7 de febrero de 2018

Myanmar - Yangón - Hotel Belmond Governor's Residence


La residencia del Gobernador

En el traslado del aeropuerto al hotel (unos 16 km) en el que nos alojaremos durante nuestra primera estancia en Myanmar, Myo nos hace entrega de un primer regalo de Adventure Myanmar, la empresa touroperadora del país con la que nuestra agencia española trabaja: unas bonitas bolsas birmanas en las que han incluido mapas e información del país. Hemos quedado gratamente encantados con la agencia, tanto durante la preparación del viaje, con cambios en itinerarios, hoteles y categorías de habitación, por la rapidez y predisposición a hacerlos, como por el trato recibido en el país, trato que sentimos a través de nuestro guía Myo; por ello los menciono, porque todo ha resultado perfecto. 


Además también tenemos dos longyi, un pareo que llevan hombres y mujeres, que es la vestimenta oficial de los ciudadanos, ya que yo creo por lo que vimos que más del 90% de la población lo utiliza. El pareo es anudado por los hombres al centro, y por las mujeres en un lado, aunque venden algunos para los turistas con un lazo que es mucho más fácil de usar. La tela nos parece demasiado fuerte para el calor y la humedad que tendremos durante el viaje, por lo que ambos decidimos no utilizarlos.


Durante el trayecto no hacemos fotografías, las pocas que intentamos hacer no han salido ni medianamente mal, son directamente pésimas; de lo primero que nos percatamos es del tráfico de Yangón, aunque todavía no lo sentimos en su punto álgido, el centro es un auténtico caos y una ratonera de coches atascados. Nuestra primera lección es sobre las matrículas: el fondo negro indica que se trata de un coche privado; el fondo rojo es para taxis; el fondo blanco para el cuerpo diplomático; y el fondo amarillo, para los monjes (aquí ponemos cara de asombro total).

Yangón está situada en la región del delta del río Yangón, en el golfo de Martabán. En 1988 se realizó un realojo forzoso de más de un 10% de la población, que vivía de forma “okupa”, y el centro se despejó de ciudadanos que fueron obligados a residir en los suburbios construidos para tal menester en las afueras. Algo parecido ocurrió en Bagan, donde los habitantes de la zona Old Bagan, donde se concentran importantes monumentos, fueron desplazados a New Bagan.

La historia de la ciudad se remonta a tiempos remotos, ya que la imponente Shwedagon Paya tiene sus orígenes, eso cuentan, hace unos 2.500 años. En 1755, el rey Alaungpaya conquistó Myanmar central y construyó una ciudad en el emplazamiento actual donde se localiza Yangón, que se denominó Dagon. Yangón significa “fin de la lucha” o “ciudad sin enemigos”, por la unión de las palabras yan y kuon.

En 1841 quedó prácticamente destruida por un incendio, y una vez reconstruida sufrió graves daños durante la Segunda Guerra Anglobirmana en 1852. Se convirtió en capital en 1885 cuando los británicos conquistaron el país, que le cambiaron el nombre a Rangún, y así concluyó el breve período de Mandalay como centro del último reino birmano. Con la llegada de los británicos se comienzan a construir edificios victorianos y comienza un período de próspero comercio portuario, con madera, arroz, algodón y piedras preciosas.

El hotel para esta primera estancia fue elegido porque me quedé prendada con una fotografía suya en algún reportaje de viajes, Belmond Governor’s Residence, que además será nuestra primera experiencia con esta cadena hotelera y de trenes, Orient Express (cadena que recientemente ha sido comprada por la firma de lujo Louis Vuitton)


Fuente: belmond.com

El hotel se ubica en una mansión de teca construida en la década de 1920 por el gobierno británico como residencia del gobernador del estado Kayah, porque los británicos pensaron que era mejor que los jefes de las tribus se desplazaran a Rangún y así no enviar a representantes coloniales para los encuentros. La mansión se convirtió en hotel como Pansea Yangon Hotel, y es donde se alojaban las personalidades de la etnia kayah cuando visitaban la ciudad. Está situado en un barrio tranquilo, donde hay varias embajadas, y aunque no es el centro de la ciudad no está muy lejos de él (aunque ya veremos que no es muy cómodo llegar a él caminando en la noche).

