6 de enero de 2011

Vietnam - Bahía de Ha Long (2)


La sorpresa de Ha Long (Hasta siempre Hanoi)


Tras la noche durmiendo en la Bahía de Ha Long yo madrugo por dos razones, la primera es que pretendo ver el amanecer, si se deja ver más que el mínimo atardecer de la noche anterior, pero la cosa no parece que vaya mejor.


La segunda razón es que a las 6.15 hay ¡¡taichi!! en la cubierta, con lo que voy a intentarlo. El profesor llega tarde, en realidad es profesor-camarero y sospecho que ayudante de cabina y lo que se tercie, y solo se encuentra con dos alumnas, la mujer de Barcelona y la menda, así que me pongo a la labor de intentar seguirle para hacer más bulto y que no se encuentre tan solitario. Suena la música y a moverse…pero poco y despacio. 

Yo tengo mi propio ritmo, cuando él adelanta la pierna izquierda yo la derecha, cuando se da la vuelta por la derecha yo lo hago por la izquierda…..por supuesto me muero de risa y esto no es taichi.

Tarde se nos une una joven china y se hace tanto lío como yo, pero es persistente y le pide en dos ocasiones que vaya más lento, pero aún así me retiro antes de que el “taichiero” me tire por la borda ante tanta patosidad y tanta cara de cachondeo. Como mi marido no subió a disfrutar ni del amanecer ni del taichí no hay fotos que reflejen mi buen hacer, afortunadamente para mí.








Continuamos la navegación entre los islotes que adquieren formas a gusto de la imaginación, pero como que no hay avisos de “a babor un cisne, a estribor una ninfa…” dependemos de nuestra vista y nuestra fabulación, aunque el descubrirlas no cambiaría nada el paisaje, añadiría unas sonrisas pero no nuevas sensaciones. La roca de la izquierda asemeja claramente un rostro de perfil.


Aunque esta no es la roca que asemeja un beso, es una que está partida pero no la vimos o no la supimos ver, podrían estar intentar besuqueándose igualmente. La original del beso también recibe el nombre de pelea de gallos, que con el beso no tiene nada que ver. Parece que son las rocas las que navegan y los juncos.


La roca de la derecha podría ser un elefante con joroba, y para los más prácticos una roca modelada por el agua y el viento con forma caprichosa solamente. 


Divisamos playas escondidas, para una escapada de dos, que tres son multitud.


Desde el junco vemos nuestra próxima visita y última por la bahía.

 
Desembarcamos en el tender, nos enfrentamos a la subida de unas escaleras con vendedoras por el camino, para disfrutar primero de unas bonitas vistas del mar y sus juncos fondeando. 

 
La visita es a una de las muchas cuevas que se han formado en los farallones, su nombre Sung Sot o Gruta de la Sorpresa según los franceses, que es una de las más grandes. Fue abierta al turismo en 1995, aunque los franceses ya la enseñaban a los turistas de principios del siglo XX.  


De nuevo extraño un guía que nos ayude a iluminar esas formas misteriosas, que nos cuente historias de leyendas, que nos acompañe en el paseo tanto con la plática como con el silencio para admirarla.

Es una cueva como muchas otras cuevas, incluso menos espectacular en sus formaciones geológicas que otras más impactantes que tenemos en España.

La cueva está compuesta por tres cámaras, aunque es difícil para mí explicar cuando se entra y se sale de una u otra, sencillamente se camina por ellas.


En la primera de estas cámaras, según dicen, el pene de un dragón (lo que hay que contar para emocionar), lo único que los turistas creemos distinguir a primera vista (y es que somos…), que es considerado un símbolo de fertilidad, así que cuidadito con mirarlo demasiado y sobre todo con hacer comparaciones. 


También nos encontramos con la cabeza de una tortuga, en la que dejan dinero (del falso por supuesto, que no están los tiempos para ir tirando el dinero por las cuevas). 

La cueva está muy bien iluminada, casi como para montar una fiesta chill out en ella.

