23 de abril de 2015

Canadá - Cataratas del Niágara



¡Agua vaaaaaaa!

Estando en Toronto hay una excursión que realizar si no se ha hecho todavía, que también se puede realizar desde New York, pero que nosotros no lo hemos hecho en ninguna de las tres ocasiones que hemos visitado esta ciudad, y esta es a las míticas y cinematográficas Cataratas del Niágara, situadas a 128 km de Toronto. 


Salimos de la ciudad por la Gardiner Express, volviendo a atravesar los barrios residenciales de altas torres, que impresiona su número y su extensión en kms desde Toronto, donde es más económico vivir que en el caro centro de la ciudad. Además cuentan con un eficiente transporte de tren (o eso dicen), estaciones cuyos párkings están llenos a rebosar en horario de trabajo (de casa a la estación en coche, de la estación en tren al centro a trabajar y recorrido inverso).



En ocasiones disfrutamos de la visión del inmenso mar que parece el lago Ontario, como en la desembocadura del río Humber, con el Humber River Bridge. 



Pasada la localidad de Sainte Catherine, cruzamos el canal Welland, que comunica los lagos Ontario y Erie evitando las cataratas en un recorrido de 45 km. Hasta su construcción, las mercancías tenían que ser descargadas a un lado de las cataratas y vueltas a cargas al otro lado, en un proceso lento y por supuesto costoso. El primer canal, de 1832, ha sido ampliado y remodelado hasta en cuatro ocasiones, terminándose en su totalidad en 1932. Consta de ocho gigantescas esclusas sorteando un desnivel de 98 m entre los dos lagos, y admite barcos de más de 33.000 toneladas. 



Llegamos a la población de Niagara Falls (en Ontario, que en el lado estadounidense hay otra población con el mismo nombre) tras sufrir un considerable atasco de entrada; y es que muchos estadounidenses pasan al lado canadiense para disfrutar de las cataratas. 

En el autobús viendo las cataratas hay una gran expectación, pero lo primero es aparcar y luego lanzarnos como posesos a contemplar esta maravilla de la naturaleza, que sin necesidad de verla completamente, se escucha el estruendo y la niebla que levanta el torrente de agua en su caída. 


Las cataratas del río Niágara (un río de 58 km de longitud solamente) se sitúan en el límite entre Ontario y el estado de New York y son el mayor destino turístico de Canadá, con más de 14 millones de visitantes al año (¡formamos parte de este gran número!). Se dice que el hermano de Napoleón viajó desde Nueva Órleans en un coche de caballos en compañía de su reciente esposa para verlas, y que desde entonces es un popular destino para las lunas de miel.



La zona del Niágara estaba habitada por los ongiara, una tribu iroquesa que fue llamada neutrales por los franceses, y que fueron eliminados en gran parte en sus disputas con otras tribus. A los primeros exploradores que llegaron les intrigaron los relatos sobre una gran catarata que hacía un infernal ruido, Niágara significa “trueno de agua”, y Samuel de Champlain fue el primero que informó de su existencia en 1642 pero no llegó a verlas. La mayoría de los historiadores están de acuerdo en que el padre Louis Hennepin las vio y describió en 1677, cuando viajó con el explorador René Robert Cavelier de La Salle. 


Los franceses fundaron Fort Niagara, hoy en el lado estadounidense. En 1759, los británicos tomaron el control de la zona, siendo escenario durante la guerra de 1812 de numerosas batallas. Tras la paz de 1814 se concentraron en las oportunidades de las cataratas; superando la barrera de la navegación con la construcción del Canal Erie en 1825, que unía el curso superior del río Niágara con el Hudson, y la del mencionado Canal Welland en 1829. 



Las cataratas son el resultado de unos procesos geológicos dinámicos que continúan en la actualidad. A medida que los glaciares retrocedían a finales de la última glaciación, hace unos 10.000 años, las aguas del lago Erie, que antiguamente desaguaban en dirección sur, encontraron una salida por la escarpadura del Niágara, hasta el lago Ontario. Desde entonces, las pizarras y areniscas más blandas que hay bajo la escarpadura han sido erosionadas por la acción del agua que cae, lo que ha hecho que la capa superior de la caliza, más dura, se viniera abajo. La cara vertical de las cataratas se mantiene, pero las cascadas van retrocediendo lentamente río arriba, dejando tras ellas una garganta cada vez más larga, que hoy en día tiene unos 11 km desde Queenston, el punto de entrada original al lago Ontario. Es probable que en el futuro, pero no antes de 25.000 años, las cataratas se retiren hasta el lago Erie y desaparezcan completamente. 