En el hotel nos reciben con unas toallitas frías y con un zumo revitalizante, y así esperamos hasta que realizan el trámite de registrarnos en la compañía de Myo. Luego un empleado nos da la bienvenida tocando un gong. 


Las habitaciones se reparten tras pasar la zona del restaurante, y algunas de ellas están rehabilitándose, pero afortunadamente no hay ruidos por la mañana temprano que perturben el sueño; y tampoco los escuchamos durante el día, así que supongo que se trata más de una cuestión de pintura y barnizado. 




Por los jardines se pueden ver y oír pájaros, pero sobre todo hay una linda pareja de pavos reales. 



El macho despliega su espectacular cola de plumas para seducir a la hembra, y por supuesto también nos seduce a nosotros, aunque no es consciente de ello. 


Y cual drag queen se pavonea, nunca mejor dicho, frente a ella, lanzando sus feromonas para atraerla, aunque ella no estaba por la labor y no le hacía ni caso, ¡que se lo trabaje más! estaría pensando. 


El hotel cuenta con una piscina, pero nunca vimos a nadie utilizándola, y a nosotros tampoco nos dio tiempo, aunque sí me hubiera gustado darme un chapuzón (lo programé en varias ocasiones pero no hubo manera), era preferible pasar por la ducha cuando volvíamos de los paseos. 



Como vamos a pasar tres noches elegimos una suite por aquello del tamaño, que ya hemos aprendido que últimamente en nuestros viajes por unas cosas o por otras al final pasamos más tiempo en la habitación de lo que en teoría es necesario e incluso aconsejable (la salud manda y la nuestra parece que está perjudicada). Hay una pequeña sala donde hay un sofá, no muy cómodo por cierto, un escritorio y el armario, donde hay unas batines muy cómodos, ya que eran muy ligeros y no el típico albornoz pesado, que nos recuerda al yukata japonés. 


Como detalles de bienvenida tenemos una cesta de frutas, un paquete de galletitas y un tarro de cristal en el que hay frutos secos (detalles menos la fruta que todos los días irán cambiando). 


En la sala contigua, no separada de la pequeña salita, está la cama de tamaño king, muy cómoda, que por las noches es tapada por una práctica (y coqueta mosquitera). 



El baño no es muy grande, con un lavabo, inodoro en cuarto separado y destacando la bañera de piedra, aunque nunca la utilizamos como tal, siempre duchas (rapidez y ahorro de agua). No faltan las amenities típicas, y dos botellas de agua para lavarnos los dientes, que luego tenemos otras dos botellas para beber, y es que el agua del grifo hay que evitarla en todo lo posible. 



Pasemos al restaurante, que ofrece mesas en una sala cerrada o junto a la piscina o el estanque, eligiendo nosotros estas últimas, aunque mejor ponerse loción antimosquitos, porque la primera noche mis tobillos fueron su cena al no hacerlo; este lugar también era donde teníamos los desayunos, con un buffet bastante bien surtido. La situación del hotel fuerza a utilizar el taxi si se desea comer o cenar en la ciudad, una tónica en general de los hoteles de más categoría en el país.



En Myanmar se elaboran varias marcas de cerveza, aunque nosotros solo probamos una, Myanmar, ya que cuando quisimos probar otra no la tenían, y dado que esta estaba rica, pues bien estaba. 


No faltaba un surtido de mantequilla y uno de panes. 



La sal y la pimienta se presentan en unos bonitos y simpáticos recipientes. 


La primera noche tuvimos un aperitivo de verduras, con tomate, pepino, espárragos… refrescante y muy rico. 


Vieiras con ensalada de jengibre, acompañada de puré de pimientos rojos. 


Para limpiar el paladar del jengibre de las vieiras, que es un sabor bastante fuerte aunque el trozo consumido sea pequeño, una cucharada de sorbete de mango. 


Pato confitado con puré de patatas al curry y salsa de yogur a la menta. De verdad que todo estaba más rico que lo que en fotografía parece, hasta el puré de patatas.


Osobuco a la italiana, una carne estupenda, tierna y jugosa. 


Además mi pareja, valiente él, se pidió una copa de vino birmano, que ya hay que ser valiente para ello, y resultó que no estuvo nada malo, sobre todo teniendo en cuenta las esperanzas que había sobre el resultado. Se trata de un tinto llamado Aythaya, elaborado con uvas shiraz y dornfelder (hasta el momento desconocida para nosotros, y creo que con este nombre no la recordaremos). 


