11 de junio de 2014

España - Madrid - Restaurante Solidere



Oriente en el paladar

En un ataque de aventura gastronómica nos decidimos ir a probar la cocina libanesa, de la que conocíamos algunos nombres pero muy pocos sabores. La cocina es una fusión de la cocina árabe y turca, con algunos toques franceses. Hace muchos años, pero muchos años, probamos la cocina armenia en un restaurante que desafortunadamente ya no está abierto, y la verdad es que nos gustó mucho, sobre todo teniendo en cuenta que éramos más de fast food y comida "basurilla", aunque algún comensal tuvo algún problema digestivo al día siguiente, ninguno de nosotros dos lo padecimos. 


El restaurante elegido no lleva mucho tiempo abierto, Solidere, y se aloja en un chalet de la colonia de este tipo de construcción de Alfonso XIII, chalet por el que han pasado ya varios restaurantes de muchos tipos y cocinas. 

 
El espacio es amplio, no lo han llenado de mesas pegadas las unas a las otras, incluso hay un pequeño apartado donde poder realizar alguna celebración, sin molestar demasiado y sin ser molestados. 


La decoración tiene su toque árabe pero no llegar a ser abrumador, lo justo para evocar Oriente: lámparas, rejería. Además tiene mucha luz natural gracias a los amplios ventanales que dan a la calle. 






Incluso hay una pequeña terraza, en la que degustar un té o unas copas tras la comida o la cena. 





De aperitivo nos sirven una rica "salsa" de tomate con pan de pita tostado (¡que peligro, salsa y pan!)




Como no tenemos mucha idea de lo que pedir, es más, todo lo que leemos realmente nos apetece probarlo, decidimos que lo mejor para hacer la cata de hoy será acogernos al menú degustación. 

Comenzamos con una selección de entrantes. 



Un clásico, el hommos, al que conocíamos como hummus, pero ambos nombres son válidos. Se trata de una crema de garbanzos con salsa de sésamo, un toque de limón y aderezada con aceite de oliva. Yo la he hecho una sola vez en casa y no me quedó mal del todo (yo y mis experimentos en la cocina teniendo a la familia como conejillos de Indias).




Mutabbal, una crema de berenjenas ahumadas con yogur cremoso natural y un toque de sésamo. Muy rica, el toque ahumado le da un sabor especial. 




Muhammara, una crema de pimientos rojos, nueces y esencia de granada, aderezada con aceite de oliva. La salsa que más nos gustó a los tres comensales, estaba para hacerse un bocadillo, y según la atenta y simpática camarera que nos atendió, es la salsa que gusta más a la clientela. 



Las salsas se comen con un trozo de pan de pita haciendo de cuchara…¡toma kilos para las cartucheras y la operación verano!




Warak Enab, otro de los clásicos de la cocina árabe, hojas de parra rellenas de arroz con un toque de tomate, perejil, hierbabuena y cebolla. Muy ricos los rollitos. 




Falafel, de nuevo otro clásico, porque ya el nombre es conocido sin necesidad de haberlo probado, aunque este sí lo recordábamos del restaurante armenio. Se trata de unas "croquetas" vegetales hechas a base de garbanzos y perejil, acompañadas de salsa tahine o tahini. Riquísimas las "croquetas", me tengo que animar a intentar hacerlas. 




Fattush, una refrescante ensalada con tomate, pepino, pimiento verde, hierbabuena y crujiente de pan de pita, aderezado con summac (una especia de color rojo que aporte acidez, por lo que es como añadir limón). Las ensaladas más clásicas y más conocidas son el tabbule o el tzaziki, con lo que nos gustó la sorpresa. 




Acompañamos la comida con una cerveza libanesa, Almaza, por aquello de probarla, ya que con el vino libanés no nos atrevimos, aunque nuestra amable camarera nos ofreció una copa para probarle y no nos terminó de convencer, con lo que nos decantamos por uno conocido español, Tagonius, de la Comunidad de Madrid, con uvas Syrah, Cabernet Sauvignon, Merlot y Tempranillo. 




