28 de marzo de 2017

España - Madrid - Restaurante Lúa



Gallego, español (con toques)

Cena con amigos, y de nuevo toca descubrir un sitio nuevo, un restaurante laureado con una estrella michelin, Lúa, luna en gallego, con el chef Manuel Domínguez Carrete. 




La entrada se realiza por unas preciosas y pesadas puertas labradas de madera. El piso superior está concebido más para picoteo y cócteles, y con una decoración moderna y agradable (mesas altas y taburetes), pero como estaba con gente no hicimos fotografías (intento evitarlas en la mayoría de las ocasiones, aunque no siempre es posible). 


El piso de abajo es más comedor formal, y al ser los primeros comensales en llegar, aprovechamos para hacer al menos una fotografía un poco general. 




Nuestra mesa está al fondo de la sala, muy amplia para cuatro, con una librería al lado que utilizo para dejar mi bolso (el eterno inconveniente de las mujeres, ni con él ni sin él). 





Como ya va siendo costumbre en estos restaurantes premiados optamos por el menú de degustación, ya que presuponemos que constará de los mejores platos de la carta y del chef, dejándolos a su elección y buen criterio. También aceptamos la opción de maridaje, que es buena para probar vinos que seguramente no probaríamos.


De aperitivo, una esferificación de aceituna, muy rica, creo que esta técnica es muy  interesante en su resultado, y que comprarse el kit para experimentar en casa puede ser simpático, aunque si no se consigue lo que se quiere, puede ser estresante (al aceituna esferificada de Adriá está a la venta en tiendas gourmet y te evitan el sofoco de hacerlas). No hay fotografía, directamente nos la comimos. 


Yogur de foie, pera y crema de queso San Simón. Muy cuca la presentación en la cazuelita, y muy bueno de sabor, donde afortunadamente para mí no predomina el foie con fuerza, que queda envuelto ligeramente con la crema de queso. 




Pulpo con fresas y tomatillo verde. Un delicioso y tierno pulpo con un buen acompañamiento, dulce y ácido. También hay un crujiente de tinta de calamar. 




Creo que el  siguiente plato nos sorprendió a todos y en todo, presentación y sabor, capuchino de lentejas con espuma de boletus. Toma la taza y bebe, nada de cucharas por favor. Muy rica la crema, un sabor a lentejas y a boletus equilibrado. Espolvoreado va el cacao, para reforzar la apariencia total de capuchino, y no desentonaba nada. 



Estos primeros platos han ido acompañados de un cava brut Jané Ventura, fresco 



Carpaccio de carabinero con mayonesa de jengibre, maracuyá y crema de apio y manzana. Es el plato menos convincente de todos, tanto en presentación, que hasta se asemeja a un trabajo de plastilina (aunque seguramente más de uno esté pensando en otra cosa), como de sabor; los acompañamientos bien, pero el carpaccio no me resultó lo suficientemente bueno, demasiado fibroso. Acompañado de un Fino Tradición





Continuamos con una sorprendente sopa de ajo, un sabor clásico con toques modernos, ya que el caldo es un algo más cremoso, y el jamón va acompañado de unas palomitas de maíz, que no quedaban mal…ni bien...tendría que volver a probarlo. Para sorpresa, le acompaña un chardonnay, Chivite





El plato de pescado es una raya en caldeirada con crema de ibéricos. Muy bueno el conjunto, buen contraste de los ibéricos con el pescado, aunque quizás un poquito graso (que es la característica básica de los ibéricos por otra parte). La raya estaba impecablemente limpia de los cartílagos (supongo que para muchos una pena), por lo que no había problemas de atragantarse o de chupetear. 




El plato de carne es un lingote de cochinillo bañado con salsa hoisin. El cochinillo cocinado a baja temperatura, detalle que además se nota en lo tierno y sabroso que resulta. El nombre de la salsa ya nos dice que es asiática, concretamente china, similar a la típica agridulce. Además va acompañada de cuatro puntos de diferentes compotas (no puedo recordar sus ingredientes). 




Los platos principales van acompañados de un Sincronia, un tinto mallorquín. Últimamente Mallorca nos está enseñando sus buenas elaboraciones, con mejor o peor apreciación por nuestra parte, pero nunca terriblemente mala. 




De postre, melocotón, que en un principio pensamos que era un trampantojo, pero no, es tal cual, un melocotón en almíbar, pero claro, no es de bote, y esto ya es doble ventaja, doble sabor y doble textura, es decir, doble de rico. No en pocas ocasiones, menos es más, y en la cocina también. 


De segundo postre, brownie con sopa de vainilla, helado de almendra y trufa negra. Para terminar rebañando con el dedo, no hay más que decir; bueno sí, que el toque de la trufa es genial. 




