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21 de noviembre de 2016

España - Madrid - Restaurante Miyama



A Japón por la gastronomía

Noche de sábado, cena con amigos, gracias a ellos conocemos un restaurante japonés en Madrid, que ya estábamos tardando en ir. Su nombre: Miyama, que significa “montaña bonita”, y que tiene dos locales, nosotros acudimos al del Paseo de la Castellana. 


Del interior del restaurante no realizamos fotografías, así que me remito a las publicadas en la web del restaurante. Tiene una barra de sushi, en la que seguro que te sorprendes viendo la elaboración de este aparentemente sencillo plato. 





Fuente: miyama.com


Nuestros amigos conocen muy bien el restaurante y su oferta gastronómica, así que dejamos la elección de la comida en sus manos, que será consensuada con el jefe de sala y sumiller, Hiroshi Kobayashi. Nos preguntan por alergias y preferencias, y yo me callo las mías, sigo intentando probar de todo por si algún día descubro que lo he superado, que he descubierto su magnífico sabor y lo que me he perdido todos estos años (con algunos alimentos me ha pasado ya, así que soy insistente, a no ser que tenga el día y el paladar torcidos). 


De aperitivo unos pequeños platitos individuales con lo que yo creo que eran algas, tanto por su forma, textura y sabor, pero no hay fotografía de ellos. 


Todos los platos son para compartir. Comenzamos con un espléndido y riquísimo kakuni, tacos de toro (ventresca de atún) cocinados en soja. De estos tacos que me sirvan los que quieran, un auténtico manjar. Kakuni significa cuadrado a fuego lento, y lo normal es que se trate de cerdo braseado, pero para esto están los chefs, para las variaciones. 



Continuamos con una vieira en vinagreta, huevas de salmón y  mizorezu (una pasta de pepino con vinagre). Curiosamente la vieira no viene presentada en láminas finas tipo carpaccio como suele ser normal, sino en tacos. Muy ricas, y por mí, las huevas de salmón se las pueden evitar, aunque le aportan el colorido al plato (vale también textura y sabor, pero el segundo no me termina de gustar).



Un surtido de sashimi, realizado supuestamente con el corte usuzukuri, el más fino que se realiza al pescado, aunque creo que este corte es el que se realiza para los carpaccios, y suele realizarse en pescados blancos. Toro, salmón y creo recordar que caballa eran los pescados, acompañados de salsa ponzu, y dos pequeñas bolas de wasabi y de chile (picante picante). Personalmente la caballa en sashimi se me resiste un poco, pero voy haciéndome con ella, pero un plato exquisito sin lugar a dudas.




Un sabroso guiso de almejas al estilo japonés, estilo por el que no pregunté para contaros ni para afianzar los conocimientos gastronómicos, pero os puedo asegurar que las almejas estaban riquísimas, y que el caldo era una gozada, todos allí metiendo la cuchara para disfrutar de él...solo faltaba pan para hacer "submarinos". 



Un surtido de niguiris (llevan arroz de compañero), de toro, vieira y unagi (ánguila). Acompañado de wasabi y de un encurtido que no recuerdo si era nabo. Muy buenos los tres pescados, aunque el arroz a mí se me hace algo de bola, porque aunque no son bocados grandes, a mí boca si se lo parecen al unirse al trozo de pescado. Fue un placer reencontrarme con la anguila asada o flambeada; a la que degustamos en el mercado de Tsukiji, y en este caso resultó estar exquisita. 




Maki de atún picante con crujiente de tempura. Acompañado de huevas de salmón, wasabi y encurtidos. Debe tratarse de una versión libre del maki, porque la teoría es que en el maki el pescado se introduce dentro del arroz, y todo ello se envuelve en alga. El atún nunca defrauda, y con el crujiente tiene su punto. 



Parece ser, según el menú que pedí por favor que me escribieran para tener los nombres de lo que comíamos, que luego degustamos un tastage, una dorada frita al estilo japonés acompañada de salsa dulce. Y lo que es la mente, no hay fotografía y yo no la recuerdo (todo en uno). 