Cada uno de los comensales puede elegir un plato principal, una difícil elección, apetecía probar todos los platos.  


Uzzi con hojaldre y cordero, una masa de hojaldre rellena de carne de cordero, arroz, guisantes, piñones y almendras, que se hornea. Lo acompaña una salsa de tomate. Riquísimo. 




Como estamos en Cuaresma, uno de los comensales sigue la norma de no comer carne, así que uno de los platos se lo adecuan con pescado. Que digo yo, no te puedes comer un filete de ternera, pero si te puedes poner tibio a carabineros…raro, raro, raro. Uzzi con hojaldre y merluza, relleno de merluza (no hice una cata exhaustiva con lo que no puedo asegurar que también llevara los ingredientes del cordero). Muy rico, porque además era como extraño pedir pescado que no tienen en carta, pero el resultado fue bueno. 




Kefta bil-laban, carne picada de ternera y cordero con especias árabes, horneada, acompañada de salsa de yogur y piñones. Supongo que como parte de la cocina árabe, la carne excesivamente hecha, con algo menos de cocción quedaría más sabrosa y menos tierna, pero estaba rica. 




De postre con el menú degustación sirven baklava, pero nuestra camarera nos lo cambió por un postre que a ella le gusta más, y yo se lo agradecí porque no soy precisamente fan de los baklava (para muchos estoy escribiendo una blasfemia gastronómica y dulce). Se trata de unas ricas atayf, unas empanadillas dulces. Que en lugar de tres, ya hubieran podido ser seis…¡glotones!




En lugar de obsequiarnos con una copa de licor, lo hacen con un rico té moruno, una buena tetera de la que dimos cuenta agradablemente. Además el servicio de té es una preciosidad, tanto la tetera como los vasos; comprado en Marruecos (y es que puestos a preguntar...)





No me queda la menor duda que repetiremos, y probaremos nuevos platos, porque además la relación precio-calidad-cantidad es más que aceptable. No puedo hacer una comparación con otro restaurante libanés o con cocina oriental-árabe porque ni conocemos más restaurante de este tipo y ni sabemos de esta cocina como para poder hacerlo, pero nos gustó la experiencia, la comida y el servicio (cierto es que no había aforo completo, y esto es lo que en muchas ocasiones desborda  la eficiencia).




4 de junio de 2014

España - Tembleque (Toledo) - Plaza Mayor



¡Nos vemos en la plaza!

A 92 km de Madrid se sitúa Tembleque, en la provincia de Toledo, y no puedo llevar la cuenta de la infinidad de veces que hemos pasado por la antigua carretera de Andalucía (¡menudos atascos!) y desde ya hace tiempo por la autovía IV sin desviarnos. Sólo en una ocasión que hicimos turismo castellano-manchego por Cuenca, Ciudad Real y Toledo (gran viaje interior) pasamos por el pueblo, pero no sé porque no recuerdo Tembleque con nitidez, así que como nos paramos a paliar el hambre y hacer una prueba de un restaurante en el que siempre veíamos coches aparcados –no resultó todo lo gratificante que debería, sin esperarnos grandes alardes, pero si esperábamos una aceptable cocina manchega- aprovechamos para por lo menos entrar a su magnífica Plaza Mayor. 

La historia de Tembleque está ligada a la de la ciudad de Toledo, y como territorio carpetano fue romanizado a partir del año 193 a.C., año en que es conquistada Toletum (Toledo). Con el declive de Roma, la región es ocupada por los visigodos y en el año 711 por los musulmanes. Tras la toma de Toledo por Alfonso VI en 1085 pasa a manos cristianas y es puesta bajo el dominio de Consuegra. Hacia 1183, el rey Alfonso VIII de Castillo dona Consuegra y todo su territorio a la Orden de San Juan de Jerusalén. 

