6 de septiembre de 2011

Australia - Sydney - Sydney Opera House

La octava maravilla

Desde Circular Quay vamos a pasear por el lado contrario al de ayer, por supuesto con el fondo del Harbour Bridge. En este paseo  hay placas conmemorativas en el suelo, es el Writer’s Walk, en ellas hay el nombre de un escritor (principalmente australiano pero no necesariamente, también hay quienes no son del país pero lo han visitado), con alguna cita de un libro suyo. Vamos siguiendo los paseos y sus placas por las ciudades (de los modistos en NY, de los músicos en Viena…¿dónde hay más?)


Banjo Paterson es el poeta autor del himno no oficial de Australia, Waltzing Matilda. 





El paseo conduce a la majestuosa e impresionante (y eso que las fotos la hacen bastante justicia) Sydney Opera House. La Australian Opera Company compuso una ópera con el título de La octava maravilla en su honor y el 28 de junio de 2007 fue proclamada como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, honores merecidos. 



El edificio se levanta en el saliente de tierra conocido como Bennelong Point, nombre que recibe por un aborigen eora que vivió aquí, Bennelong, que fue intermediario entre los nuevos colonos y su pueblo, adoptando usos y costumbres de los blancos. Bennelong, como muchos de los de su tribu y otras tribus acabó sucumbiendo en el alcohol y la depresión ante los desmanes de los recién llegados. 

En 1955 se propuso un concurso para levantar la ópera de Sydney en este solar, donde antes había habido un fuerte y una terminal de tranvía, al que se presentaron 233 proyectos, ganando el del danés Jorn Utzon. 

La construcción comenzó en 1959, con un diseño que según Utzon se le ocurrió mientras desgajaba una naranja; aunque también asemejan a velas de barco, que es lo que a casi todo el mundo le recuerda, y casi se puede notar movimiento cuando se queda una contemplándola.


Desde el principio surgieron los problemas, los costos comenzaron a multiplicarse y la construcción a retrasarse. Una de las causas es que el terreno no era demasiado firme y necesitaba más ajustes de los estipulados. En 1966 Utzon, cansado y harto, abandonó la dirección y volvió a Dinamarca,  y el gobierno de Nueva Gales del Sur traspasó el proyecto a un equipo de arquitectos de Sydney. Para hacer frente al coste ascendente el gobierno utilizó las loterías para financiarlo, recaudando 102 millones de dólares, y también hizo un llamamiento para recoger fondos, reuniendo por este cauce 900.000 dólares. Al final, había costado diez veces más de lo previsto y se inauguraba con diez años de retraso por la reina Isabel en 1973. Por todo esto los ciudadanos la llamaron Soap (“culebrón”) Opera House. 

El tejado, o los tejados mejor dicho, que aparte de la forma de la construcción es lo que llama la atención por su blanco luminoso y radiante, tiene 67 m de altura y está compuesto por 27.230 toneladas de azulejos suecos, 1.056.000 millones de piezas, que no se notan hasta que no estás lo suficientemente cerca de ellas.


Después de disfrutarla por su exterior entramos, queremos enterarnos de sus visitas guiadas y comprar los tickets. 25AU$ en un tour, en inglés por supuesto. También hay un tour por la mañana muy temprano por detrás de los escenarios, pero este de momento no nos interesa; nos dan el turno de la 1.30 h y tenemos una hora por delante para gastarla en los alrededores, pero ya que estamos en la Opera House entremos a conocerla. 


Nuestro guía es el simpático y sonriente Neck, con un inglés-australiano no demasiado fuerte pero tampoco demasiado entendible para nosotros. Vamos con un audífono, con lo que no hay que separarse mucho de él para intentar no perderse demasiado de la explicación. 

Lo primero es ver un vídeo sobre su construcción, que se proyecta sobre las asombrosas piezas de hormigón de su interior. Del interior dicen que se asemeja al interior de una ballena, pero será porque yo no he estado nunca en el interior de ninguna que no tuve esa sensación en ningún momento, aunque con imaginación pueden ser “costillas gigantes” o un abanico desplegado. Lo que si me recordaron estas piezas fue a las películas de los años sesenta futuristas, a naves espaciales de cartón piedra. 


Entramos en la sala conocida como Studio, donde no se pueden hacer fotos. Es una sala multifuncional, con aspecto de cuadrilátero, donde se presentan todo tipo de espectáculos, principalmente alternativos, cuya característica especial es que se puede configurar según las necesidades del evento, moviendo y/o quitando asientos. Esta sala es una sinfonía en rojo: paredes y butacas de un rojo brillante y reluciente.