Terminamos con un sabroso sukiyaki de wagyu. El sukiyaki es un guiso japonés, que en este caso está realizado con caldo dashi, un caldo de pescado, al que le habían añadido verduras y algo más que no nos contaron, pero supongo que entre ellos estaba la soja. La ternera wagyu viene cortada en láminas muy finas, que se introducen en el caldo un suspiro, al ser tan finas se hacen enseguida, y luego se pasan por un huevo batido. Impresionante, y así te puedes comer una vaca, wagyu o no si está buena y sabrosa, sin darte cuenta. El sukiyaki nos recordó al shabu shabu que conocimos en Japón, por ejemplo en Gion, el barrio de las geishas de Kyoto, pero en este caso, el caldo es de verduras y no resulta tan sabroso porque se hace en el momento. 


Una vez comida la carne, en el caldo añadimos unos fideos udon para rematar el plato, plato que se termina metiendo de nuevo todos la cuchara en el caldo. 





Terminamos no con un postre, porque nos habíamos quedado todos satisfechos, sino con un té y unos petit fours a la japonesa: bizcochos de té verde, y galletas sobre crema de té verde y frambuesas. Un dulce nunca viene mal. 




Gracias Paula y Rui por la invitación y la enseñanza, apuntamos Miyama como restaurante al que volver, y que recomendamos desde aquí, y hasta es posible que nos encontremos sin planificarlo. 
 

25 de agosto de 2015

España - Madrid - Restaurante Kabuki Wellington


Japonés a lo español

Tenía pendiente contar una experiencia gastronómica que tuvimos la suerte de probar allá por el mes de abril, que podría considerarla como una celebración anticipada de cumpleaños (sí, un adelanto de mes y medio, pero ya que este año no lo iba a celebrar me tomo esta licencia hacia mi persona). Leyendo las buenas críticas, viendo al chef Ricardo Sanz en varios programas de televisión, en varios de los concursos de aprendices de chef o de chef, apetecía conocer su propuesta gastronómica, una cocina fusionada entre la japonesa y la mediterránea, con la idea base de la tapa madrileña.

De los dos establecimientos que tiene en Madrid, acudimos a Kabuki Wellington, el primer local de cocina extranjera en España en obtener una estrella Michelin, en noviembre de 2009, estrella que todavía mantiene. El restaurante se encuentra en el clásico Hotel Wellington, asociado a las tardes taurinas ya que solía (y creo que sigue siendo) uno de los elegidos por los toreros para pernoctar. Al restaurante se accede directamente por la calle Velázquez y no desde el hotel.

La verdad es que encontramos mesa para cuatro de chiripa, la última que quedaba para el día elegido, y cuando es la última siempre se tienen dudas sobre su ubicación, pero esta fue perfecta, en el piso superior, donde solo hay cuatro mesas, con lo que privacidad teníamos. La iluminación tenue, muy tenue, casi para encender velas y mecheros para ver y vernos. La decoración muy minimalista, madera, piedra y el toque fucsia de una de las paredes. 


La mesa es amplia, que ya es de agradecer en los tiempos de mesas y espacios aprovechados al máximo; por estos detalles también se paga al final de la factura. Mientras esperamos a nuestros amigos nos tomamos una copa de champán, le estamos cogiendo el gusto a estas copas burbujeantes (no recuerdo su nombre). 


La carta es realmente una enciclopedia, de la que te pedirías todas y cada una de las páginas, todos y cada uno de los artículos, pero para no pasar el tiempo leyendo y además tener que realizar un consenso, nos decantamos por un menú degustación, que en este caso no estará escrito, nos irán sorprendiendo con platos, ¡sorpresa! (esto hace más difícil recordar los nombres de los platos ya que por supuesto no fui tomando notas, menos mal que en la factura aparecen los nombres, por lo menos los complicados).

De aperitivos, unas refrescantes frutas, cuatro pinchos de melón, piña, kiwi y fresa, que para mí fue francamente difícil coger con los palillos, en mi caso las frutas fueron de dos en dos -el plato ajedrezado donde lo sirven es precioso-. Y un sabroso conejo en escabeche (un platito individual), animalito por el que no tengo devoción por un pasado relacionado con la caza y sus olores, pero que en este caso me lo comí muy a gusto. 



