13 de enero de 2016

España - Madrid - Restaurante Hortensio


Colombiano, francés y castizo

Noche de cena, una cena pendiente desde hacía bastante tiempo con una pareja de amigos, que finalmente pudimos cuadrar en nuestras agendas (algunas más complicadas que otras), y lo que era peor, entre nuestros malestares físicos (y psíquicos en consecuencia). Nuestra amiga tenía buenas referencias de un  restaurante, Hortensio, no recién abierto pero sí relativamente joven, que va poco a poco subiendo puestos en las críticas, y sobre todo en los paladares de aquellos que lo prueban. La suerte nos acompañó en esta ocasión al realizar la reserva, y no tuvimos que volver a cuadrar la agenda para encontrar la mesa en cualquier otro día (era más fácil elegir otro restaurante). 


Se trata de un local pequeño, seis o siete mesas, con lo que haber podido hacer la reserva en el día elegido nos pareció un milagro. La decoración es sencilla pero eficaz, con paredes de ladrillo visto, que aunque siempre aportan una sensación de frialdad también lo hacen curiosamente de cierta elegancia algo rústica. La iluminación es tenue, se ve bien la mesa, los platos, los comensales, aunque para el arte de la fotografía con móvil no es la más adecuada, o el móvil no era el adecuado, que también podía ser. 


 Fuente.locc.es

Al mando de los fogones de Hortensio, un chef colombiano, cuya historia es sorprendente, pero que dejamos para el final de la velada, Mario Vallés. 


De aperitivo, una crema espuma de calabaza con aroma de azafrán (eso es lo que creo recordar -siempre digo me llevaré una libreta y apuntaré para no olvidar, pero siempre se me olvida, y el uso de la agenda del móvil no está establecido con fuerza en mi mente, soy más de papel, una retrógrada vamos, cualidad que se compaginó perfectamente con las ganas de una velada sin presiones), ligera y suave, para abrir boca. 


Tras tomar unas copas de vino blanco, del que por supuesto no apunté su nombre, pasamos a degustar un tinto durante la comida, con una elección extraña que resultó ser un acierto, elección que tuvo el beneplácito del agradable y eficaz jefe de sala, Luis González. Se trata de T. Amarela 2013, un vino extremeño de la bodega Envinate, que resultó excelente, cuyo nombre proviene de la uva que procesan. 


No tienen menú degustación, que suele ser lo más fácil para no andar dando vueltas a la carta y sus posibilidades, pero su carta es lo suficiente extensa como justa, con lo que rápidamente entramos en consenso (para la hora de la comida había platos realmente interesantes, pero que si tienen que ser para la cena, pues tendrán que ser). La carta presenta platos cuyo nombre delata su raíz francesa.

Compartimos dos platos, hay que tener en cuenta que algunos comensales estaban algo bajos de salud y no era cuestión de darse un atracón, sino de realizar una cata comedida de la gastronomía del local en una agradable velada de amigos.

Patata y trufa, pulpo y salsa Perigueux. Un pulpo exquisito, tierno, bien limpia (yo con las “babas” de este marino animal no me llevo bien y no tuve que tragar ni expulsar nada del mismo -actos que realizo con sorprendente facilidad cuando algo no me gusta, como los niños-) y de gran sabor, aderezado con una salsa de carne (como les gustan los contrastes mar y montaña a los cocineros) con trufa negra. Empezamos francamente bien, quizás escaso para cuatro mandíbulas muy activas. 


También compartimos un salteado de setas de temporada, donde destacaban los boletus. Muy rico, pero creo que ningún matiz especialmente destacable, un plato bien ejecutado en temporada otoñal, aunque quizás algo justo para cuatro comensales. 


Uno de los comensales de plato principal eligió un Colvert en dos servicios, por lo que durante su primer servicio ella come y los demás miramos, aunque eso sí, nos permitió probar su exquisito plato. Este primer servicio es un magnífico pastela de confit e higos glaseados, que tenía un sabor estupendo, unas texturas magníficas, todos le hicimos la ola al plato, al cocinero y a la elección de la comensal. 

Para la próxima, ¡me lo pido!, bueno no sé, que había varios platos en la carta que apetecen probar y seguramente si volvemos habrá novedades que atraerán nuestra mirada y despertarán nuestra curiosidad.


