Se acaba nuestra estancia en
la bella Sydney, que nos ha sorprendido, agradado y gustado más de lo que
esperábamos y de lo que habíamos leído, siempre es bueno cuando lo que nos
deparan los lugares superan las expectativas, porque si no siempre se tiene un
poco de decepción, que hay que saber controlar y valorar, cada lugar tiene sus
virtudes.
Echaremos de menos nuestros
amaneceres y anocheceres desde la ventana del hotel, hasta pienso en colocar
una foto en las ventanas del dormitorio para dejar de tener esta morriña.
Comienza nuestro tour y
nuestro periplo aéreo para atravesar el país de punta a punta, es el medio más rápido
para intentar ver más cuando se tienen los días contados de vacaciones. Hoy
volamos a Ayers Rock, a 2.150 km de Sydney (vía aérea que terrestre son más), 3
h 40 m de vuelo en un avión de la Qantas, un Boeing 737-800 (la foto es de la
llegada porque a la salida fue imposible), que sale a su hora prevista, 9.45 h.
Decimos con una gran sonrisa hasta pronto y hasta
siempre a Sydney y su increíble bahía.
En el vuelo tenemos incluido
un lunch, que es más un tentempié: un sándwich de huevo, mayonesa, za’tar y espinacas. ¿Qué es el za’tar?, pues allí no lo sabíamos y
hasta hoy no lo he buscado al ver la foto: una mezcla de especies árabes
compuesta de tomillo, zumaque (y dale con los nombres y productos raros, otra
hierba), semillas de sésamo y sal. El resultado es que el sándwich esta rico.
Veamos en un mapa más o
menos el recorrido que haremos, para luego ver y entender mejor las fotos.
Fuente: mapas.owje.com
Salimos de Nueva Gales del
Sur para entrar en el estado del Territorio del Norte, que es conocido
coloquialmente como el Never Never,
título que recibe por una novela de Jeannie Gunn que trata sobre los colonos en
esta tierra dura y de aborígenes a principios del siglo XX.
El Territorio del
Norte es muy extenso, 1.359.750 km2, algo así como dos veces España
y nosotros viajamos hacia el centro, el Red Centre.
En el Territorio sólo viven
unos 200.000 habitantes, y la mayor parte, casi la mitad, lo hacen en el norte,
en Darwin. Otro dato poblacional es que es el estado con el porcentaje más alto
de población aborigen, casi un 22% de todos los estados del país, y llevan
viviendo aquí desde hace 50.000 años, siendo reconocidos como una de las razas
más antiguas del mundo (y los colonos blancos tardaron menos de 200 años en
casi aniquilar su ancestral cultura). Afortunadamente (aunque todo tiene
matices) gracias a un acuerdo con el gobierno federal casi la mitad de la
tierra es propiedad de ellos.
El proceso de poblamiento
blanco en el Territorio del Norte se llevó con mayor lentitud que en el resto
del país, pero sus resultados fueron igual de conflictivos, violentos y negativos
(como era de esperar ¿o no?). A principios del siglo XX se decidió confinar al
grueso de la población en reservas o misiones cristianas y durante la década de
1960 los aborígenes empezaron a exigir más derechos (sus derechos arrebatados y
los derechos de cualquier persona).
En 1966 un grupo de
trabajadores ganaderos aborígenes (en las llamadas cattle station, grandes fincas ganaderas, como la de la película Australia), encabezados por Vincent
Lingiari, se puso en huelga en Wave Hill Station para protestar por los bajos
salarios y las deplorables condiciones de trabajo en comparación con los
trabajadores blancos. Esta huelga dio origen al movimiento en defensa de los
derechos de la tierra de los aborígenes.
En 1976 se aprobó en
Canberra la Ley de Derechos de los Aborígenes sobre la Tierra, por la cual se
les entregaban todas las reservas y misiones del Territorio del Norte y se les
permitía reclamar terrenos públicos desocupados siempre y cuando cumplieran dos
condiciones: que pudieran demostrar su ocupación continuada y que la tierra no
estuviera cedida ya en usufructo, formara parte de un núcleo de población o
estuviera reservada para otros fines especiales.
Actualmente, los aborígenes
poseen la mitad del Territorio del Norte, pero los minerales de la tierra son
propiedad del gobierno, aunque para las prospecciones y extracciones tienen que
requerir su permiso y pagar por estas actividades.