 
Se termina la visita, hay que volver a subir al exterior. Sin ser sorprendente como indica su nombre ha sido una bonita visita, quizás lo más sorprendente es su profundidad, aunque claro esto también es relativo, pero en viajes y lugares no hay que comparar, solo disfrutarlos.

Los juncos nos esperan, el nuestro mantiene sus velas plegadas para nuestra tristeza, pero hay dos que las han desplegado y nos ofrecen la imagen típica de la bahía, la de los folletos publicitarios, la de nuestra imaginación y hasta casi nuestro recuerdo antes de haber estado. 


En la salida un espectador anónimo y misterioso parece vigilarnos desde las rocas para que no nos quedemos allí (aunque también podría haber otra explicación más morbosa pero este no es el lugar para ello)


Hemos tardado más de lo necesario porque hemos ido de conversación con los compañeros de Barcelona comentando muchos detalles de todo, y somos los últimos en alcanzar nuestro pequeño tender, donde nos esperan el resto de los viajeros del junco, y aunque no tenían mala cara supongo que felices no estarían por el calor y el no hacer nada.

Según voy bajando empiezo a notar que me pican las piernas, a pesar del Relec, de la pulsera antibichos y del repelente eléctrico, los hijos de su madre me han acribillado, sobre todo algo, supongo que una araña, me ha dejado un recuerdo en el muslo derecho que escuece y pica muchísimo, y que según pase el día se irá hinchando más y más. Menos mal que en el botiquín llevaba una crema con cortisona que empezó a atajar la inflamación y no pasó a mayores.

Desde el junco más de uno lo hubiéramos tomado al abordaje para abrir las velas e incluso cambiar el rumbo de la navegación y volver a perdernos entre los islotes, entre las sombras, entre la magia, y quién sabe, a lo mejor hasta encontrábamos el dragón…o el submarino.

Ha Long, ha sido un placer navegar en tus aguas, nadar en ellas y disfrutar de tu paisaje mágico creado o no por un dragón. 

Hay más islas, más cuevas, para conocer más de la bahía, donde además se pueden examinar los barcos que navegan para realizar la elección más adecuada a necesidades y presupuestos. 


Al desembarcar nos toca esperar a nuestra guía, de nuevo anda algo retrasada, no debe tener una buena coordinación con las horas de llegada en juncos o sampanes, aunque esto nos pasa a más de uno, que tenemos que esperar nuestros transportes para continuar la ruta. Lo hacemos debajo de un árbol, que aunque el sol no ha salido protege algo del calor bochornoso, para descubrir que por él suben y bajan hormigas que se posarán en nuestras carnes y pegaran mordiscos, hoy me están devorando por todas partes y a cada momento. 

Nuestra guía tiene hambre y para en mitad de la carretera en un puesto, que no es puesto sino estar de pie en el pequeño arcén con algo para vender, compra piña troceada y nos vuelve invitar. Está riquísima, es muy dulce, además el corte está muy bien hecho, muy fino con el troncho para que este pueda ser tomado como un palo y comerla con facilidad.

Hacemos una parada en el pueblo-tienda artesano de Dong Trieu, que en teoría tenía que haber sido el día anterior pero tal y como fuimos contra reloj para embarcar pues no pudo ser.

La producción principal son los artículos de cerámica. Ya no me contengo ante las compras y me lanzo a ellas, se está desatando la bestia que llevo dentro, el detalle es que al terminar de elegir e ir a pagar las empaquetan dentro de una bonita cesta de mimbre. 




Terminada la visita y las compras volvemos al coche, ha refrescado algo y el cielo cada vez se ponía más feo hasta que termina de descargar una terrible tormenta. 

No me hace ni pizca de gracia que con esta lluvia tengamos que tomar un avión, pero por otra parte me siento muy afortunada porque la lluvia haya llegado hoy y no ayer en la bahía, que le hubiera infundido otro ambiente pero nos hubiera privado de las vistas e incluso a lo mejor nos hubiera cancelado la excursión.