Como nuestra mesa está junto a la cocina abierta al comedor, aprovechamos para intentar hacer alguna fotografía de ella, en la que el ajetreo era total, un no parar de cocineros trabajando y montando platos. 


El segundo servicio del Colvert es un tartar de magret y salsifí, acompañado de unas pequeñas y redondas tostaditas finas de pan. El salsifí es una planta silvestre, y para este plato se ha utilizado su raíz, con un sabor entre patata y plátano (internet dixit). De nuevo, un exquisito plato, este Colvert es una maravilla. 


Bacalao, berenjena asada y jugo de pimiento rojo. Un bacalao en su punto con los toques de verdura justos para el contraste (y no soy una apasionada del bacalao). El comensal que realizó la elección fue inmensamente feliz con su pez.


Para dos comensales -una de ellos, yo-: rodaballo, pochas con engawa y juego de cerdo. Volvemos al contraste del mar y la carne, y además le damos un toque de legumbre, un plato que ya llama la atención -además por el rodaballo tengo adoración, como por el mero, creo que porque son dos pescados que no suelo comprar ni cocinar-. Curiosa nos resulta la engawa, que no sabíamos que era y que no preguntamos hasta que estuvo en nuestro plato, se trata de la aleta del rodaballo, que estaba bien frita y resultó ser un bocado exquisito, para mí, más que el propio rodaballo (y es que sorpresas te da la cocina, la cocina te da sorpresas -cantando al ritmo de la canción Pedro Navaja). La verdad es que la foto del rodaballo no lo hace nada apetecible, pero las pochas mezcladas con el pescado resultó una combinación adecuada. 



Dos comensales vuelven a compartir, en este caso el postre, un exquisito suflé de turrón, que iba acompañado de un helado del que no recuerdo su componente básico, pero creo que no se trataba de una simple vainilla -simple pero muy buena-. 


Los otros dos comensales son unos glotones (uppps, creo que somos nosotros, fotógrafo y redactora) y cada uno toma su postre. Coulant de chocolate con helado de frambuesa; una alta torre de coulant, que quizás visualmente no sea lo mejor si no tiene la firmeza suficiente y más parece una torre de Pisa que un rascacielos tokiota firme. Uno de los mejores coulant que hemos probado, aunque posteriormente en otro restaurante encontramos uno que le superó. 


Brioche con helado de vainilla, ahora sí, con seguridad helado de vainilla. Rico sin aspavientos, sobre todo porque el suflé de turrón era la estrella en la mesa, a la que había que resistirse para no dejar a sus legítimos propietarios sin él. 


Terminamos la cena con un café y un té (no recuerdo si hubo los clásicos petit fours aunque doy por hecho que sí. Y el detalle final fue que salió el chef, Mario Vallés, para saludar a sus comensales mesa por mesa. Al pasar por la nuestra le aplaudimos sus platos y su elaboración, que lógicamente agradeció, pero cuando volvía para la cocina le llamamos nuevamente la atención, y puede que para algunos sea un despropósito, pero para nosotros fue todo un detalle, simpático y bueno, cogió una silla y se sentó con nosotros para contarnos su historia ante nuestras preguntas. Gracias Mario.

Como buen latinoamericano y colombiano, Mario tiene labia, mucha labia, y así conocemos que él era judoka, que se preparaba para las Olimpiadas de Sydney del 2000, pero una lesión le impidió estar en ellas, lesión de la que se recuperó medianamente para estar presente en las de Atenas de 2004 y en las de Pekín de 2008, donde terminó su carrera deportiva oficial, y tuvo que mirar hacia el futuro, encontrándolo extrañamente en la cocina, para lo que su padre no estaba preparado pero que ha terminado aceptando viendo su felicidad, su profesionalidad y su buen hacer.

Mario estudió en Francia, y se nota en sus platos, y en España ha tenido la suerte de hacerlo con los hermanos Roca entre otros, aunque finalmente su cocina es más tradicional, basada en los buenos productos, y no tanto en la química y en la estupenda retórica gastronómica de moda (la buena claro, porque todos jugamos a ser quimi-chef y no todos podemos serlo con buenos resultados).

Si hay que ponerle un pero al restaurante, sería la ubicación de los servicios (baños), y es que al ser un local pequeño, estos están junto a la cocina, y a todos nos parece una ubicación errónea, sería una pena quitar una mesa pero sería una medida nada económica y más estética.