Mención especial en este
territorio se merecen dos instituciones: el Royal Flying Doctor, un servicio
médico aéreo (con las distancias entre poblaciones o entre explotaciones es el
más rápido transporte para emergencias), y la School of the Air, a través de la
que se imparten clases a los niños de los ranchos, a través de radios de alta
frecuencia.
Si miráis el mapa se ve
claramente cómo las poblaciones se alinean junto a la costa principalmente, y
nosotros atravesamos el llamado Outback (no hay uno solo homogéneo, anda
bastante repartido por todo el país), para llegar a Ayer Rocks, en el Red
Centre, donde el paisaje desde las alturas es alucinante, y se entienden las
dificultades de los primeros exploradores para atravesar esta tierra, que si
desde aquí parece inhóspita, a finales del siglo XIX y sin los medios de
transporte y las facilidades actuales tenía que ser el mismísimo infierno (y no
sólo por el calor). Los ríos de la región solo fluyen una o dos veces al año,
en un espectáculo que debe ser increíble, inundando las llanuras desérticas.
Algo de música para
acompañar, creo que bastante apropiada.
Sin comentarios, vosotros
ponéis las palabras, yo iba pegada a la ventanilla del avión al tiempo que le
daba codazos a mi marido. Comienza lo que allí llamé Planeta Australia:
Creo que la siguiente foto es
una maravilla de la naturaleza, que parece querer abrirse paso a través de la
sequedad de la tierra, y al no poder acoger árboles en su seno los pinta.
Después de la aridez yerma
llega la aridez roja salpicada de verde del Red Centre.
Llegamos al aeropuerto de Ayers
Rock, pequeño pero con mucho tráfico y comenzamos con los ajustes de hora, que
son curiosos: media hora hacia atrás.
Traslado por carretera a
través de este planeta rojo en autobús hasta el centro turístico de Yulara, con
varios hoteles de diferentes categorías en su interior, el nuestro es el
mediano, que si bien la habitación es amplia y sencilla, carece de encanto, más
cuando nuestras habitaciones se encuentran bastante alejadas del cogollo y las
terrazas han sido tomadas por la maleza desértica, que ya no por ella misma
sino por los animales que pueden vivir en ella mejor no abrir esas puertas al
exterior. El hotel de más categoría es de nuevo una alegoría marítima, Sails in the Desert, con sombrillas a modo
de velas desplegadas.
Tiempo para deshacer las
maletas, una ducha y explorar un poco el complejo, que cuenta con todo:
supermercado, oficina postal, tiendas de souvenirs, restaurantes; y para comer,
no hay de otra que allí, aquí no se puede salir a explorar nada si no se tiene
vehículo propio, y aún teniéndolo en el Outback hay pocos lugares habitados y
no se encuentran precisamente cercanos los unos de los otros.
Algo de música para
acompañar esta excursión, ya os presenté a Slim Dusty, una gloria nacional ya desaparecida,
que ahora nos canta una canción del saludo típico aussie: G’day (una
abreviación de Good day).
Nos retrotraemos a la noche
de nuestro primer día en Sydney. La meteorología es mucho más favorable de lo
que nos pensábamos, estamos frescos como para caminar, así que decidimos que el
día siguiente nos iríamos de excursión, para lo que entramos en un pequeño
supermercado para comprar fiambres y pan de molde para hacer unos sándwiches e ir
directamente a la marcha, sin pararnos a buscar algún lugar donde comprar
avituallamiento. Comida, frutos secos, algo de chocolate, agua, muchas ganas…mochila
preparada.
Desde donde se encuentra
nuestro hotel todo se mueve en torno al Circular Quay, ahora el tren, City Rail, que comunica barrios de la ciudad y también con poblaciones de Nueva
Gales del Sur. El tren que tomaremos sale desde Central Station y el billete
vale para llegar hasta allí desde Circular Quay en la línea City Circle y luego
tomar el de las afueras. Aunque la pelea con el taquillero y su inglés fue
tremenda, ni él nos entendía ni nosotros le entendíamos a él, hasta que al
final comprendimos que hasta las ocho no podía vender billetes de ida y vuelta,
a falta de quince minutos decidimos esperar.
Tras un viaje de dos horas en un tren de dos pisos con los asientos cambiables de dirección y algo
incómodos y aburridos, llegamos a Katoomba.
