19 de mayo de 2014

Chile - Santiago - Posada del Corregidor - Parque Forestal - Museo de Arte Contemporáneo - Museo Nacional de Bellas Artes - Heladería Emporio La Rosa - Fuente Alemana



El final por el principio

Una vez no visitado el Mercado Central, solo hemos curioseado el exterior y algo del interior asomando la cabeza hasta que casi nos la cortan, y todo por haber llegado tarde, caminamos por la calle Ismael Valdés Vergara para algo más adelante girar a la derecha y entrar en la calle Esmeralda, donde se encuentra la Posada del Corregidor, casa construida en torno a 1750, siendo uno de los pocos edificios coloniales que se conservan en la ciudad. A pesar de su nombre, nunca fue la residencia de ningún corregidor, pese al escudo de armas que hay en su fachada, perteneciente a un hombre famoso de Santiago, Don Luis Manuel de Zañartu, y esto es porque uno de los descendientes de este corregidor (ahora sí) adquirió el edificio en 1928 y lo colocó en su fachada por puro capricho. 




El edificio está como anclado en el tiempo en esta zona, rodeada de edificios postmodernos, art déco, actuales (algunos bastante feos), el hecho de encontrarse en una pequeña plaza, es capaz de transportanos al siglo XVIII. En la fachada destaca el balcón corrido de madera, un clásico colonial. 


La posada fue una cantina a la que acudía la gente bohemia de Santiago, luego a pasó a ser una galería de arte para artistas emergentes, función que parece seguirá desarrollando tras una rehabilitación. 




En la misma calle Esmeralda hay un edificio con una curiosa y extraña decoración, ¿los siete enanitos?





Por la calle Esmeralda salimos nuevamente a la calle Ismael Valdés Vergara, junto al Parque Forestal, parque que fue trazado a finales del siglo XIX para darle uso al descampado que quedó después de encauzar el río Mapocho para evitar inundaciones. 




Entramos en el parque, que se encuentra en el ya visitado barrio Lastarria, aunque claramente siempre nos quedan lugares para conocer o por los que pasear y el parque era uno de ellos, aunque lo habíamos visto y casi pisado. 


Más o menos en el centro del parque se encuentra el palacio de Bellas Artes, compartido por dos museos, el primero que vemos es el Museo de Arte Contemporáneo. Es curioso tanto clasicismo arquitectónico para la contemporaneidad del arte. 

El museo fue fundado en 1947 por Marco A. Bontá y actualmente su colección permanente está formada por más de 2.000 obras entre cuadros, esculturas y fotografías. Cuenta con una sucursal en el Parque Quinta Normal, donde se expone principalmente arte latinoamericano. 



Frente a la fachada del museo una escultura de Fernando Botero, uno de sus caballos, y es que este escultor parece tener obras por todo el mundo instaladas, lo que nos parece genial, independientemente de que algunos nos puedan gustar más o menos. Nosotros nos lo encontramos hasta en Corea del Sur, en Gyeongju, junto al lago Bomun



Botero es tan internacional y tan pródigo en arte colocado en calles y museos como lo es el magnífico Henry Moore, o la hiperconocida, y viajera, araña de Louise Bourgeois. 


Continuamos caminando por el parque para llegar al segundo museo, el Museo Nacional de Bellas Artes, un diseño del arquitecto franco-chileno Emilio Jècquier basado en el Petit Palace de París para celebrar el centenario de la República de Chile en 1910. Se trata de un edificio neoclásico con algunos detalles art noveau, como la grandiosa cúpula de hierro y cristal, fabricada en Bélgica y transportada en piezas en 1907 (pesa casi 115 toneladas -gracias por la rectificación Gonzalo Contreras-). 





El museo fue fundado en 1880 con el nombre de Museo de Pintura Nacional y estaba ubicado en el parque Quinta Normal y alberga colecciones permanentes de artistas chilenos, además de celebrar exposiciones temporales. 


Sobre la fachada del museo hay una alegoría de las Bellas Artes, obra del chileno Guillermo Córdova. 




Frente a la entrada hay un grupo escultórico en bronce de la artista chilena Rebeca Matte, titulada Unidos en la gloria y la muerte, que representa a Dédado e Ícaro; y que me produce una profunda sensación de dolor, que no sé si es lo que la artista pretendía al realizarla. 




Salimos del parque Forestal para tomar la calle José Miguel de la Barra y llegar al cruce de ésta con Santa Lucía y Victoria Subercaseaux, donde se encuentra una de las entradas al cerro Santa Lucía, la misma por la que entramos para visitarle. Tomamos la calle Merced con un destino en mente, uno que no queríamos saltarnos (más bien yo, que soy la del mapa) situado en la esquina de esta calle con la calle Monjitas y junto al Parque Forestal. 




