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21 de abril de 2017

EEUU - Vuelo Las Vegas-Madrid



Por todos los santos aéreos

Se acaba la escapada navideña, hoy nos toca de nuevo volar y volar, y para ello nos encomendamos a todos los santos aéreos posibles, además de haber estado atentos a los partes meteorológicos, pánico nos produce una nueva escala en Dallas, aunque todo parece haberse calmado, y los tifones ya no pasean a sus anchas en los cielos, como en el vuelo de ida
.

¿Volver a Las Vegas?, pues no es un futuro previsible, no hemos sido capaces de encontrarle el encanto del que muchos hablan, pero seguramente cambiando la logística del viaje, haciendo excursiones por el día a los alrededores (que prometen y mucho) y aprovechar las noches para disfrutar de un buen espectáculo y/o de una buena cena, la ciudad ganaría puntos y tendría más posibilidades. 




A la llegada al aeropuerto McCarran tenemos tiempo de disfrutar de la decoración de sus paredes, muy viajeras ellas. 





También se mantiene cierto aire retro en algunos locales, y es que un diner tiene que ser un clásico diner, por lo menos en su publicidad exterior. 



Algunas tiendas intentan seguir esta estela decorativa publicitaria. 




Lo que si no somos capaces de entender es que las máquinas tragaperras se encuentren plantadas en el aeropuerto al alcance de todos, los niños no deberían tener este acceso tan fácil a ellas, que ya tendrán tiempo de hacerlo si quieren. 




El primer vuelo, de Las Vegas a Dallas, es al amanecer, a las 6 de la mañana, con lo que la salida del hotel Bellagio fue temprana, creo que sobre las 4.30 nos recogieron, hay que tener en cuenta que el aeropuerto está al lado, y que a estas horas el tráfico en la ciudad todavía no ha comenzado a ser un infierno. Facturación rápida y correcta, y ya estamos sentados en nuestros asientos del Airbus 321 de American Airlines. 




Nos tomamos un café y un té, por aquello de llenar algo el estómago, no es cuestión de seguir nuestra rutina de pedirnos una copa de champán o de vino a estas horas del día. Los auriculares que nos ofrecen no son esos armatostes que luego molestan bastante, aunque sean buenos para la amortiguación del ruido exterior, son más pequeños y de los que solemos llevar nosotros. 




Sobrevolamos la ciudad que nunca se apaga, pero no consigo hacer una foto decente de ella, aunque tampoco veo nada que me apasione como para echarla de menos, ni con una buena foto me puedo despedir de la ciudad.



Durante el vuelo, la altura y las nubes no me permiten tener unas buenas vistas de la tierra bajo nuestros cuerpos, pero a cambio me ofrecen unas bonitas tonalidades tornasoladas. 






Llega la hora del desayuno, y volvemos a tener nuestras dosis de cafeína y teína. 




Tortilla francesa, patatas, trozos de salchichas, mantequilla y fruta. Lo clásico del desayuno en aviones. 




Sobrevolamos la hoy tranquila Dallas, aunque ese cielo grisáceo no nos hace ninguna gracia. 






¡Qué difícil en entrar en USA!, en el vuelo de ida, en la escala tuvimos que recoger nuestras maletas y pasar un montón de controles con unas colas de impresión. Para salir del país, ellos se encargan de las maletas y una vez que te controlan en el aeropuerto inicial ya eres una persona libre. No termino de comprender la razón de las diferencias; si las maletas están siempre bajo su control (en teoría tendría que ser el mejor del mundo mundial), no tendríamos opciones de hacer nada (ni bueno ni malo), y esto tanto a la entrada como a la salida. En fin, veremos cómo depara el futuro para viajar con los tiempos convulsos que vivimos.


Tomamos el trenecito, que hoy si funciona, que comunica las terminales, pasamos de la terminal A (eso creo recordar) a la . 




Tenemos una larga espera por delante, una hora y media de conexión nos parecía tremendamente insegura en caso de alguna eventualidad, así que desde las 11 h de la mañana hasta las 17.40 h tenemos tiempo para aburrirnos, comer, dormir, comprar, y seguir aburriéndonos. Pasamos gran parte del tiempo en la sala VIP, donde tenemos derecho a algunos alimentos: frutos secos, patatas fritas y poco más, además de dos tickets por persona para pedir agua, cerveza o vino, la coca-cola es gratuita, de grifo; si quieres comer, págalo. 






Pasando las horas, los minutos, los segundos lentamente, llega finalmente la hora de entrar en el Boeing 777-200 para afrontar el vuelo de casi diez horas a Madrid. 





Y ahora sí, es hora de una copa de champán. 




Carpaccio de champiñón portobello con pimientos asados, arúgula (para nosotros rúcula), queso parmesano y balsámico; y una ensalada de espinacas con fresas y queso azul. 



Filete de pavo con hierbas, salsa de cereza agria, brécol con ajo y pasta orzo (que parecía arroz). 




De postre, un helado de galletas y crema.




El vuelo trascurre con normalidad y tranquilidad, intentando distraernos como podemos, para alguno con cabezadas de sueño incluidas, hasta que llega la hora del desayuno: cereales con yogur y fruta; y quiche Lorraine con salchicha de pavo y patatas con paprika, con algo de fruta para aligerar. 





Y llegamos a Madrid, realmente cansados, que el viaje ha sido desde el comienzo un no parar, tras casi diez horas de vuelo.





Yo también me deje deslumbrar, antes de verlas, por las luces de Las Vegas, pero a viaje pasado, si volviera a hacer el viaje, me quedaría en la habitación del Angel Bright Lodge, compraríamos una o dos botellas de champán, unos sándwiches o lo que fuera posible, y  celebraría románticamente en la cabaña el Fin de Año, pero claro tener un poco de todo como queríamos en tan pocos días era muy difícil, teniendo en cuenta que no queríamos grandes palizas, sino también algo de descanso y tranquilidad. 