Es un restaurante al que volver y seguir su desarrollo, porque creo que Mario va a tener un futuro estupendo, y que su cocina va a seguir experimentando y creciendo con buenos y riquísimos resultados. 

El chef Mario Vallés y el feje de sala, Luis González. 


Fuente: gastroactitud.com

11 de enero de 2016

Uzbekistán - Tashkent - Plaza de la Ópera y el Ballet - Broadway - Restaurante Sim Sim


Paseos antes y después de la cena

Tras la comida en el restaurante Afsona, Oyott decide que lo mejor es acompañarnos al hotel para que descansemos, la noche ha sido corta y la mañana tremendamente calurosa aunque nada cansada en cuanto a visitas, de las que nos queda una por realizar en esta primera estancia en Tashkent, el Monumento al Terremoto, y que quedamos por hacer al final del tour, cuando volvamos a la ciudad. No nos parece mal hacer un parón, y la idea original de una ducha y disfrutar de la piscina, se disipó en cuanto la confortable cama de la habitación nos atrapó, y cambiamos piscina por siesta en un momento.

Sobre las 18.30 quedamos con Oyott para dar una pequeña vuelta por los alrededores del hotel antes de ir a cenar, paseo que podríamos haber dado sin él, opción que le ofrecimos pero prefirió acompañarnos en esta ocasión. Frente al hotel la plaza de la Ópera y el Ballet, donde por supuesto no falta una fuente, y al fondo, el Teatro de Ópera y Ballet Alisher Navoi


Alrededor de la fuente hay mucha vida ciudadana, que por las noches se anima todavía más, ya que el agua se acompaña de música y luces de colores.


El Teatro Alisher Navoi, construido en 1947 tras sufrir un parón por la Segunda Guerra Mundial, fue diseñado por Alekséi Shchúsev, el arquitecto de la tumba de Lenin en Moscú, colaborando artistas nacionales en su decoración. En su construcción se utilizaron prisioneros de guerra japoneses. Recibe su nombre del poeta Alisher Navoi, que vivió en la segunda mitad del siglo XV y que es uno de los grandes escritores a los que se idolatra en el país, y del que hay parques y estatuas a lo largo del país. Su aforo es de 1.400 espectadores. 


Una placa en piedra en la fachada lateral izquierda cuenta la fundación del teatro y su dedicación. 


Como no podemos visitar su interior, decorado ricamente con particularidades de seis regiones uzbecas, nos conformamos con su exterior, aunque la calle lateral por la que pasamos está en proceso de reforma. 


Muy cerca del teatro se encuentra la Academic Russian Drama Theatre, teatro fundado en 1934 donde se suelen representar obras modernas, en las que se plantean cuestiones sociales o éticas. 


En lugar de dar media vuelta, Oyott aprovecha para continuar el paseo, gesto que le agradecemos, además tenemos tiempo hasta la hora de la cena. Pasamos por una calle muy comercial, con tiendas y restaurantes, con un café-restaurante de nombre Broadway; nos parece muy curioso, un país con un pasado comunista y un nombre tan capitalista; nombre marcado por la cercanía de los teatros mencionados. 



Al final del tramo de la calle Mustafo Kamol Otaturk nos llama la atención un pasaje, donde hay un relieve de bronce, que finalmente conduce a un patio interior con una fuente, todo ello formando parte de un restaurante, que nos parece a priori un lugar agradable. 


Y salimos a la calle Sailgokh, conocida localmente como Broadway, y entendemos mejor el nombre del café. Es una calle peatonal que une Mustaqillik Maydoni con Amir Timur Maydoni, las dos principales plazas de Tashkent. A nuestra izquierda hay edificios públicos, a nuestra derecha un agradable parque, y en el paseo artistas que ofrecen sus cuadros, sus servicios para realizar un retrato o caricatura, y además otros vendedores que venden lo que pueden y tienen (recuerdos de época soviética, monedas, chucherías, globos…). 


En el parque hay pabellones cuya utilidad real desconozco, me parece excesivo para música y podrían ser solo decorativos o para descanso, pero que ahora han sido ocupados por cafeterías-restaurantes. 


