17 de mayo de 2016

Uzbekistán - De Khiva a Bukhara


En la ruta de las caravanas

A las 8.30 h de la mañana salimos de la bella Khiva, con una mezcla de alegría y tristeza, alegría porque la ciudad nos ha enseñado su inmenso poder arquitectónico y cultural -reflejo de su poder político-, y tristeza, porque nos encantaban los paseos al atardecer y en la noche, era nuestro bálsamo relajante. El viaje lo haremos por carretera, aunque nuestro transporte es mucho más afortunado que el de la fotografía.  


En los primeros momentos del camino vamos viendo los monumentos en las rotondas, o los arcos de entrada a parques, ambos ya se nos van haciendo familiares. 



No faltan los puestos de melones y sandías, aunque no son tan frecuentes como en el viaje de Tashkent al valle de Ferganá y viceversa. 


Atravesaremos el desierto de Kyzyllum, por donde circulaban las caravanas de la Ruta de la Seda, y donde antes había camellos ahora hay contenedores o depósitos abandonados o sencillamente oxidados. 



La primera parada la hacemos en una estación de servicio, con instalaciones hoteleras y un restaurante, el oasis moderno en Uzbekistán. 



La segunda parada es paisajística, ante nuestros ojos, el extenso río Amu Darya. 



En sus aguas algunos pescadores, aunque nosotros peces no hemos tenido la suerte (a lo mejor ha sido una bendición estomacal) de tener en nuestras mesas. 


Durante el viaje lo que más se ve por supuesto no es agua, es arena, de la que terminas rebozada con toda seguridad si caminas sobre ella o junto a ella. 



La tercera parada es de avituallamiento, otro oasis en esta línea recta de carretera. Algunos grupos ya están en las mesas dispuestos a comer, mesas en las que destacan los coloridos manteles con los dibujos típicos uzbecos. 



Hoy nos toca picnic para comer, es decir, ¡sorpresa!, picnic que ha salido junto a nosotros de Khiva, supongo que preparado en el hotel. 


No recuerdo claramente su contenido, ni su sabor: dos bocadillos de queso, una empanadilla de no sé qué, un pan uzbeco con otra cosa que no recuerdo, y otra cosa que tampoco recuerdo; lo único claro es el huevo duro y las manzanas de postre. Queda claro que comer no comí mucho. 


Para beber, aparte de agua, que no puede faltar nunca, cerveza rusa, que servimos en unos divertidos vasos.




 


















Oyott, supongo que también curtido por otros turistas anteriores que se quedarán contrariados con el picnic, además de su propio hambre, nos ofrece pedir unos pinchos de carne, y aceptamos, estos pinchos ya van formando parte de nuestra dieta con las berenjenas, los pimientos, los tomates… Eso sí, los pinchos bien pasaditos por favor, que las bacterias así se consumen. 



Las necesidades físicas obligan y hacemos uso de los baños, ¡que risas!, porque en ellos me encuentro con un trío de británicas cuyas caras de asombro y asco eran un auténtico poema, y es que aquello era indefinible, mejor era aliviarse en el desierto que en este lugar. Una de ellas lleva el papel higiénico que me ofrecen amablemente, y otra de ellas sale del habitáculo con los pantalones bajados para no tener que permanecer mucho rato en él… y es que mejor utilizarlos antes de comer que después de comer, porque puedes terminar expulsando por todos los orificios posibles del cuerpo. Eso sí, no llegaron a tanto como los de las parada en el bonito restaurante donde hicimos un divertido picnic de montaña, que fui incapaz de utilizar -o mis necesidades eran mayores-. Por lo menos, estos baños están señalizados de forma simpática, y yo poco a poco voy haciéndome inmune al olor y el abandono higiénico de estos lugares.


Continuamos el viaje por el desierto, donde en lugar de camellos vemos un burro. 



Tras 550 km y unas siete horas de viaje, menos de las que había programadas, que eran ocho o nueve, llegamos a Bukhara. 


