El
origen de los moái
Seguimos en la costa
este de la isla, desde Ahu Akahanga un camino conduce al interior de la isla, al volcán Rano Raraku (mirar mapa), y desde el camino y la
mini van la vista es increíble, según te vas acercando más y más, pero ni el
conductor ni la guía pararon para tener una buena foto, que sólo se ha quedado
visual para nosotros.
La entrada más parece que fuera la de
un jardín botánico, en ella hay un control de entradas y visitantes, ya que al
igual que en la aldea ceremonial de Orongo es necesario tener la
entrada al Parque Nacional (al comprar la entrada da derecho al acceso de estos dos
lugares).
Hay un sendero por el que se debe seguir y no
salirse de él, y por el que vamos teniendo un “gusanillo” en el estómago, tanto
por lo que veíamos desde la minivan como por lo que vemos desde el camino.
Por el camino nos
encontramos impresionantes moái tumbados en el suelo, como si estuvieran
descansando un sueño eterno.
Estamos en la llamada
ruta de los moái, ya que Rano Raraku era la cantera donde se tallaban las
estatuas… estatuas nos quedamos nosotros al contemplarlos. Se tallaban en la
ladera del volcán, después se separaban de su base y luego se trasladaban por
toda la isla, un trabajo que todavía presenta discusiones porque es realmente
impensable todo el trabajo que se realizaba.
La mayoría de moái están
semienterrados en la hierba, asomando sólo la cabeza, en ocasiones hasta el
cuello y los hombros, lo que produce más la sensación de estar
contemplando esculturas al aire libre. Se han contabilizado 394 moái en esta cantera.
Llegar hasta el moái
de nombre Piropiro no os lo puedo
describir, yo tenía los" pelos de picos pardos", era una gran emoción la que nos
embargaba, ¡estábamos allí!.
Piropiro asoma 4 m
del suelo, enterrados hay otros 7 m. Thor Heyerdahl excavó en el suelo de este
moái para probar precisamente que estaban enterrados, y luego fue vuelto a
enterrar para dejarlo como lo encontraron.
Mientras el grupo de visita avanza nosotros nos quedamos atrapados con Piropiro, con su porte, con su altura, con todo, giramos alrededor suyo, le admiramos... solo nos hubiera faltado ponernos a jugar con él.
El plano de las
canteras de Rano Raraku fue trazado por primera vez en 1914, cuando la
antropóloga británica Katherine Routledge estuvo trabajando durante más de un
año en la isla; sí, la antropóloga que se llevó de Orongo al moái Titahanga-o-te-Henua; no todo lo hizo mal.
Los moái se tallaban
directamente en la roca de la ladera del volcán, en piedra de toba volcánica o
toba lapilli, cuya principal característica es su poca dureza, lo que favorecía
su tallado, utilizando unas herramientas llamadas toki, realizadas en basalto. Los canteros cincelaban las estatuas,
colocados en zanjas cavadas en torno al bloque de piedra, hasta que sólo
quedaban unidas a la roca por la espina dorsal. Finalmente, se separaba el moái
de la pared y se le hacía descender mediante cuerdas hasta dejarla de pie en
las laderas de más abajo, por ejemplo donde las estamos contemplando nosotros,
donde se terminaba de esculpirlas.
Escrito suena bien pero al ver los moái te das cuenta del trabajo que estas palabras representaban.
Los rasgos faciales se esculpían antes que otros detalles como las manos, ya que las cabezas son los atributos más importantes de las imágenes polinesias, y la teoría más extendida es que la isla fue ocupada por polinésicos, con el rey Hotu Matu'a.
Thor Heyerdahl
decidió comprobar el tiempo que se podría tardar en tallar un moái, para lo que
contrató a un equipo de isleños, y el entonces alcalde de Hanga Roa puso a su
servicio a una cuadrilla formada por miembros de una misma familia. Trabajaron
sin parar durante tres días, al cabo de los cuales terminaron con los dedos
destrozados. Por el trabajo realizado hasta ese momento se calculó que dos
equipos experimentados, trabajando continuamente en turnos, tardarían entre
doce y quince meses en tallar un moái de unos 4 m de altura… Impresionan los
datos, porque en la isla hay descubiertos, en mejor o peor estado, enterrados,
semienterrados, restaurados o no, más de 1.000 moái.
El número de estatuas
rotas sobre la ladera muestra que no todo era tan fácil como lo he escrito. Se
calcula que en el momento en que se detuvo la producción de moái había unos 320
terminados, y otros muchos inacabados.