La ciudad fue creada a
finales del siglo XIX para alojar a los mineros que llegaron a la zona. En sus
calles edificios de este pasado, bancos reconvertidos para otros usos como
hoteles o cafés, algunos recuerdan al Oeste, tal y como ocurría en Nueva
Zelanda y otros edificios son estilo art
déco.
Lo primero que hacemos al
salir de la estación es comprar unos billetes para el autobús Hop on Hop off
que recorre la zona, Explorer Bus, (ahora Sightseein Bus). Se
puede comprar el billete combinado de tren-autobús en Sydney pero no teníamos
muy claro si utilizaríamos o no el autobús porque nuestro idea básica es
caminar, pero una vez allí preferimos tener los billetes en nuestro poder porque
hemos comenzado tarde la excursión con lo que tendremos que tomarlo para evitar
caminatas y acercarnos a los lugares. Además también compramos el pase al
Scenic World, del que ya iremos conociendo su mundo escénico.
Las paradas están muy bien
señalizadas, aunque siempre hay que recordar que aquí se circula por la
izquierda, con lo que hay que tomar la acera correcta. Al principio caminamos
para conocer algo de la ciudad y cuando estamos más lejos, las casas comienzan
a dejar de estar concentradas, pasando de ser del siglo XIX al XX y decidimos
esperar el autobús en la parada 5, al lado de una galería de arte.
Aparte de los autobuses
también hay otro medio de transporte que hace un recorrido similar, que
rememora el pasado, un trolley-tranvía sin electricidad. Las paradas de ambos son bastante similares.
Hemos venido a Katoomba
porque es la puerta de entrada más conocida y fácil al Parque Nacional de Blue
Mountains, que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. Este paisaje tardó 250
millones de años en configurarse y la zona fue el lugar de comunidades
aborígenes durante 14.000 años, siendo su terreno rocoso una barrera
contra los recién llegados colonos. Aunque las montañas no superan los 984 m de
altura y hoy no serían consideradas difíciles de pasar, hasta 1813 Lawson,
Blaxlanda y Wentworth no lograron atravesarlas para abrir ruta en busca de
pastos.
El nombre de Blue corresponde a la tonalidad azul que
proporciona los eucaliptos que pueblan las montañas, porque el aceite que
desprenden al refractarse con el sol producen ese color, pero ni de lejos
ni de cerca nosotros percibimos el azul, sino la marea verde.
Nos bajamos en la parada 9
para acercarnos primero al Cliff View Lookout, desde donde obtenemos una
preciosa panorámica del lugar (si unís mentalmente las fotos tenéis la panorámica completa).
Desde la parada 9 del autobús
también parte un sendero de no gran recorrido por el que se llega a las
Katoomba Cascades, nuestra primer toma de agua de las montañas, que al tiempo es
la parada 10 del autobús.
Desde ellas intentamos
seguir lo que parece un camino, cruzándolas, pero más allá todo parece sin
camino, o que por lluvias se ha perdido o que se haya abandonado, con lo que
desistimos. Subimos de nuevo hacia la carretera y volvemos a intentarlo por
arriba, buscamos un mirador de las cascadas, pero ni encontramos un cartel
indicador ni un camino que pareciera cierto, con lo que caminamos de nuevo
hasta la parada 9 del autobús, sí, como los cangrejos, en lugar de para delante
para detrás.
Al lado de esta parada 10 del
autobús se encuentra la estación del funicular, Skyway (el primer medio de transporte del Scenic World), que cruza el valle a
270 m de altura.
No es un viaje largo, 205 m, pero impresiona la altura a la que nos
encontramos, además una vez que estamos en el aire en la mitad de la cabina se
abre el suelo, es de cristal, muy rayado y machacado, pero asusta algo ponerse
encima de ese cristal y mirar hacia abajo (parece que éste fue el primer funicular
con este suelo).
Aparte del propio paisaje en
sí, lo que más capta nuestra atención son las largas Katoomba Falls, a las que
es imposible capturar bien y completas; supongo que el pequeño movimiento de la
cabina no era favorable al arte de la fotografía y de los recuerdos visuales
digitales.
Cuando excursionamos antes desde las Katoomba Cascades
lo que queríamos era llegar a un mirador terrestre de esta cascada, que daba la
sensación de tener el paso cerrado y suponemos que las vistas de vértigo que
debe ofrecer hacia el valle y la cascada deben ser de órdago.