Para desgracia de mi marido volvemos a hacer una parada en la tienda de los ao dais de ayer, aunque ya evito pasar por esta zona de ropa que al final acabo con una colección de todos los tipos y colores. En su lugar  compramos un precioso cuadro lacado, de tamaño medio por aquello de poder llevarlo en la maleta, está hecho con cáscara de huevo y sobre ella se aplica una capa de laca.

Cotilleamos por toda la tienda y encontramos las botellas con los típicos licores con serpientes, escorpiones y yo que sé cuantos bichos más en estas botellas. 


Huong nos ofrece comer en esta tienda o en el aeropuerto, y como nos da lo mismo en un sitio que en otro aqui nos quedamos, le pedimos comida vietnamita ya que también hay fast food a la americana, con sus hamburguesas y perritos, pero preferimos la propia, y que ella decida por nosotros, al final entre los tres elegimos tres platos a compartir, que sin ser delicatesen están comibles.

Cuando Huong cree que es conveniente nos pregunta si estamos preparados, así que dice que va a pagar (tenemos la comida incluida en el tour ese día) y al volver vuelve con: un paquete de plátanos fritos y secos, un paquete de pastelitos de lentejas y un paquete de pastelitos de arroz y coco. Salimos de la tienda, pero antes tenemos que abrir una de las maletas grandes para meter las compras con cuidado para que no se rompan, que esto a nuestro pesar tendrá que ir facturado siempre, e ir rezando para su salvación, y los regalos que nos ha hecho Huong, que no pueden viajar con nosotros al ser alimentos.

En la carretera otra nueva escena, ahora las vacas cruzan también como les da la gana y por donde quieren. En la foto creo que podréis ver como hay cinco automóviles en la misma dirección, cada uno “por su carril”. 

 

Afortunadamente la lluvia ha parado, realmente ha sido una tormenta fuerte de verano, pero ello ha propiciado charcos de agua en los arrozales y en el verde, dándonos una de esas imágenes que todos asociamos con Vietnam y el sudeste asiático y que están allí para nuestra sonrisa.

Las motos tienen que seguir transportando todo tipo de cosas como sea.


 
Muy temprano, sobre las 15.30 h, llegamos al aeropuerto, donde nos despedimos de nuestro conductor, de pocas palabras pero muy amable y atento, y además bueno con el volante.

Huong nos acompaña al interior para ayudarnos a colocarnos en la única cola que hay para entrar a los mostradores de facturación. Una cola terrible, pero afortunadamente el mostrador que nos corresponde no tiene mucha gente. Casi presenciamos una trifulca entre un extranjero y un nacional, porque el segundo se pegaba mucho al primero y este se mosqueó mucho en varias ocasiones dándole empujones, pero al final no pasó nada.

Facturamos las maletas pero seguimos con las de mano por aquello de tener ropa para varios días en caso de que no lleguen a destino y nos vamos al control de pasaportes, de nuevo de uno en uno, y al arco de seguridad. Esta cola sí que es tremenda y al ir de uno en uno mirando y remirando los pasaportes se tarda mucho, para rematar la jugada hace un calor tremendo dentro del aeropuerto.

Entramos y buscamos al recién matrimonio, durante el viaje desde Ha Long nos hemos ido encontrando en la fábrica de cerámica y en la tienda maravillosa pero descompasados, ellos no compran y nosotros sí. Tenemos el mismo vuelo a nuestro próxima ciudad, que será dentro de ¡¡¡tres horas!!!, así que por lo menos las pasamos en buena compañía y charla.

Este es el primer pero que le pongo a la organización, porque después de Ha Long, aparte de hacer compras que viene bien para todos, es un día muy tonto y perdido, y más con esa espera en un aeropuerto que no tiene nada, y lo único que hace es cansarte mucho. Entiendo que el vuelo de por la mañana no se puede tomar y hay que elegir el de la tarde, que es solo uno, y que a lo mejor una visita interesante podría entorpecer el llegar a tiempo al aeropuerto, pero esto para los pobres turistas es un tostón y seguro que algo se les podría ocurrir para aligerar este tiempo del día.