Dejamos el parque a nuestra derecha y salimos a la avenida Rashídov, donde se encuentra el Museo de Historia de los Pueblos de Uzbekistán, con una fachada en celosía al estilo de las realizadas en madera. Dicen que es uno de los que merece la pena visitar, pero para ello tendríamos que haber aprovechado mejor el tiempo y este viaje ha sido improvisado y atípicamente descansado. 


Llegamos al hotel, donde ya nos espera nuestro transporte para llevarnos al restaurante donde cenaremos, horario que hemos retrasado media hora de lo programado porque las siete nos parecía demasiado temprano y así hemos podido aprovechar algo para este pequeño paseo. El restaurante Sim Sim, cuyo exterior ya habla de su tipismo. 


En el interior, cortinajes, madera, columnas labradas, grandes lámparas de araña, manteles rojos, y un trío de música amenizando la cena. Hay un amplio patio en el piso inferior que a nuestra llegada estaba casi vacío y a mitad de la cena se llenó de grupos turísticos y celebraciones uzbekas, y un segundo piso, donde somos acomodados nosotros. 




En esta ocasión Oyott si cena con nosotros (a partir de ahora serán pocas las ocasiones en que no contemos con su compañía para las comidas y cenas). Para beber, cerveza fabricada en Uzbekistán bajo la marca Carlsberg. 


Tal y como vamos llegando los comensales, el trío musical pasa por las mesas y pregunta la nacionalidad de los mismos, para así agasajarnos con algo conocido por nuestros oídos, en nuestro caso, Ya no estás aquí corazón, que suena francamente bien. 


De entrantes, tres ensaladas: tomates con pimientos rojos y cebolla; berenjenas, pimientos rojos y cebolla (parece que hoy vamos a repetir y mucho) y algo de limoncillo o hierba limón (“petroska” es como se llama en ruso, ¡vaya por Dios!, el enemigo culinario de mi pareja), donde el dedo señalador de comida vuelve a aparecer en el blog; y ensalada verde con pepino y queso tierno. Buenas ensaladas con ingredientes frescos. 




Oyott nos pasa un momento la carta, pero claro el cirílico no hay manera de entenderlo, la idea era tomar nota del nombre de los platos, pero no era cuestión de ir dando la lata de buscarlo en la carta y traducirlo, así que con la vista y el sabor es suficiente.

De plato principal, y consensuado un poco con Oyott, al que le hemos dado carta libre por supuesto, unos pinchos de carne, a partir de ahora solo pinchos, que por su insistencia en ellos creo que debe ser uno de los platos más demandados por los turistas españoles, aparte de ser también uno de sus preferidos. Brochetas de pollo, ternera y carne picada de cordero, que se pueden aderezar con una salsa al limoncillo (jajaja, toma consomé). Muy buenas y sabrosas las carnes, que no hizo falta pedir doble ración, una hora temprana de cena y que en este viaje hemos sido moderados con las cantidades de comida.



De postre, preferimos fruta, en esta ocasión una refrescante sandía. 


Oyott nos pregunta si queremos té para finalizar, propuesta que aceptamos gustosamente, y que él nos sirve al modo tradicional uzbeko: de la tetera se vierte en un vaso o cuenco, luego se vuelve a verter en la tetera hasta en tres ocasiones, y en la cuarta ya se sirve para todos los comensales, pero nunca sin llenar el cuenco completamente, para que el té se enfríe lo más rápido posible y se pueda beber (llenarlo hasta el borde sería de mala educación). 


Cuando nos disponíamos a salir, de nuevo suena la canción del corazón, lo que delata que hay españoles cenando en el patio, así que nos acercamos a saludar, encontrándonos con la sorpresa que se trata del grupo del avión de la Turkish que también tuvo que correr por el aeropuerto en el vuelo de llegada, ¡pequeño es el mundo y pequeño parece Uzbekistán!

De nuevo en el coche nos dirigimos al hotel, y si por la mañana las calles nos parecieron desiertas, por la noche aún más, aderezado con una iluminación justa en la mayoría de las veces y casi inexistente en otras, lo que hace difícil decir que se salga a pasear a estas horas.


En lugar de entrar al hotel, nos acercamos un momento a la plaza de la Ópera y el Ballet, ya que la fuente está iluminada de colores y es muy llamativa. Y tras este pequeño paseo, ahora sí, a dormir y descansar (parece que hoy es un día de sol y cama), por suerte todavía no empezamos con el trajín de ropas y maletas, para comenzar el viaje por el país. 