Desde el skyway se ve la
atracción más significativa de estas montañas, pero para llegar aquí y tener
una historia que contar debemos utilizar otros transportes y caminar más antes,
por eso la dejo en blanco y negro.
Bajando del skyway hay un
centro con cafetería, tienda de souvenirs, baños y la entrada al Scenic
Railway, un tren vertiginoso que se construyó en 1880 para transportar a los
mineros hasta el fondo del valle. Es la línea férrea más inclinada del mundo
(eso dicen), con
52º, y nos pilla de improviso todo: la música, Indiana Jones (risas totales),
la pendiente, que hace que tengamos que apretar con fuerza con las piernas (es
totalmente seguro) y las vistas hacia nuestra izquierda. Cuando llegamos el
encargado nos preguntó si queríamos ir en primera línea, y así hicimos. Lo
siento, no hay fotos ni vídeo, sólo de la valla enrejada que nos protegía de no
caernos. Se nos hizo muy corto el trayecto pero fue muy divertido.
Internet lo tiene todo: la
música, las risas, el desencanto del final pero no se capta la inclinación en
la que bajas en la primera parte sobre todo.
Al bajar del tren se pueden
hacer varias excursiones. Elegimos una de las cortas, que podría ser más larga,
el Federal Pass, que a su vez se bifurca en la Furber Steps, que conduce desde
abajo del valle hasta arriba, en un ascenso que tiene que resultar sobrecogedor
y algo extenuante, pero sin dudas gratificante. Una pena tener solo un día en
la zona y tener que estar continuamente eligiendo perderse o no.
Como curiosidad hay un aviso
de que se sale de las instalaciones del Scenic World y que lo pase más allá de
la puerta batiente no es responsabilidad suya. Entramos en el Parque Nacional, bajando hacia el valle.
Conocemos a parte de sus
habitantes arborícolas, como el Turpentine Tree, un grandioso árbol que puede llegar
a medir 30 m de altura, y que de anchura es imposible de abrazar.
Nuestro pequeño paseo
termina en una pequeña cascada, casi como una fuente.
¿Para esto hemos venido? No,
por supuesto que no, desde aquí también se pueden ver en toda su caída
impresionante las Katoomba Falls; ya que no hemos podido verlas desde arriba
nos conformaremos con verlas desde abajo.
También vemos el Skyway
sobre nuestras cabezas, la pregunta sería ¿nos verán ellos a nosotros?
Con pena y con alegría al mismo tiempo
volvemos sobre nuestros pasos, aunque nos gustaría seguir y seguir y seguir por
este Federal Pass.Durante el camino por el
rainforest, que es la vegetación que se encuentra en el fondo del valle, vamos
teniendo nuestros flashbacks de los maravillosos paisajes que Nueva Zelanda nos
obsequió.
Estamos de nuevo en la
estación de tren, ahora tomamos el otro camino, que a su vez se puede hacer de
tres formas diferentes: corto (10 minutos), mediano (30 minutos) y largo ( 50
minutos) recorrido. Por supuesto elegimos el largo, que puede llevar algo más
de media hora que aparte de british, amazing, just in case, otra frase muy
repetida entre nosotros y después del viaje para explicar lo que hemos hecho ha
sido “ya que estamos aquí”. Es el que llaman Scenic Walkway, y por este no se
paga nada, ya se ha pagado por el World en su totalidad.
La primera parte de este
camino es por la historia de los mineros, con dioramas, instrumentos, restos de
su presencia que parecen más chatarra si no fuera por los carteles explicativos
de los usos (tanque de agua, tuberías, tanques sépticos, remolques), una
escultura…
Al tiempo vamos conociendo
sus árboles, los eucaliptos que le dan nombre, que surgieron cuando los mineros
abandonaron esta zona en 1895. Parte del camino está con pasarelas, así no hay
forma de perderse, aparte de que también hay cruces con indicaciones.Cuando las ramas y los
árboles despejan un poco asoman las formaciones rocosas y la catarata
espectacular.
Las ramas de los árboles
juegan a ponernos trampas aunque dan ganas de jugar a Jane con ellas -siempre y cuado aparezca un Tarzán-.
En el camino hay una cabaña,
una recreación de dónde y cómo vivían los mineros.
