2 de julio de 2018

Myanmar - Bagan - Aureum Palace Resort

Tranquilidad con buenas vistas

En Bagan nos alojamos en el Aureum Palace Resort, cuya situación no es ni buena ni mala. No es buena porque está lejos de la ciudad, Nyaung U, pero no es mala, porque no está muy lejos de ella si queremos acercarnos, bien contratando un taxi o alquilando una moto o bicicleta eléctrica; no es buena porque no tenemos grandes templos en la cercanía, pero no es mala porque todos los templos están diseminados en una gran planicie, así que es casi imposible tener alguno cerca a no ser que te alojes en Old Bagan. Y es buena porque en sus terrenos se encuentra la anacrónica y fea pero útil Nam Myint, la torre de Bagan.

El hotel fue construido por la Junta Militar que gobernaba el país, que también permitió la construcción de un campo de golf, una autopista pavimentada y la mencionada torre de observación. Todo es muy cuestionable, pero el hotel no desentona tanto en el paisaje, eso nos lo parece tras haber paseado por la amplia llanura, sus pueblos, sus hoteles, sus casas. 


Se distribuye por un amplio y cuidado jardín, con algunas esculturas en él en la zona de entrada, como la del legendario Pyu Saw Htee, rey de la civilización Pyu, un experto arquero que salvó al país de cuatro monstruos: un gran pájaro, un gran jabalí, un gran tigre y una gran ardilla. 


También hay una estatua de un explorador birmano montado en un elefante…con cadenas en sus patas...no me gustan nada. 


Y otro elefante, esta vez haciendo de transporte para birmanos nobles en la práctica de la caza, ya que al fondo hay un ciervo. Lo mejor, los templos que se divisan al fondo. 


La entrada normal está cerrada porque el estanque que hay a mitad de camino, donde viven felices con sus bocas abiertas las carpas, tiene filtraciones y lo están reparando, así que utilizamos la lateral, que pasa junto a la tienda, ¡qué peligro! 


La recepción ocupa un amplio espacio sin paredes, ¡que corra el aire!, pero ¡aquí no hay aire! Es un agradable lugar decorado con buen gusto, con sillones y sofás para esperar los traslados, información o sencillamente estar. 






Desde recepción se accede a la piscina, que está muy bien, pero sobre todo lass vistas son excepcionales, vemos algunos de los templos de Bagan, que no son de los más importantes, son templos menores que están llenos de encanto aunque no sepamos sus nombres. La pena es que el horario de utilización de la piscina, si eres respetuoso claro, es un poco justo, creo recordar que hasta las 19 h, aunque si querías disfrutar del atardecer tenías que estar un poco más, pero no tanto como para molestar a los trabajadores o a los comensales del cercano restaurante (es un hotel, no un chalet particular y todos tenemos que convivir). 



La primera tarde en Bagan, tras la visita a Nam Myint, la dedicamos a estar a remojo en la piscina, disfrutando del frescor del agua (no mucho, pero por lo menos no era caldo de pollo) y sobre todo de las vistas, con un atardecer sobre los templos, que aunque no fue todo lo rojizo esperable sí tuvo esta tonalidad parcialmente. Imposible elegir fotos, ¡qué difícil!, cada una tiene un color y un tono especial. 


Esperamos hasta que comienzan a encenderse las luces que iluminan los templos, y de verdad que no apetece irse de aquí, ¿puedo pedir la cena y quedarme?, me basta con una ensalada o un sándwich… 



Las habitaciones se reparten en bungalows por el jardín, la diferencia es que pueden ser adosadas o individuales, eligiendo nosotros el individual (de nombre genérico Jasmine) para no tener que compartir paredes con vecinos ruidosos, por si acaso, que nunca se sabe (nosotros también podemos molestar, esto desgraciadamente es bidireccional). Las maletas llegan con un carro parecido a los que se usan en el golf, porque llegar hasta la habitación cargando con ellas no sería normal ni natural. 



Por la noche hay indicaciones para no perderse, aunque la iluminación es tenue es la justa y necesaria para ver por donde se pisa. 



El bungalow es de buen tamaño –un apartamento de lujo-, con las puertas de entrada de madera, presentando figuras talladas típicas en el sureste asiático. 



O estás dentro o estás fuera del bungalow y para avisarlo un gracioso avisador, nada de carteles de don't disturb; hasta ganas me dieron de llevarme esta figurita, y estoy segura que no sería el primer huésped en hacerlo, pero yo solo lo pensé y me contuve. 


