6 de septiembre de 2017

Costa Rica - Manuel Antonio - Hotel Parador



El sueño holandés

Llegamos a Manuel Antonio, a Punta Quepos, donde nos alojaremos en el Hotel Parador, cuya localización es casi perfecta (ya iré explicando el casi), junto al Parque Nacional Manuel Antonio, ocupando una extensión de 5 Ha. En 1993 llegó a este lugar el holandés Jan Schans, y levantó este hotel con 56 habitaciones en 1996. En la actualidad tiene 132 habitaciones y es uno de los establecimientos hoteleros líderes en el turismo sostenible. El hotel ofrece un servicio de transporte gratuito a Manuel Antonio, pero para las noches hay que utilizar el servicio de taxi, ya que no funciona este servicio. 




En recepción nos dan la buena noticia que tendremos un upgrade de habitación, ¡anda,! y yo que finalmente no lo pedí por aquello de los costes... Luego, sorpresivamente, nos dan un pequeño tour hasta que nos acompañan a la habitación. Tienen bastante jaleo entre los que se van y los que llegamos, por lo que las maletas tardarán un poco, pero no tenemos prisa por nada, esta tarde toca tranquilidad. Volvemos a descubrir que la comodidad no es precisamente un plus en los hoteles de Costa Rica, ahora tenemos escaleras que afrontar. 


En este primer edificio, una construcción de estilo español en su decoración, se distribuyen algunas zonas comunes en dos pisos. En el piso superior, abierto al inferior, hay un espacio de biblioteca, algunas salas para eventos, una interesante tienda de artículos principalmente nacionales, una terraza con cómodos sillones...





La balconada del piso superior da a parte del restaurante La Galería del piso inferior, donde hay una bonita mesa siempre preparada pero más de decoración, ya que nunca la vimos utilizar, o no había un grupo suficientemente grande para ocuparla. 




Las mesas del restaurante se sitúan en una terraza con vistas al océano Pacífico, un buen lugar. 





En este restaurante realizaremos los desayunos, una comida y las cenas. Así, el primer día, comimos un pargo, que no tenía nada que ver con el fantástico pargo a la parrilla que comimos en Puerto Viejo de Talamanca, ya que tenía un exceso de rebozado que le hacía pesado a más no poder; y una pechuga a la plancha. 





Las noches parecía que ofrecían algo mejor, pero se quedaba más en la presentación que en el paladar. Trío de gazpachos (el clásico español más o menos, acompañado de dos versiones frutales), pulpo a la parrilla, verduras a la parrilla (eso creo pero no las recuerdo), brocheta Parador (ternera, cerdo y langostinos), tagliatelli al pesto y pechuga de pollo a las finas hierbas. Los postres muy sencillos, tartas clásicas y helados. 






Los terrenos del hotel son el hábitat de un bonito gavilán, que nos ofrecía su visión todos los días con su vuelo y su posado, incluso bajo la lluvia. 




También asoma un pecho amarillo, aunque hoy no le vemos su pecho característico, como si lo haremos desde la terraza de la habitación. 




También bajo la lluvia un clarinero, o eso creo siguiendo la guía de aves. 




Antes de la comida habíamos hecho planes para hacer algún recorrido por los senderos del hotel, pero como se puso a llover de forma torrencial, finalmente los abandonamos, y cuando dejó de hacerlo ya era demasiado tarde, la noche nos caería paseando, y aunque seguramente hubiéramos disfrutado viendo esos animales noctámbulos, lo dejamos pasar.



Junto al edificio principal, la piscina principal, con vistas al océano, dispuesta en dos niveles que cuenta con un jacuzzi y un bar húmedo. En esta zona hay una pequeña tienda de regalos, donde suministrarse de chucherías y agua, además de un mostrador para contratar transportes y excursiones. 