12 de mayo de 2016

Madrid - Antojería Cascabel


¡Viva México...¡ 

Hacía tiempo que tenía pendiente publicar una entrada sobre un restaurante, y entre unas cosas y otras -la excusa de siempre- no he podido hacerlo, pero como creo que se lo merece, sobre todo por la calidad de su cocina y por el buen hacer (y cantar) de sus camareros. 

En Gourmet Experience, en el centro comercial El Corte Inglés de Serrano, junto al estupendo StreetXo de Daviz Muñoz –la versión más económica y divertida de Diverxo-, y la heladería Rocambolesc de los hermanos Roca, hay otro local que despunta, que es también la versión económica de otro local emergente en Madrid, la Antojería Cascabel, del chef Roberto Saiz, cuyo buque insignia es el restaurante Punto MX, con una estrella Michelin en su palmarés, en el que es imposible realizar una reserva para el día que se desee. Como en StreetXo ya hemos comido dos veces, ambas con excelente resultado gustativo, en esta ocasión le dimos la oportunidad a Cascabel.

El nombre de antojería ya es bueno y divertido, presagiendo antojos gastronómicos; este nombre en México está muy extendido, haciendo referencia a que cada uno come lo que se le antoja, y en ellas se sirve comida no muy elaborada, aunque este no es el caso, es la base pero no el desarrollo y el producto final. ¡Viva México!

Hay un pequeño salón junto a la barra, donde suena la música a todo trapo, muy molesto para nuestros oídos y para mantener una conversación, aunque es el mejor lugar para disfrutar del espectáculo de los camareros, que tatarean las canciones, o las gritan, sobre todo al unísono ¡Viva México cabrones!, de la canción del grupo Molotov. 



Fuente: harpersbazaar.es

 El día que fuimos era soleado aunque fresco, por lo que decidimos apostar por comer en la terraza, con buenas vistas sobre los tejados de la Milla de Oro capitalina. 


Para beber, una cerveza de la casa, y un cocktail Margarita Coyote, que lleva tequila, mandarina y physalis (un fruto muy de moda), ¡buenísimo!, pero mejor controlar un poco porque parece que no, pero se sube lo suyo a la cabeza, sobre todo si se consume rápido, y la comida y el calorcito solar acompañan a hacerlo. 


Con la carta tenemos un problema, porque nos apetece probar todos los platos, y eso es imposible, nuestro estómago, que es muy agradecido y de gran capacidad, no lo soportaría. 


Todos los platos serán para compartir, y comenzamos con un taco árabe, con ternera, tzatziki de chile habanero (para que sea bien picantito -una salsa de origen griego, con yogur, pepino, aceite, limón y en este caso unas hojas de menta-. Muy bueno, comenzamos casi con matrícula de honor, y no solo porque el sabor sea estupendo, sino porque la carne es de muy buena calidad. Pica, pica, tragos de margarita. 


El segundo plato es una flauta de pollo ecológico, y es que no nos podemos resistir a la tortilla de huitlacoche (también se puede llamar cuitlacoche), a la que conocimos en otro restaurante mexicano de Madrid, Entre suspiro y suspiro, y por la que desde entonces tenemos debilidad, aunque se trate del hongo del maíz. Va acompañada de salsa costeña, cuyo ingrediente principal es el tomate, aderezado con ajo, cebolla, cilantro y por supuesto ¡más chile!. De nuevo, rico rico, y pica pica, pues nada, hay que seguir bebiendo. 


Continuamos con unas quecas ahogadas, con los nombres vamos bastante perdidos, pero en carta viene en qué consisten los platos para ir con más seguridad. Se trata de dos quesadillas de queso bañadas en salsa verde de miltomate y crema de rancho. De compañía, cebolla roja y aguacate. Yo pensaba que este plato no me iba a convencer demasiado, y casi termino rebañando el plato con los dedos. 