Nuestra primera visión y sonido de las cataratas:




Durante los dos primeros siglos posteriores al asentamiento europeo en la zona, las tierras junto a las cataratas eran de propiedad privada. El desarrollo de la región amenazaba la belleza natural del lugar y en ocasiones los visitantes debían pagar para poder verlas a través de un agujero en una cerca (suena tragicómico). En 1885 las autoridades de Canadá y Estados Unidos comenzaron a adquirir las tierras con la intención de preservar la zona. 


En New York, el artista Frederick Church y el paisajista Frederic Law Olmsted (creador del maravilloso Central Park y al que también nos encontramos en Montréal, en el Parc Mount Royal) encabezaron el movimiento Free Niagara, para que el estado de New York comprara las tierras y creara una reserva estatal. Ese mismo año, Ontario estableció el parque Queen Victoria Niagara Falls con el mismo propósito. El 2 de enero de 1929, Estados Unidos y Canadá llegaron a un acuerdo sobre el plan de acción para preservar las cataratas, y en 1950 firmaron un tratado llamado Niagara River Water Diversion Treaty, en el que se tenía en cuenta el tema de la desviación de agua hacia las plantas hidroeléctricas instaladas en ambos lados del río. 



Además de los efectos por la desviación de agua, los esfuerzos para el control de la erosión han incluido la construcción de diques subacuáticos para redireccionar las corrientes más dañinas. En 1953, el flujo se interrumpió para la construcción de un encofrado que permitiese un flujo más uniforme de agua y reducir la tasa de erosión; pero el trabajo más complejo tuvo lugar en 1969, cuando el río Niágara fue desviado completamente de las cataratas estadounidenses durante meses por medio de presas, interrumpiendo su caída, mientras que las cataratas canadienses absorbían el flujo de agua extra, de modo que un grupo de ingenieros estudiaron el lecho del río y trabajaron en él para retrasar la erosión. 



Foto: Russ Glasson

La historia de las cataratas es una historia hidroeléctrica. En 1759, Daniel Joncairs construyó un pequeño canal sobre las cataratas para proveer de energía a su aserradero cercano. En 1805 Augustus y Peter Porter compraron las tierras y alargaron el canal para proveer de energía a su molino harinero y curtiduría. En 1853, la compañía Niagara Falls Hydraulic Power and Mining Company fue contratada para construir canales para utilizar el agua en la generación de electricidad, y en 1881 se produjo suficiente corriente continua para iluminar las cataratas y los poblados cercanos. 


Con el descubrimiento de Nikola Tesla de la corriente alterna se hizo posible la transferencia de electricidad a distancia y en 1896 se construyeron gigantescos conductos subterráneos y turbinas generadoras capaces de enviar energía hasta la ciudad de Buffalo, a 32 km. Se construyeron plantas hidroeléctricas en los lados estadounidense y canadiense. La canadiense Toronto Power Generating Station fue construida en 1913 en estilo neoclásico y se cerró en 1974. 



Las cataratas están formadas por tres cataratas. A un lado están las canadienses (dos terceras partes del total), que reciben el nombre de Horseshoe Falls y tienen forma de herradura, por ello el nombre; se encuentran, sobre una cornisa de 671 m de ancho y 57 m de altura, que se sumergen en el estanque Maid of the Mist. Al otro lado de la frontera, las  estadounidenses American Falls, sobre una cornisa de 260 m de ancho y 51 m de caída, separadas de las canadienses por la Goat Island; y las más pequeñas  Bridal Veil Falls, con 17 m de ancho y una caída de 55 m, separadas de las American Falls por la Lune Island. Con las cataratas el río Niágara ajusta los dos niveles de agua distintos de los lagos Erie y Ontario, lagos unidos por ellas. 

Vamos a verlas:





El salto estadounidense es una brecha horizontal muy desgastada por la erosión; el canadiense es más ancho, un arco que justifica la leyenda de los nativos neuter, la serpiente maligna cayó al río, derrotada gracias a la ayuda de la sirena o doncella de la niebla, maid of the mist, que da nombre al estanque y al transbordador norteamericano. 