El primer plato que llega a la mesa es impactante en su presentación, ya nos esperamos sashimis, sushis y varios pero en este caso, un sashimi de salmonete, con su cabeza, sus ojos, su espina… un susto. Como va servido en un plato con franjas azules, parece que el salmonete estuviera saltando en el mar... del mar a la boca.

Aunque el salmonete en general no me convence, no lo compro nunca en el mercado ni lo pido en restaurantes, pero como parece que a los chefs les gusta cocinarlo le voy pillando el punto. Este sashimi no tiene el fuerte sabor de un salmonete a la plancha y está rico, aunque su soso sabor se afianzaba con la salsa ponzu (elaborada con salsa de soja, yuzu –fruta japonesa de moda-, mirin -vinagre de arroz-, dashi –caldo de bonito- y alga kombu).

Vamos a intentar de paso ir afianzando conocimientos que vienen platos con nombres conocidos y no tan conocidos (para mí, muchos son completamente nuevos). El clásico sashimi es pescado crudo cortado en láminas de tamaño medio (no finas pero no excesivamente gruesas). 


Nigiri de piel de salmonete, y es que de los pescados, de la carne, de cualquier ingrediente alimentario  los japoneses lo aprovechan todo. Si ya habíamos probado la raspa comestible en el restaurante a cargo de Ramón Freixá, hoy nos tocaba la piel churruscada del salmonete y no estaba mala ni áspera ni se atragantaba.

El nigiri es la forma más común de comer sushi, sobre un bloque de arroz se coloca el pescado. 


Nos encanta el usuzukuri de vieira, personalmente me encanta, que aquellos que me conocéis o leéis ya sabéis que la vieira es uno de mis alimentos estrella, que hasta el momento no me ha decepcionado, ni guisada ni cruda. Las vieiras van con su coral, y sinceramente teníamos que controlarnos y pensar que el plato no era individual porque daban ganas de agenciárselo por completo.

El usuzukuri es un corte muy fino del pescado, haciendo una lámina casi transparente. 


Usuzukuri toro, de atún, que resulta ser un bocado exquisito, quizás no con un corte tan transparente como el usuzukuri debe ser, pero lo importante no era esto sino el sabor magnífico de la ventresca de atún, acompañada de migas de pan y tomate rallado, un toque de salsa (no sé si la ponzu). Puede resultar una semejanza atípica y extraña, pero este plato lo compararía con un plato del mejor jamón ibérico de bellota. Exquisito y no es de extrañar que sea uno de sus platos estrella. 


Nigiri de sardina y nigiri de caballa, con los que yo me atraganto, y es que la cantidad de arroz para mi gusto era excesiva, demasiado compacto para acompañar a los peces, la cola de sardina tampoco me acompaña en la deglución, con lo que mi valoración no es la adecuada ni la merecida, porque no los disfruté, pero creo que sí lo hicieron los otros tres compañeros de mesa, que masticaban con alegría. 




Nigiri de toro flambeado, volvemos al atún, ahora en la forma de nigiri y además con un golpe de soplete para darle calor pero no para cocinarlo. En este caso no se me atragantó ni el arroz ni el toro, con lo que creo que en el plato anterior fue un problema de pescados. Muy rico, aunque para mí el usuzukuri de atún le gana a este nigiri de atún.


Un surtido de nigiri de pez mantequilla, huevo y hamburguesa. El nigiri de pez mantequilla nos sorprende a todos porque no tiene un sabor plano como tiene este pez; el nigiri de hamburguesa nos gusta mucho, sobre todo por el contraste de la carne con tanto pez servido en la noche; y el nigiri de huevo con trufa, tan de tapa española sustituyendo el pan por arroz y marcando la diferencia con la trufa, una auténtica delicia. Bravo por estos nigiris, que son de los platos estrella del restaurante. A pesar de mi hartura de arroz a estas horas de la noche, en este plato me reconcilio con él. Los nigiris de hamburguesa y de huevo francamente difíciles de coger con los palillos, mejor con los palillos de los dedos, que no será de buena educación, pero creo que ir tirando la comida por la mesa o sobre nosotros es de peor gusto. 