Los postres fueron acompañados de un vino dulce francés, Sauternes, pero no hay fotografía de la botella. 


Terminamos con unos petit fours: pestiños con un toque de sal, trufas con petazetas y mazapán. Creo que solo probé los pestiños, pero el resto de comensales dieron buena cuenta de ellos. 



Ha resultado una cena que plato a plato me ha gustado, pero que el conjunto del menú me ha parecido algo sorprendente, no sé cómo explicarlo, a lo mejor también me esperaba otras elaboraciones; aunque también tengo que reconocer que no estaba en una de mis mejores noches, era una noche de liberación mental tras una semana de agotamiento, y en estas ocasiones no se está tan atenta como se debería, aunque creo que lo que escribo es una opinión generalizada en la mesa. Si no me hubiera gustado nunca hubiera hecho una entrada en este blog, no soy una experta para hacer una crítica destructiva a la ligera, creo en el respeto a un buen trabajo, y aquí se nota. Lo que es cierto es que gustos son gustos, pero sin querer ir más allá de esta apreciación


El estilo de un cocinero es como su firma, único. Manuel Domínguez Carrete. Chef de Lúa.

24 de marzo de 2017

EEUU - Ruta 66 - Seligman - Peach Springs - Hackberry - Kingman - Oatman



Seguimos en ruta

Desde Williams continuamos por la ruta 66, cuya carretera no es precisamente buena por el asfaltado ni por las vistas, tenemos un paisaje anodino y solitario, es su leyenda lo que nos atrapa a todos. El siguiente pueblo en el que hacemos una parada es Seligman, a cuya entrada hay un motel con habitaciones de nombres característicos: Elvis Presley, Marilyn Monroe, John Wayne, la propia ruta…todo suena tan divertido...y tan americano. 




El pueblo es apenas una calle casi polvorienta con algunas casas principalmente en un lateral, dedicadas al comercio, aprovechando el tirón de la ruta. Eso sí, la decoración externa de las tiendas está trabajada para llamar la atención. 

 




Los coches de época salen a nuestro paso, así como salen nuestras sonrisas al verlos, hemos dado un salto al pasado automovilístico, y además hemos entrado en una clásica película de cine negro.



Nosotros seguimos entrando en las tiendas, y casi siempre salimos con alguna cosa en la mano, esto es compra compulsiva rutera. 



En una antigua peluquería se ha instalado el Route 66 Visitor Center, un cruce entre museo, tienda de souvenirs y cacharrería. 



Nos despedimos de Betty Boop para continuar nuestra ruta. 




Continuamos la solitaria ruta. 




La siguiente parada es en Peach Springs, territorio perteneciente a la tribu hualapai. En esta localidad aparte de sellar nuestro pasaporte no hay mucho que ver ni que hacer, por lo menos así del tirón de asfalto, con lo que la parada nos vale para recuperar fuerzas que hoy no tenemos muy claro si comeremos o no, aunque parece que al ritmo que vamos va a ser que no lo haremos si queremos hacer la ruta completa, o nos conformaremos con lo que podamos.


La siguiente localidad es Hackberry, donde destaca la antigua gasolinera y su tienda, un batiburrillo de cosas, un museo cacharrería de los años cincuenta, bastante oscuro e incluso un poco tétrico si le pones imaginación y en una esquina intuyes la peluca de Javier Bardem en No es país para viejos. El exterior por sí solo ya merece una parada.

 



En el exterior destaca un antiguo Studebaker, que no sé si está siendo restaurado o es este su aspecto de siempre, que ahora nos lleva a la película Bonnie and Clyde (por lo menos a mí me recuerda al coche que utilizaban en sus atracos). 





Aparte del Studebaker hay otros coches, como en el chatarrero, que con una simple mano de pintura tendrían otro aspecto aunque nunca pudieran ponerse en funcionamiento; no pierden su encanto por su mal estado o yo tengo la ñoñería subida el día de hoy. 




Continuamos la ruta hasta llegar a Kingman, una localidad mucho más grande, importante y actualizada, donde la antigua estación hidroeléctrica desde 1997 aloja un museo del transporte, y por supuesto hay una gran sección dedicada a la ruta 66. Como la hora en la que llegamos es tarde, nos dejan entrar de forma gratuita (dejamos un donativo para agradecer el gesto), y realmente nos mereció la pena a pesar de la prisa en que realizamos la visita (hay bastante paneles en inglés para traducir y solo paramos en los expositores que nos resultaron más atractivos). 





Hora de decidir, o paramos y comemos, con lo luego ya nos volveríamos a Las Vegas, o continuamos la ruta, decisión esta última que seguimos, aunque con su problemática venidera, así que un sitio que tenía muy buena pinta en su exterior, un auténtico diner colorido, con comida típica americana y grasienta, lo dejamos pasar. 