Tras la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, el prior de la Orden otorga carta de población a Tembleque en 1241, y en 1509 la reina Juana I de Castilla (más conocida como Juana La Loca) le otorga la condición de Villa. La buena situación, la importancia de la venta de lana y de la transhumancia hacen que Tembleque viva una etapa floreciente. 

Durante la Edad Moderna la villa experimenta una fase decadente que se acrecienta durante los siglos XVIII y XIX. 

Aparcamos junto a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, construida en el siglo XVI y ampliada en el siglo XVIII, de estilo de transición del gótico al renacimiento, pero sus puertas estaban cerradas con lo que nos conformamos con una visión exterior, y decidimos no darnos un paseo completo alrededor y dejarlo para mejor ocasión y mayor tiempo disponible. En primer término se ve la capilla de Jesús Nazareno, construida en el siglo XVIII. 



Nos dirigimos directamente a la coqueta Plaza Mayor, entrando por debajo del llamado torreón, lugar utilizado por las autoridades como palco durante las celebraciones, y que como se puede ver es soberbio. La plaza fue diseñada como centro de la vida de la población y como plaza de toros (muy típico de muchas localidades españolas). 



La plaza es de planta cuadrada, con pórticos de columnas de granito y corredores en su planta superior, con soportes y ornamentación de madera. 




Las ornamentaciones en yeso representan las cruces de la Orden de San Juan de Jerusalén. 




En uno de sus laterales está el Ayuntamiento, construido en 1654. 


La plaza está necesitada de una renovación de sus maderas y los dibujos de las cruces de la Orden, pero supongo que el proyecto estará pendiente de mejores tiempos económicos, y aunque sería un testimonio de su estado actual, desmerecería la belleza del conjunto el publicar fotos, por lo que ni siquiera se hicieron, solo a las partes embellecidas. 

Nos resulta curioso la tranquilidad que se respira en la plaza, aunque ya es más hora de siesta que de comida, pero además es que sólo había un bar-restaurante en ella, con lo que alta concentración para tomar unas cañas o unas tapas no puede registrar. 

Entre la Plaza Mayor y la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción se encuentra la plaza de la Orden, donde hay una fuente realizada con muelas de forma cónica, muelas de los molinos de aceite de oliva (ummm, toma pan y moja). Realmente bonita queda la fuente. 


Si de viaje pasáis por Tembleque, no dudéis en hacer un pequeño alto para visitar al menos su Plaza Mayor, pero también hay varios monumentos más que podréis conocer, como nosotros esperamos hacer en próximas ocasiones. 

La de veces que habré dicho ¡nos vemos en la plaza!, aunque lógicamente no era la plaza en sí, sino en cualquiera de los bares que en mi pueblo si existían, más concretamente en sus aledaños; lástima que ninguno de los dos se mantiene abierto, pero en ellos se escribió parte de mi historia y de mis historias. 
 

2 de junio de 2014

España - Consuegra (Toledo) - Castillo de la Muela y molinos



—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

—¡Válame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Don Miguel de Cervantes y Saavedra


Tan cerca y parece un destino lejano. Situada a 29 km de mi lugar de nacimiento, y a 132 km de Madrid se sitúa Consuegra, de la que mis lejanos recuerdos de niña son nulos arquitectónicamente, y sólo recuerdo un viaje con mi tía, entonces coordinadora del Grupo de Danza de Herencia, en el que con cuatro años más o menos, vestida de manchega (gran traje con unos preciosos pendientes que todavía recuerdo y uso sin necesidad de traje regional) me subí al escenario a seguir los pasos de los bailadores profesionales, a los que por supuesto no seguí en ningún momento, pero disfruté mucho haciéndolo (y es que a esos años la vergüenza torera no existe, ni la folclórica). 


