2 de septiembre de 2015

Boston - Carrie Nation Cocktail Club and Restaurant - Boston Common


Paseo por el parque

Una vez que hemos descansado un poco en el hotel, lo justo para terminar de soltar los nervios del vuelo y de las maletas con una ducha revitalizante, lo primero es salir a comer algo, que entre unas cosas y otras ya es bastante tarde y más parece la hora de la merienda que de la comida.  Al lado del hotel hay un pub que nos parece bien, el Carrie Nation Cocktail Club and Restaurant, y no dudamos en entrar.

Un par de cervezas, un sándwich (más bocadillo que sándwich) riquísimo de langosta y un entrecot (tierno y sabroso) con verduras. Malas fotografías, buena comida. 




El local que ocupa el pub es muy grande, con dos plantas y varios salones. Donde estamos sentados es junto a la puerta, donde hay una larga barra y mesas altas, además hay otro salón con mesas bajas, con un toque retro en sus sillas y sillones circulares tipo chester. Entre los clientes, un colono o un revolucionario, ya que en Boston muchas visitas o tours se realizan con personas caracterizadas en esta época. 



Para ir al servicio pasamos por un pasillo con fotografías de actores o de eventos o manifestaciones realizadas en la ciudad colgadas en sus paredes. Así conocemos al simpático y dicharachero limpiador de zapatos (ese que vemos precisamente en las películas, estaba allí, grande, corpulento, hablador y negro – no sé si puedo decirlo, pero si soy blanca, él es negro, y para ninguno un insulto-). Además nos da un folleto religioso sobre la Biblia, ¡de los testigos de Jehová!, y ¡en español! -nada cuadra en este cuadro-... si hubiera sido una misa góspel… 


Además nos aconseja que subamos a la planta superior del local, donde hay un antiguo speakeasy, un local clandestino donde se bebía y se jugaba durante la época de la prohibición de alcohol en EEUU (1920-1932). Un lugar increíble, un salto en el tiempo, donde solo faltaban señoras con vestidos de flecos y cintas en la frente, y señores elegantes, eso sí, todos dedicados a las copas, la música y el azar. Supongo que por la noche este lugar estará lleno de gente disfrutando de sus copas, copas legales. 




Tras el repostaje alimenticio comenzamos a explorar la ciudad, situada en la bahía de Massachusetts, en el gran puerto natural que forma la desembocadura del río Charles, ocupando un área de 127 km2, con una población de 600.000 habitantes. En Boston se fundó la primera escuela pública en 1635, la primera universidad en 1636, el primer periódico de las 13 colonias en 1704, el primer sindicato de Norteamérica en 1795, y el primer metro del país en 1897. Datos históricos a tener en cuenta y comprender la importancia de esta ciudad estadounidense.

Como ya es tarde decidimos que daremos un paseo tranquilo, así que en lugar de tomar la calle hacia el centro histórico -frente a nosotros tenemos King's Chapel-, lo hacemos en la dirección contraria, caminando por Beacon St, pasando junto al edificio que antaño ocupó el Hotel Bellevue, que ahora está ocupado por apartamentos y en los que John F. Kennedy -un nombre unido a Boston- comenzó su carrera política. 


En esta calle pasamos junto al Boston Athenaeum y a la Massachusetts State House, pero son dos visitas que dejamos para otro día.

Frederick Law Olmsted, conocido por el diseño del famoso y precioso Central Park en New York -y al que nos encontramos de sorpresa en las Cataratas del Niágara-, se afincó en Boston, donde creó parques para intentar solucionar problemas medioambientales y proporcionar zonas verdes a los habitantes de la ciudad en el siglo XIX. El llamado Emerald Neclace incluye los parques de Boston Common, Public Garden y Commonwealth Avenue, a los que añadió Back Bay Fens y otros. Nosotros comenzamos la visita por el Boston Common, el parque más antiguo del país, establecido en el siglo XIX.

Este parque ocupa 19 ha, que fueron compradas en 1634 por la ciudad al primer colono, William Blackstone, y ha tenido diversos usos antes de su destino como parque público: dehesa pública, campo de entrenamiento militar y localización del patíbulo. Las tropas británicas acamparon aquí en 1775-1776, cuando los colonos se amotinaron.

Boston Common ha sido escenario de discursos políticos, de intensa actividad política y rebelde, por él han pasado Martin Luther King, el papa Juan Pablo II y Gloria Steinem (defensora de la revolución feminista). Un auténtico pulmón verde muy agradable y concurrido a esta hora de la tarde. 