Cangrejo futomaki, al que llego con el estómago lleno y con el buen sabor del plato anterior, así que solo me comí uno de los dos que me correspondía, pero haciendo un gran esfuerzo por aquello de probarlo. No lo recuerdo claramente, no me desagradó seguro porque esto lo recordaría, pero no tengo un recuerdo nítido de su sabor.

La teoría es que el futomaki es un maki grueso, con el alga nori en el exterior, pero aquí no hay alga sino huevo hilado (o eso quiero ver y recordar). 


La selección de platos principales termina -lógicamente acaba cuando tú quieras-, porque así también lo decidimos por no habernos quedado precisamente con hambre, con unas riquísimas, sabrosas y tiernas costillas de Wagyu, con una salsa que podría ser un híbrido de una típica de rabo de toro con una teriyaki (apreciación totalmente personal que no tiene porque acercarse a la realidad). Espectacular carne, suave y tierna, en un espectacular guiso (un poquito de pan para mojar, que el arroz no empapa y además no lleva el plato).


Afortunadamente, para mí porque para otros comensales creo que puede ser una verdadera tristeza, el postre solo consiste en un plato, cremoso de yuzu, donde sobre una gelatina de semiácido yuzu hay una semiesfera de chocolate blanco, volvemos a esta fruta exótica tan de moda en las cocinas. Se agradece el dulce y ácido para terminar, refrescando el paladar.


El yuzu es un cítrico originario de Japón, con la apariencia de una naranja o una mandarina, que no se toma como fruta sino como complemento, ya sea rallando la cáscara o haciendo infusiones.

La comida la acompañamos con un tinto, Viña Bonita Bernabeleva, difícil de pronunciar antes de comenzar a probarlo, casi imposible tras degustarle; un vino de Madrid elaborado con uva garnacha. No fue la mejor opción dada la variedad de sabores en la comida, pero en esta ocasión, y ante las diversas opciones de bebida de los comensales, era preferible elegir directamente una botella y no experimentar con el maridaje. Un comensal acompañó parte de la comida Sake Go Takara, bien frío, que me imagino mejor acompañamiento.

Terminamos la cena con té: té rojo, té blanco (un Silver Needle y un Pai Mu Tan).


Y finalmente llega la parte menos emotiva de la cena, la factura, cuyo número está acorde a lo degustado, al espléndido servicio que hemos tenido, y al buen ambiente del restaurante, por lo menos en esta zona donde hemos estado. No, no me quedé con el bolígrafo aunque con gusto lo hubiera hecho (primero lo hubiera pedido por supuesto).


Durante la cena nos ocurrió la anécdota, tan tranquilos estábamos disfrutando nuestra comida, sorprendiéndonos con los platos que nos llegaban a la mesa, y alrededor de las 23.30 h aparece un comensal famoso para ocupar una mesa al fondo de la sala, ¡Cristiano Ronaldo!, acompañado de un hombre y dos mujeres. Los datos: había terminado un encuentro del Real Madrid, menos mal que con victoria, y está claro que no estaba cansado porque del estadio fue al restaurante; y el del cotilleo, ya había roto con la espectacular Irina, y la más joven de sus acompañantes nos pareció estadounidense, con el detalle (que no diré que fuera bonito precisamente) de no quitarse la gorra durante toda la cena.

Tras rato de deliberaciones varias, pedimos un papel y bolígrafo a una de las camareras, ninguno llevábamos estos artículos, para solicitar un autógrafo, que eran para los hijos de la pareja amiga con la que cenábamos, si no hubiera sido por estos niños no hubiéramos molestado… ¿o sí? Me armé de valor, papel y bolígrafo en mano y me acerqué a él, saludando y ofreciendo mis disculpas por tamaño atrevimiento. Su recibimiento no fue el mejor, acto que comprendo al tratarse de su tiempo libre, pero que de alguna manera está incluido en su salario como deportista y como imagen publicitaria de marcas, mientras no se realice una labor de acoso total. Le explico que nuestros amigos son portugueses, que es para sus hijos, y a pesar de su ademán mohíno, finalmente realiza dos garabatos para cada uno de sus hijos (detalle total, si son hermanos se podrían haber conformado con uno para los dos). Tras lo cual, le doy las gracias y vuelvo a mi mesa con las ansiadas piezas en la mano, piezas de las que los niños han presumido en su colegio, eso sí, con fotocopias, que los originales son muy jugosos y fácilmente rompibles.

