. Se trata de tres leones, dos figuras de Shiva y una de Airavata, el elefante de tres cabezas (en Camboya -los vimos en la Terraza de los Elefantes y en el templo Bayon- y Tailandia le llaman Erawan, que además era la montura del dios Indra). 


La imagen de Airavata tiene una historia de viajero incansable a su pesar porque se trata de adquisiciones ilegales. Eran veneradas en el templo de Angkor Wat (¡las vueltas de la historia!) en Camboya; fueron llevadas por los tailandeses en 1431 a Ayuthaya; en 1564 el rey birmano Bayinnaung se las llevó a Bago; en 1663 el rey Razagyi de Rakhine se las llevó a Mrauk U. Finalmente el rey Bodawpaya se las llevó a Amarapura primero y luego a Mandalay, tras la victoria sobre Rakhine en la batalla de Danyawaddy. La leyenda cuenta que si se frota una parte de la figura se puede curar de la zona con dolor en esa parte del cuerpo (viendo el elefante, tiene que haber mucho dolor de dientes en los países asiáticos por los que ha pasado la imagen ya que sus colmillos lucen relucientes). 


En las pagodas, bien dentro o en los alrededores, suele haber unos cuencos (en los más modernos hay depósitos) con agua, para que los peregrinos, fieles, mojes y visitantes puedan refrescarse (los occidentales mejor evitar este agua de origen no fiable en términos saludables). 


Para salir le pido a Myo hacerlo por otra puerta, y así cotilleamos un poco entre los puestos de venta, que no ya son de artesanías, son mucho más mundanos y de souvernirs en general, con imanes clásicos, pegatinas, ropa, bolsos, chanclas e infinidad de artículos. 



Hemos terminado la visita a la pagoda y su Buda deforme, con esos carteles anunciadores más de una sala de juego. En las calles junto a la pagoda hay talleres y tiendas de artesanías, para aquellos interesados en las compras. 

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