El vuelo dura menos de una hora y es correcto, con agua incluida, líquido que ya no dan gratis en las aerolíneas internacionales. Llegamos a Hué, recogemos las maletas sin novedades y a la salida del aeropuerto nos espera nuestro nuevo guía para la zona centro del país, el joven Hieu.

En esta ocasión en lugar de coche nos toca una minivan, con la que nos llevan al hotel donde Hieu nos ayuda a registrarnos…pero de este hotel os hablo en la siguiente entrega. Llegamos justitos de tiempo para poder cenar, con lo que lo único que hacemos es refrescarnos estilo gatuno en la habitación e ir al restaurante.

5 de enero de 2011

Vietnam - Bahía de Ha Long (1)

Donde el dragón se sumerge en el mar


Por carretera salimos de Hanoi, sin atasco en esta ocasión, para reencontrarnos con sus arrozales y su caótica y funcional circulación. 

Las motos siguen transportando sus singulares cargas, nuestros amables guía y conductor nos avisan de una en especial para que podamos tomar la foto, y es más, el segundo decelera con toda tranquilidad para que la podamos hacer mejor.






Hacemos una parada técnica, por supuesto en una tienda, pero en esta ocasión es una macrotienda con todos los artículos imaginables y por imaginar, expuestos tan bien que hay que atarse las manos para no empezar a comprar compulsivamente.

Un señor de la sección de joyería nos enseña piezas de rubíes muy bonitas, y más que el clásico rubí nos gusta el rubí estrella, del que preguntamos el precio y nos quedamos casi muertos, con lo que él solo comienza un regateo contra sí mismo. No soy de muchas y grandes joyas con lo que no entiendo de precios, y por lo que he visto después con toda seguridad nos dio buenos precios, pero claro, la que me gustaba mucho por muy buen precio seguía siendo carísima, así que con pena decido dejarlo allí.

Lo que yo tengo es una idea fija, aunque este no es el lugar más oportuno que los hay mejores, pero pregunto por ello y me dedico a ver ao dais, el típico traje vietnamita, que son preciosos. 

En esta tienda parte de los beneficios se destinan a ayudar a niños discapacitados, con lo que es un acierto hacer un desembolso en ella.

Emprendemos el camino hacia Ha Long, famosa por su bahía en el golfo de Tonkín, a 165 km de Hanoi. La ciudad es industrial y fea, dividida en dos partes por un estuario que cruza un puente (antaño solo se podía cruzar con un ferry). Hong Gai es la zona más antigua, un municipio industrial dedicado a  la explotación del carbón en minas a cielo abierto. Bai Chay es donde se concentran los hoteles, pubs, restaurantes, servicios turísticos, principalmente en el paseo marítimo. 

Por si os puede interesar, ya que nosotros no tuvimos tiempo de hacer esta excursión, Bai Chi se alza sobre una cadena de suaves colinas que se adentran en el océano. Una de ellas, conocida como la montaña del Poema (Nui Bai Tho) por los versos que el emperador Le Thanh Ton grabó en la piedra para elogiar la belleza de la bahía, está coronada por un privilegiado mirador, desde el que se contempla el mar de rocas en todo su esplendor. Eso sí, para alcanzarlo, hay que ascender por una empinada y larga escalinata. 

Un mapa de la bahía para situarnos:


Pasamos por calles sin gracia, en algunas hay un karaoke tras otro (es un destino turístico para los chinos y son amantes de este invento), en otras edificios desangelados, que más parecen recientes de una guerra, al lado de nuevas construcciones…un batiburrillo de construcciones y estilos.

A nuestro conductor le cortan el paso recto al muelle, hay obras, con lo que tiene que subirse por las calles de la ciudad más antigua, que son más estrechas y autóctonas, mientras nuestra guía va hablando continuamente por el móvil. De repente, a pesar de estar en estas calles acelera, debe ser que vamos con retraso para subir al barco y hay que llegar como sea.

Sin percances llegamos al muelle, sacamos la maleta de mano, el resto se quedarán en el coche, ya que la guía y el chófer dormirán en la ciudad. Lo normal es que si se va en autobús porque hay un grupo, las maletas se quedan en la consigna del hotel, pero al ser solo nosotros y entrar en el maletero así no hace falta volver a Hanoi a por ellas.