En la esquina de Beacon St y Park St, a la entrada del Boston Common, se alza el Shaw Memorial, un relieve en bronce que inmortaliza al 54 Regimiento de Infantería de Massachusetts durante la Guerra de Secesión, el primer regimiento unionista negro, y a su coronel, de raza blanca (dato a tener en cuenta también), Robert Shaw. El Regimiento se hizo famoso por liderar el asalto al Fort Wagner como parte de las operaciones para conquistar la ciudad de Charleston (Carolina del Sur), asalto del que resultó distinguido con la Medalla de Honor del Congreso el sargento William Carney, el primer afroamericano galardonado con ella.

Un dato también importante de este Regimiento es que se negó a aceptar un salario más bajo que sus homólogos soldados blancos, y el Congreso tuvo que ceder y aumentar su paga con carácter retroactivo (y es que se necesitaban hombres para portar bayonetas). 


El monumento fue erigido por un fondo creado por Joshua B. Smith, un esclavo fugitivo de Carolina del Norte; siendo obra de August Saint Gaudens, inaugurándose el 31 de mayo de 1897. En 1982 el monumento fue restaurado gracias a los fondos recaudados en todo el país, y se añadieron los nombres de los 62 soldados que murieron durante el asalto al Fort Wagner (incompleto estaba en cuanto a reconocimiento).

Además, el monumento es uno de los puntos, el primero, de uno de los circuitos que se pueden seguir en la ciudad, el Freedom Trail, una ruta que une 17 importantes puntos a lo largo de aproximadamente 4 km, concebida por el periodista local William Schofield en 1951. La ruta está marcada está marcado con ladrillos rojos y placas en el suelo, y se puede realizar por libre o con guías del National Park Service. El otro circuito a seguir es el Black Heritage Trail, y de alguna manera se complementan, teniendo en común la lucha por la libertad. 


En el parque se sitúa la Brewer Fountain, de 6,7 m de altura, un regalo del comerciante bostoniano Gardner Brewer, una copia de la fuente original erigida para la Exposición de París de 1867 (en el mundo existen por lo menos otras 16 copias más). 


Entre las figuras que decoran la fuente: Neptuno, su esposa Amfititre, Acis y Galatea. La fuente dejó de funcionar por su mal estado en 2003, pero tras una importante rehabilitación y un alto coste se puso en marcho de nuevo en 2010. 



En la esquina de Park St y Tremont St se encuentra Blackstone Memorial Tablet, que recuerda la adquisición de las 19 ha del terreno para crear un parque público.


En el interior del parque se localiza el Parkman Bandstand, un quiosco de música construido en 1912 en memoria de George F. Parkman, que donó 5 millones de dólares para el mantenimiento de este parque y de otros parques de la ciudad. Hubiera estado bien coincidir con alguna banda de música. 


También el Soldiers and Sailors Monument, erigido en 1877 en recuerdo a los soldados de Boston que murieron durante la Guerra de Secesión, diseñado por Martin Milmore; se trata de una columna de la victoria en granito blanco. Tras nuestro paseo por el parque pasamos de nuevo cerca del monumento, y a su alrededor jóvenes y no tan jóvenes con un halo ambiental a marihuana a su alrededor que hicieron que no nos apetecería mucho acercarnos a verle más detalladamente. 


Cerca del monumento se alza un poste con la bandera estadounidense, The Flagstaff, bandera que me la imaginaba del tamaño de la bandera española que ondea en Colón, tamaño XXXL, pero afortunadamente es una bandera de tamaño normal. 


En la esquina sur del parque, entre Tremont St y Bolyston St, se encuentra el Central Burying Ground, un cementerio que data de 1756, donde yacen numerosas víctimas tanto británicas como estadounidenses de la batalla de Bunker Hill. Fue creado para aliviar la saturación de los cementerios de King's Chapel, Copp's Hill Burying Ground y Old Granary Burying Ground. 


Siempre me ha llamado la atención en las ciudades la coexistencia de parques y cementerios, no siempre asociados directamente a una iglesia, aunque sí en la mayoría de las ocasiones, y sobre todo que en ocasiones no se encuentren vallados y se puede pasear por ellos como una extensión más del parque (en este caso no, su acceso estaba prohibido, o por lo menos nosotros no vimos forma de entrar y tampoco vimos a nadie caminando entre tumbas y lápidas, señal inequívoca de que se podría entrar). 