19 de abril de 2017

EEUU - Las Vegas - Fremont St - Fremont St District



El origen de Las Vegas

En Fremont Street, conocida también como Glitter Gulch (barranco del resplandor) se abrieron los primeros casinos con sus rótulos de neón, pero a medida que The Strip ganaba en edificios y glamour, esta calle entró en declive, principalmente a partir de la década de 1980. En 1994 se puso en marcha un proyecto para revitalizarla. 


En realidad no es una calle solamente, son cuatro manzanas cubiertas por una gran estructura de acero, una bóveda de 27 m de altura y 416 m de longitud. Nosotros entramos por South 3rd Street, más o menos en la mitad de Fremont Street, y giramos a la izquierda primero. Aquí están los casinos más populares, más asequibles en comparación con los de The Strip, ya que las apuestas suelen ser menos importantes. 





Por la noche se realizan espectáculos de luz y sonido, así como conciertos, pero como nuestra visita fue de mañana no tuvimos ocasión de disfrutarlos. 




Dicen que el Golden Nugget es uno de los establecimientos más hermosos de Las Vegas, que además parece ser que posee el récord del mundo por el número de tragaperras; a nosotros nos resultó más de lo mismo y no tan hermoso, aunque su aspecto exterior sí que es más casino que los hoteles-casino.





Lo más llamativo es su piscina, que está rodeada por un acuario, The Tank, donde hay tiburones. 






La piscina cuenta con un tobogán que atraviesa el acuario, todo una auténtica locura, aunque es de suponer que las medidas de seguridad de los cristales son máximas. 




Hay otro acuario junto al restaurante, que es más pacífico y realmente bonito. 





Otro de los locales históricos es el Four Queens, nombre que viene por las hijas del propietario y no por las damas de la baraja francesa para jugar al póker.



Otro clásico local es el Binion’s Horseshoe, establecido por el contrabandista y jugador Benny Binion en 1951, y que perteneció a sus descendientes hasta 2004, en la que paso a manos de Harrah's Casino. En su interior hay una pared con fotos de los jugadores más afortunados, el Hall of Fame.



Algunas de las mesas, las más cercanas a las entradas, están atendidas por señoritas vestidas de vaqueras como reclamo. 




Otro de los locales más parece un parque infantil que un casino, aunque hay unas sirenitas... 



Destacable es la figura de 16 m de altura del vaquero Vegas Vic, como un Woody de Toy Story crecido y con malos vicios, tanto del juego como del tabaco, ya que antes del cigarrillo (que conserva pegado en los labios) salían círculos de humo, ahora ya no le dejan fumar en zona pública.  




Enfrente del vaquero el Goden Goose, con una vaquera a juego de Vic y con un pato más blanco que dorado. 





En el tramo final de este tramo de calle un casino que recuerda a New Orleans, La Bayou




Y el Golden Gate, el casino más antiguo de Las Vegas, abierto en 1906. 




Desde Fremont Street se sale a South Main Street, pero aquí nos dimos media vuelta y no exploramos las posibilidades de los exteriores. 




La curiosidad de Fremont Street es que está surcada por una tirolina, Slotzilla Zip Line, recorrido que termina en una gran máquina tragaperras. Es todo muy raro, pero está claro que a Las Vegas vienes a jugar, de una manera o de otra. 






Este es el otro extremo de la parte cubierta de Fremont St, en el cruce de South Las Vegas Boulevard y North Las Vegas Boulevard, donde hay una interesante tienda de Harley Davidson, no solo por los souvenirs que se puedan comprar, también por las fotos antiguas de la zona que se pueden ver.




Como en teoría este es el punto de entrada, un letrero de bienvenida. 




Aquí hay una amplia plaza presidida por un pequeño centro comercial o similar o sucedáneo, Neonopolis, donde lo más interesante es una tienda de juguetes, Toy’s Shack, en ella más de uno se perdería eternamente y podría salir con las manos y brazos cargados. Nos recuerda vagamente a la tienda-museo de Insadong en Seúl. En esta ocasión salimos con un triste pero sabroso chupachups relleno de chicle. 





La diversión continúa en la calle, con una cervecería muy bien anunciada. 



Si bien en New York nunca nos hemos encontrado con el cowboy cantante desnudo en Times Square, aunque nunca le hemos buscado con ahínco e interés, aquí nos encontramos con un sucedáneo, que produce inmenso frío en mis carnes. 




Continuando por Fremont Street se entra en el Fremont East District, como bien se anuncia él. 




Es la pequeña joya de esta zona y de Las Vegas, ya que se pueden ver anuncios publicitarios de los inicios de Las Vegas, no sé si son los originales o son réplicas, pero realmente son una pasada, más sencillos, sin tantas parafernalias, pero llenos de estilo y gracia. En La Vegas hay un museo dedicado a estos anuncios, pero no tuvimos tiempo, y no buscamos tenerlo, para visitarlo, pero debe ser un lugar muy interesante. 




En esta calle surge el Hotel Casino El Cortez, de arquitectura colonial español, un guiño a los orígenes de esta zona del país. 



Una mantis religiosa gigante da la bienvenida al Container Park, un centro comercial.



Desde aquí dimos media vuelta y en South Las Vegas Boulevard tomamos un taxi para ir al Stratosphere, y luego continuar nuestro recorrido por The Strip, calle que he ido “destripando” de sur -en el cartel de Welcome Las Vegas- a norte para tener algo de lógica el paseo, porque el realizado realmente fue bastante caótico, según nos apetecía ir.