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28 de julio de 2011

Austria - Viena - Jardines de los Palacios Belvedere

La primavera todavía no ha llegado


Salimos de Stadpark a Schwarzenbergplatz para tomar la calle Rennweg, que era la carretera que iba a Hungría y que lleva a los palacios Belvedere, y a sus jardines, que es lo único que tenemos tiempo de visitar. 

La puerta triunfal de acceso al patio de honor y al palacio Belvedere Inferior, Unteres Belvedere, está abierta pero todavía no es hora de visitas con lo que por aquí nos damos con un canto en los dientes y no podemos entrar. 


Decidimos continuar andando por la calle para intentar explorar otras entradas y afortunadamente más adelante hay una que da acceso a los jardines, al que están entrando muchas personas a hacer footing. 

Los palacios Belvedere son dos, Inferior y Superior, construidos por Hildebrandt como residencia de verano del príncipe Eugenio de Saboya, que empleó el dinero que recibió como recompensa por sus victorias en la Guerra de Sucesión Española. 

Entre ambos palacios se extienden unos jardines escalonados: en la parte baja se representan los cuatro elementos, en el intermedio el Parnaso y en el alto el Olimpo. 

Durante nuestro paseo estatuas de musas, ángeles, esfinges con cuerpos de león y cabezas humanas nos acompañan. La vista de los palacios según se va ascendiendo es impresionante, no están mal las chozas principescas. 

El Belvedere Inferior era utilizado como vivienda. Ahora alberga el Österreichische Galerie, Museo de Arte Barroco, en sus habitaciones, aparte del arte de las propias habitaciones. 


El Belvedere Superior era utilizado como recinto de recepciones y fiestas. Desde 1904 a 1914 fue la residencia del archiduque Francisco Fernando, el príncipe heredero asesinado en Sarajevo, suceso que desencadenó la Primera Guerra Mundial. En 1966 se firmó en él el acto constituyente de la República austriaca que puso fin a la ocupación aliada. Nos quedamos sin darle la vuelta para ver su ornamentada entrada con la S de Saboya y el jardín posterior. Increíblemente majestuoso y mayestático, tanto el paseo como el edificio.

 
Ahora el palacio alberga la Österreichische Galerie, la colección de la Galería Austriaca, con obras muy conocidas de Gustav Klimt, como la maravillosa El beso, que no me quería haber ido sin verla, pero tendrá que ser en otro viaje. Al igual que el inferior, sus habitaciones también son dignas de ser visitadas.


 
Canaletto desde la terraza del jardín pintó una vista de Viena, cuadro que se encuentra en el Kuntshistoriches Museum. 

 
Entre ambos palacios hay un juego de cascadas, que se pueden ver en el cuadro de Canaletto, y que a estas horas no están en funcionamiento, desconociendo si tienen horario fijo. La primera en sentido ascendente es de pared, con una gran concha sujeta por figuras femeninas.

 
Le siguen dos fuentes a cada lado y arriba una en el centro con escaleras, que es donde comienza todo a funcionar, con lo que realmente el orden sería al revés, pero como hemos entrado por el Inferior…


La idea de entrar a los jardines era por eso, por ser jardines, y aunque somos conscientes que es temprano para la fecha y por lo que hemos ido viendo en el resto de jardines de la ciudad, a punto de ser floridos pero no del todo, solo en parterres especiales, teníamos la ilusión de ver una explosión de color y nada de nada. Aún así, la vista de los palacios compensa la visita. 


La hora que es no nos da para más, hacia el lado de Rennweg nos dejamos el Jardín Botánico y un Pequeño Jardín Alpino. Volvemos al hotel con el paso apretado, cuando llegamos acaba de llegar nuestro transfer y está preguntando en recepción por nosotros. 

Desde las alturas decimos hasta pronto a esta preciosa y musical ciudad, rodeada de eso si, campos coloridos.


Para despedirnos de este musical ciudad nada mejor que nos "diriga" las palmas Herbert Von Karajan, en el clásico concierto de Año Nuevo y la Marcha Radetzky.


Gracias Viena por todo lo que nos has enseñado, sobre todo en música clásica, que yo necesitaba un buen repaso, y todavía me falta mucho que aprender y sentir con ella. Por supuesto, con un destino en mente para cuando se pueda. 


27 de julio de 2011

Austria - Viena - Stadpark

Bailando un vals con El tercer hombre


Es nuestra última mañana en Viena y tenemos muy poco tiempo, nuestro transfer al aeropuerto nos recogerá a las 9.30 h en el hotel, demasiado temprano pero no miramos la hora en su momento y anoche cuando nos dimos cuenta era demasiado tarde para hacer cambios, también hay que respetar el descanso de los demás, y un sábado por la noche no me parecía el mejor momento para molestar a nadie.

Por ello madrugamos un poco más para estirar el tiempo. Nos vamos de Viena y de nuevo un ¡Oh cielos, no hemos estado allí! y esta es una foto de las más típicas, con lo que nos vamos directamente al Stadtpark, en la desembocadura del río Wien, con una entrada Jugendstil. Este parque municipal comenzó a construirse en 1862 con influencias inglesas.


Por la canalización del río se accede a las alcantarillas donde se rodó El tercer hombre, y es que estas alcantarillas dieron para mucho. Hay visitas guiadas por ellas, pero no tenemos tiempo de apuntarnos, y aunque suene raro, e incluso claustrofóbico a tope, como que da morbo entrar. Se entra por la estación de metro y se sale por Naschmarkt, así que el recorrido no está nada mal, unos 2 km de oscuridad y ¿malos olores?.


La canalización del río y la construcción del ferrocarril suburbano fue un problema que no se resolvió hasta 1906, y de nuevo nos encontramos con Otto Wagner y sus estaciones. 


En el parque tenemos una cita con Strauss hijo y su  famoso monumento, pero tenemos la desgracia que le están lavando la cara (el resto del cuerpo y el pedestal), con lo que solo lo podemos ver por las rendijas de las vallas que impiden el paso. 



Para consuelo de los tristes turistas que llegan hasta Strauss y no lo encuentran como querían han colocado un podio con una falsa estatua de Strauss, donde hacemos todos un poco el payaso. 

 
El edificio que asoma por detrás de nosotros, Strauss y yo, es el Kursalon, un pabellón de conciertos construido al estilo de los balnearios, donde por supuesto por las noches también ofrecen música clásica. 


Apetece quedarse en el parque, bien paseando bien descansando, pero el tiempo corre en nuestra contra, con lo que ni una cosa ni otra, bueno pasear un poco porque tenemos que salir de él y lo hacemos por otros caminos por los que entramos, para encontrar a Schubert por ejemplo. 





Es un parque pequeño que se puede recorrer en poco tiempo, y disfrutar de la tranquilidad, más a estas horas de la mañana y domingo, pero nosotros damos por finalizada su visita, tomando nota que en su interior se encuentra uno de los restaurantes mejores de la ciudad, Steirereck.