No son las cataratas más grandes del mundo (el poderoso Salto del Ángel de Venezuela mide 979 escalofriantes metros de altura), su fuerza y atracción reside en su extensión y sobre todo en su caudal, se estima que cada minuto caen 110.000 m3- millones de litros de agua, casi dos millones al segundo-, que en momentos puntuales puede alcanzar la cifra de 168.000. Miedo da tanta agua aunque desde aquí produce respeto y admiración. 


"Decir algo sobre este maravilloso lugar sería una auténtica tontería", exclamó Charles Dickens cuando visitó las cataratas en 1842. Dickens también dijo, "...sería difícil para un hombre encontrarse más cerca de Dios que aquí". Y yo llevándole la contraria a Dickens escribiendo y escribiendo, ¡me va a tirar de las orejas!


Al fondo se encuentra el Rainbow Bridge, que comunica Canadá con Estados Unidos. 



La primera ocasión en la que el hielo detuvo el flujo de agua fue la mañana del domingo de Pascua de 1848, hecho provocado porque el viento provocó que grandes bloques de hielo del lago Erie taponaran el cauce del río Niágara cerca de Buffalo, dejando de fluir el agua durante 30 o 40 horas. Ese día, algunos aprovecharon (verbo muy bien empleado) para buscar objetos de valor en el lecho del río, bajo la cascada, encontrando pistolas, bayonetas, hachas, mosquetes y otros objetos de la guerra de 1812. 


Muchas personas vieron el suceso como un presagio apocalíptico, y en la mañana del día 31 fueron a rezar a las iglesias temiendo lo peor, y esa noche se escuchó un gran ruido, el hielo había cedido a la presión del agua, y el cauce del río volvía a la normalidad, por lo que un imponente muro de agua avanzó a gran velocidad. La gente volvió a la tranquilidad (no sé yo la tranquilidad que produce una inmensa masa de agua cayendo). 

Posteriormente, las cataratas se han congelado en 1902, 1911 y 1936. 

 
Recientemente, el 21 de enero de 2014, las cataratas se congelaron debido al vórtice polar, con temperaturas de hasta 30º bajo cero. Este hecho debe ser digno de verse. 



Aparte del ruido atronador y del inmenso flujo de agua, la otra característica principal de las cataratas es la neblina que se produce en el salto. 




En el lado estadounidense hay estupendos miradores de las cataratas, pero no tenemos tiempo para cruzar la frontera, y para hacerlo por supuesto hay que llevar pasaporte (y supongo que la ESTA autorizada). 


Una vez que hemos disfrutado de este espectáculo de la naturaleza sin casi mojarnos, algo de gotas hemos recibido, pero pocas, es hora de emular a los que han estado navegando junto a ellas, y ya desde arriba produce sensación de inseguridad porque un mal golpe y todos al agua. 


Desde el lado estadounidense sigue surcando las aguas el mítico barco Maid of the Mist, funcionando desde 1876, aunque el buen impermeable amarillo que portaba Marilyn Monroe en la película Niagara (tráiler) ha pasado a ser un chubasquero barato de color azul. 




Precisamente este año ha dejado de operar en Canadá el Maid of the Mist (creo que en la parte estadounidense sigue operando) y se ha creado la compañía Hornblower Niagara Cruises, con la que haremos el recorrido, llevando un chubasquero verde. 




El acceso a los barcos está muy organizado porque la avalancha de turistas es tremenda, el flujo de pasajeros es continuo. En el barco pillamos sitio en proa, que hay que ver todo lo mejor posible, y ¡disfrutarlo! aunque suponga un baño completo. 




El barco sale frente a las cataratas estadounidenses, por lo que tenemos una visión muy completa de ellas al no haber tenido tiempo de recorrer el paseo superior. Desde aquí se divisa mejor la pequeña Velo de Novia, ya que además el barco se acerca lo más posible. 




En el lado estadounidense varios miradores, entre ellos uno que se acerca a la base, precisamente por las escaleras utilizadas por Marilyn en la película.  




Otro mirador es una pasarela suspendida. 




En la embarcación nos dirigimos de frente hacia la catarata canadiense, y ya nos salpica con intensidad el agua, aparte del ruido ensordecedor que hace que no nos escuchemos entre nosotros, pero no hace falta, compartimos las risas. 