De postre, un sorbete del que no recuerdo el sabor, aunque ese sabor sería algo relacionado con frutos rojos; y un helado de chocolate. 


La segunda noche, como el día había sido completito en paseos, decidimos que una ducha y descansar, así que pedimos para cenar en la habitación una hamburguesa y un sándwich club. Otra razón para tener una habitación con salón independiente, ya que en muchas ocasiones utilizamos el room service, y si la habitación es pequeña, esto resulta más incómodo.


Nuestro último de estancia en Yangón comimos en el hotel, por una cuestión de comodidad y refrescamiento, también porque tampoco vimos ninguna alternativa que nos apeteciera mucho, y no la buscamos de la lista que llevábamos de posibles. De aperitivo, unas verduras como escabechadas y un hummus con pan de pita, muy ricos; en estos botes de cristal tienen que tener un gran inversión. 


Optamos por una comida ligera ya que la idea era darnos una ducha y volver a salir a pasear: un arroz con verduras, y una ternera en pan de pita de tomate. 



La última cena tuvo su surtido de mantequillas y panes, y un aperitivo que no recuerdo en qué consistía. De platos principales, una pechuga de pollo asado acompañada de verduras y un steak de 8 onzas. 



Si la arquitectura del hotel es un plus, sin lugar a dudas la gastronomía del hotel ha resultado espléndida. El servicio ha sido muy amable, aunque para nuestro gusto demasiado pendiente de atendernos, soy más proclive a llamarlos si es necesario a que estén siempre mirando y preguntando, que al final puede incomodar un poco, pero esto es Myanmar, y el servicio siempre es así, muy servicial. 

5 de febrero de 2018

Myanmar - Vuelo de Dubái a Yangón


Mingalabar!

Nos toca un buen madrugón, por lo que no disfrutaremos de nuestra inmensa habitación y nuestra confortable cama del hotel Burj Al Arab como su precio se merecía, y desayunamos en la habitación. A las 6.45 el transporte concertado con Emirates pasa a recogernos, y ya tenemos que tener el check-out y las maletas listas; el vuelo es a las 9.15 y aunque a estas horas de la mañana el tráfico no será un problema, en la terminal del aeropuerto puede haber mucho jaleo ya que a primera hora es cuando hay infinidad de salidas.

La primera sorpresa que nos encontramos en el Aeropuerto Internacional de Dubái es que hay una entrada independiente para los viajeros en business y first class, cocn lo que no solo hay mostradores independientes, por lo que el registro es mucho más rápido y tranquilo.  No recuerdo si nos volvieron a pedir nuestras visas para entrar en Myanmar, ya que este trámite lo habíamos realizado en Madrid.

La entrada turística para viajar a Myanmar se pide por internet, no hay embajada en España, la más cercana se encuentra en Francia. Se rellenan los datos, se tiene que subir una fotografía actual y se pagan 50$, en dos-tres días (creo que nosotros la recibimos al día siguiente) se recibe un correo con la aprobación o denegación de la e-visa. La visa tiene una validez de uso desde su concesión de tres meses, y es válida para 28 días de estancia, pero en caso de entrar y salir de Myanmar a países vecinos hay que solicitar nuevas para cada entrada. 

Lo primero es localizar la puerta de embarque para saber la distancia hasta ella, y luego buscamos el lounge de Emirates para clase business, aunque nuestra intención no es comer, como mucho picotear, porque esto de esperar siempre es un aburrimiento, y al final aunque no quieras algo terminas masticando. El lounge es muy grande, creo que casi ocupando la segunda planta del edificio, de modo que tiene varias puertas de acceso para facilitarlo, y por supuesto consta de varios mostradores con comida y bebida, que no es cuestión de realizar un maratón para nutrirse.



Las botellas de agua no son de las marcas normales, esta en España ronda los 3€. 


La verdad es que nos sorprende la normalidad decorativa en la puerta de embarque para el vuelo a Yangón, comparada con el resto del aeropuerto es como de otra categoría, incluso sin ánimo de molestar con el adjetivo, hasta un poco cutre; con gente sentada en el suelo, supongo que cansada de esperar y no tener asiento donde colocarse. 

