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10 de abril de 2015

Londres - Afternoon Tea en el Brown's Hotel


Un poco más tarde de las seis en punto
Si estás frío,
Te calentará;
Si estás caliente,
Te enfriará;
Si estás triste,
Te animará;
Si estás cansado,
Te calmará


William Gladstone, Primer Ministro de Gran Bretaña

Para el último día de nuestra estancia navideña en Londres hicimos una reserva a las 18.30 h para disfrutar de un típico afternoon tea en el hotel donde nos alojamos durante nuestra primera visita a la ciudad en 2009, el Brown's Hotel, bien situado en el barrio de Mayfair. Con este acto estamos haciendo costumbre, porque el año pasado lo tomamos en el Langham Hotel.  

El hotel abrió en 1837 y ha alojado a importantes huéspedes, entre ellos Rudyard Kipling, que escribió aquí algunas de sus novelas; además se cree que The English Tea Room fue la inspiración de Agatha Christie para escribir At Bertram’s Hotel (traducido al castellano tal cual, En el hotel Bertram), con la infalible y algo cargante Miss Marple como protagonista.

A principios del siglo XIX el consumo de té aumentó considerablemente, ya que en estos años lo normal era tener dos comidas al día, el desayuno y la cena (esta alrededor de las ocho de la tarde), y la duquesa de Bedford, dama de compañía de la Reina Victoria, comenzó a tomar unas tazas de té acompañadas de alguna comida ligera en el transcurso de la tarde, de forma privada en sus habitaciones (el hambre es así, te da y tienes que atacar y contraatacar). Luego la duquesa comenzó a invitar a amigos a tomar el té y a dar un paseo por los jardines (nada mejor que un paseo tras una comida, bueno sí, lo mejor es una buena siesta pero es más recomendable lo primero que lo segundo). Otros anfitriones tomaron nota de la idea (las ideas buenas hay que seguirlas "a la de ya"), por lo que la práctica privada llegó a ser tan respetada y respetable que el acto pasó a realizarse en el Drawing Room; y así, en poco tiempo, la sociedad de moda estaba bebiendo té y comiendo sándwiches a media tarde (como nosotros pero sin ser nobles ni de la alta sociedad). 


Como el té no es una ciencia totalmente exacta, tenemos que esperar a que despejen una de las mesas para poder entrar al salón, no demasiado el tiempo de espera la verdad, pero este tipo de situaciones supongo que son incómodas a tres bandas: clientes sentados (aunque estos no tienen conciencia de los que esperan porque las puertas impiden la visión de la cola), clientes a la espera y trabajadores expectantes… Finalmente somos conducidos a nuestra mesa, que está situada en un bonito rincón junto a la chimenea…quizás demasiado calor… para él sí, para ella, el adecuado para la fría tarde-noche londinense. 



Elegimos el Rose Champagne Festive Afternoon Tea, por lo que comenzamos con dos copas de champán rosado de Ruinart, que daban ganas de pedirse la botella y olvidarnos del té (se podía elegir media botella pero sinceramente ya el precio se desbordaba de la copa y de la taza). 


Dos tipos de té, él, Assam Gold, y ella, Cornish Grown Tea, ambos té negro. La parafernalia de la tetera y el colador son siempre un plus decorativo (en los desayunos en el Hotel Halkin ya nos hemos acostumbrado).


Comenzamos con una selección de sándwiches, los que llaman finger sandwiches: de pepino (ya no nos sorprendemos), de salmón, de huevo, y de pavo, todos muy ricos, pero gana el del salmón (hasta al que no le gusta  se dio un buen atracón de este rico producto escocés). Como nuestra intención es que sea una típica merienda-cena (nada que ver con la idea original de la duquesa) y se puede pedir todas las rondas necesarias, ya sean convenientes o inconvenientes, pedimos una ronda más, de modo que son como dos sándwiches para cada uno, que tampoco queremos llenarnos a sandwiches y que no entren los dulces siguientes. 

En la mesa colocan la típica bandeja de tres niveles, y los platos de sandwiches son colocados en el inferior. 