Por último, aunque pasamos por aquí tras nuestro paseo por el cercano y aledaño Public Garden, el Frog Pound, un estanque donde patinar sobre hielo en invierno ya que su profundidad es pequeña y la diversión que aporta máxima. 



Junto al estanque las esculturas de dos ranas, Tommy y Angela, haciendo honor al nombre del estanque, obra de David Phillips de nombre Frogs in Common. Encontramos al reportero dicharachero Gustavo de Barrio Sésamo en otra actividad diferente a su profesión. 


Como creo que en cualquier parte norteamericano (porque incluyo Canadá y EEUU), no faltan las ardillas en él, y detrás de ellas normalmente niños o fotógrafos. 


Como las ardillas ya se saben los trucos, si no hay comida en el césped, seguro que dentro de las papeleras la encuentran, así que son hábiles en entrar y salir de ellas. 


Cerca del estanque una típica atracción infantil, no siempre utilizada por los niños si no hay restricciones en su uso, un carrusel, donde destaca un vehículo muy patriota. 



Así terminamos nuestro gratificante y ameno paseo por Boston Common. 


31 de agosto de 2015

Boston - Hotel XV Beacon

L@s bostonian@s

Tras las vicisitudes varias en el vuelo de Toronto a Boston, llegamos al hotel contratado en esta última ciudad, XV Beacon, elegido tanto por situación, muy céntrico, de modo que caminando a todos los puntos cardinales de la ciudad la tenemos dispuesta para nuestros pies; como por su presunción de hotel boutique, con una bonita decoración. Aviso, admite animales, con lo que si sois alérgicos o no os gusta compartir espacio con ellos, no será de vuestro agrado, aunque durante nuestra estancia no vimos ninguno y no fuimos molestados.

El hotel se aloja en un edificio de estilo beaux arts, construido en 1903, que quizás exteriormente no dice demasiado, destacando los dos pisos inferiores, que nos recuerdan a los cast iron del SoHo neoyorkino. 


Uno de los buenos detalles del hotel es que pone a disposición de los huéspedes un coche un Lexus, para los desplazamientos urbanos; y una de las noches que salimos a cenar, al restaurante Mare, lo utilizamos agradable y cómodamente. 


La planta baja no es muy grande, como es de suponer viendo el tamaño del edificio: recepción, una mesa donde consultar visitas, entradas, transporte, reservas en restaurantes…lo que se necesite, y un espacio con un sofá y unas butacas para las esperas.

La habitación elegida, por tener más espacio en previsión de que llegáramos agotados de Canadá (como así fue) y quisiéramos descansar (aunque sería un pecado hacerlo en demasía en esta bonita ciudad) fue una Beacon Hill Studio. Tenemos vistas a Beacon St, a King's ChapelKing’s Chapel y a la bandera estadounidense. 



Al entrar a la habitación hay un pasillo ni muy corto ni muy largo, pero bastante ancho, y a la derecha se encuentra el espacioso baño, con un lavabo y sus amenities. 



A la izquierda, la habitación con la bañera y el inodoro, donde hay una pantalla de televisión (siempre hay que distraerse). 




A la derecha, un amplio vestidor, en el que hay una caja de seguridad. Se agradece mucho cuando hay espacio suficiente para colgar ropa, ya que además tras quince días de viaje la poca limpia que llega está superarrugada y este estiramiento es necesario.


Al fondo del pasillo la amplia habitación, que en mi caso me sorprende gratamente, porque a última hora tuve mis dudas de haberlo reservado, pero efectivamente se trataba de un hotel boutique en todos sus detalles. 



La cama al no haber especificado nos ha tocado de tamaño queen, con un colchón y equipo de cama ideales para el descanso, sobre todo después de pasar todo el día caminando por la ciudad. 


Un escritorio, dos butacas amplias, una mesa, y sobre todo una chimenea hacen la zona de estar  muy agradable; chimenea de gas que encendimos por aquello de darle color, y no precisamente calor, a la habitación, pero que seguro que en invierno es todo un plus. 


El restaurante del hotel, Moo, donde también se sirven los desayunos, a la carta, tiene una buena selección de cortes de carne para comidas y cenas, además de ser un lugar que parece estar de moda para tomarse unas copas. Su decoración se podría llamar “cool” o vanguardista con toques retros, el caso es que es un lugar agradable y que sobre todo ofrece buena calidad culinaria. 



El desayuno que disfrutamos una mañana (las demás las hicimos en cafeterías callejeando, para aprovechar más el tiempo y el dinero). La tortilla era de tres huevos y era imposible terminarla. 



