23 de octubre de 2013

Chile - Isla de Pascua - Ana Te Pahu



En el interior de la cueva

Hoy comenzamos el día viajando hacia el noroeste de la isla, la primera parada es en Ana Te Pahu (mirar mapa). Ana significa cueva, y en esta se encontró una urna funeraria, de la que proviene su nombre, cueva del tarro; en realidad se trata de dos cuevas unidas (o incluso más). 


Las cuevas a cielo abierto eran utilizadas durante las guerras como refugio o escondite, y en tiempos de paz se usaban para huertos, o como en el caso de la urna encontrada como sepulcro. 

Son dos cuevas de origen volcánico, cuevas tubulares, del tipo que pudimos explorar en Corea del Sur, aunque estas no tenían vegetación, eran oscuras, como las de Hyeopjae y Ssangyong, situadas ambas en Hallim Park, o la cueva Manjanggul; tanto las cuevas coreanas como la de isla de Pascua tienen acceso por derrumbes del terreno. 

Estas cuevas tubulares se formaron durante los flujos de lava, la capa exterior se endureció pero la lava del interior siguió fluyendo hasta el mar dejando túneles vacíos, llamados túneles de lava. 




En la isla de Pascua no existen corrientes de aguas superficiales debido a la porosidad del terreno volcánico, lo que impedía la agricultura a gran escala. El microclima húmedo y el suelo relativamente profundo de estas cuevas permitían el cultivo de plantas agrícolas. 

En su interior vemos la planta del taro, introducido en la isla por los polinesios que llegaron con el rey Hotu Matu'a, ya que en el viaje llevaron semillas para poder plantar en su nuevo destino para vivir, y plataneros. Del taro se comen las hojas y el tubérculo (llamado ñame en Canarias), pero hay que tener mucho cuidado porque son alimentos tóxicos, con lo que siempre hay que ponerlos en remojo y realizar la cocción adecuada.



También hay un arbusto (más árbol que arbusto por el tamaño) de la guayaba (puede que yo no estuviera lo suficientemente atenta -¿dónde estaría mi mente?- y no fuera este). 



Esta cueva no se encuentra exactamente junto al mar, como en el caso de Ana Kai Tangata o la cercana al Ahu Akahanga, pero no se puede decir que se encuentre lejos de él, en la isla siempre está al alcance de nuestra vista. 


Se puede bajar (fácilmente) a la cueva y entrar en la plantación de plataneros en la que nos faltaría el machete de Indiana Jones, aunque ya hay un camino hecho, supongo que tanto por los cuidadores del parque y sus monumentos como por el trasiego de visitantes.



Hacia el otro lado, la cueva propiamente dicha, ya que tiene techo, que da a otra abertura a cielo abierto. 


En la cueva había compartimentos, lo que indica que se utilizaba a modo de vivienda, y por tanto también hay hare umu, un fogón en el que se cocinaba la comida, como el que vimos en Ahu Akahanga


Hay más cueva dentro de este tramo en el que entramos, pero para aventurarse dentro de ella es mejor ir con una linterna, aunque no sé lo que se encontrará ni el tramo que se pueda recorrer. En ella se han encontrado restos de huesos y esqueletos, como algunos rapanui que murieron a causa de las epidemias que asolaron la isla desde la llegada del hombre “civilizado”. 


Para nosotros es hora de salir. 




22 de octubre de 2013

España - Colmenar del Arroyo - Restaurante La Estancia, La Finca de Jiménez Barbero, (Comunidad de Madrid)



Un festín carnívoro

Después de conocer las instalaciones de La Finca de Jiménez Barbero en una entretenida e interesante visita guiada entramos en el restaurante, donde las mesas ya están preparadas y distribuidas.




Esta es la que nos corresponde. 




Acompañamos la comida con un vino madrileño de uva garnacha, de Cadalso de los Vidrios, La mujer cañón, cuyo título y etiqueta nos gusta, divertida y creativa, como todo en esta Bodega de nombre Uvas Felices. Otros vinos de la bodega, y elaborados por el llamado Comando G -todo suena a cómic- llevan por nombre La bruja avería o El hombre bala, aunque parece que esta mujer cañón es la más rica del trío. 




Se puede pedir un menú de degustación, pero como estos menús suelen ser para toda la mesa, preferimos hacer una selección más amplia y probar más platos. 