Se trata de la heladería Emporio La Rosa, donde elaboran helados artesanos de gran fama y que por supuesto había que probar. Además se pueden tomar pasteles y sándwiches. 





Salimos con dos cucuruchos plantados en dos vasitos (es la primera vez que nos entregan helados de esta manera): uno de chocolate clásico y otro de chocolate peperoncino (con chile, hay que hacer honor al país en el nombre y en el picante). Muy cremosos y muy ricos pero el que tenía que picar no picaba nada, demasiado suave o mi paladar es muy rudo. 




Volvemos a entrar en el Parque Forestal, que durante nuestra estancia en Chile salió en las noticias por la celebración de un concierto aniversario, cincuenta años, del grupo chileno Los Jaivas; pero la noticia era doble, por la importancia en sí del concierto, que se celebraba frente al Palacio de Bellas Artes, pero sobre todo por las toneladas de basura con la que amaneció el parque, unas setenta aproximadamente. 




En el parque hay varias esculturas y monumentos dedicados a Colón o a Rubén Darío entre otros, pero no las buscamos, sencillamente paseamos por él. 





No tengo la seguridad de esta construcción a qué corresponde, pero si se conserva en el parque tendrá su razón de ser, y supongo que podría ser un resto de los antiguos tajamares que se construyeron para parar la crecida del río Mapocho. Los tajamares eran un complejo sistema de diques y muros subterráneos diseñados en el siglo XVIII por el arquitecto Joaquín Toesca, el arquitecto entre otras construcciones de la catedral, que evitaron la inundación de la ciudad hasta el siglo XIX, cuando fueron sustituidos por una red de canales. 




Al final del parque, al final para nosotros, que lo hemos paseado desde su cruce en la calle Merced, se sitúa la  Fuente Alemana, un grupo escultórico donado por la colonia alemana en el centenario de la independencia de Chile, en 1910. Es una obra de Eberlein en la que se representa la gloria del país, sus minerales y su gente. 



La cámara que llevábamos no es la mejor para fotografías con poca luz, y es que para no llamar demasiado la atención por los barrios por los que hemos paseado durante el día de hoy, Quinta Normal, barrio Yungay, barrio Brasil, barrio Concha y Toro, no hemos traído la que es más grande y algo mejor; no son barrios de los más turísticos, aunque como habéis podido comprobar están llenos de encanto y lugares visitables, pero no los recomiendan para paseos al atardecer, y por aquello de "por si acaso" mejor prevenir que lamentar, aunque sinceramente no vimos nada preocupante como nos ha ocurrido en otras ciudades del mundo, que sí hemos torcido el gesto ante algunas personas y sus miradas (afortunadamente no en muchas ocasiones, todavía nos sobran dedos de una mano para contarlas, al menos con conocimiento de causa).


Salimos del Parque Forestal por la plaza Baquedano y allí tomamos un taxi para volver al hotel, que el día nuevamente ha sido muy completo. A pesar de la buena idea de salir a cenar fuera, el viaje nos pasa factura y decidimos quedarnos en el hotel -nada de alta y cara gastronomía chilena-, acudiendo a su restaurante italiano, que un plato de buena pasta apetece. Celebrando el casi final del viaje pedimos un Cordillera, Valle del Maule, de uva carignan (para los españoles cariñena, una variedad de origen nacional), de las Bodegas Miguel Torres.




La pasta estaba buena aunque yo fui demasiado valiente al pedirme unos penne a la arrabiata, que picaban y rabiaban como ellos solos y eso que pedí que fueran lo más suave posible, así que tuve que ir bebiéndome el vino más rápido de lo normal, y si llegan a servirlos en su punto de picante exacto tengo que beber directamente de la botella. Como no es comida chilena propiamente dicha, termino con el postre, que tampoco lo es, es un clásico tiramisú, pero como “a nadie le amarga un dulce”. 



Un recorrido del paseo:



14 de mayo de 2014

Chile - Santiago - Calle Arturo Prat - Estación de metro Universidad de Chile - Estación de metro La Moneda - Mercado Central - Monumento a los Héroes de Iquique



De metro a metro 

A la salida de la Basílica de los Sacramentinos tomamos la decisión de caminar por la calle Arturo Prat, ya que no hay ninguna estación de metro cercana, por esta calle llegaremos a una de ellas. Frente a la basílica un anuncio que no parece muy católico, ¿o sí?, ya que se trataría de una “resurrección”. 




La calle Arturo Prat no es hermosa, y en ella hay una importante concentración de tiendas de muebles, como la concentración de artículos para los vehículos se encontraba en los alrededores de la avenida Cumming en el barrio Brasil. Algunas de estas tiendas están alojadas en locales comerciales tradicionales o en naves, pero otras lo hacen en casas que antaño serían sino palacetes o mansiones, si se nota que fueron buenas casas. 