Sobre todas estas
estatuas en el volcán y en los caminos de tierra prensada que se han
descubierto hay un sinfín de preguntas: ¿las estatuas que permanecen erectas
eran centinelas guardando y/o señalando Rano Raraku?, ¿se habrían levantado
algunas que posteriormente se romperían? ¿se dejaron aquí porque no existían
recursos para moverlas? ¿eran demasiado grandes para moverlas?...
Los moái son
parecidos entre ellos pero realmente son diferentes. Generalmente, los brazos de las estatuas
caen rígidos a lo largo del cuerpo, y las manos, con dedos largos y estilizados,
se extienden sobre un protuberante abdomen. Las cabezas son alargadas y
rectangulares, con grandes frentes y narices, mentones prominentes, bocas
pequeñas y lóbulos de las orejas alargados, en ocasiones horadados para
insertar adornos.
Al inicio de
construirse, los moái eran pequeños, de medio metro aproximadamente, luego
comenzaron a hacerse más altos y a estilizarse, siendo la altura habitual de
entre 5 a 5,7 m.
Una vez terminados,
los moái se trasladaban a sus ahu, altares ceremoniales normalmente situados en la costa, llegando
algunos a su lugar y otros se quedaron en los caminos. Aquí se encuentra uno de
los grandes misterios y debates en la isla, ¿Cómo eran trasladados? (más cuando
los tenemos ante nuestros ojos y son impresionantes en tamaño.
Roggeveen
en el siglo XVIII escribió: “No podemos
entender cómo sin árboles para construir grúas, ni sogas resistentes se han
podido poner de pie tales figuras que deben pesar más de 10 toneladas…”
Además, aquellos que
han investigado en la isla han sufrido enfermedades o incluso la muerte.
William Mulloy, un cáncer; Thor Heyerdahl, raras artrosis; el hijo de Cousteau,
una muerte accidental; Katherine Routledge padeció esquizofrenia. ¿La versión
de la maldición de Tutankamón en versión rapanui?
Thor Heyerdahl
consiguió convencer a 180 convidados a una cena para tirar de un moái de 4 m
por el campo, utilizando cuerdas confeccionadas con corteza de árbol, labor que
consiguieron realizar, por lo que Heyerdahl consideró que los moái más grandes serían
transportados con más personas y troncos para hacerla rodar, incluso que se
utilizaran piedras pequeñas como si fueran canicas para deslizar sobre ellas
los moái. El fallo de esta teoría es que se necesita demasiada gente.
William Mulloy
formuló la teoría con más adeptos. Al frente de la estatua se ataba un enorme
trineo de madera, construido con los grandes árboles que antaño cubrían la
isla, razón por la que ahora no queda ninguno (la autodestrucción ecológica), que se colocaba bajo el abultado
vientre y se encajaba bajo la barbilla, de modo que el trineo tenía una doble
función: por un lado, protegía al moái del contacto con el suelo, por otro,
permitía moverlo haciendo palanca. De este modo, el propio peso de la estatua
servía para desplazarla por medio de una serie de movimientos ascendentes y
descendentes, movimientos basculantes que recuerda a las afirmaciones de los
isleños de que los moái andaban hasta su ahu.
En 1986 el ingeniero
checo Pavel Pavel y Thor Heyerdahl consiguieron trasladar un moái de 4 m y 9
toneladas balanceándole, utilizando solo 16 personas, pero dañaron la base del
moái.
En 1988, Jo Anne Van
Tilburg consiguió arrastrar una réplica (nada de daños ocasionales en los
intentos) de 4 m y 10 toneladas tumbado sobre un trineo.
La teoría más
increíble, a la par que graciosa, pero no para todos ni lo primero ni lo
segundo, elaborada por Erich Von Daniken en 1972, es que el traslado de los
moái era gracias a una inteligencia extraterrestre con herramientas ultra
sofisticadas… para gustos, las teorías.
La teoría más extendida sobre el traslado de los moái y su colocación en el ahu sería de este modo:
Fuente: adevaherranz.es
Ya que hemos conocido
algo más sobre los enigmáticos moái, sigamos caminando por el sendero, aunque
nosotros nos habíamos quedado enganchados con Piropiro, no hacíamos nada que
más que mirarle, y admirarle, por todos sus lados y por supuesto fotografiarle.
Algo más adelante se
sitúa uno de los moái más famosos de la isla, el más fotografiado y el que hace la mejor publicidad de la isla, Hinariru.