Después entramos en la sala más importante, el Concert Hall, la sala de mayor capacidad, donde se realizan espectáculos de todo tipo: ópera, danza, culturismo, pases de moda e incluso combates de sumo; como en la sala anterior también el escenario es configurable al evento. Está forrada en madera para conseguir su afamada acústica, los asientos son de un llamativo color rojo y se ve todo impoluto, como si no llevara más de treinta años utilizándose. Destaca su órgano, con más de 10.500 tubos, aunque no lo vemos completamente por estar tapado por el telón. La sala impresiona y al ver su sobriedad aunque con cierto toque minimalista es difícil pensar en un concierto de Kylie Minogue en ella.



Los plafones de vidrio que cuelgan del techo son para la orquesta, hacen que el sonido les reverbere y sepan que lo que tocan suena como debe; en principio son solo para la orquesta y no como los casetones del Musikverein de Viena que era también para el público.


Salimos al exterior, donde Neck nos muestra los azulejos y además contó algo interesante sobre ellos pero ninguno de nosotros terminó de pillarlo, por mucho que hicimos por entenderle y por mirar donde todo el mundo miraba asombrado; a lo mejor fue el detalle del número pero creo que fue algo técnico. 

Tras ello entramos en la sala de la Opera Theatre, con las mismas butacas que el Concert Hall, pero ahora las paredes están pintadas de negro para mantener la atención en el escenario. En ella suelen presentarse los espectáculos de ópera, ballet y danza. En el escenario están trabajando con los decorados, ahora se representa una versión modernizada de La bohéme de Puccini. 

Para finalizar la visita entramos en la Utzon Room, donde hay mural realizado por Jorn Utzon en 2004, que se inspiró en la música de Bach para su confección. Después de pasados más de treinta años de los problemas en la construcción y el abandono de Utzon, el gobierno de Nueva Gales del Sur contactó con él, ya octogenario, para remodelar el interior y él agradecido respondió, no en vano esta es su obra maestra. En la sala destacan sus vistas hacia la bahía, y que en él están terminando de montar las mesas para un evento, en el que habrá comida sin dudas, con lo que esta visita fue rápida para no molestar demasiado. 

Nuestro tour por la Opera House termina de nuevo con un vídeo sobre su desarrollo posterior. Personalmente de la construcción interior me esperaba mucho más, aunque no me ha decepcionado nada, con esas impresionantes placas de hormigón, pero seguro que un tour más extenso descubre más de sus secretos, como el de detrás del escenario.

Con esta visita ha dado la hora de comer y el hambre, y en el arco del paseo que conduce a la Opera House hay multitud de alternativas para hacerlo.


Hoy no nos arriesgamos con los vinos y preferimos una fresquita cerveza para acompañar nuestras hamburguesas. Para mí una más suave, light pero no tanto que tiene buen sabor y algo de alcohol, fabricada en la isla de Tasmania. 


Hemos visitado la Sydney Opera House pero todavía nos queda disfrutar de ella con diferentes vistas, distintos ángulos y diferente luz. 




1 de septiembre de 2011

Australia - Sydney - Customs House - Justice and Police Museum


Policías y ladrones

Saltándonos el día 2 continuamos con el día 3,  siguiendo la visita por Sydney. Vamos en dirección al Circular Quay, pero a su parte interna y terrestre, Alfred St, donde se encuentra el edificio de la Customs House (aduana), construido en 1885, que nos recuerda el tiempo en que los barcos mercantes amarraban en el cercano muelle. En su fachada destaca el escudo de la corona británico (el león y el unicornio) y el reloj, enmarcado entre tridentes y animales marinos. 


Se puede entrar a su vestíbulo y a algunas salas, nosotros solo lo hacemos al primero, donde debajo de un suelo de cristal donde se menciona a los antiguos propietarios aborígenes del terreno donde se asienta la ciudad, los eora, hay una maqueta de Sydney y su bahía. 


En la azotea hay instalada una terraza, desde la cual tiene que haber vistas interesantes a Circular Quay, pero es muy temprano para estar abierta, seguro que un buen lugar para los noches de primavera. 

Desde Alfred St llegamos a Albert St (jueguecitos de nombres) donde se halla el Justice and Police Museum, instalado en edificios que fueron sede de la policía portuaria y el tribunal de policía, construidos en 1856 en un estilo revival, basado en las basílicas donde se situaban los tribunales romanos - ¡Ave poli!-. Coste de la entrada, 10AU$. 