Todo corriendo, parece que somos los últimos y nos esperan, en un tender o similar nos acercan a nuestro barco o junco.


No es el barco más lujoso que surca por la bahía, pero al consultarlo por internet se veía cuco, y además en teoría cuando contratamos el viaje podíamos ir en tour, con lo que siempre ir mejor con los que viajas y ya conoces que separarte de ellos nada más comenzar, no sabíamos que íbamos a viajar solos. El dormitorio es justito y bien aprovechado, al frente de la cama se encuentra el lavabo abierto, a la izquierda de éste la ducha (bien amplia) y a la derecha el inodoro, ambos cerrados con puertas correderas que con la humedad se atascan un poco.


Sobre la cama tenemos el plan de actividades y horarios de comidas. También hay posibilidad de masaje, manicura y pedicura. Las bebidas por supuesto no están incluidas. 

Según entramos en el comedor  escucho castellano, así que saludo para ir conociendo a compañeros en este viaje, son una pareja muy simpática de recién casados, ella preocupada por esa balsa de agua que ni se inmuta porque no tiene biodraminas, repaso mentalmente mi botiquín y de eso no llevo, no se me pasó por la mente que me pudiera marear (mala memoria neozelandesa, una historia a contar de un viaje inolvidable).

Comenzamos a navegar lentamente, como tortugas que se hubieran tragado todas las espadas, pero es el mejor modo de disfrutar del paisaje. Dejamos atrás la ciudad de Ha Long y nos adentramos en la bahía.


La comida es un buffet no demasiado apetecible, con exceso de gambas y cangrejos, yo solo me acerco a las primeras que de los segundos solo me como las patitas y no era cuestión de dejar todos los caparazones intactos en el plato. De esta comida no hay fotos, entre comer y moverse de un lado para otro para disfrutar el paisaje e intentando hacer fotos se nos olvida por completo a los dos, y además tampoco merece la pena, nada destacable, excepto que hoy probamos la cerveza Ha Noi. 


 
El paisaje es parecido al de Tam Coc, farallones verdes emergiendo del agua, al ser por mar parece algo más salvaje,  más infinito, y con cierto aire de romanticismo al haber algo de bruma y no distinguirse completamente las rocas al fondo, que se dejan ver según nos acercamos a ellas.

El mar está surcado por infinidad de juncos llenos de turistas ávidos de disfrutar de un paisaje declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco.

La bahía está formada por 3.000 islotes de piedra caliza, desgastados en sus bases por la erosión del agua.


Aparte de los barcos de recreo también surcan por la bahía los juncos de los pescadores, que al tiempo son sus casas, su medio de vida, su todo.


El nombre de Ha Long significa “donde el dragón se sumerge en el mar” y cuenta una leyenda (pues sí, otra) que una enorme criatura (o dos, madre e hijo) cubierta de escamas fue enviada por los dioses a las aguas del golfo de Tonquín para dominar las corrientes marinas.


 
Tarasque, “dragón en el agua”, que así se llamaba el monstruo (como si los monstruos no tuvieran derecho a tener nombres), al que muchos pescadores aseguran haber visto, golpeó con su cola las simas sumergidas formando de esta manera el intrincado laberinto de gigantescos monolitos de piedra.

El dragón escupió joyas y jade por toda la costa, y estas se convirtieron en islas. El dragón siguió conviviendo y velando por la paz de los habitantes, sumergido en las aguas de la bahía para siempre.

Otra leyenda cuenta que las rocas son un ejército de dragones que el Emperador de Jade esculpió en el mar para frenar el avance de una flota enemiga en el río Bach Dang.

Para terminar de contar las leyendas, hay grupos de militares paranoicos que sospechan que el dragón que los pescadores creen que han visto se trata en realidad de un submarino espía.


Lo cierto (o no) es que tras la última glaciación el nivel del mar se elevó con el aporte de los glaciares, que inundaron la zona y convirtieron sus colinas en islas, algunas de las cuales se formaron hace 250 millones de años.