Solo hicimos una cena en el restaurante, que resultó exquisita, tanto las carnes y las verduras eran de primera calidad, y como cosa rara a la carne le dieron el punto de verdad, ya que medium rare ya no es un poco pasada, como ocurre en bastantes restaurantes neoyorkinos, sino en su punto. La cena la acompañamos con un vino tinto del valle de Napa, Emblem, un caubernet sauvignon. De postre, una tarta de chocolate, para dejar un buen y dulce sabor de boca.






Nos quedamos encantados con el hotel, fue un acierto su elección, aunque no tuviéramos las vistas al mar que tienen otros, y que son más llamativas. 

28 de agosto de 2015

Boston - Vuelo de Toronto a Boston


Estabulados, estancados y cab…enfadados

Hoy toca pegarnos un madrugón de los que asustan y de los que te planteas marcharte de juerga y no dormir, ya que a las 4.30 tendremos que despertarnos para prepararnos ya que a las 5.15 tenemos el transfer para el aeropuerto Toronto Pearson. Las maletas están listas, aunque siempre hay que contar con algún tiempo extra para colocar necesarios y artilugios electrónicos. 

Nuestro vuelo es a las 8.50 h, y el madrugón es en previsión del intenso tráfico y consiguiente atasco en la autopista, que a estas horas, a pesar de ser lunes, no hay ninguno, con lo que podía haberse evitado un poco. El coche que nos recoge es espectacular, un todo terreno grandioso, y espectacular es su chófer, una señorita elegante y muy simpática; un auténtico puntazo todo.  

En el aeropuerto registramos (o semi facturamos) las maletas, pero a pie de pasillo, no en un mostrador al uso, es un autoservicio que es atendido por un asistente tremendamente atareado. Primer golpe, una de nuestras maletas tiene sobrepeso, pero lo menos que queremos es desmantelarlas en medio del aeropuerto atestado de gente, apechugamos monetariamente nuestro error al no haberlas pesado en el hotel y no haber repartido mejor el peso y pagamos. Las maletas no están facturadas, lo están con etiquetas pero siguen en nuestras manos.

Nos dirigimos a pasar el control para entrar en la zona de puertas de embarque con la intención de tomarnos un café o algo si ya están los locales operativos. Segundo golpe, no podemos entrar, somos retenidos en una sala de tamaño medio, donde nos vamos agolpando los pasajeros, y es que van dando entrada según los vuelos y horas de embarque. No entiendo la premura de llevarnos al aeropuerto tan temprano para tener que estar esperando de forma tan anómala, por mucho tráfico de la autopista y colas de facturación. 



Tras hora y media de espera (más o menos) abren la entrada para nuestro vuelo, todos amontonados haciendo cola, una cola interminable que circula lentamente, para luego formar otra, en la que tras un rato nos cambian de sitio, creo que favoreciendo a pasajeros canadienses y estadounidenses. Aquí es donde pasaremos la aduana, y se trata de la estadounidense, hecho sumamente extraño porque estamos en Canadá, a los que les fastidia que se les tome como una provincia más de USA, pero sin embargo con estos hechos así parece ser.

El tiempo corre en nuestra contra, enseñamos nuestros pases con la hora de embarque –a algunos pasajeros les estaban dejando saltarse la cola- pero nos dicen que tranquilos, que allí quietos, y ya sabemos cómo se las gastan los funcionarios de aeropuertos y más de USA, así que quietos y nerviosos. Un detalle curioso, seguimos con nuestras maletas para facturar a nuestro lado, que llegado el momento de ir al mostrador del control de aduana se sueltan…y se reza.

Nos toca el turno de pasar el control, la señora delante de nosotros tiene problemas y es cacheada, a esperar, luego mi marido comienza a pitar y además le hacen abrir una de las maletas de mano, a esperar…la repanocha. Terminados los trámites, corremos como locos, yo todavía con algo de esperanza, absurda esperanza, de que el avión teniendo a dos pasajeros facturados y sin embarcar diera algún aviso por megafonía con nuestros nombres, mal pronunciados pero entendibles. Nada, allí no se oía nada, y yo soy una inocente estúpida que no aprende (y no quiero aprender, me gusta mi ingenuidad optimista).