Continuamos la ruta 66, y con ello comienza una extraña aventura para nosotros. El paisaje anodino de repente se torna en gran belleza, además acompañado por las luces del atardecer; la línea recta de la carretera hasta el momento se convierte en una curva tras otra. El problema es que el depósito de la gasolina está al mínimo, y no hay ni una sola en la carretera (el mapa es claro), y la decisión es si volver a Kingman, llenar el depósito, o continuar y jugar hasta llegar a la siguiente localidad, con el riesgo de quedarnos tirados con una y otra decisión en una carretera por la que no circula ni un solo coche, donde las casas no existen, y las pocas que vimos no parecían tener vida como pedir ayuda…¡recemos!, y al tiempo disfrutemos del bonito paisaje, que no tiene porqué estar reñida una cosa con la otra. 




Afortunadamente llegamos a Oatman, en cuyos alrededores se encontraba la mina de oro más grande de Arizona, descubierta en 1902, que fue cerrada en 1998 por falta de rentabilidad. La localidad ha sido escenario de un gran número de películas, entre ellas la mítica La conquista del Oeste y con toda la razón de elegirlo como escenario. Lo bueno, que hemos disfrutado durante el trayecto de un bonito atardecer; lo malo, que la localidad está entrando en noche cerrada, y que la vida parece haberse detenido por completo con la retirada de los turistas diurnos (que no los necesitamos, pero si los locales abiertos).




Hay una calle principal, Main St, en la que se suceden las construcciones, entre ellas el Oatman Hotel, donde Clark Gable y Carole Lombard pasaron su noche de bodas en 1939. Dos actores glamourosos en un hotel aparentemente sin nada de glamour, pero alejados de las cámaras de los paparazzi. 



Uno de los restaurantes del pueblo lleva el nombre de Olivia Oatman, apellido y pueblo al unísono, con lo que llega la hora de una historia. Los Oatman eran una familia de mormones que tuvieron que huir de Utah por discrepancias religiosas, y se dirigieron a California. En el cuarto día del viaje su caravana fue asaltada por indígenas yavapai, que los asesinaron, sobreviviendo Olive, de catorce años, y su hermana Mary Ann, de siete años. Los indios las secuestraron y fueron utilizadas como esclavas hasta que decidieron venderlas a los mojave, donde fueron adoptadas por el jefe de la tribu y su esposa, que siguiendo su tradición pintaron un tatuaje en la barbilla de Olive, unas líneas y flechas con tinta azul, como símbolo de protección para entrar en el valle de la muerte, aunque Olive pensó que se trataba de una identificación como esclava. 


Cinco años después, Mary Ann murió de hambre durante una fuerte sequía. Un día llegó un mensajero al campamento, y pidió el regreso de Olive a su mundo civilizado, hasta que finalmente se acordó que la joven, ya de 19 años, fuera trasladada al fuerte Yuma, pero a ella no le gustó este cambio; y supongo que a los del fuerte tampoco, ya que Olive llegó vestida con ropas indígenas y el pecho descubierto. 

Al cabo de una semana Olive se enteró que su hermano Lorenzo también había sobrevivido al ataque y que la estaba buscando. Olive se hizo famosa y todos los escritores querían escribir sobre ella y sus vivencias. Finalmente Olive se caso con el ganadero John B. Fairchield, al que no le gustaba la fama de su esposa y quemó todas las copias del libro sobre ella que encontró y le prohibió realizar más lecturas del mismo como propaganda. Olive no fue una mujer especialmente feliz, siempre echó de menos su vida con los mojave, hasta que murió a los 65 años. 



En la tienda en la que debían sellarnos el pasaporte viajero de la ruta 66 nos dan con la puerta en las narices, a pesar de la intermediación de una buena señora para que nos dejaran entrar; dos modos de comportarse en el mismo lugar y espacio de tiempo. 


En Oatman se mantiene el ambiente del lejano Oeste, volvemos a entrar en un decorado real. Durante el día por su calle circulan asnos salvajes, descendientes de los que fueron utilizados para transportar la tierra de la mina de oro, de los que se dice que no son precisamente amigables, pero tampoco de ellos hay rastro en las calles, animales y humanos están descansando.








A la misma buena señora que intercedió por nosotros para sellar el pasaporte le preguntamos por una gasolinera, comentándole que estamos en la reserva del depósito y que hacia atrás, hacia Kingman no llegaríamos ni de broma, esa carretera de curvas y de montaña consumiría rápidamente el depósito, pero nos tranquiliza diciendo que hacia delante la carretera ya no tiene ese aspecto, es lisa, y que saliendo a la Hwy 95 encontraremos una gasolinera, en la que paramos para repostar y continuar nuestro viaje a Las Vegas