Lo que nos rodea es
vegetación de varios tipos: arbustos, helechos, eucaliptos, árboles de nombre
desconocido para nosotros…
Un árbol tiene una pequeña
pasarela para llegar a él, su tronco está hueco y han habilitado dos asas para
tumbarse, asirse a ellas y mirar hacia las alturas.
También conocemos un árbol conocido como Lilli
Pilli (no conozco su familia ni sus apellidos mundanos), de gran altura, del
que se presupone acabará cayendo por no poder soportar las raíces su peso.
Este paseo termina en la
estación del cableway, un teleférico que desde el fondo del valle lleva hasta
arriba, del que se disfrutan vistas nuevamente de las montañas y del valle a
sus pies. Con esto hemos utilizado todos los transportes incluidos en el Scenic
World.
En el centro del Scenic
World se halla la parada 12 del autobús, que volvemos a tomar para bajar en la
parada 15, el Honeymoon Lookout.
Lo que hacemos es caminar
por el Cliff Walk (Camino del Despeñadero, que como su nombre indica va
bordeando la montaña), donde siguen apareciendo nuevos miradores.
Hacia abajo un inmenso mar verde,
que cuando los eucaliptos desprendan el aceite azul si puede parecer un
auténtico mar.
Con nuevos miradores donde
asomarse con toda seguridad.
Siguiendo por Cliff Walk hay
una bifurcación, la Giant Starway, unas escaleras, de momento hacia abajo,
pronunciadas que atacamos con fuerza y decisión. Estas escaleras acaban
enlazando primero con la ruta del Dardanelles Pass y finalmente con el Federal
Pass, aquel que cogimos para ver las Katoomba Falls desde abajo, todo
comunicado con todo.
Tras un pequeño tramo se
obtiene una recompensa inmensa, la cara posterior de las montañas famosas que
hemos visto en blanco y negro, Three Sisters, Las Tres Hermanas –cuya historia dejamos
pendiente pero ya a todo color-, a la más cercana se puede acceder a través de
una corta pasarela.
Seguimos bajando por la
escalera Giant Starway y los tramos de escaleras se alternan entre escalones de
metal y escalones de piedra desnivelados; se nota que la ruta no es
excesivamente transitada.
La ruta promete pero
utilizamos el sentido común, aunque más adelante lo perderemos un poco, y no
continuamos bajando: bajar es fácil, cuestan los escalones pero no deja de ser
bajada, lo difícil es subir, con lo que nos damos media vuelta y en esta subida
consumo fuerzas que no tenía a pesar de mi sonrisa, dejándome las piernas y la
respiración. Salimos de nuevo al Cliff Walk y por un camino más llano salimos
al punto 14 de la ruta del autobús, el Echo Point, donde hay varios miradores a
diferentes alturas desde los que se obtienen vistas del Jamison Valley, que es
casi la misma visión que desde el Cliff View Lookout.
Y sobre todo las vistas que
todo el mundo viene a ver, a las Three Sisters, que miden 922 m, 918 m y 906 m,
formaciones que reciben su nombre de una leyenda aborigen del “tiempo de los
sueños”: un jefe tribal convirtió a sus tres hijas en piedra para impedir que
fueran secuestradas por sus enemigos (también se menciona a un monstruo, un bunyip), pero el jefe murió durante una
batalla y no pudo deshacer el hechizo, condenando a sus hijas a ser piedras
para la eternidad.
La realidad es la que hemos
aprendido en los libros de historia natural: la acción del viento y el agua ha
moldeado las rocas, ha cortado verdaderos bloques de piedra entre ellas,
separándolas y dando rienda suelta a la leyenda. Es más, se supone que al comienzo
no eran tres hermanas sino siete, pero los cortes fueron tan profundos que
cuatro de ellas acabaron despeñadas en el fondo del valle.
Son las 15.45 h más o menos,
estamos en la parada 14 del autobús y aquí perdemos un poco el sentido común,
decidimos hacer una última excursión, hay que terminar de aprovechar el día,
con lo que cogemos el autobús hasta la parada 17, y con ello podríamos perder
la oportunidad de subirnos al último autobús que recorre la zona, que pasaría
por la parada 18 a las 16.45 h. Si se pierde no pasa nada, porque se sale al
siguiente pueblo, Leura, al lado de Katoomba, pero esto significará andar más y
más. La teoría dice que en una hora se hace el camino, y nos parece asequible.