Se trata de un moái
de 4 m de altura al que se le conoce como el del cuello torcido por su base
prominente y girada. Ese
cuello torcido le da sensación de prepotencia, majestuosidad, altivez…y es que allí, en la cantera de los moái, no dejas de sentir e imaginar.
Entre Piropiro y
Hinariru nos quedamos atrasados respecto al grupo, y es que estábamos
completamente enganchados a los moái, así que tuvimos que acelerar el paso, y
seguir el camino de subida, teniendo una visión más amplia del terreno y de los
moái a nuestro alrededor, así como del maravilloso horizonte curvo.
El camino conduce
hacia una de las canteras del volcán donde se tallaban los moái. No hay nada
mejor que entender la teoría a través de los ojos, así vemos como era el
proceso de tallado, ya que los moái que hay aquí no se llegaron a separar de la roca donde
fueron esculpidos.
En la cantera destaca
el moái llamado El Gigante o Te Tokanga, cuyo nombre proviene de los
21 m de altura que tiene y que impresionan una barbaridad (o barbaridad y media). Es el moái más
grande tallado, aunque no se llegó a desprender de la base de roca, y verlo
erigido tiene que ser una especie de alucinación.
Que la visión de las piedras no
nos impidan ver el paisaje, ya sea hacia abajo, hacia más piedras, bien sea
hacia el maravilloso y espectacular océano con el horizonte curvo.
Mientras, el cielo es
surcado por aves, pero no se trata del Manu Tara, el gaviotín apizarrado de la
epopeya del Tangata-manu u hombre pájaro (enlace), ¡más quisiéramos!, ver el gaviotín ya hubiera sido alucinante, se trata de
una bonita Ave del Trópico de Cola Roja.
La cantera nos sigue
ofreciendo sus obras inacabadas, en este caso se trata de dos moái, uno de
ellos colocado como si fuera un nicho, porque eso es lo que nos recuerda, los
nichos de nobles u obispos o personas importantes de iglesias, y otro yacente en el suelo.
Y un tercer moái también unido a la roca. ¿No pensarían nunca en detener su construcción?
Continuamos el camino y dejamos hacia atrás
esta cantera, en la que suponemos la cara de asombro y estupor cuando fue
descubierta.
Vamos con bastante retraso
respecto al resto del grupo, y es que estamos obnubilados por todo lo que
vemos, el tiempo se nos ha parado pero no al resto del mundo; este retraso hace que tengamos buenas vistas, buenas impresiones, cantidad de fotografías, inmensos recuerdos pero no estamos perdiendo las explicaciones de nuestra guía Rosita.
Desde Rano Raraku
vemos uno de los ahu y grupo de moái más espectaculares de la isla, Ahu Tongariki, ¿quién no
se quedaría aquí enganchado durante horas?
El sendero conduce
hasta el moái de nombre Tukuturi, de
4 m de altura.
La característica, al
tiempo que la diferencia del resto de moái de la isla, es su posición, ya que se trata de una
estatua arrodillada, sentado sobre sus talones, con antebrazos y manos
reposando en los muslos, una posición de oración polinesia. Además tiene la
cabeza y el rostro redondeados en lugar de alargados, sus orejas son
pequeñas.
Sinceramente, a mí me
recuerda más la figura de un mono que la de un hombre, aunque los hombres son
una evolución de los monos…pero ¿esto lo sabían los rapanui?
Rosita y el grupo han
volado de la cantera, casi ni les vemos, por lo que nos toca apretar el paso,
porque si les perdemos la pista no sabremos con seguridad hacia donde se han
dirigido ya que nos disponemos de un mapa ni de un circuito que seguir por
nuestra cuenta; aparte de quedar mal con el grupo y el horario.
Por esta prisa para
no hacernos esperar y para intentar no perdernos alguna explicación más de las que nos hemos perdido ya que pueda ser
interesante, apretamos el paso, y con ello cometemos el error de no parar ante
un moái muy especial, y eso que estaba perfectamente señalizado con una
barandilla de madera, pero nosotros íbamos por un camino inferior y no nos desviamos hacia él (además no llevábamos un mapa dónde estuvieran señalizados los moáis a conocer, si lo hubiéramos llevado habríamos pasado sin ningún tipo de dudas).
Se trata de Ko Kona He Roa, que en su torso tiene
grabado un barco de tres mástiles.