Un mapa de la ciudad con los lugares visitados hasta el momento: 


22 de diciembre de 2015

¡¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!!

Os deseamos una Feliz Navidad y un Feliz Año, que con el tiempo convulso que vivimos, vengan cargados de PAZ, de nuevas ilusiones, deseos y esperanzas.

¡FELICES FIESTAS!

 Somerset House, Londres, Diciembre 2014

21 de diciembre de 2015

Uzbekistán - Tashkent - Amir Timur Maydoni - Estaciones de metro - Restaurante Afsona


La vuelta en metro

Tras la interesante y didáctica visita del Museo de Artes Aplicadas nos montamos en el coche, y ahora Oyott le da las instrucciones necesarias al conductor para poder bajarnos en la plaza de Amir Timur, Amir Timur Maydoni, la otra plaza principal de la ciudad junto a Mustaqillik Maydoni, ya le quedó claro que su visión desde el coche no nos bastaba. La plaza es amplia, ajardinada, siguiendo la tónica de las avenidas, por lo que parece que el adjetivo para todo lo que se ve a primera vista o lo que enseñan es amplio. 



La plaza está presidida por la estatua ecuestre de Amir Timur o Tamerlán, montado a caballo con la mano hacia el cielo, como si bendijera la ciudad y el país, obra del escultor Ilkhom Jabbarov. En el país hay otras dos estatuas, una de pie en Shahrisabz, y otra sentado en el trono en Samarcanda.


Es nuestro primer encuentro "directo" con el legendario Amir Timur, al que la historia uzbeka (más bien los dirigentes políticos del país) ha adoptado como héroe nacional, sin tener en cuenta su origen mongol, y del que además aligeran de su carga de destrucción, así como de las sangrientas invasiones en su afán de conquista –nuestro guía pone el énfasis en que Tamerlán no ejecutaba cuando la historia muestra que sí lo hacía, pero no es nuestra labor entrar en una discusión histórica-. Las palabras escritas en tres idiomas en el pedestal fueron pronunciadas por Amir Timur, “El poder es la justicia”.

En mis notas figuraba que el caballo había sido despojado de sus genitales en un acto vandálico, acto del que nunca descubrieron a sus autores ni los motivos, pero estaban allí bien colocados ellos, con lo que han sido restituidos a su lugar. 


En la plaza no pueden faltar las fuentes -aunque no tan espectaculares ni numerosas como en Mustaqillik Maydoni-, pero lo que nos parece tremendo es que en el 2010 se remodeló, talándose árboles centenarios, plátanos orientales que cobijaban del sol, y ahora toca esperar a que crezcan nuevos árboles (no tenemos el dato que fueran talados porque estuvieran enfermos). 



Alrededor de la plaza destacan varios edificios. Por un lado, el Forums Palace -o Dom Forum-, un edificio construido en 2009 con ocasión del 220 aniversario de la ciudad, blanco reluciente, con arcadas acristaladas, que presenta en su fachada las típicas columnas uzbekas de las mezquitas pero en este caso realizadas en mármol y no en madera. Se cree que la tala de árboles realizada en la plaza fue ordenada por Karimov para tener vistas de este edificio, y supongo que esos pinos plantados en lugar de los plataneros se irán recortando para que no crezcan si quiere seguir teniendo buenas vistas. 


En la fachada del edificio destacan a cada lado dos relieves de dos caras, caras que se encuentran en la fachada de la madraza Sher Dor en Samarcanda. Dom Forum se utiliza para recibir a las delegaciones de gobiernos extranjeros. 


Para tener una visión más amplia, colocarse junto a la estatua de Timur, ya que desde aquí se ve la cúpula central coronada por una pareja plateada de cigüeñas, cuestión de ángulo. 


La torre a la derecha de la fotografía superior es una de las Tashkent Chimes, dos torres famosas en la ciudad, que ostentan un reloj. La primera torre se construyó en 1947, un proyecto de I.A. Eisenstein, relojero, que participó en la Segunda Guerra Mundial, que desde la ciudad alemana de Allenstein (otras fuentes mencionan la ciudad de Königsberg) se trajo el mecanismo del reloj, y para alojarlo se diseñó la torre. En 2009 se añadió otra torre gemela, de modo que ambas marcan la hora oficial de la ciudad. 