De aperitivo un paté de hígado de ternera, que personalmente a mí me sorprende por su ligereza (es un decir, porque el hígado nunca es ligero, pero estaba bien tratado para reducir su fuerza), ya que no me suelo llevar especialmente bien con los patés o foie de buena calidad (cada uno con sus rarezas y manías aunque suenen mal a los gourmets). 





Comenzamos con unos huevos de La Finca con alcachofas crujientes y cecina. Lo simple que son unos huevos fritos y lo ricos que están (aunque también hay que tener maña y suerte para que queden bien hechos, y aquí había un poco de todo, pero en general, aprobados). La cecina sabrosa y tierna, pero para mí el punto especial lo daban las alcachofas fritas, que nunca había comido de esta manera, sí a la brasa pero no fritas, y tienen un crujiente muy especial. 





Mollejas de ternera escalopadas muy crujientes con alioli de aceitunas verdes. Ricas y crujientes mollejas, que de nuevo me sorprenden, yo y mi problema con la casquería en general. La salsa muy rica, y como yo no leí el menú no sabía lo de las aceitunas, noté un sabor especial que no lo relacioné con este ingrediente; aparte de que sólo me comí una molleja con un poquito de salsa. 

Si se comparte mesa no se puede pedir lo que a uno le gusta solamente, se trata de eso, de compartir, y además es una excusa para probar, que en alguna ocasión nos podemos llevar una sorpresa gustativa. 



Rabo de ternera estofado con vino tinto y cebollitas. Suave y fuerte a la vez, muy fina su textura y muy sabrosa la salsa. Para mojar pan, ¿no hay mejor definición para un buen plato?




De platos principales, nuevamente para compartir y así degustar, comparar, valorar y posicionarse, varios platos de cortes de vacuno: entrecot de ternera (edad, 13 meses), entrecot de buey (edad, cinco años) y entrecot de buey castrado (este por la novedad, porque con conocimiento de causa nunca lo hemos comido). Nos equivocamos al pedir dos entrecot de ternera, ya que finalmente fue el que menos se votó, pero esto no quiere decir que estuviera malo, porque era espléndido, pero es que los de buey y buey castrado le superaban, el primero por sabor y el segundo por su originalidad en boca, con un sabor especial. 






La mesa era la fiesta de la carne, de la que dimos buena cuenta. 




Los acompañamientos de la carne fueron unos pimientos rojos asados, las clásicas patatas fritas, y una ensalada con mini rúcula (se puede plantar en casa, aunque para conseguir la suficiente cantidad para una ensalada hay que plantar muchas semillas) y mini tomates rojos secos (impresionantes estos tomates). 






Nos quedaba un hueco para compartir el postre; y si no quedaba hueco se le hacía. 


Natillas especiales con huevos de La Finca y helado de cacao. Ricas, formidable el helado. 




Flan de queso, mosto fresco y helado de romero. Suave y refrescante. Este fue del plato del que menos caté.




Mousse de chocolate con helado de cardamomo y teja de cítricos. Para chuparse los dedos, si me dejan sola me lo como entero y pido segunda ración (en esta segunda hubiera podido prescindir de la teja, como detalle de que no soy golosa...)



El día resultó perfecto, por la visita a La Finca, la comida, la compañía y el resto de la tarde con esta compañía. 


21 de octubre de 2013

España - Colmenar del Arroyo - La Finca de Jiménez Barbero (Comunidad de Madrid)



Un spa bovino

La apuesta de una finca ganadera de la familia Jiménez Barbero está de moda en Madrid, tanto por su innovación como por el marketing que realiza (muy bien planteado); y habiendo probado su carne por un azar del destino, no tuvimos más remedio que ir a visitarla, ya que una de sus buenas ideas es dar a conocer la finca con una visita guiada, los animales, el proceso, y por último su producto en el restaurante -la visita no tiene precio, está incluida dentro de la comida-. 


La Finca está situada en la localidad madrileña de Colmenar del Arroyo, a 60 km de Madrid ciudad. 




La Finca es el proyecto de tres hermanos, cuarta generación de ganaderos, que han querido aunar su pasado, y el de la familia, con el presente y el futuro, teniendo en cuenta el medioambiente, la funcionalidad, la calidad, una serie de factores que forman parte de su sueño, un sueño que comparten a través de estas visitas guiadas. 




Como demostración que su proyecto funciona, el de compartirlo con el público, es que hay dos grupos para la visita de las 13 h, que comienza con una espera en la zona de bar como un salón de estar con chimenea, donde degustamos unas copas de vino, unas patatas fritas y unas croquetas; así se puede esperar muy a gusto. 