Con la rica comida picante nos hemos terminado la bebida, con lo que toca una segunda ronda. En este caso, cambio el margarita estupendo por una michelada, una combinación de cerveza con zumo de limón y sal, que no me termina de convencer aunque está buena, pero puestos a elegir prefiero una cerveza bien fresquita. La michelada en México se usa para amortiguar la resaca, o la cruda como le dicen allí, y se puede servir también mezclada con salsas (supongo que picantes mejor). 


Terminamos, y podríamos haber seguido, pero desgraciadamente utilizamos el sentido menos común de todos, el sexto, con un Armadillo, una tosta de pan horneada con frijoles rancheros, pachola de ternera (carne picada con la que se hacen filetes y en este caso viene más desparramada que en figura) y majado de hierbas frescas, que se acompaña de una salsa de chipotle y cítricos que llega en un tubo tipo pasta de dientes. No hay palabras, aquello era una fiesta en la boca, con mariachi incluido. 


Las cantidades en los platos no son precisamente generosas, sobre todo si se comparten, pero creo que la relación cantidad-calidad-precio es bastante ajustada, y lo que hace subir la cuenta no es la comida, a no ser que se piden diez platos, como siempre suele ser, es la bebida, que también podría haber sido más. Los platos cuestan entre 9 y 15€. Un sitio al que volver sin ninguna duda, además la cola suele estar para entrar a StreetXo y aquí es mucho más fácil, aunque como esto es vox populi al final será igual de difícil. Lástima no poder ir a Punto MX para abrir más nuestra mente y nuestro paladar, aunque de vez en cuando echaremos un vistazo a las reservas de su página web, y a nuestro bolsillo, por si los dos se acoplan bien. 

9 de mayo de 2016

Uzbekistán - Khiva - Paseo nocturno


Cuentos de Sherezade (dos noches de mil y una)

Las dos noches que pasamos en Khiva, después de cenar aprovechamos para pasear por Itchan Qala, ya con la mayoría de sus tiendas cerradas, siempre queda algún puesto aprovechando el paso de los visitantes, de los que tampoco se veían demasiados. Todo era tranquilidad y bastante oscuridad en sus calles, algo más de luz para sacar partido a sus monumentos creo que le vendría bien (la segunda noche había más iluminación), no mucha más pero sí la justa para disfrutarla más, y sobre todo, para no tropezar en alguna de sus calles, que teníamos que iluminar con el móvil porque en ocasiones no se veía donde poníamos los pies, y podíamos haberlo hecho en alguno de sus habitantes, que disfrutaban la noche en sus mesas-cama, o directamente dormían al raso, o en algún adoquín o algún desnivel. 

Lo que tiene Khiva de noche es que la imaginación se desborda, incluso más que de día, que ya es mucho, y a estas horas parece que estemos dentro de un cuento, de un cuento narrado por Sherezade y por eso hago una entrada nocturna, ya que normalmente alterno las fotos diurnas y nocturnas de los monumentos, pero Khiva de noche se merece una especial.

Comenzamos por Tosh Darvoza, la puerta sur. Lástima que sus murallas no tienen ni una tenue luz para disfrutar de su onda, por lo menos junto a esta puerta. 



El minarete de la madraza Islam Khodja. 


El minarete de la mezquita Juma. 







Murallas del palacio Tash Hauli a la izquierda y el recinto del caravanserai Allah Kuli Khan la derecha. 




Un surtido de calles y rincones. 










La puerta Ota Darvoza. 



La fortaleza Kunha Ark. 








Khiva nos ganado por los ojos y sobre todo por el sentimiento que ha sido capaz de transmitirnos a través de sus bellas piedras. Un lugar al que volveríamos sin dudar, para volver a pasear y a entrar en todas sus madrazas, mausoleos y mezquitas, que nos han quedado muy pocas por hacerlo, pero sobre todo a pasear por sus coquetas calles, por las más sofisticadas y por las más humildes, con la poderosa luz del día, al atardecer y sobre todo intentaríamos hacerlo en algún amanecer.

Para terminar nuestro paso por la bella Khiva, un mapa de la ciudad.