La segunda tanda es un plato de scones, colocados en el segundo nivel de la bandeja. El scone es un dulce típico inglés que consiste en un bollo algo consistente, y al que por si fuera poco por él solo se le acompaña con clotted cream, (nata coagulada, que se obtiene evaporando muy lentamente nata, de forma que se condense, y al enfriarse le quedan coagulos mantequillosos en la superficie); su sabor es a mantequilla muy cremosa, y jalea de fresas (con fresas enteras). Tanto la crema como la mermelada estaban increíbles de ricas. 

Se abre el scone se unta de crema y jalea-mermelada y se come sin pensar… mejor sin pensar porque es toda una bomba de calorías… deliciosos. Algunos de los scones llevaban pasas. De este plato no pedimos doble ración aunque dimos buena cuenta de la que teníamos, y en este momento es cuando agradecimos nos haber pedido una tercera ronda de sándwiches. 



La tercera ronda, colocados en el tercer nivel de la bandeja, es una selección de pastelería, con formas curiosas y de diferentes sabores. Como solo había uno de cada en lugar de pedir doble los partimos por la mitad para probarlos todos: de naranja, galleta rellena, de frambuesa y bizcocho, y un macaroon. Tras el exceso de grasa, un exceso de azúcar (menos mal que el té nos lo tomamos sin ella). Muy ricos, muy suaves y a pesar de su apariencia nada contundentes, por lo menos en solitario, que otra cosa es comerse todos enteros.


Nos llega la segunda tetera, y es que el exceso de comida hay que acompañarlo de líquido para que no se haga masa en el estómago. Y por si todavía nos faltara azúcar en el cuerpo se remata con una porción de tarta a elegir del carro de los postres, creo recordar que había tres opciones, y las nuestras fueron de chocolate (aunque no era completamente de chocolate, que llevaba bizcocho alternándolo) y de zanahoria con pasas. 



Con esto acabamos, aunque podríamos haber continuado en el bar que se encuentra por la parte de atrás del salón de té, y cambiar esta bebida por unos gin tonics, pero en lugar de esto, decidimos hacer caso a la duquesa de Bedford y nos dimos un paseo por las tranquilas calles del elegante barrio de Mayfair iluminadas para la Navidad, y de este modo aligerar el exceso de calorías perpetrado. 


¡Larga vida al afternoon tea!

18 de marzo de 2015

Londres - Restaurante Oblix at The Shard Building


Cena en las alturas londinenses 

Para nuestra cuarta cena más o menos formal en Londres tuvimos un problema de horario, porque fue imposible hacer la reserva a una hora medianamente española, ya que el horario de comida, donde había disponibilidad, no era factible al no romper el día y las visita. Teníamos claro que iríamos al restaurante Oblix, y la hora que más nos cuadro finalmente fue las 18 h (una merienda-cena), así que la comida de este hoy día fueron unos ricos sándwiches de la cadena Pret a Manger. 

El restaurante se sitúa en el piso 32 del edificio The Shard, el más alto de Gran Bretaña con 306 m de altura, que hasta noviembre de 2012 fue el más alto de Europa, fecha en la que fue superado por el Mercury City Tower de Moscú. La cocina está bajo el mando de Fabien Beaufour, llegado de New York. 

En la otra orilla, frente a The Shard, "The Walkie Talkie", el famoso rascacielos que tras su terminación tuvo que ser modificado porque sus paneles exteriores de vidrio funcionaban a modo de lupa y quemaban retrovisores de coches y freían huevos fritos en la acera. 




The Shard tiene 72 pisos, además de 15 plantas adicionales, que llaman plantas radiador. Está recubierto de vidrio, tiene forma piramidal y fue diseñado por el arquitecto Renzo Piano con un coste de 450 millones de libras. Es propiedad del estado de Qatar. Su construcción se inició en 2009 y finalizó en 2012, pero hasta el 2013 no ha ido ocupándose paulatinamente, formando parte de un proyecto que reacondicionará la zona del London Bridge. 


Renzo se inspiró en las agujas de las iglesias de Londres, y en los mástiles de los barcos pintados por Canaletto, diseñando el edificio como una aguja escultórica que emerge del Támesis. 


Su figura desde luego es imponente, aunque cuando te encuentras cerca de él, dada la estrechez de las calles es difícil tener una buena panorámica visual, así que mejor desde la otra orilla del Támesis. 




En los pisos 68, 69 y 72 hay miradores, con la que supongo una vista espectacular sobre Londres (si el día lo permite claro; con un precio de 24,95 libras). Pero hoy no tendremos estas vistas, es arriesgado hacer una reserva sin saber el tiempo con seguridad y en los planes originales de este viaje no entraba esta visita aunque la tendremos en cuenta para un futuro már primaveral y menos invernal. 


El edificio aloja un hotel, Shangri-La, de los pisos 34 al 52; y tres restaurantes: Aqua Shard, en el piso 31; Oblix, en el piso 32; y Hutong, en el piso 33. El resto de pisos están (o estarán porque su ocupación no está completa todavía) destinados a oficinas y apartamentos.

Está todo muy bien organizado para evitar el caos en los ascensores; así cada uno de los restaurantes dispone de su propio ascensor, y no hay manera de colarse en otro o en el hotel o en el mirador (eso es lo que parece a priori). 


Teníamos dos opciones para cenar, pero una de ellas, Hutong, la descartamos, aunque era la que más nos apetecía, pero como su especialidad ea la comida asiática y ya habíamos estado en Hakkasan, finalmente nos decantamos por Oblix, donde nos reciben en la bifurcación de un largo pasillo, para dejar los abrigos y constancia de nuestra reserva. Primero nos conducen por el pasillo a la izquierda para tomarnos una copa en el lounge-bar, que está lleno hasta la bandera, pero del que no pudimos disfrutar, porque una vez pedidas nuestras copas (que pagaremos, nada de invitación) de champán Billecart Rosé, pasaron a buscarnos para ir a nuestra mesa, con lo que al final tomamos el pasillo a la derecha. Este pasillo tenía un aire a cámara egipcia, esas grandes piedras en las paredes, la tenue iluminación, el conjunto en general. 


A la entrada del restaurante se encuentra la cocina, abierta al comedor, detalle que definitivamente se está imponiendo en los restaurantes, aunque es difícil ver el trabajo a no ser que te quedes a cotillear (y a molestar). Pasamos por la cámara frigorífica (este "filetón" para mí por favor) y casi que podemos tomar el pan para ir mordisqueándolo por el camino.




Nuestra mesa se encuentra en segunda fila de cristalera, pero el comedor está vacío, recordemos que son las 18 h, así que cuando nos entregan la carta les pido si nos pueden cambiar a la mesa de al lado, junto a los cristales, con vistas directas. La respuesta a la consulta tardó mucho más de lo pensable y deseable, lo que nos hizo pensar que no sería posible (lo que fue imposible fue reservar mesa con vistas, ni con recargo ni sin él), pero finalmente y felizmente fuimos trasladados a ella. 



Es un restaurante amplio, y con las mesas no demasiado pegadas, que es de agradecer, porque en estado completo puede resultar un auténtico jaleo. 



Antes de cenar tengamos unas vistas nocturnas sobre la ciudad, aunque claro, las fotografías a través de los cristales no siempre se obtienen de la mejor manera posible por los reflejos.

La Catedral de San Pablo, y de derecha a izquierda, sobre el Támesis: puente de trenes a Cannon Street, Southwark Bridge, iluminado en azul el Millennium Bridge, y al fondo Blackfriars Bridge, tapado por el puente por el que circulan los trenes. En la esquina inferior izquierda, la torre de la catedral de Southwark. 



A "nuestros pies", London Bridge, desde el que se tienen unas vistas magníficas del Tower Bridge y del propio edificio The Shard. 


El barrio de Southwark y su catedral. 



Ya es hora de comer, ese pan que vimos al entrar, que resultó estar tierno y rico, untado por supuesto con mantequilla. 