La otra anécdota fue que a la mesa de Cristiano también llego el sashimi de salmonete, y no sabemos qué pasó, suponemos que la visión del pez con sus ojitos y su raspa, sería de impresión total para las féminas, ya que parece ser que Cristiano es un asiduo del restaurante y lo debe conocer, así que tal como llegó a la mesa salió de ella.

La experiencia en Kabuki ha resultado al nivel que me esperaba, aunque creo que ya no pediría un menú degustación tan alegremente, no por el propio menú o sus elaboraciones, sino por intentar evitar algunos productos que personalmente no me han gustado, a lo mejor no era su día o el mío, pero sí volvería al restaurante.

Al salir, y esto me pilló desprevenida por lo que yo no vi ni la sombra, y eso que dado su tamaño actual algo debería haber visto, del restaurante también salía Ronaldo, el otro futbolista, el brasileño, que también jugó en el Real Madrid. ¿Se juntarían ambos Ronaldo en la cercana sala Gabana?

No he comentado nada de la entrada al restaurante, que resulta atípica y curiosa, una rampa para que sea accesible a todos conduce a un vestíbulo donde hay obras de arte (no sé si son rotatorias o fijas) y también viñetas de humor, donde una de ellas nos parece altamente significativa -irónica en tiempos de crisis-, más donde está colgada, en un restaurante de alto precio. 


16 de mayo de 2011

Japón - Kioto - Mercado Nishiki - Teramachi

¡Al mercado!

Terminada nuestra visita del Templo de Ninna-ji por la hora que es ya no podremos visitar nada más,  santuarios y templos estarán cerrados, primero buscamos una parada de autobús para ver si nos acerca a nuestro próximo destino, pero decidimos tomar un taxi  para evitarnos errores. 

Nos vamos a conocer el mercado Nishiki, una larga calle cortada por calles transversales, donde se encuentran tiendas que han pasado de generación en generación, y donde encontrar un poco de todo, mucho pescado, flores, té, frutas, dulces, sake, ropa, zapatos...excepto carne, hecho en falta una carnicería o similar.


Las pescaderías parecen barcos que acaban de llegar al "mercado-puerto". 




Algunas tiendas son una auténtica fiesta de productos, por supuesto la mayoría totalmente desconocidos para nosotros, esto sería algo así como "una tienda de chuches".



Donde me quedo totalmente atrapada es la dedicada a los encurtidos, de todo tipo de verduras. 





Caminando hemos salido a las calles comerciales, dos arcadas cubiertas paralelas, Teramachi, al principio hay mucho movimiento, pero según se acerca la hora del cierre y salimos de la zona más popular la animación desaparece por arte de magia.


Principalmente hay tiendas de ropa, camisetas con los nombres en kanji en cinco minutos, kimonos, zapatos, y una tienda destaca por su exposición infinita de pinzas para el pelo.


El consumismo se contagia, con lo que aprovecho y me compro mis getas, las sandalias típicas japonesas, que resultan ser muy cómodas aunque al principio cuesta acostumbrarse a ellas. También paramos a comer que desde el helado no hemos vuelto a probar bocado, la elección es lo más parecido a un perrito, pero sin ketchup ni mostaza, y como bebida lo acompaño con un té helado, combinación rara pero para gustos los colores y los sabores. Seguimos realizando compras, ya que estamos allí hay que sacarle partido.

Salimos andando a la calle que une Pontocho con Gion y cenamos en un Mc Donald´s, hoy definitivamente hemos abogado por la comida basura, y ese Big Mac nos sabe a gloria bendita.

Al llegar al hotel nuestra camita está preparada, y podéis ver que los futones son más altos que los del ryokan de Miyajima y también se notan más nuevos en el cuerpo. 


Un detalle que se me había pasado comentar, desde Takayama nos vamos encontrando almohadas con doble cara, por una son normales, como las que conocemos, y por la otra hay granos de arroz que se te aplastan en la cara y son incomodísimos para dormir. Aunque ahora daría lo que fuera para volver a tener una de esas almohadas contra mi cara, siempre y cuando estuviera de nuevo en Japón.