En muchas de estas rocas la erosión del agua ha labrado cuevas, en las que viven familias de pescadores o que se han acondicionado para el turismo.

Una de estas cuevas, que no visitamos, en la isla Dau Go (Isla de las Estacas de Madera) se almacenaron las estacas de bambú con las que el general Trang Hung Dao, al que le dedicaron en Hanoi el Templo de Jade, ancló a las naves del mongol Kublai Khan en el río Bach Dang.

En este escenario de película se rodaron escenas de una en 1991, Indochina, un referente para mí durante este viaje por Vietnam.


 
Después de esta navegación parsimoniosa, de gran disfrute visual y de relajación corporal y mental a pesar de la excitación al contemplar estos farallones de leyendas, fondeamos con otros juncos. 


En un pequeño tender nos acercan a un pequeño embarcadero, donde subimos a un sampán para continuar la navegación por la bahía. Hacemos el viaje en compañía de la pareja de recién casados y su guía, que a casi todo lo que le preguntaba la chica respondía “No sé, no sé”.


Nos llevan a conocer un pueblo flotante, en la bahía hay unos cuantos de estos pueblos. No se me hace fácil vivir en estas casas, ya no solo por lo pequeñas que son, sino por la humedad constante, el no tener tierra firme que pisar al salir de ellas y el temor a las poderosas e indomables lluvias.


El pueblo es bastante grande para lo que se puede esperar, casas a los dos lados pegadas a las rocas y al final una concentración mayor de casas.


De alguna manera estamos invadiendo su intimidad, desde el sampán se ve perfectamente su casa, sus muebles, y el detalle que no falta en ellas, la televisión. 

Los habitantes del pueblo se dedican a la pesca principalmente y tienen piscifactorías para hacer más productiva las capturas, aparte de no realizar una exterminación de las especies supongo.

Nos acercan a otro embarcadero, donde hay tiendas por supuesto, pequeños estanques de criaderos de peces (al tiempo que atracción para los turistas) y una mujer enseña el arte de cultivar perlas: se les introduce un elemento extraño (una piedra pequeña) y como protección lo envuelven en capas de nácar y se crea la bonita perla al cabo de los años.

Según una preciosa leyenda, creo que china, cuando los ángeles lloran, sus lágrimas caen al fondo del mar y se convierten en perlas.


Terminada la visita y el cotilleo por la tienda, con objetos bonitos de artesanía y por supuesto joyería de perlas  volvemos al sampán para seguir navegando.


Afortunadamente tomamos el rumbo hacia la roca horadada y pasamos por debajo, si ya se, ya pasamos por las cuevas del río en Tam Coc, pero ahora es mar, con lo que la experiencia ya es diferente.


De vuelta al barco totalmente sudados, la actividad programada a esta hora es ¡¡la del baño!!. Una amiga me preguntó si me bañaría en la bahía, que normalmente la gente no lo hace porque el agua está llena de suciedad y grasa, y la verdad es que el agua no estaba sucia a pesar del tráfico de barcos arriba y abajo, además el calor incitaba, aunque lo hacía más el sumergirse en esas aguas de paisaje mágico. 


Hasta el momento no me han salido escamas verdes purulentas ni nada, así que el agua no estará tan mal, a pesar de todo lo que se vierte en ella para ser Patrimonio Natural. Lo que sí hacía era corriente, te tiraba hacia la derecha, y claro, si nadabas hacia allá se iba muy bien pero al volver hacia el barco la cosa se ponía trabajosa. 

Otros en lugar de bañarse optan por hacer kayak o remo en compañía.

 
Después del baño estuvimos de relax con unas cervecitas en las hamacas de cubierta disfrutando el paisaje y la tranquilidad. 

Desde la plataforma que se ve a la izquierda de la foto se saltaba al agua (el que podía claro porque yo subí, me lo pensé y me bajé -cobarde, gallina, capitán de las sardinas, que me podrían cantar-).