No todos aguantan en proa el chaparrón, que no era fácil, el chubasquero se volaba y había que anudarle, con lo que al final el pantalón quedaba al aire y dispuesto para acabar empapado, pero es que además el agua se colaba por todos lados. Junto a nosotros, una pareja de menonitas (menos estrictos que los amish; ambos visten al uso del siglo XVIII), con la que compartimos risas y hasta un pequeño diálogo. El barco se aproxima mucho a la catarata, así que nosotros terminamos completamente empapados, y la cámara, a pesar de la protección, también acabó mojándose, pero afortunadamente pasó la prueba y pudimos ser haciendo fotografías. 


Es muy corto el vídeo, pero poneros bajo la ducha y sentir la catarata sobre vosotros. 





Lástima de no pasar en Niagara Falls la noche, porque es cuando se iluminan las cataratas como un espectáculo más, acompañado de fuegos artificiales, y aunque la opción fue barajada, finalmente la descartamos a favor de conocer más Toronto. La tradición de iluminar las cataratas nació en 1860, cuando el funambulista Great Blondin utilizó por primera vez en su espectáculo antorchas y fuegos artificiales. Con toda seguridad puede ser considerado un acto hortera, pero creo que simpático; sólo espero que no produzca la misma decepción que nos llevamos en el puente Banpo de Seúl (aunque no me arrepiento de haber asistido a él, siempre es mejor contarlo a que te lo cuenten). 



Las cataratas se pueden disfrutar de muchas maneras: un paseo a pie, un paseo detrás de ellas, un recorrido en jet boat, utilizando el Whirpool Aero Car, diseñado por el español Torres Quevedo, y la que nosotros elegimos, sobrevolándolas en un helicóptero, una fantástica visión y experiencia. 

20 de abril de 2015

Canadá - Toronto - Ferry a las islas de Toronto


Luces de la ciudad

Tras nuestro plácido crucero entre unas cuantas islas de la Región de las Mil Islas, salimos de Rockport y nos dirigimos hacia el sur por la autovía 401. Durante el viaje no hacemos demasiadas fotografías, estamos sentados al final del autobús y no es una de las mejores posiciones para ver y capturar fotográficamente, hay que estar muy atento y ser muy rápido, así que escuchamos música o leemos pero nos evadimos bastante del paisaje de carretera, que tampoco era memorable, hasta que capturamos uno de esos anuncios a tamaño gigante, que tanto gustan en los países de origen británico, porque en Nueva Zelanda hay unos cuantos; en este caso una Big Apple. 


Estamos llegando a Toronto, y Ángel nos tiene ocupados contando carriles de la autovía, ya que según nos acercamos a la ciudad estos se van ampliando, hasta que llega el punto donde todos alzamos nuestros pescuezos para ver y fotografiar cámara en mano. La entrada, o salida, de Toronto se realiza por dieciséis carriles en total (ocho de entrada, ocho de salida), que hoy llevan tráfico pero afortunadamente sin retenciones, que no me quiero imaginar yo en horas punta; esto sería como la TO-80. 


El topónimo de Toronto tiene dos teorías sobre su origen; para unos proviene de la lengua de los mohawk, derivando de la palabra tkaronto, que significa donde hay árboles sobre el agua, en referencia al lago situado al norte, ahora llamado Simcoe y nombrado por los mohawk como Taronto; para otros de la lengua de los hurón, de la palabra toranten, que significa lugar de encuentro.

En el siglo XVII, la zona que hoy ocupa Toronto, en la orilla septentrional del lago Ontario, estaba habitada por los indios seneca, una de las cinco naciones de la confederación iroquesa. El primer europeo en llegar parece que fue el francés Ètienne Brulé, que llegó en 1615 en una expedición de Samuel de Champlain que seguía un camino indígena desde el lago Huron, llegando a un asentamiento indígena, donde como era de esperar no fueron bien recibidos, razón por la que no consiguieron los franceses establecerse en la región hasta aproximadamente 1720, con la construcción de una misión y un puesto para el comercio de pieles, y en 1750 construyeron un fuerte que abandonaron en 1759.

A finales del siglo XVIII, el gobernador John Simcoe, decidió trasladar la capital de la provincia, entonces Niagara on the Lake, y fundar una nueva ciudad con el nombre de York, en honor al segundo hijo de Jorge III.

La zona fue disputada por Estados Unidos y Gran Bretaña en la guerra de 1812, alcanzando los primeros el fuerte de York el 27 de abril de ese mismo año, logrando vencer a los británicos y a sus aliados, los ojibwe. Los estadounidenses saquearon y arrasaron la ciudad, pero sólo seis días después las tropas británicas lograron echarlos, y los persiguieron hasta Washington.