Al encuentro de nuestro grupo viene David, uno de los hermanos Jiménez Barbero, para guiarnos por las instalaciones y la visita comienza por la zona destinada al control de calidad. 




David cuenta el proyecto basado en la idea que animales felices producen buenas carnes y con ello se consigue clientes felices. Básico pero hay que aplicarlo en todas las etapas, desde la elección de las razas de las vacas, pasando por su alimentación, “viviendas” y su sanidad, lo que les lleva a vivir en un estado de bienestar, siendo por tanto vacas felices. Un mundo de felicidad.


El punto de la raza lo solucionan a través del mestizaje, cruzando razas españolas como la Avileña y la Retinta con la francesa Charolesa; con ello quieren conseguir una carne más tierna, más jugosa y con el punto exacto de grasa, sin olvidar las cualidades nutritivas (el comer no es solo para satisfacer una necesidad, sino para dar nutrientes al cuerpo, y de paso al alma). 


El ganado se encuentra en una finca acotada con un perímetro vallado, de modo que se impide el contacto con otros animales, que pueden portar enfermedades y transmitirlas. Además el cuidado realizado por el personal también ha sido diseñado para preservar el hábitat del ganado, produciendo las menores interferencias posibles. 


Sinceramente, mientras escuchas las explicaciones de David o lees los paneles informativos de esta zona del control de calidad, no puedes dejar de asombrarte y sonreír, porque siempre hemos visto las vacas en un entorno natural, más o menos en libertad (no siempre, que hay imágenes de ganado apiñado en establos), pero al escuchar este tipo de actos, todo suena extraño, pero bien, como un hotel spa de ganado.


La alimentación del ganado es esencial, si come bien, producirá buena carne, que tendrá buenas y saludables características. Parte de la dieta es el maíz, que pasa por este centro de calidad, por un ordenador que analiza una porción del camión que les entregan, que si tiene los baremos que ellos consideran los adecuados, se quedará en la finca, pero si no lo tiene, será devuelto. Antes este proceso era más laborioso y llevaba más tiempo, pero ahora es directo, tomar una muestra, analizar y quedárselo o devolverlo; de este modo, se aseguran que los proveedores enviarán siempre sus mejores productos. 



El proyecto y su relación con el medio ambiente es fundamental, utilizando los recursos que ofrece la naturaleza, adecuándolos a sus necesidades, como son el agua o la luz solar entre otras. Esta es la parte de la sostenibilidad de la finca. 


Pasamos a la zona donde elaboran la comida del ganado, y a todos se nos quedan los ojos como platos al escuchar las explicaciones de David. Se muelen en grandes tolvas soja –de cuyo prensado se obtiene aceite de soja, rico en omega 3 y omega 6-, cebada, maíz, avena, pulpa de remolacha –que tiene un gran poder de hidratación- lo justo para crear una sustancia de grano pequeño pero no completamente molida. Claramente es un proceso más costoso, tanto por la instalación como por su aplicación y componentes. 





Al producto obtenido se le añade melaza, donde David hace partícipes a los niños para que la chupen y nos cuenten que sabe dulce, y finalmente este producto se mezcla con la paja. 



Contando lo bien que comen las vacas, ya nos va entrando a todos más hambre del que traíamos. 




Pasamos a una sala de conferencias, donde aparte de las que realice el equipo de La Finca, también puede utilizarse para usos externos, de modo que se disfrute de un día de campo laboral. Resulta curioso. 


Salimos al exterior, donde los edificios han sido construidos con el fin de integrarse en el medio ambiente, como es el caso del silo del grano, que no es el tubo que todos conocemos, sino que más parece un edificio ultramoderno de oficinas. 




Al lado del silo, el granero, donde se apilan los fardos de paja. 




Salimos del granero y en el exterior vemos algunos animales pastando y disfrutando al aire libre. No estoy muy segura de si corresponden a una partida que se le compró a Florito, el mayoral de la plaza de toros de Las Ventas de Madrid para hacer algún “experimentó”, que no tuvo mucho éxito. Esta información es dudosa por mi parte y así lo aviso. 




Las naves del ganado han sido diseñadas teniendo en cuenta la climatología local, con una cubierta en forma de sándwich, que permite una ventilación natural, que además evita las temperaturas extremas tanto en invierno como en verano. 