 
Gran parte del pasaje, y no somos muchos porque creo que solo hay 12 camarotes en el junco y parece que no está a plena ocupación, estamos en cubierta disfrutando del paisaje.

Mirábamos el cielo en busca del atardecer entre las nubes y se nos apareció un águila majestuosa. 


En el rato que me bajé a duchar se celebró la actividad de aprender a elaborar rollitos de primavera, con lo que al subir a cubierta solo nos encontramos los platos sucios, y más de uno nos quedamos con las ganas de aprender la técnica. Yo no tardé mucho en esta operación de lavado así que en menos de diez minutos aprendieron los que estuvieron, demasiado rápida me parece la clase. 

Un carguero se carga (nunca mejor dicho) el paisaje idílico. El atardecer que se ve en esta foto es lo que tuvimos, al irse cubriendo el cielo durante el día de nubes, al final el sol solo se intuye por su luz tenue, pero de atardecer como lo soñábamos nada de nada. Todos nos quedamos con un buen palmo de narices. 


 
El junco navega durante un pequeño tiempo en busca del lugar donde pasaremos la noche, por supuesto en compañía de otros juncos y barcos, que comienzan a encender sus luces y a iluminar la bahía y la noche. 



 
Tenemos que abandonar nuestro refugio en cubierta para arreglarnos para la cena. Por lo menos yo, que voy a aprovechar la ocasión y estrenar el ao dai que me había comprado en el camino hacia Ha Long. Las camareras al verme aparecer en el salón se miraron entre ellas sonriendo y haciéndome gestos cómplices que aprobaban el detalle, que también podían haber sido de cachondeo total pero no, su sonrisa era agradable.  

El menú consiste en crema de calabaza (bien calentita), ensalada de pepino y tomate (con la piel del tomate en forma de una bonita flor), gambas a la plancha con queso (esto del queso como que sorprende, pero la presentación vuelve a ser original, y esas flores de verduras también se comen), rollitos de primavera vietnamitas (muy graciosos presentados, alrededor de una piña iluminada por dentro -además apagaron las luces para llevar las piñas a las mesas-, calamares al grill (eran calamares rebozados), patatas fritas (que manía que tienen con estas, por supuesto con kétchup), cerdo a la plancha (duro como él solo y se quedo en casi todas las mesas después de intentar comerlo y solo hacer bolitas con él en la boca).

Durante la cena tuve que tirar de todo el espíritu zen de mi cuerpo para no tenerla con el chino que teníamos detrás. En el comedor hacía un calor terrible, a pesar del aire acondicionado, que no tiraba lo suficiente, y a mitad de la cena la pareja que estaba en el lado contrario al nuestro abrió la puerta, con lo que entró un aire que me emocionó hasta las lágrimas, así que le digo a mi marido, por favor abre tú también y que haya corriente. Pues nada más hacerlo, el chino que no, que entraría más calor y que cerrara, mi marido educado lo iba a hacer, y yo le intento explicar que entra aire en inglés, a lo que me contesta “I don’t speak spanish”, ataque de ira en mi persona, relajación mental y no le contesté “ni yo chino tonto el haba” que es lo que me pedía el cuerpo. Menos mal que la gente del comedor sí se dio cuenta del aire que entraba, hasta la camarera, y al final las puertas se abrieron para poder respirar todos. Eso sí, la familia que estaba justo debajo del aire no entendía nada, porque a ellos si les llegaba el fresquito directo.

Disfrutamos de la noche en la cubierta en compañía de los recién casados y de la familia de tres que sí estaban fresquitos en el comedor, mientras otros pescan (o intentan pescar) calamares en la popa.

La pena es que el bar lo cierran temprano y no podemos tomarnos nada, con lo que después del rato de charla amena, donde descubrimos que los de Barcelona vuelan de vuelta vía Madrid (y nosotros a Madrid vía Barcelona), compartiendo viajes pasados y posibles viajes futuros nos vamos a descansar, que mañana queremos (por lo menos quiero) madrugar.

A pesar del chino enfadica y peleón, el día ha sido perfecto, y nos queda el amanecer en la bahía.