También hay un restaurante, donde poder comer al tiempo que sigues refrescándote en la piscina. Su oferta es menos elaborada pero es lo suficientemente grande como para encontrar algo a tu gusto: sándwiches, quesadillas, hamburguesas…




La primera sorpresa nos la encontramos en un árbol junto a la piscina, un perezoso a tiro de ojo, que ya es mucho, se está alimentando y moviéndose continuamente. Divertido verlo actuar a cámara lenta ya que sus movimientos hacen honor a su nombre. Todos los días a todas horas tenía bajo él una legión de seguidores. 


Hay otra piscina solo para adultos, norma que no vimos incumplir aunque nadie se encargaba de su cumplimiento. 




La placidez de esta piscina se rompió nuevamente por la sorpresa, de repente fuimos casi asaltados por una familia de monos titís o ardilla, que no dejaron de moverse por todo el recinto, y es que un grupo de personas había abierto unas bolsas de patatas, a las que acudieron sin ningún rubor los traviesos monos, pero no lograron su botín. Otro animal visto, del que ya pensábamos que no veríamos, y los tuvimos casi al alcance de la mano. 




Un vídeo vale más que mil imágenes en este caso. 




La habitación contratada originalmente era una Premium y ahora tenemos una Premiun Plus, cuya diferencia está en el piso, estando situada a mayor altura. Y para llegar a ella o utilizas las escaleras (para bajar, bien), o utilizas primero un ascensor inclinado y luego las escaleras (supongo que no había manera de que llegara al piso superior el ascensor, ni por fuera ni por dentro). Cómodo no parece y cómodo no es, pero las vistas merecen la pena. 



La habitación no es grande, pero tiene lo básico para descansar, una buena cama, y además hay un escritorio bastante útil para dejar de todo en esta mesa cuando llegas de las excursiones, o para trabajar con la guía y los mapas (si consigues despejarla). El día de llegada sobre la cama tenemos el detalle de un cisne realizado con toallas; no somos fans de estas figuras pero lo agradecemos.



El baño está bastante necesitado de una remodelación, se nota pasado de moda y de uso, eso sí, tiene doble lavabo que es muy útil en determinadas horas del día. 


Lo mejor de la habitación sin lugar a dudas es la terraza, aunque salir a ella es dejar el frescor del aire acondicionado y sentir la humedad asfixiante, pero las vistas son espléndidas, ¡gracias por el upgrade!



Al atardecer o por la noche también resulta una bonita postal. 





La mayor sorpresa nos la llevaremos por la mañana temprano, y temprano quiere decir 6-7 horas, que a la que nos descuidábamos mirando y haciendo fotografías luego teníamos que correr para bajar a desayunar. Y es que en los árboles aparecían todo tipo de aves, y nosotros por supuestos encantados. 


Uno negro de lomo rojo y un pecho amarillo (o eso creo). 




Pero el que nos deja apabullados las dos mañanas en las que amanecemos aquí es un precioso tucán, un tucán Swainson, que tranquilamente se posa para darnos los buenos días, y al que nosotros intentamos no molestar y gritamos ¡ohhhh! para adentro. 




Finalmente, más alejado está un nuevo edificio que acoge las suites, donde hay un restaurante que solo funciona para desayunos y comidas; además de una piscina, pero que solo es de uso privativo para estas suites. Creo que el concepto es bueno, las vistas son mejores, pero lo de tener que caminar en la noche para cenar en el edificio principal, o los paseos hasta llegar o salir del edificio son sus inconvenientes, pero esto es Costa Rica, y todos los hoteles parecen estar realizados con la máxima de pasear por ellos. 



El hotel está necesitado de una reforma y actualización, pero en general es una buena opción para alojarse en él. 

4 de septiembre de 2017

Costa Rica - De Monteverde a Manuel Antonio



¡Cuidado con los cocos…!