El interior del bungalow cuenta con dos ambientes, uno amplio con sofás de ratán y la televisión (se agradecen estos espacios para descansar, o hablar o ver el aparato maléfico, por el que desgraciadamente nos enteramos del atentado islámico en Barcelona). 


En el otro espacio está la amplia y cómoda cama, una bendición para descansar a pierna suelta hasta que suena el despertador, ya que además el silencio es el sonido del exterior. 


A la derecha se encuentra el baño, que consta de varios ambientes: un vestidor donde dejar las maletas, y con poco espacio y perchas para colgar ropa (no está preparado para pasar una semana aquí si así se quiere, que se puede porque los templos de Bagan dan para ello); también hay una mesa con despertador y la caja fuerte. Al fondo del vestidor, en un amplio habitáculo, el inodoro –de forma redonda- y un lavabo (no vaya a ser que termines y no te laves las manos, la higiene lo primero).

En otra zona está la parte acuática del baño: un lavabo, con una bonita caja lacada dónde están las amenities, y un espejo colgante, que en algún momento durante nuestra estancia recibió un bamboleo; una amplia ducha; y una bañera de hidromasaje, bendición de cuerpos cansados, sobre la que hay una gran cristalera, en la que se posan los geckos por la tarde-noche, y cuando te bañas solo piensas que no haya ninguna rendija y te caiga uno de ellos. Sobre una escalera de bambú, las toallas. Nos gusta la decoración y aprovechamiento de este espacio. 





Sobre el escritorio hay información del hotel, del país y de la ciudad, destacando un pequeño libro sobre costumbres birmanas que deberíamos respetar los turistas: dos and dont’s for tourists



El bungalow tiene una pequeña terraza con dos sillones y una mesa; además tenemos vistas a un pequeño estanque, pero esa puerta así como la de entrada cuanto más cerrada esté mejor, no vayan a entrar los mosquitos o los bichos. De hecho, por la tarde, cuando el personal entra a arreglar la habitación para colocar las toallas o recolocar la cama, llevan un bote de insecticida entre sus “armas”. 



El plus se encuentra en los pequeños templos que podemos ver la terraza o el jardín, asomando estupas entre la vegetación. 






Solo nos queda conocer el aspecto gastronómico del hotel, que tiene lugar en el restaurante Xanadu (tenía que tener un nombre mítico, de leyenda), con vistas a la piscina y a los templos), donde desayunamos y cenamos. Los desayunos tienen el mejor buffet de todos los hoteles en los que hemos estado durante el viaje, tanto por variedad como por calidad; sobre la mesa el blíster de las pastillas Malarone, pastillas contra la malaria, que aunque podíamos haber obviado, preferimos tomarlas, ya que siempre es mejor prevenir que padecer. 



Respecto a las cenas, luces y sombras, para mi gusto es un aspecto a mejorar, a pesar de su variedad, no me terminó de convencer, pero estaba todo aceptable. Ofrecen cocina internacional, especialidades birmanas y tailandesas; cierto es que como a mediodía nos nutríamos con curries, por la noche elegíamos platos occidentales.


Vitello Tonnato, lonchas de rosbeef con mayonesa de atún y anchoas. Uno de los mejores platos, lo comimos la primera noche y nos hizo presagiar buenas cenas. 




Tiras de ternera salteadas con guisantes y aceite de sésamo, acompañadas de arroz. Una pena, porque la salsa estaba rica, pero la ternera era pura fibra, de las que das vuelta en la boca hasta que haces una bola con ella que tienes que terminar escupiéndola. 



Salmón a la plancha, con salsa de langostinos, verduras y fettuccini al pesto. Un gran plato. 




Mousse de chocolate acompañado de fruta. 




Espaguetis carbonara con pan de ajo. 



Pechuga de pollo rellena de queso español (no preguntamos su origen en particular), acompañada de salsa de ajo y verduras. 



Ensalada César, a la que le faltaba un puntito para que fuera realmente buena (ya sé, quisquillosa, que eres una quisquillosa). 




Tallarines con tiras de pollo y almendras laminadas. 




Tiramisú acompañado de fruta. 




Schnitzel vienés, un escalope de cerdo empanado, acompañado de salsa de anchoas y patatas fritas. 




Un típico sándwich club, que nunca nos puede faltar en los viajes, somos grandes aficionados a él. 


Sin lugar a dudas uno de los buenos hoteles en los que nos hemos alojado durante nuestro viaje por Myanmar, a pesar de aquellas pequeñas críticas que haya podido escribir por su gastronomía, que no son importantes porque en esencia la comida es de buena calidad.

29 de junio de 2018

Myanmar - De Monywa a Bagan

Viaje a una ciudad mítica


Desde las increíbles cuevas de Hpo Win Daung emprendemos el viaje del día, durante el cual paramos un momento para ver cómo juegan unos niños con una pelota de caña, el juego se llama chinlone, y sólo se pueden utilizar los pies o las rodillas para golpearla. La verdad es que son movimientos muy rápidos y parece en ocasiones más una danza que un deporte o un simple juego, juego que tiene más de 1.500 años. La pelota como elemento decorativo es preciosa. 



Las imágenes del paisaje vegetal continúa con los palmerales, muy tropical. 




Un neumático gigante anuncia una empresa china, Sinohydro, que precisamente en China se ha encargado de la construcción de la presa de las Tres Gargantas en el río Yangtze, presa no exenta de polémica. 




Por las instalaciones de la empresa pasa la carretera, que se puede cortar por una valla de protección. Es bastante extraño, y supongo que a lo mejor está relacionado con el ejército...




La realidad es que los traslados por carretera se hacen largos y algo pesados,  el estado de las carreteras, sin ser completamente óptimos, no son tan malos como podíamos esperar, y esto es un punto positivo, pero la velocidad de nuestro conductor, por nuestra seguridad y posiblemente por obligación, es limitada (y así debe ser). 




Llegamos a Pakokku, localidad que se hizo famosa justo antes de nuestra partida por la crecida del río Irrawaddy, que se llevó una pagoda por delante, el agua se la tragó, aunque afortunadamente no hubo víctimas humanas, aquí podéis ver el video




En esta localidad comeremos antes de seguir el viaje, en el restaurante Ho Pin. 


El local tiene dos salas, y hoy Myo decide que prefiere comer en soledad en una de ellas, que se lo respetamos, somos un trío bien avenido; los conductores no suelen comer con nosotros en ningún viaje y en ningún país, aunque le hacemos saber a Myo (o al guía en general) que pueden acompañarnos. 

Al llegar somos los únicos comensales, pero a mitad de la comida llegó un grupo de turistas holandeses, también con el mismo touroperador birmano que nosotros. De nuevo nos acercamos a la vitrina donde exhiben los platos para elegir, lugar desde el que además vemos la cocina, pero cuando llegó el grupo grande cerraron la visión con unas contraventanas de madera, supongo que para que no hiciéramos  fotografías a diestro y siniestro, como era mi intención al finalizar la comida. 




En esta ocasión el surtido de platos es menor, como lo es también un poco su calidad, pero no estaba malo, cumplían su función de alimentar. Una sopa de fideos vermicelli –se agradece el cambio-; el guiso de garbanzos que está rico; las judías con cacahuetes; un guiso de patatas; y no falta un plato de patatas fritas con la salsa picante. En esta ocasión nos dejan la cacerola del arroz sobre la mesa, de modo que nos podemos servir nosotros mismos. 







Hoy -parece mentira que haya tardado tanto- comienzo a asumir que las comidas van a ser repetitivas, ya que al mirar los platos de curry descartamos los de vísceras, los de pescado (hay que confiar mucho para pedirlo), y el nuevo de hoy, que Myo nos dice que es cabra (supongo que sería más cordero, pero todo puede ser), que no nos apetece mucho, que otra cosa es que se lo hubiera pedido él y lo hubiéramos probado. Así que volvemos a tener curry de pollo y de cerdo. 





De postre, dos grandes plátanos. 




Hoy los dulces no vienen en la caja bonita, vienen en un tupper, y además son de los que no nos gustan. 




Salimos de Pakokku y pasamos junto a la estación de bomberos de la ciudad. 




Cruzamos el río Irrawaddy por el puente Pakokku, inaugurado en 2012, el más largo del país, con 3,4 km, que tiene dos carriles para peatones. 




Llegamos al destino final del viaje, uno de los destinos míticos de Myanmar, Bagan, donde vamos viendo algunos de sus templos, que nos van abriendo boca para los dos días siguientes y nos emocionan, pero lo primero es ir al hotel Aureum Palace Resort.