Para compartir, Lobster and scallop ceviche, jalapeño, coriander and sweet pepper. Un riquísimo ceviche de langosta y vieiras, con jalapeños, pimiento rojo y el siempre utilizado cilantro, aunque en esta ocasión en una medida justa como no arrollar el plato con su sabor. Un buen plato, quizás mejor para no compartir. 


Para él, un Sirloin (entrecot) con salsa de pimienta verde acompañado de un contundente plato de macarrones gratinados con queso. 



Para ella, Beef Tenderloin (solomillo) acompañado con un sabroso y crujiente plato de brócoli con limón y chili. 



Otra cosa no, pero en Londres, y supongo que en la Gran Bretaña, la carne siempre resulta muy buena, tierna, jugosa y de buen sabor (cierto que estos cortes también tienen su precio, pero compensa).

No compartimos postre, cada uno el suyo. Él, New York Cheesecake; ella, Pecan Nut and Chocolaten Bar, crunchy bourbon ice cream. No compartimos pero metimos la cuchara en el plato contrario; ganando el helado de bourbon (esa rama alcohólica que de vez en cuando nos sale sin control). 



Acompañamos los platos de carne y los postres con dos copas de Secret 1863 Bordeaux, un riesgo francés que no resultó malo pero tampoco como para tirar cohetes y lanzarse a la botella.

Tras la cena volvimos a través del pasillo con evocación egipcia al lounge-bar. 


En el lounge-bar también se puede comer, y aunque estaba más despejado que cuando entramos, las mesas junto a las ventanas estaban, por supuesto, ocupadas, con lo que tampoco nos decidimos para tomarnos una copa. 


Lo que hacemos es tener nuevas vistas, del London Bridge hacia el este. 


Y de la magnífica Tower Bridge, así como del edificio del Ayuntamiento al que se le conoce entre otros nombres con el de “El Testículo”. 


Calidad-precio alta, pero hay que tener en cuenta que se paga el lugar y sobre todo las vistas, además de las copas de champán y de vino, bebidas que no son precisamente baratas en la capital británica. Volveremos a cenar a The Shard, en una próxima visita será una opción a considerar, pero antes que volver a Oblix optaremos por Hutong. Y sobre todo si desde el piso 32 esas vistas son buenas, desde los pisos 68 al 72 deben ser espectaculares, si hay suerte de tener un día claro (y soleado a ser posible), por lo que tendremos que acceder a los miradores.

16 de febrero de 2015

Londres - Restaurante Ametsa


Seguimos soñando 

Tras nuestra buena experiencia en Londres celebrando Fin de Año en el restaurante Ametsa, situado en el coqueto hotel Halkin, este año repetimos fecha y establecimientos.

En esta ocasión no fuimos tan afortunados con la mesa, ya que se encontraba junto a la puerta de la cocina y frente a la puerta de entrada al restaurante y al hotel, con lo que se generaba una corriente de aire que molestaba demasiado; avisados del tema subieron la calefacción, y entre este detalle y que me puse el chal para protegerme, la cena no la pase en tiritera (por no comentar la bebida alcohólica que siempre ayuda). Creo que hay mesas en ciertos tipos de restaurantes que no deberían ser montadas ni ocupadas, aunque entiendo que en los tiempos de crisis hay que aprovechar todos los espacios posibles, y atender al mayor número de comensales. El comedor estaba al completo de ocupación y era el último turno de cena, de hecho fuímos los últimos comensales en entrar.

Comenzamos con dos tipos de pan, a cada cual más rico, uno especiado creo recordar que con tomate, y un aceite de arbequina, ¡Olé! 


De aperitivo, y por sorpresa al menú escrito que nos esperaba en la mesa, una crema de calabaza con anguila ahumada, que estaba muy buena, en la que notábamos un sabor a alguna hierba conocida pero que no fuimos capaces de descubrir o nombrar, y que nuestro atento Xavier, que ejerció de camarero, sumiller y excelente anfitrión, tampoco supo sacarnos de la duda. 


Para esta cena no han planteado maridaje con el menú -a nuestro parecer una pena, porque estos maridajes son los que abren el paladar y te enseñan sobre el mundo vitivínicola-, solo ofrecen dos alternativas de vino, comenzando con un albariño, Terras Gauda “O Rosal” 2013; una buena apuesta ya que esta bodega figura entre nuestras preferidas, aunque este vino es especial y no lo habíamos catado, pero ya sabemos que merece la pena.

Primer aperitivo, Trufa negra de bacalao, presentado en cuchara sobre una tierra de las que estamos viendo en los programas-concursos de la televisión, pero que no recuerdo su sabor, pero sí su textura granulosa o terrosa. Bueno en boca, pero no especialmente llamativo a mi gusto. 


Un aperitivo Mango-chorizo, que el año pasado fue plátano macho con chorizo, gustándome más la segunda combinación, ya que el mango no entra entre mis frutas preferidas (no suelo tomarla), pero que finalmente en ambos casos es una buena mezcla la de fruta-embutido, semidulce con grasa. Aparte de la fruta, otra diferencia respecto del pincho del pasado año es que el plátano estaba cortado finamente y en esta ocasión el mango asemejaba a una pasta, a un ravioli. Muy rico. 


Tercer aperitivo, Kataifi con pastel de cabracho, que ya tuvimos la oportunidad de disfrutarlo y saborearlo la anterior ocasión; sin lugar a dudas un plato estrella con el que tienen buenas críticas y mantienen en el menú. En honor a la verdad, nos pareció menos crujiente y quizás algo más pequeño pero a pesar de ello muy buenos, para pedir otra ronda o más. 


Comienza la ronda de entrantes. Mazorca de foie, es un trampantojo en el plato que no en el nombre que lo dice todo, ya que es foie disfrazado con la forma de media mazorca; el foie está en el interior y con la grasa moldean los granos. Creo que estéticamente es de nueve y medio, pero le tuve que explicar a Xabier que mi relación con el foie no es tan cordial como debería, por lo que el primer bocado fue acompañado de un buen sorbo de vino para no tener que salir corriendo de la mesa para ir al baño. El otro comensal disfrutó muchísimo con este plato, y a mí Xabier me ofreció cambiármelo, pero como no me iba a quedar precisamente con hambre, decliné amablemente el ofrecimiento. ¡Ah!, yo me comí los kikos gordos, al estilo de Mr.Corn, que algo es algo. 



Yo seguiré con mis intentos hacia el foie, que a base de probar y probar a lo mejor supero mi fobia a la textura y al fuerte sabor a hígado, si Mario Sandoval lo consiguió con su Royal con cereza amarena en el restaurante Coque, todo puede ocurrir, aunque fue un total desencuentro en el restaurante Saint Amour en Québec, donde es uno de sus ingredientes estrella.

Segundo entrante, Bogavante con copaiba, para nosotros el mejor plato de la noche, con un fantástico producto, el bogavante, que no necesita mucho más que ser cocinado, presentado y degustado. He tenido que buscar información de la desconocida copaiba, que se trata de la corteza de un árbol originario de Brasil, cuyo aceite se utiliza medicinalmente, aunque de forma comedida, así que supongo que llevará de este aceite. Creo que la lámina fina sobre el bogavante es una patata deshidratada y frita (la textura es casi como cuando se hacen tortitas de parmesano al horno). ¡Otro más de estos por favor! 



Creo que con el bogavante mezclamos el vino albariño con el siguiente, un tinto, Viña Alberdi Ametsa 2006; bodega conocida que envasa para el restaurante. No defrauda.  

Tercer entrante, una de esas diversiones gastronómicas, Huevo Grafiti, ¿no es divertido romper un huevo y que el amarillo de la yema llene el plato? -dedos no, por favor-, así es como pintamos nuestra comida, aunque no recuerdo el alimento del verde de fondo, pero creo que los polvos verdes sobre el huevo eran polvos de té verde. Divertido y rico. 