Hace ya dos años que aprobamos la asignatura de conocer Consuegra, cuya imagen es sinónimo de Castilla-La Mancha en muchas fotografías y hoy le he dedicado su tiempo para mostrarla. 


Como ya es habitual, comencemos por la historia. Los orígenes de Consuegra se remontan a la época ibérica, posteriormente llamada por los romanos Consaburum (lugar grande y de mucho nombre), pero durante nuestra visita nosotros nos saltamos a los íberos y los romanos y nos fuímos directamente a los musulmanes (no creo que queden restos de los primeros). 


Sus orígenes como fortaleza se remontan al siglo X, durante la época de esplendor del Califato de Córdoba. El castillo de la Muela (entrada, 4 €), que recibe este nombre porque su forma estructural es similar a la de una muela extraída, fue construido, en el cerro Calderico, como elemento de refuerzo y protección de la denominada “marca media” cuya capital se encontraba en Toledo, y frente al expansionismo que mostraban los reinos cristianos del Norte. Tras la desmembración del Califato, el castillo pasó a depender del reino taifa de Toledo, que no pudo evitar que en el año 1083, dos años antes de la conquista de Toledo, el castillo pasara a manos cristianas. El rey Alfonso VI se casó con la princesa Zaida, hija del rey musulmán Al-Mu'tamid de Sevilla, y el castillo le fue entregado al rey cristiano como dote. 


Con la llegada de los almorávides, Alfonso VI pierde tres batallas importantes: Zalaca (1086), Consuegra (1097) -sirviendo el castillo como refugio y permaneciendo asediados durante ocho días- y Uclés (1108). En la batalla de Consuegra moriría Diego Rodríguez, el único hijo varón de Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid. En 1099 el castillo se perdería a manos de los almorávides de Yusuf ibn Tashfin. 


En 1155 Alfonso VII toma el castillo y se lo entrega a Rodrigo Rodríguez, que lo pierde para ser recuperado posteriormente por los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén en el año 1183 en tiempos del rey Alfonso VIII. Los caballeros realizan modificaciones sobre el castillo adaptándolo a un modo de vida como es la de una orden religioso-militar. Se convertirá entonces en Cabeza del Campo de San Juan y archivo de la Orden. Será a partir de este momento cuando el castillo empiece a tomar su actual configuración, quedando escasísimos restos de su origen musulmán. Se construyen torres, recintos defensivos, aljibes, herrerías, silos y todo aquello que el castillo precisa para ser autosuficiente. 




La orden de San Juan convierte el castillo en cabeza de un priorato y se dota al castillo de capilla, sala capitular, archivo y nuevas defensas. 


Será a partir del siglo XVI cuando el castillo empiece a perder importancia. En el siglo XVII el castillo es nuevamente reformado para incluir una nueva capilla, y en el siglo XVIII se trasladan los archivos y la sede prioral al Palacio de la Tercia en Consuegra. 


En 1813 el castillo es volado por las tropas francesas, y en 1837 con la desamortización de Mendizábal sufre su punto y final, hasta el año 1962 en que el castillo es comprado por el Ayuntamiento de Consuegra y empieza a ser rehabilitado. La labor de rehabilitación ha sido y es inmensa (se ha realizado aproximadamente un 50%), se han vuelto a levantar muros, torres y se han adecuado los espacios para los fines con que fueron construidos. Algunas salas se han habilitado como espacios culturales.

El castillo es uno de los mejores conservados en Castilla-La Mancha (otra maravilla en la comunidad y de la provincia de Ciudad Real, es el Castillo de Calatrava la Nueva -espero tener tiempo para realizar la entrada). 


Los constructores del castillo, los de la Orden de San Juan, se basaron en el modelo de fortaleza llamado de torre donjon, propia del norte de Francia, de Normandía. El donjón es una especie de rectángulo central de anchos muros al que se van añadiendo torres o cubos semicirculares. La construcción está realizada principalmente en mampostería, es decir, piedras no trabajadas unidas con una argamasa de cal y arena. El grosor medio de sus muros es de 4,5 m y la altura de sus torres de 30 m, medidas que dan una buena idea de la categoría del castillo. 