 
A la izquierda del Forums Palace, el Hotel Uzbekistán, de clara arquitectura soviética, que a pesar de su frialdad no nos disgusta, es más, me recuerda en cierto modo a algunos hoteles, con sus diferencias obvias, que se construyeron en la costa mediterránea en España. 

Desde enero de 2015 sale desde el hotel el autobús Tashkent City Tour (20 $ para los extranjeros, ticket válido durante 24 horas), al estilo de los Citysightseeing, de dos pisos y con diferentes audios, entre ellos el castellano. Creo que es una buena ayuda para visitar esta gran ciudad y además poder verla, porque la otra gran ayuda, y sorprendente visualmente, es el metro, que tiene algunas buenas visiones internas pero no externas. 


Otro edificio alrededor de la plaza, aunque desde ella no se distingue, es el Museo de Historia de los Timúridas, por el que pasaremos en varias ocasiones, pero siempre en coche, por lo que las fotografías no hacen justicia a este bonito edificio de forma circular, con una cúpula turquesa. El museo fue inaugurado en 2006, celebrando el 660 aniversario de Amir Timur, y su forma circular asemeja a una yurta -tienda de campaña usada por los nómadas en Asia Central, y concretamente en Mongolia, de donde originario Amir Timur-, pero ricamente decorada su fachada con columnas. 


En la plaza de Amir Timur tomamos el metro, y es que al igual que en Moscú o San Petersburgo, Tashkent cuenta con algunas de sus estaciones decoradas, así que es un objetivo turístico. En ellas se han utilizando materiales locales: mármol rosado y gris, granitos, dioritas, cerámica vidriada, cristal. 

En 1972 comenzó la construcción del metro y en 1977 se puso en funcionamiento, tras superar dificultades geológicas, ya que el terreno tiene una tierra húmeda y además existe la alta posibilidad de sufrir terremotos –ninguno de los sufridos ha provocado daños en él-, por lo que no es muy profundo.

Hasta el momento cuenta con tres líneas, con un total de 47 km y 29 estaciones. Pagamos el billete, que se trata de una ficha, un token, al precio de 1.000 soms (compramos otro para poder quedarnos con uno de recuerdo y enseñarlo). 



No recuerdo si fue antes o después de introducir el token en el torno, pero tuvimos que pasar por un control de seguridad con policías, en el que enseñamos nuestras mochilas, aunque no nos pidieron el pasaporte, hecho que es muy habitual pedir a los extranjeros, pero supongo que al ir con un guía uzbeko este trámite se lo saltaron. Oyott nos avisa que no podemos hacer fotografías, con lo que la cámara estaba guardada, aunque luego no vimos presencia policial en los andenes, pero como con la policía no se juega, ni con cámara ni con móvil hicimos fotografías.

La primera sensación del metro es ambiente retro, nada moderno, pero ninguna sensación de antigüedad (y suciedad) como ocurre en Londres o New York. Los vagones también son retro, para ellos sí puedo utilizar también el adjetivo antiguo. 


La estación de Amir Timur (línea roja) comparte entrada con la de Yunus Radjabiy (línea verde), y esta última es a la que accedemos, con mármol gris en paredes y columnas, columnas que imitan de alguna manera a las columnas de las mezquitas, coronadas con lámparas a modo de cuencos gigantes. 


 Fuente:marcopolo.uz

Hacemos un trasbordo a la línea azul, y la verdad es que sin creer que fuera la cosa más difícil del mundo, mejor haber ido con Oyott, porque el paso fue rápido, de otra manera tendríamos que haber ido con paciencia, tranquilidad e incluso preguntando, ya que las indicaciones estaban en ruso o uzbeko, nada de inglés en ningún sitio.

La estación que más nos cautivó, aunque también tenía un aspecto de decorado de cartón piedra es la Kosmonavtlar, dedicada a los viajes espaciales soviéticos, con las imágenes en círculos de astronautas, conociendo entre ellos a Yuri Gagarin y Valentina Tereshkova. La iluminación tenue en azul con algo de plateado es un punto, para que te sientas como en el espacio; muy simpático. Tengo que reconocer que no viendo policías en el andén, sentí la tentación de sacar la cámara, pero me contuve, no sé si tontamente o no, pero si nosotros teníamos un problema, otro mayor lo podría tener nuestro guía y no queríamos provocarlo


Fuente: steppemagazine.com

La siguiente estación está adornada con preciosas cúpulas, según el mapa es la estación Uzbekiston, aunque yo anoté como nombre Habonn (claro que latinizado y no en ruso). 