De plato principal de pescado, Mero con alubias. Con los pescados Elena o su padre, Juan Mari o su hija, realizan una labor increíble, unas recetas para chuparse los dedos, utilizando materia prima de primera calidad, con la curiosidad de la salsa de alubias como acompañamiento, pero muy suave, con lo que no sientes que te estés comiendo unas fabes. Oda al mero que estaba tan bueno. 


De plato principal de carne, Cordero con requesón de cabra, con una curiosa presentación al presentar un “gorro” de café. A estas alturas de comida en restaurantes con menú de degustación, y principalmente con estrellas, me pregunto porque tal cantidad de carne, cuando creo que la mayoría de estómagos están ya satisfechos. Una carne estupenda la del cordero, en su punto (no para todos, que ese color sonrosado en cordero no todos los miran bien) y tierna. Uno de los platos llegó con el montaje desmontado (esas cosas que luego escuchamos en la tele, un plato no puede salir así de mi cocina…) pero es en el que mejor se ve el cordero en la fotografía. 



Llega la tanda de los postres, y si a la carne yo he llegado satisfecha en cantidad, con ellos, como siempre me ocurre, tengo que hacer un esfuerzo, por lo menos para probarlos, lo que no ocurre con mi comensal acompañante, que para los postres siempre tiene el hueco oportuno.

Pero somos interrumpidos porque son casi las doce de la noche y hay que tomar las uvas, un detalle que el año pasado no tuvieron en cuenta y que este agradecemos, aunque yo con tres uvas partidas en cuartos tengo suficiente). Nos dejan un tarro con uvas para unirnos a un salón escondido tras el espejo del comedor, donde ya están reunidos el resto de comensales, algunos creo que desde hace bastante tiempo, distraídos con una pantalla de televisión. La reserva tenía que haber sido para las 21 h, pero la hicimos para las 21.30 h y nos quedamos demasiado justos, pero dada la experiencia del año pasado no contábamos con las uvas. 


Nos ofrecen una copa de champán y todo se desarrolla muy rápido; además mi marido se queda fuera del salón por colapso en la entrada a la pequeño sala habitado y entramos en el Año Nuevo separados…en fin, detalles a pulir. Algunos besos y felicitaciones con extraños, todos con cara de satisfacción, y muchos de ellos de origen sudamericano o de Miami por su acento, ¡Feliz Año Nuevo! Happy New Year!

Volvemos a nuestra mesa para afrontar la tanda de postres, pero primero unas delicias supongo que para limpiar el paladar, tanto de los sabores salados como de uvas y champán, pero creo que las probé poco o nada. 


Lingote de avellana en caldo cambiante, ¡ah que recuerdos!, ese caldo cambiante que tanto nos impresionó durante nuestra anterior visita, aunque en aquella ocasión fue con un chipirón disfrazado con tiras de calabaza, el mágico chipirón cambiante. La magia de nuevo en nuestros platos, ante nuestros ojos y en directo; creo que el lingote me recordó al dulce de leche, estoy algo confusa. 



El contraste de color se realiza vertiendo jugo de limón sobre un licuado de remolacha (de color azulón, aunque con la tenue iluminación no se distinguía bien su tonalidad, y no sólo era por el exceso de copas de vino, porque entre esto y mi confusión anterior con el "limpia paladar" así parece ser).

Leche “tostada” con helado de piña asada, la leche se presenta en láminas muy crujientes, y el helado, sorprende la mezcla de los términos asado y helado. Refrescante, suve y tonificador, nos lo tomamos con gran deleite. 


Terminamos con unos petit fours (algo como turrón, algo como trufa, algo como panellet…con toda mi confusión gustativa y visual, porque además no pude probar ninguno ya que estaba repleta), acompañados por un café y un té, para contrarrestar el efecto alcohólico y hacer una mejor digestión ( digestión que fue estupenda). 


¿Volveremos a soñar en Ametsa?, posiblemente sí porque además Londres es una ciudad que nos gusta y está cercana, aunque me gustaría hacerlo en hora de comida, con luz natural. Lo que también me gustaría intentar es ir a Arzak en San Sebastián para conocer y probar el origen del sueño.