Mi marido corrió más que yo, que realmente no podía con mi cuerpo ni con la maleta de mano, y tuve que parar en varias ocasiones porque casi vomito. La esperanza de mi marido era llegar él a tiempo para pedir que esperaran a una española con los pelos alborotados, cara desencajada y cuerpo descompuesto que en algún momento llegaría. Ya lo estáis imaginando, el avión voló sin nosotros, y nuestras caras ya no eran desencajadas eran de alucinamiento total, no comprendíamos lo que había pasado, no nos entraba en la cabeza esta sinrazón. Con nosotros, una familia de cuatro asiáticos a los que también habían dejado en tierra, con la misma desesperación, cabreo y estupor. Ahora me río, pero allí no había risa ninguna. Después de unos cuantos vuelos por todo el mundo, es la primera vez que nos ocurre, y alguna tenía que ser la primera, aunque demasiado absurdo.

La señorita azafata del mostrador de embarque aguanta el envite, aunque cierto es que tanto el señor asiático como nosotros en todo momento fuimos educados, aunque ganas no nos faltaron de dejar de serlo. El problema, la aduana, ellos no saben que pasan allí y el vuelo sale a su hora (incomprensible cuando ellos son los que permiten que ocurra esto, no puedes entrar antes y no puedes saltarte la cola con o sin permiso). 

Solo nos queda una cosa, que nos busque un vuelo, a ser posible durante la mañana, pero si ya no puede ser, pues a lo largo del día. Eso sí, le hacemos saber que nos ha parecido todo un auténtico despropósito, que aceptamos las medidas de seguridad, el estar tres o cuatro horas antes en el aeropuerto, pero esto de que ellos nos estabulen como ganado y que nos traten como marionetas a su antojo es una barbaridad, sabiendo lo que luego pasa (no seremos los primeros ni los últimos a los que le pase). Menos mal, que cuando le dije, en mi inglés pachanguero, que si tuviera una pistola me pegaría un tiro, lo comprendió y no se dio por aludida temiendo por su vida, y no llamó a seguridad para que me placaran (esto ya hubiera sido la guinda del pastel aeronáutico).

Le enseñamos nuestras tarjetas de embarque y le explicamos que hemos pagado por reservar unos asientos con más espacio, y que ahora no tenemos avión, ni asientos, y no sabemos si maletas, por las que además hemos pagado un sobrepeso (algo de risa sí que había, en el fondo era el recurso más adecuado al cabreo monumental). Creo que la azafata se sintió abrumada ante tanto gasto y tanto gesto, se quedó con nuestros pases y comenzó a gestionar las posibilidades. Supongo que este coste añadido fue el que agilizó los trámites para encontrarnos dos asientos, y juntos, en el vuelo de las 10.55 (dos horas después del programado). A la familia asiática tardó un poco más en darle respuesta, pero finalmente también viajaron en el mismo avión. 

Siguiente preocupación, ¿dónde están nuestras maletas? ¿han volado sin nosotros?. La respuesta es no, volarán en el vuelo que nos acaban de encontrar amablemente, pero no nos lo terminamos de creer.

¿Qué ocurre con estas tonterías de aduana y control? Casi nadie en los pasillos de cafeterías y tiendas, pues claro, si todos estamos o haciendo cola o corriendo como posesos. Los que estamos allí presupongo que somos los parias de los aviones perdidos, o por lo menos la mayor parte. Y desde luego, maldita las ganas de comprar algo en un aeropuerto tan caótico y desorganizado (según ellos, seguro que es de lo más organizado y seguro del mundo). El único gasto que hicimos fue el de un café y una botella de agua (porque no era cuestión de deshidratarse, pero te daban ganas de beberte...por no gastar ni un dólar). Miedo me da en pensar en una escala estadounidense, en la que tienes que recoger maletas facturadas para volver a facturarlas...y si nos estabulan...y si... y si...

El vuelo sale a su hora, ¡menos mal! Volamos con Air Canada Express, en un Embraer 175. 



Sobrevolamos Toronto, y lejanamente divisamos la CN Tower, su altura le permite destacar con diferencia. 



La compañía aérea nos ofrece un aperitivo, unos pretzels (galletas saladas, en este caso de tamaño de bocado) con bebida; todavía se respetan algunas buenas costumbres y no como en otras compañías, que han desaparecido los detalles y todo es de pago. 


Comenzamos a sobrevolar los alrededores de Boston, aunque no se dejan ver bien porque las nubes de completo algodón nos tapan la visión parcial o totalmente. 



Divisamos el aeropuerto de Boston, International Logan Airport, situado al este de la ciudad, en una isla frente al puerto interior, y acostumbrados por regla general a grandes aeropuertos, este nos parece bastante pequeño, hasta las pistas de despegue y aterrizaje. 