El museo resulta ser muy interesante, con una sala dedicada al cuerpo similar de la CIA en Australia, ASIO (Australian Security Intelligence Organisation) con el proyecto VENONA después de la Segunda Guerra Mundial, una colaboración de los servicios de inteligencia británicos y estadounidenses, con la participación de Australia; el seguimiento de supuestos y no tan supuestos miembros comunistas, en un ambiente hippy en muchas ocasiones…la lástima es que todo es en inglés, como es normal, y el traducir todo nos lleva demasiado tiempo, con lo que es una pasada no muy rápida pero no lo suficientemente lenta. 

La sala denominada Crimen y Castigo muestra objetos de castigo y tortura de las prisiones de Nueva Gales del Sur, como esta especie de embudo que introducían a los prisioneros charlatanes (se demuestra que el silencio es bueno en ocasiones) o  revolucionarios. 



Entrar en el Tribunal Policial es como entrar en una película, pero no en blanco y negro sino a todo color. Hay vitrinas con togas y con los pelucones blancos de rizos, aunque se les nota que necesitan un buen abrillantado y cepillado. 



En la sala sale el niño que todos llevamos dentro, y a algunas le es muy fácil sacarlo. Con esta carita de buena que voy a ser sospechosa o culpable.


En la sala Museo del Crimen se exhiben armas incautadas a los delincuentes (algunas impresionan tanto por ser toscas como dolorosas).



Detrás de esta vitrina se intuye un panel con fotografías de detenidos (a algunos te los encuentras de noche y aunque solo sea para pedirte la hora se te para el corazón).



En la sala de acusaciones, que era la entrada principal a la oficina de policía, era donde se fotografiaba a los detenidos, donde por supuesto también hay un juego, pero esto se queda en el álbum privado, vosotros me enténdeis y donde se tomaban declaraciones.



Un pasillo conduce a las celdas de detención, donde se esperaba el juicio o finalmente eran puestos en libertad; la primera de ellas, la más pequeña de todas, podía llegar a albergar a 12 detenidos. En ellas ahora hay exposiciones sobre el ámbito policial: la relación con los aborígenes, la ciencia forense y la dedicada a los salteadores de caminos, bushrangers, como el mítico Ned Kelly, aunque él no pasó por aquí. En ellas se cuentan historias trágicas, porque hablar de asesinatos y muertes es trágico pero hasta con su toque de humor, como el caso de un perro, Cherry, que ayudó a esclarecer un secuestro, por el ADN de su pelo y fue disecado (allí está para recuerdo y homenaje). 



La última sala que visitamos exhibe trajes de policía, chapas, sombreros -como han ido cambiando con el paso del tiempo-; máquinas de fotografías (incunables instrumentos) y fotografías de sucesos acaecidos (muchas de ellas de accidentes de tráfico). 



Con el deber cumplido salimos del museo contentos con su visita, ¡¡no me quiero quedar!!, ni mi marido tampoco que con el payaso que tuvo que soportar durante la visita creo que estuvo a punto de realizar un asesinato…que ideas e instrumentos allí no faltaban. 


Una visita instructiva a la par que divertida. 

31 de agosto de 2011

Australia - Sydney - Harbour Bridge


¡Nos gustan los puentes!

Retrocediendo a esta visita adelantada a Susannah Place, la zona de The Rocks está más o menos vista, siempre hay lugares por los que no hemos pasado, detalles en los que no nos hemos fijado, pero en términos generales ha sido una visita bastante completa y como no estamos todavía muy cansados decidimos ir al Harbour Bridge, si realizamos ahora este paseo nos adelantará para los siguientes días. 


El puente está considerado como una maravilla arquitectónica y de ingeniería, siendo además durante 30 años la estructura más alta de la ciudad. Fue construido según un proyecto de J.J.C. Bradfield, comenzando su construcción en 1923 y terminando en 1932, en plena depresión económica. En él trabajaron 1.400 trabajadores, 16 de los cuales murieron; el dato curioso es que Paul Hogan (Cocodrilo Dundee) trabajó en él como pintor. Antes de su construcción para acceder al centro de la ciudad desde la orilla norte era en transbordador o dando una vuelta de 30 km por una carretera que cruzaba cinco puentes. 


Fue levantando por partes en Milsons Point, en Luna Park (antes del payaso), terminando de pagarse el préstamo solicitado para su construcción, de 6,25 millones de libras australianas, en 1988. Durante su construcción fue conocido como Iron Lung, el pulmón de hierro y popularmente es conocido como the coathanger, la vieja percha. 
El puente tiene una longitud de 503 m, en su momento el más largo del mundo, una anchura de 48,8 m y el arco central está a 134 m sobre el agua. Tiene ocho carriles, con dos vías de ferrocarril, un paseo peatonal y un carril para bicicletas, completo sí que se pensó. 
Estar en el puente es un premio en sí mismo, sentir su estructura, el trabajo de levantarlo, pero este premio va acompañado de nuevas recompensas, las increíbles vistas de la bella bahía de Sydney, que no deja de dejarnos con la boca abierta y con la que todavía tengo felices sueños.