Comienzan a llamar para el embarque, pero al contrario que en la mayoría de los casos, primero llaman a los viajeros de turista, y cuando los tienen a todos en cola, llaman a los de business y first, que acabamos pasando antes que ellos para entrar en el bus que nos llevara hasta el avión. Un detalle francamente feo, así nos lo parece, creo que es innecesario esta separación y trato tan diferente, y además tan borreguil. El autobús que nos lleva también es diferente al de otros aeropuertos, vamos sentados la mayoría, aunque también dejan ir a la gente de pie para aprovechar el espacio y el viaje. 


Subimos al Boeing 777-200. 


La configuración de asientos es 2-2-2, y en esta ocasión vamos en primera fila, así que todo despejado para los despegues y aterrizajes. 


Por un momento me asomo al mundo de first class, con asientos en cabinas independientes, hecho que me resulta tanto a favor como en contra, porque viajando en pareja esa puerta puede significar un portazo, y a mí me gusta hablar y hablar...y tocar las narices diría alguno. En esta clase no viajó ningún pasajero.


Nos ofrecen las clásicas bebidas, optando a esta hora temprana de la mañana por dos zumos de manzana. 


La botella de agua de cortesía que nos ofrece la compañía Emirates. 


Despegamos con quince minutos de retraso aproximadamente y sobrevolamos la ciudad que no es turística, donde viven los ciudadanos de a pie, no las empresas corporativas ni los turistas en sus hoteles, una ciudad casi completamente plana en contraposición a los rascacielos, pero en la que se pueden ver edificios de pocas plantas. 



La arena comienza a apoderarse del paisaje, aunque todavía se ven algunos enclaves de vida, que no sé si corresponden a poblaciones o a lugares industriales. 



Jugueteamos con las persianas  (dobles) de las ventanas que suben y bajan con un mando, nada de pelearse con ellas porque se atascan, y por supuesto nada de ruidos al realizar estas acciones. 


Se acaban las vistas terrestres y comienzan las de las nubes hasta que cruzamos el golfo de Omán para sobrevolar la India. 



Llega la hora de la comida. De aperitivo, un mezze arábigo tradicional: hummus, alcachofas con champiñones, hojas de parra rellenas de arroz y una ensalada Shanklish (como una versión de la ensaladilla rusa). Además del pan normal, dos rebanadas de pan pita, que el hummus está más rico con ellas.



Para él, un pescado marinado con especias orientales acompañado de arroz aromático y verduras; para ella, unas costillas de ternera deshuesadas, arroz blanco y champiñones de los tipo sombrilla, que su nombre es shimeji. Muy ricos los dos platos.



Para el postre los dos nos decantamos por el surtido de quesos: un manchego español, un Stilton británico y uno de cabra sin especificar su origen. 


Comenzamos a sobrevolar Myanmar, con su verde infinito en la tierra y sus ríos marrones surcándola, ríos que hacen que la zona del delta de Yangón sea un inmenso arrozal. 




Nos acercamos a Yangón y aterrizamos en su nuevo Aeropuerto Internacional tras unas 5 horas y 30 minutos de vuelo. 



Pasamos nuestro control de inmigración, entregamos los papeles que hemos rellenado en el avión (hay que quedarse con uno de lo laterales para la salida) y mostramos los pasaportes y nuestras visas (que son selladas). 



Recogemos nuestras maletas, paramos en un banco para cambiar moneda, no demasiada porque puede representar un fajo de billetes descomunal, y además es preferible ir cambiando poco a poco según los gastos que vayamos realizando. El cambio es 1.345 MMK por 1$ (llevamos dólares porque en el momento parecía tener mejor cambio y como moneda de pago también la aceptan más fácilmente que los euros, pero eso sí, hay que llevarlos bien estirados, sin cortes, sin pliegues, sin tachaduras…). La moneda es el kyat, pronunciado como “chat” (más o menos).

Salimos en busca de nuestro transfer, conociendo a Myo, el que será nuestro guía (y compañero) para nuestra aventura por Myanmar. La diferencia de horario con España es de 4 horas y medio más, y aquí no cambian la hora durante el año.

Mingalabar Myanmar!, Mingalabar Yangón!; Mingalabar será la palabra más repetida durante el viaje, ya que es el saludo birmano, que utilizaremos para hablar con los birmanos y con los turistas de todas las nacionalidades, incluidos los españoles.