En cada nave hay un pequeño número de animales, de modo que cuenten con un espacio donde estar y moverse, y donde no se produzca en el ganado un stress por la falta de espacio o por la comida (vacas y bueyes, tranquilos, hay para todos). 




Los animales parece que hayan pasado por una sesión de spa, peluquería y acicalado, están impolutos. 






En el centro de los establos hay un toril por el que seleccionan el ganado que será transportado en los camiones que todos hemos visto en las carreteras, en teoría los únicos lugares donde sienten stress, y es que aunque se intente hacer una labor “pacífica”  de la mejor manera posible, hay algunas tareas que no pueden dejar de ser lo que son. 




Los bueyes impresionan por su tamaño, a uno de ellos le lleva su tiempo el incorporarse, que hasta dan ganas de entrar a ayudarle, y es que mover esos kilos no debe ser nada fácil. 





También hay un toro de lidia, un experimento que parece que no ha salido lo bien que querían, pero ahí está él ,bien cuidado, al que se le nota resabiado por el modo de mirar y de acercarse al portón y a la salida… solo pensar en ponerse delante de ese tremendo mostrenco asusta muchísimo. 




En el centro de los establos hay una pequeña pradera donde pastan tres lindos animales que nos recuerdan un montón a las películas de vaqueros, y no solo por su piel en blanco y marrón, sino por el entorno, por el porte (ya lo sé, el cine me pierde). Creo que se trataba de sementales. 





Continuamos el paseo, y para ello cogemos el camino por el que entramos con el coche, pero ahora lo hacemos andando, y este es uno de esos detalles que les queda por perfeccionar, ya que en nuestro grupo iba una persona en silla de ruedas, que manejaba con una tremenda soltura, pero que por un camino de guijarros no es el mejor modo, tendrían que habilitar una pasarela o bien de cemento o bien de madera para permitir una mayor accesibilidad (el camino que se ve en la fotografía está asfaltado, pero sólo era este pequeño tramo). Están en ello, porque es un proyecto joven y tienen que ir puliendo algunos aspectos, pero van tomando nota de aquello que es mejorable.




Entramos en el edificio del Cevac (Centro de Transformación del Vacuno), donde tratan la carne. El único servicio externalizado que tiene La Finca es el matadero, que de momento no han considerado el tenerlo propio -y no parece que lo vayan a considerar-. 

Se entra en una pequeña sala donde David nos cuenta que al desarrollar el proyecto no querían que las visitas se quedaran solo con la parte viva del proceso, que querían compartir el proceso entero, por lo que idearon que las salas estarían cerradas, protegidas y con sus temperaturas necesarias, pero habilitaron un pasillo desde donde poder verlas a través de cristales, de modo que no hubiera contaminación en el proceso. Una buena idea.


Para los trabajadores hay una zona de limpieza, tanto de calzado como de manos, con un dispensador de jabón higiénico. De nuevo es cómplice con los niños y uno a uno van pasando por la máquina (algún mayor también hubiera querido pasar, y es que somos como niños). 




De la cámara frigorífica cuelgan los cuerpos (o cadáveres) de vacas y bueyes; y nos recuerdan a la película Rocky, el boxeador que se entrenaba en un matadero con ellos (siempre el cine trayendo imágenes). 




Tras el despiece, las piezas son llevadas a otra cámara donde se guardan el tiempo conveniente para ser selladas, por eso ese color rojo sangre, como el de las heridas al curar; este es el modo de que no haya infecciones o intrusiones en la carne. 




Al igual que se analiza la comida, también se analiza el producto final para destinarlo al mercado si está en perfectas condiciones; y además se encuentra completamente identificado, . Este es otro de los puntos a desarrollar, porque de momento se realiza en una sala pequeña en este edificio, que es lo más lógico para que esté todo en el mismo lugar y no necesite ser transportado, pero parece que puede ser algo eventual y se podría ampliar. 


Por último, la sala de empaquetado. 




Salimos del edificio y emprendemos el camino hacia el edificio principal, y ya en el grupo hay ambiente de hambre en general, y es que ver a los animales, tanto vivos como muertos, y el pequeño paseo campestre unido a la hora que es, son los factores necesarios y suficientes para poner en funcionamiento los jugos gástricos. 



La visita ha resultado muy entretenida, instructiva e interesante, sobre todo a aquellas que aún siendo de pueblo por nacimiento nos hemos perdido muchas actividades del mismo.

Pasemos al restaurante a comprobar el producto final.