Muy cerca caminando se
encuentran las Leura Cascades; creo recordar que era un camino a la izquierda
de la carretera.
Emprendemos el camino de
bajada por el rainforest, el bosque tropical, para seguir caminando junto
a las Leura Cascades, que al igual que las Katoomba no son solo un salto de
agua, aunque en este caso no tienen una caída tan espectacular, sino tramos de
caída en el bosque.
Pero llegamos a ver uno de sus pequeños saltos en su recorrido
cuando comenzamos a subir nuevamente.
Con la subida he agotado las
fuerzas que me quedaban, así que una bifurcación de este camino, que conduce al
mirador de las Bridal Veil Falls, decido no tomarla, en principio es de bajada
y será fácil pero luego la subida será dura. Nos separamos, yo continúo andando
y mi marido intenta bajar, porque si estaban cerca era una pena que no lo
intentara solo por mí, pero él también desistió al ver que no aparecían y me
alcanzó rápido (supongo que más preocupado por mí que por las dichosas
cascadas).
El tiempo corre en nuestra
contra, una cosa es que anochezca a partir de las 18-18.30 h y otra cosa es que
la oscuridad dentro de este bosque ya se empieza a apoderar; podéis ver el
contraste claro-oscuro en la foto, nosotros por supuesto estamos en el oscuro,
es una vegetación muy tupida en bastantes ocasiones que no permite entrar la
poca luz, el sol comienza a esconderse, y el camino va por el borde de la
montaña.
Y aquí, vagabundeando por
estas montañas aparece la flor símbolo del país, la acacia dorada. Australia
nos saluda y nos agradece el esfuerzo.
En las subidas voy
completamente desfondada, y mi marido se
empieza a preocupar, no sabemos dónde estamos del camino, que además está
bastante inexplorado, no es de los caminos que la gente utilice más, no sabemos
lo que queda para salir de él ya que no vemos ninguna indicación y le preocupa
que nos llegue la noche de repente, no veremos nada y lo que tenemos hacia
abajo es una caída de cientos de metros.
Hay desviaciones en el
camino, que ante el mal estado y ninguna indicación no tomamos, hay miradores
que aprovechamos rápidamente e incluso quedan fuerzas para esbozar una sonrisa,
el paisaje es único.
Apretamos el paso, yo lo que
puedo, nos olvidamos de las impresionantes vistas, de buscar el camino hacia el
mirador de las Gordon Falls que era otro de los lugares a visitar y nos
concentramos en salir lo más rápido posible de la montaña.
A las 17.15 h salimos a la
parada 18 del autobús, nos hemos saltado la 19 que es la entrada a las Gordon
Falls (el autobús hace un giro para estas dos paradas, con lo que los números
no se corresponden sucesivamente en el mapa), y los dos respiramos tranquilos,
estamos en el pueblo de Leura, hemos logrado salir, eso sí, la caminata ha sido
de más de una hora como comentaban en el papel que nos dieron pero también
hemos salido una parada más delante de la que recomendaban.
No hemos terminado de andar,
por aquí no pasan autobuses de ninguna clase, hay casas con iluminación pero
vida humana en las calles no hay ninguna, lo único que podemos hacer es caminar
para llegar hasta la estación de trenes, que todavía nos queda volver a Sydney.
En la estación de trenes
comprobamos el horario del tren de vuelta, por aquello de no fiarnos solamente
del horario que tenemos en la guía que nos entregaron cuando compramos los pases
del autobús y de los que yo había sacado por internet. No tenemos ni ganas de
tomar nada ni de buscar nada, solo descansar en los bancos de la estación,
además los pocos lugares que hemos visto abierto son para cenas que parecen
algo formales y nuestra vestimenta a estas horas del día es cualquier cosa
menos formal o casual. Además, durante el día yo me he torcido algo el tobillo
derecho y con la última caminata lo he ido rematando al forzarlo y ahora me
cuesta mucho apoyar el pie.
El tren llega y parte a su
hora y nosotros llegamos a Sydney y al hotel reventados, pero aún así, después
de la ducha bajamos al restaurante del hotel a cenar, que nos lo hemos merecido, aunque esta noche comenzó el calvario por los
vinos del país, dos tintos nada buenos.