Hoy de nuevo toca desplazamiento, las maletas aunque vamos intentando mantenerlas en orden, ya van siendo un auténtico caos, pero es lo que tiene el intentar pasar por la mayor parte de lugares posibles. A las 8 h de la mañana pasan a recogernos, y curiosamente el viaje lo realizaremos en compañía de las dos parejas con las que compartimos viaje desde Tortuguero a La Fortuna


Nuestro chófer hoy es ella, Laura, que lo primero que hace es llevarnos a la central de la empresa de transporte, tal y como habíamos escuchado en las noticias hay huelga de taxis en el país, en contra de la plataforma Uber, y se teme que las carreteras puedan ser cortadas, así que en previsión de que el viaje, de unas 4-5 horas normalmente, puede convertirse en una odisea de todo el día, ¡Ave María!, nos dan botellas de agua y unos paquetes de galletas, que no servirán de mucho si de verdad la cosa se alarga más de seis horas. Con la incertidumbre salimos de Monteverde



Volvemos a la carretera sin asfaltar, llena de baches y guijarro, por lo que el interior de la furgoneta vamos pegando botes con nuestros cuerpos, aunque el paisaje sigue siendo bonito. 





Finalmente salimos a la carretera 1, que ya está asfaltada y nuestros cuerpos se calman y relajan, y comenzamos a ver con asiduidad grupos de policías custodiando el tráfico y los posibles incidentes. A la altura de Puntarenas y Puerto Caldera es el único momento que encontramos una fila de taxistas ralentizando la circulación, pero sin problemas, y afortunadamente en ese momento van en dirección contraria a la nuestra, por lo que no nos vimos afectados; la razón de concentrar la manifestación aquí es por su puerto y actividad comercial. 




Realizamos una parada técnica para refrescarnos, aliviarnos y comprar souvenirs, ya que pasamos bastante tiempo en ella, y al final de tanto mirar y mirar acabas con algo en la mano. 




Emprendemos de nuevo el viaje y le pedimos a Laura que por favor nos haga una parada adicional, que el conductor desde Tortuguero a La Fortuna nos recomendó, en el puente de la localidad de Tárcoles, y como no va mal de tiempo, así lo hace, como muchos otros transportistas de viajeros, ya que el puente es un trajín de personas. Para al principio del puente y nos esperará al final. La razón de esta parada y este ajetreo es que el río Tárcoles es un hábitat de cocodrilos, algunos de ellos de impresionante tamaño. 






Supongo que la concentración bajo el puente es un reclamo turístico más, ya que seguramente les den comida y así se aseguran su presencia, pero al río visto así no apetece demasiado acercarse. 




El camino de costa vuelve a ofrecernos palmerales, en este caso de aceites y no de cocos, palmeras de las que se extra el tan denostado últimamente aceite de palma. 




Atravesamos varios ríos o riachuelos o cursos de agua, todos ellos desembocando al océano Pacífico, que es nuestro destino. 



Vamos viendo grandes extensiones verdes que en un principio no fuimos capaces de identificar (¡que tontos!) que son arrozales. 




En algunos puentes hay que tener cuidado con la altura y la anchura de los vehículos. 




Finalmente llegamos al destino, el pequeño pueblo de Manuel Antonio, en el municipio de Quepos, todos los viajeros nos alojaremos en el mismo hotel, el hotel Parador. Estamos en la costa central del Pacífico, en la que hay bosques tropicales, playas de arena y por supuesto, fauna y flora a doquier, en una zona en la que antaño había árboles bananeros de la United Fruit Company, que fueron reemplazados tras la plaga que los afectó en la década de 1940 por la introducción de palmeras africanas. 


Los lugareños creen que en algún lugar de la zona hay un tesoro que todavía no se ha descubierto, y esto viene porque el pirata inglés John Clipperton, que parece ser que frecuentaba por aquí, no consiguió capturar en 1670 a una flota española que había escapado de la ciudad de Panamá antes de fuera incendiada por el capitán Henry Morgan (vamos, que iban de mal en peor). Se cree que los españoles descargaron su valiosa carga en la Misión de San Bernardino de Quepo, leal a la corona española, para despistar a los piratas y evitar su abordaje. ¿Piratas del Pacífico? Clipperton murió en 1722 sin encontrar el tesoro y la misión cerró en 1746, descubriéndose sus ruinas en 1974, pero del tesoro no se sabe nada. 

Mapa de la ruta: