7 de junio de 2018

España - A Coruña - Restaurante Alborada


Espíritu de Galicia (mar, mucho mar)

Estamos pasando una semana navideña en Galicia, en Santiago de Compostela, y no muy lejos se encuentra a A Coruña, así que desde Madrid y con algo de tiempo hicimos una reserva  en el restaurante Alborada, que forma parte del grupo Amicalia, y que en Madrid tienen varios establecimientos, habiendo disfrutado de uno de ellos, Ánima, que desgraciadamente ha cerrado sus puertas recientemente, aunque en la capital todavía mantienen otros dos locales.


La cocina está en manos del gallego Iván Domínguez, del que hemos leído buenas críticas y una interesante biografía de cómo comenzó su relación con los alimentos y los fogones, y aquí estamos para conocerle a través de sus creaciones. El restaurante está situado en  paseo marítimo Alcalde Francisco Vázquez. 



Como ya es costumbre, elegimos el menú de degustación largo, además para comer el menú largo siempre es más fácil que para cenar. Nos preguntan cómo también es habitual por alergias o gustos, y como de las primeras no tenemos y de los segundos somos aventureros aún sabiendo que vendrán alimentos que no nos gustarán (sobre todo a mí), pero que nos gusta experimentar y probar, aceptamos lo que nos sirvan. 



En la mesa hay unos preciosos platos de cerámica de Sargadelos, uno de esos modelos que cuando los ves te enamoras, en este caso se trata del llamado Espiroide


Comenzamos con un consomé de gallina celta con verduras, que está para ir con uno de estos tupper metálicos de líquidos para rellenarlo y llevarse el puchero completo a casa. Además el día era fresco, con viento y lluvia, así que nos vino fenomenal después de haber paseado por la ciudad. 



Hoy toca conducir para volver a Santiago, así que obviamos el maridaje, que con toda seguridad tenía que ser muy bueno; yo no tengo licencia pero por solidaridad solo me pediré dos copas de vino, a conveniencia de uno de los camareros-maîtres-sumiller (creo que hacía todas las labores posibles). La primera copa es de un albariño Gomariz, denominación Ribeiro, de Orense, muy rico, con el que tuve que controlarme para no beberlo y disfrutarlo de un trago. 


Nos sirven cuatro petiscos o aperitivos, que rodean nuestro bonito plato de Sargadelos. 



Cabeza de porco de Lalín (localidad de Pontevedra) ahumada. Al principio su apariencia no me gustaba nada, pero luego en sabor se ganó todo mi beneplácito. 



Queso San Simón da Costa con palomitas y maíz tostado. Me sigue sorprendiendo el uso de las palomitas por los nuevos cocineros, pero el caso es que el resultado es bueno, le aportan al queso el crujiente de un pan tostado. Del queso San Simón solo decir después de este viaje que ya ha entrado en nuestra nevera por derecho propio. 



Xarda (caballa) curada en agua mareira (agua de mar que se trata y se envasa para su venta en la ría de Arosa, de modo que mantiene sus propiedades y componentes) con patata de Coristanco (localidad de A Coruña, hoy además lección de geografía incluida) escabechada, hecha puré, de modo que se asemeja a un bocado de sushi, donde el arroz se sustituye por patata. Buenísima. 


Buñuelo de choupas guisadas. Por supuesto que tuve que preguntar qué son las choupas, y es pota, que aunque como tal no sé si la hemos comido, es un pariente del calamar, dicen que un pariente pobre, y posiblemente haya entrado en nuestra dieta en alguna ocasión sin conocimiento. El sabor del guiso estupendo, de aquellos que sí en lugar de en buñuelos te lo dan en plato hondo, te pones morado de mojar pan en la salsa. 



Llega el pan a la mesa, un surtido de panes recién horneados (o terminados de hornear), realizados con cereales gallegos (incluido el maíz) e hidratados con la mencionada agua mareira. La presentación de uno de ellos, en un cesto de bronce calado, es casi una obra de arte, los detalles están pensados al milímetro. Y qué decir de su sabor, unos riquísimos panes, con sabor a pan, como debe ser. 




Mantequilla de Prestes con costra de alga wakame; aceite elaborado en Galicia y sal obtenida en el restaurante por deshidratación. No dejamos de untar el pan en uno y otro, pero tendremos que parar si queremos comer el menú de degustación. 

 




Cococha de merluza con croqueta de salsa verde y pil pil de limón. Ya estamos, los alimentos considerados como más exquisitos no me suelen gustar, principalmente las texturas me condicionan mucho, así como las localizaciones corporales de ciertas partes de los animales, y aquí tengo la mítica cococha. Resultado, que estaba riquísima, y que me podía haber comida media docena con gran disfrute. La presentación todo un punto, hasta parece un pollo asado y relleno.



Capuccino de trompetas de la muerte. Tenemos un deja vu, ya que en el restaurante Lúa en Madrid nos sirvieron un capuccino de lentejas con espuma de boletus; el chef de este restaurante se llama Manuel Domínguez y es gallego, así que pregunté por la posibilidad de una relación de parentesco, que no fue confirmada, fue negada con reservas, pero no parece que efectivamente tenga relación familiar, solo la pasión de ambos por la cocina. Este capuccino estaba muy rico aunque no tuviera la crema de leche.




Cigala asada con lechuga de mar y agua de tomate. ¡Qué rica la cigala!, y ahora el deja vu es propio, porque unas Navidades preparamos un agua de tomate y es un delicatesen en sabor y suavidad al paladar. Un bocado exquisito. 




Fabas de Lourenza (seguimos con la geografía, es una localidad de Lugo) con crema de almejas y alga codium. El mar, las algas, la sal, siempre presente en los platos de muchas maneras y ahora acompañan a un buen guiso de legumbres. 



Estábamos echando de menos una buena berza, que llega con el plato llamado Invierno: berzas recién cocidas con caldo de repollo de Betanzos. Quizás unas hebras finas de lacon para acompañar..., ya sé es berza y no grelos, pero no creo que hubiera quedado mal. 




La copa de vino blanco se ha acabado, la he estirado hasta el infinito, así que pido una copa de otro vino para acompañar el resto de platos. Me sirven un Cunqueiro, vino tinto Ribeiro, elaborado con uvas garnacha y mencía. 




Cuando nos presentan el siguiente plato, al principio me asombro: cabra al horno con crema de clementinas; ¿cabra?, pero claro no es animal terrestre sino marino, y aunque por el nombre lo asociemos al cabracho, nos cuentan que no son familiares, su carne es menos fuerte de sabor. La salsa con el punto entre ácido y dulce, buenísima por supuesto, para rematar con el pan. 




Pulpo con guiso de ternera, el resultado es un mar y montaña espectacular, con una salsa espesa y sabrosa, y con un pulpo cuya carne era un deleite (esto sí es hacer un buen pulpo). 



Costilla de vaca asada, encurtidos caseros y salsa de rábano picante. La costilla se deshilachaba como si fuera de algodón, y su sabor era maravilloso; los acompañamientos bien, para ir limpiando el paladar, pero la protagonista es ella, la costilla.




Hasta aquí hemos llegado con los platos principales. Nos sirven un prepostre con dos quesos gallegos, un Cebreiro curado y un Cebreiro de cabra, me quedo con el primero porque con los quesos de cabra mi relación es en poca cantidad por su fortaleza gustativa, pero los dos estaban muy ricos. 



El primer postre es manzana con sorbete de merengue y perlas de limón con ginebra. Refrescante y limpiador de paladar al tiempo. Uno de esta mesa se hubiera pedido más sorbete de merengue, incluso el contenedor completo del mismo, y no soy yo. 




Nos sirven el segundo y último postre, con la tarea de descubrir sus sabores, pero no fuimos de descubrir todo y con algunos erramos el tiro. Helado de cantarellas (las setas, que no las descubrimos, pero que estaba espectacular), bizcocho de calabaza (a esta sí la encontramos), tierra de castañas (también las percibimos, pero tuvimos una pequeña discusión sobre ellas y dijimos varias opciones de frutos secos) con tiras de zanahorias (tan dulces que pensamos en más calabaza). Nos encantó. 




Terminamos la estupenda comida con un café y un té. 



Y una pequeña selección de petit fours: turrón de chocolate, cocada de Ferrol y polvorón de avellana (que estamos en Navidad). 







Solo tenemos palabras de elogio para la cocina de Alborada, a cada momento nos ha sorprendido con su sabor, basado en la cocina tradicional gallega, a la que le dan el punto con técnicas modernas o presentaciones nada clásicas. El mar es un continuo referente, y por ello la sal y las algas están en muchos platos, pero Galicia es mar, y A Coruña es mucho mar. Nos ha gustado y nos ha emocionado, lo hemos disfrutado en cada bocado.

6 de junio de 2018

Myanmar - Mandalay - Mya, Nan San Kyaw, Palacio de Mandalay - Tumba del rey Mindon


Un palacio de mentira

Desde Eindawya Paya vamos hasta el último lugar de visita del día de hoy, el palacio de Mandalay, situado al sur de la colina de Mandalay (desde donde tuvimos vistas de él). El vasto reciento que ocupa está rodeado por una muralla de 2 km de longitud por cada lado (terrible pensar en afrontar su perímetro andando), 8 m de alto y 3 m de espesor en su base, que contaba además con 48 torres de vigilancia. Tras la muralla hay, un foso de 70 m de ancho y 3 m de profundidad, que originalmente estaba cruzado por varios puntos (había que buscar su accesibilidad para no dar rodeos imposibles).



El muro tenía doce puertas de entrada, y la que está abierta para los visitantes es la situada en la muralla este, en el centro, y en este camino hasta llegar a los edificios palaciegos se pasa junto a cuarteles militares que se han instalado en el recinto. 




En 1856 el rey Mindon Min ordenó el traslado del palacio de teca de Amarapura a Mandalay, ya que había tenido un sueño y los espíritus nat le habían dicho que este lugar ofrecería riqueza y prosperidad a su pueblo, gloria para él mismo y esplendor a la religión budista (a sueño pasado, podemos pensar: que poca visión de los nat y que pesadilla la de Mindon). El traslado se termina en 1856, realizándose con elefantes que soportaran las pesadas cargas, y el nuevo palacio recibe el nombre de Mya Nan San Kyaw, “el palacio real de esmeralda”, que tenía 89 salones principales y 114 apartamentos reales. 


En el palacio vivieron el rey Mindon y el rey Thibaw, este último hasta que el ejército británico sitió la ciudad en 1885 y le envió al exilio en la India, pasando a utilizar el palacio como residencia del gobernador y como club, además de usar algunas dependencias como barracones de la tropa (la extensión del lugar daba para mucho). 


Durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial, Mandalay estuvo en poder de los japoneses. El 17 de marzo de 1945 el palacio es bombardeado y se incendia, quedando en pie el foso, la muralla y algunas bases de edificios. Solo se salvo de la destrucción el palacio dorado, ya que el rey Thibaw Min lo trasladó de lugar por creer que el fantasma de su padre Mindon se había quedado a vivir en él. 

A ambos lados de la entrada hay unos cañones británicos, traídos desde Gran Bretaña para la guerra, que originalmente solo podían moverse hacia delante y hacia detrás, pero ingenieros birmanos consiguieron que se pudiera girar al subirlo a un carro con ruedas. 




Dada la destrucción total del palacio, lo que vemos es una reconstrucción realizada a finales de la década de 1990, por orden de la Junta Militar, que por supuesto generó mucha controversia. 


Un mapa del conjunto para imaginarlo mejor:


Pasamos por el hall de Audiencias Mye Nan, que se distribuye en dos alas simétricas a izquierda y derecha. 




Desde aquí se entra al gran hall de Audiencias, con el tejado de siete alturas pyathat, que tiene una altura de 77 m. Extraña nos parece la actitud de veneración de un grupo de visitantes hacia el trono del León, uno de los ocho tronos que había en el palacio, donde están las imágenes del rey Mindon y su esposa. Los reyes accedían al trono por una escalera y puerta situada detrás, en un pabellón pequeño. 






A partir de aquí hacemos una visita un poco “locuela”, ya que además Myo nos ha dejado a nuestro aire, por lo que vamos paseando por el complejo y entrando a los edificios en los que se puede, pero realmente sin gran convencimiento. 

A la derecha hay un edificio blanco, el hall del consejo privado, cuyo interior está vacío, aunque hay un pedestal para colocar una imagen. A continuación de este edificio, otro de similar factura arquitectónica, más pequeño y de menor altura. 






A la izquierda, unido por un pasillo cubierto al edificio del hall del consejo privado, el hall de la Victoria, donde de nuevo nos recibe el rey Mindon. 



A continuación, el pabellón de palacio central, también llamado palacio de cristal, que era el alojamiento real. El sobrenombre claramente es dado por los mosaicos de cristal que recubren su fachada, escaleras de acceso,, columnas y en general su decoración del interior. 





En el interior de este edificio, la omnipresente imagen del rey Mindon y su esposa (esto es estar hasta en la sopa). 



Entramos y salimos por las diferentes puertas que hay en los pabellones, tanto en los laterales como por las que los comunican, así que la visita fue bastante descontrolada, casi como si jugáramos a perdernos. 




Al final de este pasillo con edificios a ambos lados, se encuentra la sala del té, donde además se guardaban algunas armas clásicas, que eran utilizadas por los guardianes del rey cuando salía de ella (un poco surrealista mezclar armas con el té). 




A partir de aquí, una sucesión de edificios rojos y columnas blancas se despliega en el recinto. 





Al final del complejo visitable hay un edificio que alberga un museo, que dadas las piezas que se exhiben ya hace que merezca la pena la visita al palacio: muchas piezas con gran trabajo en madera, decoraciones, artículos de bronce, cerámica, sillas de monjes, carruajes, camas reales…









Conocemos las llamadas pinturas parabaik, realizadas en tablillas hechas con papel, tejido o metal, a modo de cuaderno en acordeón. 



Hay una pequeña sección dedicada a los trajes que se vestían en la corte real. 




Os presento "formalmente" al famoso rey Mindon, que no es lo mismo una estatua que una fotografía. 




Damos media vuelta para volver al inicio, pero ahora vamos buscando el último edificio a visitar, la torre Nan Myint Saung, de 24 m de altura. 



Se suben 121 escalones, que a mí me cuestan varias paradas, ya no estoy para estos trotes, y mucho menos a estas horas de la tarde y con calor. Desde arriba se tienen buenas vistas del complejo palaciego y de la ciudad. 





También se ve la colina de Mandalay



Durante el paseo hemos buscado un lugar pero no hemos sido capaces de encontrarlo, no tenemos muy bien situada su localización, así que al reunirnos con Myo junto al salón del trono le pregunto por él, y de nuevo tiene que preguntar él porque no sabe donde se encuentra, así que salimos de esta zona, que no del amplio recinto palaciego, y hacia la izquierda de la entrada se encuentra la tumba del rey Mindon.



La tumba todavía conserva parte de su decoración con mosaicos de cristal, y el mausoleo se ve bonito, aunque parece ser que una restauración de 1898 borró la decoración que hasta entonces existía. 






Alrededor de esta tumba y en los terrenos que lo rodean también hay otros mausoleos y tumbas, como el de la madre del rey Mindon, aunque no son tan grandes ni están en tan buen estado, pero creo que en general es un buen lugar a visitar.





No muy lejos hay una fuente, en la que no funciona el agua, rodeada por las estatuas de reyes o principales figuras históricas: príncipe Kanaung, Maha Bandula (tercera fotografía),  Bodawpaya (segunda fotografía), Alaungpaya (cuarta fotografía), Thalon, Bayinnaung, Alaungsithu, Kyanzittha (quinta fotografía) y Anawrahta (sexta fotografía). 











Desde el coche vemos el último de los lugares que tenía reseñado, pero no pedimos parar, se trata de una colección de más de seiscientas losas de piedra grabadas que fueron agrupadas por el rey Bodawpaya, trasladándose desde Amarapura




Podía haber cambiado la visita al palacio por otras pagodas, o a otro monasterio de teca, o incluso al mercado, pero preferí mantenerla por curiosidad, no porque pensara que el lugar fuera a ser espectacular, pero al menos el solar que ocupa  si es histórico y el paso por el museo ha resultado interesante, así como por la tumba del rey Mindon. 


Acabamos el día, decidimos que nos lleven al hotel para poner otra vez un poco de orden en las maletas y sus ropas, ya que mañana salimos de nuevo de viaje, y también algo de descanso nos vendrá bien.