Fuente: openuzbekistan.com

La siguiente estación es Pakhtakor, la segunda estación es construirse, donde se pueden ver mosaicos con dibujos con la flor de algodón, base de la economía del país para desgracia del mar de Aral. 


 Fuente: travelshort.com

Volvemos a cambiar de línea, ahora tomamos la roja, haciendo parada en Mustalliqik Maydoni, la primera estación construida, con columnas de mármol blanco, enormes arañas de cristal y estrellas en el suelo que representan la contribución de Ulugbek (nieto de Amir Timur y soberano) a la astronomía. 


Fuente: orexca.com

Finalmente terminamos en la estación de Amir Timur. Posiblemente en solitario, es decir, sin guía y horario, y con la posibilidad de realizar fotografías, así como teniendo un día más de viaje en Tashkent, sí que hubiéramos ido estación tras estación, con mayor o menor fortuna, con mayor o menor sonrisa, con mayor o menor admiración. Solo me queda comentar que en ninguna estación y en ningún vagón había aglomeración de gente, incluso nos dio por pensar que serían hasta actores que bajaban y subían para dar animación al medio de transporte. 


 Fuente: openuzbekistan.com

Saliendo a la plaza nos espera nuestro coche como había convenido Oyott, ya es hora de comer, o por lo menos así lo ha decidido nuestro guía, así que continuamos nuestra visión de la ciudad y sus amplias avenidas.

Tenemos todas las comidas y cenas pagadas en el tour, así que vamos a ver que han elegido por nosotros, porque además el menú suele estar cerrado a priori, a no ser que se tenga alguna alergia o algún antojo o si no gusta la elección intentar cambiarla. Por supuesto, las bebidas si se pagan.

El elegido es el restaurante Afsona, en una zona muy nueva y moderna, situado en la amplia avenida Shevchenko. 

Dentro del restaurante no se pueden realizar fotografías, y casi no las hacemos, pero al local, porque además está lleno y no es cuestión ni de sacar a los comensales ni de recibir una reprimenda, así que nos reservamos solo para fotografiar la comida y recurro al mágico mundo de internet para enseñaros su bonito y cuidado diseño interior. Oyott no nos acompaña, en esta ocasión, durante la comida y se queda fuera con el chófer (o eso creemos). 


Fuente: visituzbekistan.travel

El restaurante sirve típica comida uzbeka con un toque moderno. De primero, unas verduras semicocidas, al dente, muy ricas por sí solas: zanahoria, pimiento verde y rojo, cebolla, berenjena. 


Lo que comienza hoy es la fiesta del pan que tendremos durante todo el viaje, un pan riquísimo siempre, contundente y sabroso, con el que hay que tener cuidado para no comerlo entero y sin necesidad de acompañamiento. En la mayoría de las ocasiones siempre aderezado con semillas de sésamo. 


De segundo plato, samsa (empanadilla aunque no se parece en esta ocasión a las nuestras y a otras que comeremos en posteriores ocasiones) con espinacas y queso blanco, y yo sin ser una gran seguidora de este último ingrediente, me lo como con satisfacción y alegría. Sin duda, las verduras son la estrella de la cocina. 


De tercer plato, dimlaya con pollo, una especie de sopa o guiso, por supuesto con verduras y patatas -tengo algo de confusión y lío con las sopas y los guisos, a veces son una cosa y a veces otra, pero en plato parecen casi lo mismo-. A pesar de los 40º en el exterior y del calor de la sopa, un plato muy rico, con un caldo muy sabroso, que nos comimos contentos. 


De postre, chak-chak, un postre típico uzbeko que es algo así como la rosca de Utrera de mi pueblo, Herencia, postre que es típico del carnaval, así que me siento como en casa. Sus ingredientes son: huevos, harina, azúcar y miel, con los que se forma una masa que se fríe, y a pesar de que pueda parecer pesada es realmente ligero al comer, eso sí, si se come demasiado ya no es tan ligero. La tierra de Don Quijote ha llegado a Asia Central o viceversa.