La calle, aparte de muebles de todos los estilos y tipos nos ofrece imágenes cotidianas, ¿Qué mejor para el sol que coloridos paraguas?





Salimos de la calle justo al lado de una la estación de metro Universidad de Chile, y entramos a este transporte por varias razones, la más importante, para ver la estación, que está decorada con el mural Memorial visual de una nación, obra de Mario Toral que narra en 1.200 m2 la historia del país. Realmente preciosa y colorida la estación.






Nos bajamos en la siguiente parada, estación de metro La Moneda, nuevamente es para ver su decoración, en esta ocasión se trata de óleos de paisajes chilenos, pintados por Guillermo Muñoz en España. Creo que se trata de una colección de catorce óleos, pero en el andén solo vimos dos, uno dedicado a los Andes (nos lleva a los infinitos paisajes que veíamos en el vuelo de Santiago a Calama o al viaje en carretera de Calama a San Pedro de Atacama o a cualquier lugar de los que nos enamoramos en la región de Atacama), y otro al mar. 




Deberíamos haber explorado la estación para ver todos los óleos pero nos conformamos con estos dos, y es que el tiempo es el tiempo, con lo que el siguiente metro lo tomamos ya con un destino definido, la estación Puente Cal y Canto, junto a la Estación Mapocho. El billete se lo queda la máquina, así que para tener uno de recuerdo lo tuvimos que sacar. 





Nos queda poco tiempo para pasear, el atardecer comenzará pronto, así que intentamos rematar algunos de los lugares que nos han quedado pendientes por el centro, y para ello nos dirigimos hacia la zona del Mercado Central, cuyos alrededores son un hervidero de tiendas, puestos en la calle y gente. 





El Mercado Central se aloja en edificio que fue inaugurado en 1872 para albergar la Exposición Nacional de Artes e Industrial, diseñado por Fermín Vivaceta. Tras la exposición el edificio se convirtió en el mercado más importante de la ciudad, y actualmente acoge casi exclusivamente pescaderías y restaurantes de productos marinos. 





La fachada del mercado no es especialmente llamativa, lo llamativo se encuentra en los tejadillos y la torre que asoma por detrás de ella. Se trata de una imponente cubierta de metal fundida que fue construida por una empresa de Glasgow, y que tenía el diseño especial para la época de tener entramados y ranuras para absorber el aire hacia arriba y ventilar el edificio (esto me recuerda a los establos de las vacas en la Finca de Jiménez Barbero). Al igual que con la cercana Estación Mapocho, una vez terminada la estructura en Glasgow, fue embalada por piezas y enviada a Santiago, donde se ensambló (que trabajera). 





Este ha sido nuestro tercer intento de visitar el mercado, ya que se encontraba en la agenda de lugares a intentar visitar, y además ha sido el intento más cercano con el que casi lo conseguimos, pero no fue posible en ninguna de las ocasiones. 

El primer día de exploración de la ciudad era el lugar elegido para comer, pero el cansancio nos hizo parar en el Centro Cultural Palacio de la Moneda.


El día que paseamos por el barrio Bellavista, como estaba a un corto paseo, también habría sido un buen momento, pero nos sentimos atrapados por otro restaurante, Azul Profundo, que luego no resultó culinariamente tan buena como nos esperábamos, pero nos encantó el local.  


Y por último hoy, que hemos llegado cuando estaban cerrando, y por mucho que hemos intentado colarnos (ya sé, esto no se debe hacer) y curiosear desde lejos, no hemos tenido mucha oportunidad de disfrutar de la grandeza de su interior. 

El mercado, su actividad comercial, la vista de productos y una buena mariscada en los restaurantes que aloja, es otra de las asignaturas pendientes en Santiago a aprobar. 




Frente al Mercado Central, en el cruce de avenidas muy transitadas, se sitúa la plaza Prat, y en ella se alza el Monumento a los Héroes de Iquique, que consta de una pirámide de 25 m de altura coronada por un faro. Fue inaugurado en 1962 y las figuras en bronce fueron fundidas con los acorazados Capitán Prat y Esmeralda. En la pirámide hay habilitado un mirador, pero no sé si se puede subir a él (aunque me da que las vistas no serán especialmente bellas). 




En todos los lados de la pirámide hay figuras alegóricas o de homenaje a figuras navales chilenas importantes, pero la principal está dedicada a la batalla de Iquique, que tuvo lugar en 1879, durante la Guerra del Pacífico, en la que la goleta chilena Esmeralda fue hundida por el buque de guerra peruano Huáscar, en la que murió el comandante chileno Arturo Prat, cuyo nombre se encuentra en calles y plazas en cada ciudad del país (sino en todas).