Cuando en 1825 se terminó de construir el canal Erie, York ya no tenía que depender de Montréal como puerto de entrada, ahora podía utilizar New York, y fue el inicio de una conexión con los Estados Unidos que se ha mantenido (curioso, curioso, tras la guerra todo se olvida en pos del negocio).

En 1834, con William Lyon Mackenzie de alcalde, York cambia su nombre por el de Toronto. A medida que Ontario crecía durante el siglo XIX, Toronto se convirtió en su centro.

Toronto sufrió un gran incendio en 1904 que arrasó una extensión de 5 hectáreas y 122 edificios, aunque sorprendentemente no hubo víctimas mortales.

Durante los años veinte, la actividad económica en la ciudad, en bancos y en la Bolsa, recibió un enorme impulso debido al descubrimiento de las minas de oro, plata y uranio al norte de Ontario. A mediados del siglo XX comenzaron a llegar inmigrantes, primero del norte de Europa, después del sur, principalmente italianos, y recientemente, chinos y del sudeste asiático. En sus calles se hablan más de cien idiomas.

En 1998 cinco ciudades circundantes a Toronto se incorporaron a ella, convirtiéndose en la mayor urbe de Canadá y en la quinta más grande de América del Norte, que suele llamarse Megacity; los arrabales fuera de sus límites se les conoce como Greater Toronto Area. Toronto ocupa más de 259 km2 y tiene una población de casi cuatro millones de habitantes; además es la ciudad más rica de la región y la más próspera del país.

Según entramos en lo que supongo la Megacity comenzamos a ver edificios de viviendas, normalmente de bastante altura, que resultan más asequibles económicamente que las del centro de la ciudad, con la que se comunican por un eficiente sistema de trenes y de aparcamientos en las estaciones de esta periferia.

Una vez que entramos en Toronto, para no perder tiempo con el autobús Ángel nos da una vuelta por ella y nos vamos asombrando de sus rascacielos, haciendo una parada para contarnos historia, y sobre todo para localizarnos y asesorarnos, en Nathan Phillips Square, donde se encuentra el edificio nuevo del Ayuntamiento, el City Hall, y el antiguo edificio, Old City Hall, que ya detallaremos en otro paseo, y otra parada más corta junto al Ontario Parliament Building, edificio construido en 1893 por el arquitecto Richard Waite en estilo neorrománico con arenisca rosácea, tratándose de un conjunto con torres, arcos y rosetones; del que solo vemos su fachada. 


Desde la explanada del parlamento destaca frente a nosotros el edificio curvo y de cristal del Ontario Power Building, construido en 1975. 


Ahora sí vamos al hotel, situado en el distrito financiero, seguimos en la cadena Hilton, pero en esta ocasión no tenemos tanta suerte con las vistas del hotel como en Québec, aunque no nos podemos quejar, allí está la archifamosa CN Tower desde nuestra ventana. 



Salimos del hotel a explorar la ciudad más tarde de lo que hubiera sido deseable, y aunque la idea original fue tomar un taxi, nos pusimos a andar (la fuerza de la costumbre) y enfilamos la University Avenue, la avenida más ancha de la ciudad y donde se celebran los grandes desfiles, para comenzar a disfrutar de la ciudad iluminada. Frente al hotel Hilton se alza la torre del Hotel Shangri-La, torre construida en 2012 con 215 m de altura.


Giramos por Adelaide St, donde tenemos algunas reminiscencias de New York, tanto por edificios e iluminación, como por nombres, al fondo a la derecha el Trump International Hotel, frente a él la torre del Bay Adelaide Centre. 


Ahora giramos por York St, y en su cruce con King St se alza el acristalado edificio Standard Life Centre. 


El faro de la ciudad destaca con sus colores en la noche, la CN Tower, aunque todavía está semiescondida, con un color semiinfernal.


Estamos en una zona llena de obras y vallas, pasos cortados que nos hacen tener que ir dando rodeos, finalmente conseguimos pasar por debajo de las líneas de tren. Llegamos hasta Bremner Boulevard, donde asoman a la derecha las torres de viviendas en construcción de Ice 2, y a la izquierda las de Maple Leaf Square; en Toronto hay una fiebre constructora de rascacielos residenciales (una burbuja inmobiliaria a gran escala y altura aunque no creo que esta sea de las que explotan y rebotan). 