Sobrevolamos Nantastek Beach y Hull Bay, una zona que se ve bonita pero bastante masificada urbanísticamente, y es que la playa es la playa, aquí, allá o en acullá. 



Tenemos un bonito paisaje de ríos, lagunas, marismas, vegetación, agua. La verdad es que no tenía idea muy clara de lo que sería la zona y desde la altura está resultando una agradable y bonita sorpresa. 



Sobrevolamos George Island y su fuerte, Fort Warrens, que parece ser tiene un fantasma incluido, el de una reclusa (conozco a uno que le encantaría pasar alguna noche aquí y además encontrarse con ella). 


Más sorprendente es la pequeña Nixes Mate y su baliza, isla en la que los piratas eran colgados y exhibidos (¿pero quién los iba a ver allí colgados?, bueno sí, sus compañeros de piratería).


A las 12.15-12.20 aterrizamos finalmente en Boston, totalmente exhaustos, y además con la mosca en la oreja de por dónde estarían nuestras maletas, ¿de verdad volaron en nuestro vuelo?




Sin ninguna convicción vamos a las cintas de equipaje en busca de nuestras maletas, y como era previsible, no aparecen. Lo primero, por si acaso han llegado en el vuelo en el que teníamos que haber ido miramos por el caos de maletas sin recoger que hay en una zona  del aeropuerto, por lo menos hay más de cien desvalidas sin sus dueños. Nos fijamos cuidadosamente por si estaban tapadas por otras, bajo la atenta mirada del empleado que se encarga de retirarlas de las cintas cuando nadie las ha recogido y luego custodiarlas entre viaje y viaje a las cintas. Mala suerte, allí no están.

No hay de otra que ir a reclamarlas a la oficina de Air Canada. Todo está en un recinto increíblemente pequeño, un pasillo algo ancho donde se concentran todos los servicios (cintas de equipaje, oficinas de aerolíneas, punto de información). Rellenamos el papel correspondiente para que nos las entreguen en el hotel de Boston y rezamos, todo sea que tengamos que empezar el turismo en Boston por las compras. 


El traslado al hotel que teníamos contratado lo hemos perdido, si hubiéramos avisado desde el aeropuerto de Toronto hubieran estado pendientes del vuelo en que finalmente llegamos, pero sinceramente, no teníamos ganas de realizar la llamada internacional ni de buscar un teléfono de monedas ni de nada. Nos acercamos al punto de información para pedir un mapa, y de paso le contamos al pobre señor nuestra odisea de aviones y maletas (¡la de historias que escuchará!). Amablemente nos busca el teléfono de la agencia y nos hace la llamada, nuestro transporte nos cuenta que han intentado llamarnos (creo solo tenían el número de mi móvil, que desconecté antes de intentar embarcar y ya no lo volví a encender, con lo que sí lo hicieron no pudieron localizarnos), que si queremos pueden venir a por nosotros pero que sería con un coste adicional (normal, la culpa del no aviso es nuestra), pero desistimos su oferta porque decidimos que tomaremos un taxi.

Entre unas cosas y otras ha pasado el tiempo, y a mí me pega un pequeño bajón de cansancio, nervios y moral (elegimos un vuelo temprano para aprovechar el día y ya llevamos la mañana perdida), así que necesito sentarme, respirar y casi hacer una postura zen de relajación. En media hora llega el siguiente vuelo de Toronto, y pensamos, seguimos siendo unos ilusos, que a lo mejor con tanto vaivén es ahora cuando llegan las maletas, y que media hora más o menos en el aeropuerto no nos va a ninguna parte.

En este momento, ya algo relajada yo, lo que tenemos es un ataque de risa, porque estos dos locos turistas están esperando unas maletas en un vuelo que no les corresponde. Pero la ilusión en algunas ocasiones se torna realidad, y ¡allí están!, esa media hora de espera de más no ha resultado en vano, porque es posible que al hotel llegaran al día siguiente o vayamos a saber cuándo.

Fin de la odisea aeronáutica, que a pesar de todo ha tenido un final feliz, porque hemos conseguido llegar a Boston, y tenemos nuestras maletas. Salimos en busca de un taxi, el aeropuerto está muy cerca de la ciudad y su costo será más rentable que contratar un nuevo transporte. 


Este es el único contacto que tendremos con el equipo de baloncesto de los Boston Celtics, un garaje de uso preferente para ellos. 


Y algunas imágenes, pocas, de lo que veíamos de la ciudad, que a primera vista no nos impresiona pero no nos disgusta.