Esto forma parte de
las ventajas y los inconvenientes de ir en grupo, y asumimos nuestra parte de
error, pero es que es imposible no evadirse del tiempo en esta ladera del
volcán, con los moái y las vistas. No nos importa el no haber visto este moái
en persona, será una razón más para volver a la isla, y razones no nos faltan,
siendo la principal la tranquilidad que nos ha producido ¿quizás esto es parte
de su magia?
Aparte de la positividad con que lo aceptamos, la realidad es que nos hemos quedado con
un palmo de narices, tan grande como las narices de los moái.
Con algo de tristeza,
y eso que entonces no sabíamos que nos habíamos saltado a Ko Kona He Roa, vamos
dejando los moái atrás. Pasamos nuevamente
por Hinariru, y casi que nos volvemos a enganchar a él por todos los ángulos.Y por Piropiro, que
nos recuerda que el grupo se la has pirado.
Emprendemos el
pequeño camino de subida por la ladera del volcán. El tono rojizo de la
tierra nos recuerda agradablemente al desierto australiano, al Uluru y
a las Kata Tjuta, y es que en nuestra mochila viajera hay muchos y muy
buenos recuerdos, paisajes, emociones… nos damos cuenta de lo afortunados que
somos.
Llegamos hasta el
cráter del volcán, donde al igual que en cráter del volcán Rano Kau, hay una laguna,
pero en este caso es más apetecible su agua para un baño. Tiene una profundidad
de 5 a 7 m y sus orillas están cubiertas de totoras (juncos acuáticos).
Durante la fiesta
anual de la isla, Tapati Rapa Nui, que se celebra durante dos semanas en febrero,
en Rano Raraku se celebra un triatlón: la primera etapa consiste en atravesar
la laguna en una barca de totora; la segunda, en correr alrededor de la laguna
cargados con bultos de plátanos; y la tercera, cruzarla a nado con tablas
hechas de totora. Visitar la isla durante la celebración de esta fiesta tiene que ser muy interesante, lo difícil es encontrar vuelo y alojamiento, ya que no somos los únicos que lo pensamos.
Alrededor del cráter,
en la ladera más alta de nuevo están ellos, los moái vigilantes, y es que más
que hechos de piedra, por su número abrumador parecen que crecieran de
la hierba. Al cráter se acercan caballos salvajes para comer y beber, y tenemos la fortuna de ver unos cuantos de ellos, lo que hace a los moái menos divinos.
El paisaje es muy
bello, por la conjunción de elementos naturales, realizados por el hombre y por los colores, como
las flores que están brotando en los árboles. No se distinguen, pero en la
parte de la derecha se ven caballos salvajes que acuden a la zona a comer y
beber.
No lo afirmo con
rotundidad por si me equivoco, pero creo que se trata de la bonita flor del
ceibo, que es la flor nacional de Argentina, Bolivia y Uruguay.
Como hoy estaremos
todo el día de excursión tenemos el almuerzo incluido, que lo hacemos en unas
cabañas habilitadas para estos menesteres al lado del centro de información de
Rano Raraku.
Nos toca lechuga,
porque no se puede llamar propiamente ensalada, salteado de verduras y pollo
asado con arroz. De postre, melocotón en almíbar. Está bueno para estar donde estamos y quita el hambre.
Durante la comida nos
ofrecen entradas para un espectáculo rapanui en Hanga Roa para la tarde-noche,
pero en esta ocasión y con tristeza por mi parte, declinamos la proposición, a
mi marido estas cosas no le convencen mucho, aunque yo las disfruto por los
dos (una histora a contar en Nueva Zelanda con los maorí que tengo pendiente si no me un ataque de vergüenza internauta), pero tenemos otros planes, aunque luego se verán truncados, y además
tenemos el hándicap de la lejanía del hotel, aunque supongo que te acercan al hotel terminado el show o podríamos tomar un taxi.
Tras la comida
tenemos algo de tiempo libre, aunque no es lo suficiente como para darnos otra
vuelta por Rano Raraku, acto que nos hubiera gustado sin lugar a dudas. Como
hay una cabaña destinada a la venta de artículos de souvenirs, pasamos el
tiempo en ella, aunque no compramos demasiado porque no nos convencía nada, y además Rosita nos aconsejó que tuviéramos cuidado porque muchas de las
piezas no son ni siquiera elaboradas en la isla, y lo que es peor, no tenían nada que ver
con la cultura rapanui, son de fabricación… china, por supuesto.
La visita a Rano Raraku se encuentra más allá del adjetivo espectacular.
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