Como el lugar donde se localiza no está especialmente dotado para su defensa hubo que reforzar mucho las defensas para hacerlo inexpugnable. El castillo se compone de tres recintos amurallados. El primero o donjon implica una estructura central, donde se encuentran las dependencias propias de la fortaleza y que al mismo tiempo es el sistema de unión entre las torres semi- cilíndricas en cada uno de sus lados, menos en el sur, en el que hay una torre albarrana cilíndrica exenta. 


El segundo recinto, cuenta con el paseo de ronda y tres pequeñas torres en la puerta dotadas de troneras. 


Y finalmente, el tercer recinto, que se extiende hacia el lado norte, la albacara, cuya finalidad era el refugio de la población y del ganado en caso de peligro y que se presume que tenía que ser un amplio espacio, del que se conservan escasos lienzos. 


Se creó una red compleja de muros, rampas y pendientes que trataban de confundir al enemigo, intentado impedir el acceso a la única puerta del primer recinto. 


Un mapa del castillo para tener una mejor referencia:




Ya sabemos la historia del castillo y  la teoría de la construcción, pasemos a visitarle. 


Al interior del castillo se accede través de una puerta abierta en el segundo recinto, cerrada por una reja, protegida por tres pequeños cubos cilíndricos. Esta puerta se sitúa al final del lienzo en su parte sur. 






Caminamos entre dos primeros muros defensivos y es como realizar un salto en el tiempo, solo nos faltan armaduras y un caballo para entrar al trote, sobre todo cuando el camino se convierte en rampa (reconozco algo de evocación a la película de Lady Halcón). Desde aquí ya parece francamente difícil asaltar el castillo.







Tras haber accedido por un arco y una escalinata de granito (realizada durante los años sesenta del siglo XX) se encuentra el único acceso al interior de la fortaleza, pasando por el más fuerte de los torreones, el torreón este, el torreón de los escudos, con unos muros de más de 5 metros de anchura. 





Desde la explanada entre los dos recintos defensivos, supongo que es el patio de armas, una vista manchega, con el despunte del arco iris.




Se accede al torreón de los escudos por una entrada acodada o en recodo, de inspiración musulmana, siendo diseñada con este ángulo recto para una mejor defensa. La puerta de medio punto consta de rastrillo de hierro y buhedera (abertura para la defensa vertical situada en la bóveda de los accesos, y delante o detrás de los portones). 


Antes de entrar por el arco de medio punto, a la derecha de la entrada hay un muro donde se puede observar la mezcla de cal con arena y escorias de hierro, cuya función era fortalecer la cohesión de la argamasa. 




En la torre hay dos escudos, los que le dan nombre. El superior corresponde al escudo de armas de Don Juan José de Austria (hijo natural de Felipe IV y de actriz María Calderón, a la que llamaban la Calderona –gracias Ana, profesora de historia, por tus “historias”-, y que finalmente fue reconocido como hijo natural y que llegó a ser prior de la Orden de San Juan –reconozco mi debilidad por este Don Juan, recuerdo su fotografía en el libro de historia y ya era más de él que de cualquier cantante de esta época estudiantil, pero es un recuerdo de adolescencia sin base histórica-); el escudo tiene la cruz de San Juan de ocho puntas bajo el emblema de la Casa de Austria rematado por una especie de corona o laurel en su parte superior, y por una concha en la inferior. El escudo inferior corresponde a la familia de Hernando Álvarez de Toledo. 