Nuevos pasos cortados, un auténtico caos, tenemos que preguntar porque ya nos veíamos dando media vuelta, finalmente pasamos por debajo de la autovía Gardiner Expressway, poca gente en la calle lógicamente, y aunque uno no se siente inseguro desde luego tampoco completamente seguro, y conseguimos llegar a la Queens Quay West, donde nos encontramos con la escultura de Richard Deacon, Between the Eyes. 


Hemos conseguido llegar al puerto de Toronto (Harbourfront), a orillas del lago Ontario, que antaño llegaba hasta Front St, pero le quitaron tres kilómetros para acomodar cocheras de trenes y almacenes. El puerto fue muy activo, con exportaciones e importaciones para la provincia, hasta la década de 1960, cuando descendió el comercio. En la década de 1980 el puerto renace gracias al desarrollo urbanístico, con grandes torres de apartamentos de lujo como estamos viendo, parques verdes, hoteles, restaurantes, lugares de diversión y un complejo cultural; pero viendo las obras todavía queda un trecho.

Desde el Harbourfront parten los ferrys hacia las islas de Toronto, islas que fueron un refugio de la ciudad, por lo que en ellas se construyeron residencias. En el pasado las islas eran una gran bandada de arena que se adentraba unos 9 km en el lago, pero el 13 de abril de 1858 una tormenta con vientos huracanados abrió el hueco que se conoce como Eastern Channel, y dio a la banda de arena la forma de una cadena de islas. Para esto hemos llegado a Harbourfront, para tomar el ferry. 

La idea original era haber llegado antes del atardecer, porque las islas están conectadas por puentes y pasarelas y seguro que merece la pena dar un paseo a pie (que se puede hacer en bicicleta) disfrutando de las vistas de la ciudad, vistas con las que nos conformamos y asombramos en la noche. El ferry hace varias paradas y con el mismo billete se puede tomar el de vuelta en cualquiera de las islas –lo único que hay que hacer es mirar el horario-. 




El skyline es una auténtica explosión de luz, bien bonito, y no quiero hacer comparaciones con New York, cada una a su estilo (aunque el puente de Brooklyn es un aliciente más). Por supuesto, la estrella es la CN Tower. 


Y preciosa es la combinación de la torre con el Rogers Centre, que desde esta posición no parece un edificio sino un gran arco. 



No hay duda que lo mejor hubiera sido llegar por la tarde y disfrutar del atardecer en las islas, para luego haber contemplado las luces de la ciudad, pero por lo menos tenemos en nuestras retinas y cámaras el skyline de la ciudad, una foto clásica de Toronto.

Desde la terminal de ferry subimos por Bay St, y aunque no nos fijamos con atención en el edificio del Air Canada Centre, un pabellón multifuncional que fue inaugurado en 1999, si lo hacemos en una de sus puertas de entrada, atraídos por los escudos de los equipos que juegan en él: los Toronto Maple Leafs de la NHL (Liga de Hockey Nacional), los Toronto Raptors de la NBA, los Marlies de Toronto (equipo de Hockey de la AHL -Liga Americana de Hockey, la segunda liga-) y el Toronto FC de la MLS (Major League Soccer). En el estadio también se celebran actuaciones musicales. 


Por Bay St a pesar de las obras se podía andar sin necesidad de rodeos como nos ha pasado por York St, y la ciudad nos sigue deslumbrando en sus edificios iluminados. A la derecha Brookfield Place, al fondo la torre Commerce Court West. 


Aparte de disfrutar de la arquitectura vamos mirando posibles alternativas para cenar, y en ello nos encontramos con gran parte del grupo, que se había reunido en un lugar recomendado por Ángel, pero que no termina de convencernos, situado en el complejo de edificios de Brookfield Place, que aprovechamos para visitar y al que volveremos con luz de día para tener ambas visiones. 


Como buen matrimonio bien avenido, no nos ponemos de acuerdo, lo que a él le parece gustar, a ella no le convence, y viceversa (demasiado étnico, demasiado elegante, demasiado popular, demasiada langosta…la salsa de la pareja), y eso que callejeamos un rato con locales señalados en el mapa. Salimos al cruce de Richmond St con Bay St, desde el que se divisa el Old City Hall, y nos vamos a cenar al hotel, sin complicaciones y cómodos. 


Situación del puerto y las islas: