17 de julio de 2017

Costa Rica - De Arenal (La Fortuna) a Monteverde



Por tierra y agua

Hoy nos toca traslado, a las 7.40 h tenemos que estar en recepción, pero hasta las 8 h no llegaron a por nosotros. Desayunamos tranquilamente en la terraza de la habitación del hotel Nayara Springs, disfrutando hasta el último momento de nuestra estancia, del jacuzzi, de la ducha exterior, del placer y del lujo asiático del hotel, y hasta nos da pena irnos, quizás teníamos que haber tenido más días de tranquilidad aquí, combinándolos con actividades en la mañana por la naturaleza, pero queda mucho país por conocer y es lo que nos gusta, que ya llegarán los días y viajes de más tranquilidad, aunque este no ha sido agitado, solo removido.


En una furgoneta nos acercan hasta la laguna de Arenal, el mayor de los lagos de Costa Rica, con 124 km2, en una depresión entre la sierra de Guanacaste y la sierra de Tilarán, surgida por la construcción de la presa Sangregado en 1973.  





Hemos llegado de los primeros a la laguna, por lo que nos toca esperar al resto de viajeros que ocuparemos la embarcación, a la que van subiendo las maletas según van llegando las furgonetas (increíble el poder de conducción de los chóferes ya que el camino es de tierra y está inclinado, y algunas de ellas para facilitar el traslado de las maletas las acercan casi al agua). 


El tiempo lo pasamos contemplando el paisaje, entre ellos a los zopilotes o buitres negros americanos, que andan rebuscando entre el pasto y la hierba. 





Más elegante, bonita y menos sombría nos parece la garza blanca, que cuando anda en el agua parece que lo hace sobre ella, por su estilo y fineza. 




Finalmente estamos todos a bordo y comenzamos a navegar por la laguna. 




Por desgracia las nubes amenazantes que se alternaban con el sol ganan la partida en el cielo, y descargan agua sobre nosotros, por lo que tenemos que bajar los toldos laterales de la embarcación para no empaparnos, y así nos quedamos sin vistas, aunque tampoco se veía mucho ya que las nubes grises lo ocupaban todo. Nos hubiera gustado ver al volcán, que estaba más que escondido y además a nuestra espalda, y su reflejo en la laguna, pero no pudo ser. 





Cruzamos la laguna, y al bajar, un tropel de niños (entre 8-14 años) nos está esperando, se quieren encargar de nuestras maletas, llevarlas desde el embarcadero hasta los transportes en los que nos repartirán. El trato de trabajo con los niños no nos gusta a ninguno de los dos, así que cargamos cada uno de nosotros con una maleta, sobre un terreno embarrado que hace mucho más difícil la labor. A la espera del reparto, yo me quedo junto a las maletas, y mi marido se acerca al grupo de niños (nadie está por la labor de dejarse ayudar) para intentar darles directamente dinero, no por su trabajo, sino por si realmente lo necesitarán, y nuestra intención era dárselo al más pequeño del grupo, para que se sintiera un poco importante. Pero en esta espera de repente dicen nuestros nombres y hay que subir las maletas a la furgoneta por la ventanilla trasera que tienen habilitado para tal labor, y yo por supuesto soy incapaz de hacerlo, así que dos niños se tienen que encargar de ayudarnos finalmente. Al ver el movimiento, mi marido se acerca, y yo le señalo a los que me han ayudado, hay que recompensarles por ello. Reflexionando allí y aquí sobre el tema, la confusión moral reina, porque sabemos que lo que estamos haciendo no es bueno, no es lo correcto, estos niños tienen que estar en el colegio y no aquí, y si no hay colegio, deberían estar jugando, pero el turismo siempre tiene este aspecto negativo, que para estos niños es positivo. Quizás habría que llegar hasta este muelle con libros, libretas, rotuladores, juegos… aunque seguramente ellos no lo valorarían como nuestras conciencias y prefieren los pocos dólares. 


Finalmente, el poco dinero recaudado, muy pocos se han dejado colaborar, se lo reparten entre ellos, y al menos con ello nos dan una lección a nosotros, son solidarios, no importa quién cargue, todos reciben algo.


El sol ha salido, pero durante la noche tiene que haber llovido a base de bien, porque el terreno está embarrado, y nuestro transporte es una van, que ahora va cargada de personas y maletas, pues el señor conductor resulta ser todo un artista, que acelera firmemente, aunque las ruedas intentan patinar, y por la pendiente y el barro consigue subir y llegar al camino más normal, también de tierra. El pasaje le dedicamos una ovación por su buen hacer, que por un momento nos vimos bajando nosotros y las maletas al barro para empujar la “furgo”. 


Yo creo que hemos salido por la zona de Tronadora, y el camino sigue siendo de tierra, por lo que vamos pegando botes dentro de la van, incluso miramos con algo de envidia a los jinetes montados en caballo, el transporte más efectivo en estas tierras. 




El sol brilla y el paisaje es muy hermoso, de un verde intenso e infinito. 






Pasamos junto a unos molinos eólicos , muy manchegos ya que cada uno recibe el nombre de un personaje de Don Quijote. 




Mientras nosotros vamos enlatados en la van, los habitantes disfrutan del aire montando en sus caballos, no en vano estamos en la provincia de Guanacaste, tierra de sabaneros o vaqueros. 




Continuamos el camino, que sigue siendo de tierra, pero ya es más lisa, menos campestre, y para las pocas iglesias clásicas que vemos las intentamos captar con la cámara. 


 

Durante el viaje realizamos una parada, no recuerdo el lugar, donde preguntamos en una oficina de información por diferentes excursiones, que no teníamos contratadas porque no teníamos muy claro el tiempo del que dispondríamos, pero aquí nos informamos de las posibilidades ya que llegaremos a mediodía y dispondremos de toda la tarde libre, contratando finalmente dos, de modo que de ir tranquilamente más o menos hasta ahora, hoy nos tocará no parar, pero si estamos animados, mejor aprovechar el momento. Y llegamos a destino, Monteverde, donde empieza el desembarque de viajeros, aunque la mayoría nos alojaremos en el hotel El Establo.

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