Nada más pasar esta puerta se entra en una estancia que pudiera haber servido de cuerpo de guardia. Desde este lugar se accede al recinto interior, a través de una escalinata que estructura las dependencias interiores, como encuentran los aljibes, calabozos, torres, capilla, sala capitular, sala de archivos, terrazas, etc. Hay varias habitaciones casi desnudas en decoración, principalmente están adecuadas a la época con algún banco de madera.




Una visita nocturna a la luz de las antorchas sería...de todo menos romántica, pero merecería la pena. 





Desde esta rampa se accede a los aljibes. El castillo disponía de tres aljibes, dos de ellos con cubierta de medio cañón, que han sido rehabilitados. Sus paredes estaban cubiertas por una capa impermeabilizadora que impedía la putrefacción del agua, compuesta por arena, cal, óxido de hierro, arcilla roja y resina de lentisco. 






Continuamos el recorrido, y en el lado derecho surgen nuevas habitaciones o habitáculos pero no han salido bien en fotografía.





Se sale a una amplia zona semiderruida, donde se encontraban las cocinas, que eran rudimentarias, con hornos y pequeños fuegos auxiliares para las parrillas. Aunque se supone que estas no eran las cocinas originales ni principales del castillo, y se cree que habría otras más abajo capaces de avituallar a la gran e importante población que lo habitaba: el prior y los caballeros de la Orden de San Juan. 


El pan y el vino eran los elementos básicos de la dieta, “fieles” compañeros de los otros ingredientes alimentarios: carne, pescado, queso. Para mantener los alimentos se utilizaban los llamados neveros o pozos de nieve, como los que hemos visto en Medinaceli o en Gyeongju







Desde aquí se accede a la sala capitular, en el primer piso de la torre este, tratándose de uno de los elementos mejor conservados del castillo. 




También se sitúa la sala del archivo sanjuanista, que tenía dos puertas con tres llaves cada una, custodiadas además por tres importantes dignatarios sanjuanistas, detalle que da una idea del valor de los documentos aquí guardados (solo le faltaba un dragón).


Aparte de los llamados Instrumentos de la Religión de San Juan, es decir, las normas de la Orden, se encontraba un registro de las donaciones, privilegios de las encomiendas o pruebas presentadas por caballeros y religiosos. Uno de los documentos más importantes que se guardaba era el Libro Becerro. 


El archivo fue trasladado en 1784 al Palacio Prioral, en el centro del pueblo, donde fue quemado y expoliado durante la Guerra de la Independencia. Los pocos restos que quedaron se conservan en el Archivo Histórico de Palacio de Madrid, en la colección del Infante Don Gabriel, Prior de la Orden. 


Tanto la sala capitular como la sala del archivo están decoradas con mobiliario de la época. 




Desde las ventanas se tiene una bonita vista del pueblo. 




Por una puerta situada al fondo de la sala del archivo se entra en la ermita o capilla conventual, situada en el lado sur del castillo, que estaba bajo la advocación de Nuestra Señora de la Blanca. Fue construida en el siglo XVII en sustitución de la primitiva capilla del siglo XIII, que se supone, aunque no está confirmado, que se situaba en la torre oeste. 




La capilla tiene planta rectangular y consta de una sola nave. El altar mayor quedaba separado del resto por una reja donada por Don Juan José de Austria. La estructura se completaba con dos habitaciones, una dedicada a sacristía y la otra a camarín de la Virgen. La capilla se cubría con una bóveda decorativa, protegida por una cubierta de madera a dos aguas. 


La capilla rehabilitada se utiliza para la celebración de matrimonios civiles (no es mal lugar para pasar por el "trago" del matrimonio). 

Desde la capilla se sale a una amplia terraza, supongo que en su tiempo sería principalmente de uso defensivo, pero en la actualidad lo que ofrece son buenas vistas de los alrededores (en la primera fotografía ya divisamos los molinos del título y a los que hace referencia el pasaje de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.





También hay vistas sobre el propio castillo, pudiendo distinguir los recintos defensivos con los que fue construido. 





Desde aquí se accede a la torre albarrana. La torre se sitúa en el lado sur y se encuentra unida al castillo mediante un adarve. Albarrana deriva del árabe “barrani”, que significa exterior, siendo una torre de planta circular separada de la estructura central de la fortaleza, aunque unida a ella por un arco de medio punto, que se conservó hasta mediados del siglo pasado, y que comunicaba con la ermita. Está orientada al sur y tiene un altura de unos 25 m. Es un elemento propio de la arquitectura militar hispano-musulmana, que fue adoptado por las fortalezas cristianas a finales del siglo XII y principios del XIII. El diámetro de la torre es de 8 m y en su interior hay cuatro pisos, a los que se accedía por una escalera adosada al muro.
En el piso bajo se pueden observar unas aspilleras o saeteras, que son pequeños vanos verticales que se ensanchan hacia el interior, desde donde se lanzaban flechas. El uso de la ballesta impulsó la forma cruciforme, mientras que con la llegada de las armas de fuego, estos vanos se redondearon en su parte inferior, adecuándolos al calibre de las armas, pasando a llamarse troneras, cuyo nombre deriva de truenos. 


Cerca de la escalera y de la puerta se encuentran unas marcas de cantero, grabadas a cincel sobre la arenisca, cuyos formas se pueden resumir en cuatro motivos: el medio círculo, las flechas, cruces (identificadas tanto con la crucifixión de Jesucristo como con la costumbre cristiano de santiguarse) y un compás (relacionado con la creación y con Dios). 



La torre albarrana alberga réplicas de obras de distintos estilos y épocas, así como trabajos realizados por la escuela taller de Consuegra.





Al salir de la torre albarrana, el día de nubes y lluvia ligera ha tornado en un día soleado, con la bonita vista del arco iris. 





Emprendemos el camino de salida del castillo, disfrutando las vistas de la propia construcción y de los molinos situados en el cerro de enfrente. 






Dejamos atrás el castillo y llegamos hasta los once molinos de viento, cada uno con su nombre: Bolero, Mambrino, Sancho, Vista Alegre, Cardeño, Alcancía, Chispas, Caballero del Verde Gabán, Rucio, Espartero y Clavileño. Algunos se sienten Don Quijote y otros Sancho Panza. 









Durante nuestra visita por los molinos hemos coincido con un autobús de turistas japoneses, que estaban encantados con el castillo (y en Japón los tienen increíblemente preciosos, de grandes tejados puntiagudos, como el de Kanazawa o el Osaka, pero si nosotros viajamos para conocer los suyos, ellos lo hacen para conocer los nuestros), y sobre todo con los molinos, entre los que corrían como niños haciéndose fotografías -y a juzgar por el número de fotografías nuestras alguno también disfrutó como un auténtico manchego de adopción-. Entablo una corta conversación con ellos para mostrarles mi admiración por su país, tanto en el aspecto cultural, arquitectónico y paisajístico, y por supuesto, por el gastronómico, ¡Sayonara!








El molino de nombre Bolero aloja la Oficina de Turismo de Consuegra, y además se ha rehabilitado, con lo que se puede visitar y conocer el mecanismo y funcionamiento de los molinos de viento, principalmente por un vídeo explicativo y por un cartel con las diferentes partes que lo componen y su uso (entrada incluida en la entrada del castillo, sino se pagaría aparte). 






El molinero tenía que orientar las aspas hacia la dirección en la que soplaba el viento, para lo que utilizaba el llamado palo de gobierno, situado en el exterior del molino, lo colocaban según soplara el viento, y para conocer su dirección en el molino hay ocho pequeños ventanucos, ventanucos que daban a los ocho vientos de la zona: Cierzo, Toledano, Abrego, Abrego Hondo, Solano, Matacabras, Levante y Villacañas.





A la salida nos obsequian con un pequeño saco de harina molida en el propio molino, ¡gracias!