Vemos el Circular Quay, y el edificio de la terminal de cruceros, la entrada en barco seguro que es de las que no se olvidan jamás. 




Por supuesto destaca ella, la espectacular Opera House, con un nuevo book fotográfico a realizar.




No realizamos el recorrido completo, no pensamos entrar en la orilla norte ni en su parque de atracciones (zona que luego se haría famosa en las noticias, el barrio de Mosmann, en North Shore, por el secuestro de una joven, hija de millonarios, a la que le pusieron un collar bomba en el cuello, pero no llegamos a entender el desarrollo completo de la historia, que afortunadamente tuvo un final feliz), ya que el camino de vuelta será por el mismo carril, el otro como ya comenté es para bicicletas, con lo que a pesar de que las vistas nuevas de la bahía y lejanas de la Opera House seguro que merecen la pena, emprendimos la vuelta. Sin lugar a dudas los puentes son para caminarlos. 

Para caminarlos o para escalarlos como en este caso, gracias a la empresa Sydney Harbour Bridge Climb. El ascenso se realiza sujeto a un arnés, provisto de equipo proporcionado por la empresa (traje, botas). Nos hubiera gustado subir a él, pero el recorrido dura tres horas, demasiado tiempo para dejar de ver lugares interesantes, y además mi tobillo derecho me dará problemas con lo que no sería la mejor forma de darle descanso…pero esto queda apuntado para una próxima visita. No es que las vistas que vayamos a contemplar sean mejores que las que hemos disfrutado y vamos a disfrutar, pero me parece curioso y simpático hacerlo, aunque barato no es claro. 


Ya que no escalamos el puente nos conformamos con subir al South Pylon, a 88 m de altura, por el más módico precio de 11AU$. En su interior cuentan por medio de fotografías y vídeos detalles de su construcción. 


Desde su mirador una más amplia panorámica sobre la bahía, y como ya tenéis muy vista la Ópera (aunque no creo que nadie se pueda cansar de admirarla), una de una de las zonas residenciales y de los barquitos que afortunados navegan por estas aguas. 


También se puede contemplar el arco del puente.


Y se puede ver la anchura y los carriles de su estructura.


El día de la inauguración el puente estaba lo que se dice “abarrotao” (foto tomada de la exposición del South Pylon)


Con este paseo por el puente y esta subida al pilón hemos consumido las fuerzas, las horas de viaje y vuelo ahora comienzan a pesar, con lo que emprendemos la vuelta al hotel, y en esta vuelta es cuando volvemos a pasar por Susannah Place para visitar las casas. 
Desde nuestra ventana del hotel disfrutamos del atardecer, que sería más bonito en directo, pero que desde aquí no desmerece en absoluto. 


Deshacemos las maletas, no por completo, sacamos la ropa que previsiblemente podremos utilizar estos días en Sydney, aunque el calor de hoy nos ha trastocado los planes, no esperábamos un frío intenso pero si un aire fresco saludable para ser invierno en las antípodas, y en lugar de eso hemos ido en manga corta, con temperaturas de 25º. Algo de descanso y bajamos a cenar al restaurante del hotel, nada de excursionar para buscar un lugar cercano, que lo que tenemos que intentar es dormir, para mañana toca madrugón, aunque haré un salto temporal en el relato y este día lo contaré después de la visita completa a Sydney; aprovechando el buen tiempo que parece reinar iremos a las Blue Mountains



El título de esta entrega, ¡nos gustan los puentes! hace referencia a que en New York (ya sabéis las ciudades "nuestras" por su nombre) tenemos la costumbre de pasear por el de Brooklyn, es como un ritual para nosotros, y en la segunda visita en la ciudad paseamos por el de Manhattan, poco a poco iremos conociendo todos bajo nuestros pies, sean más llamativos o menos, más conocidos o menos, más estéticos o menos, a veces nos sorprenden y las vistas que se obtienen desde ellos seguro que merecen la pena el paseo. Pero New York es otra historia a contar, con calma y corazón. 

30 de agosto de 2011

Australia - Sydney - The Rocks - Arglyle Place - Garrison Church - Hero of Waterloo - Argyle Cut - Gloucester Walk - Playfair Street - Rocks Square - Argyle Terrace - Rocks Discovery Museum - Suez Canal - Nurses Walk - Susannah Place


En el corazón de las rocas

Bajamos de la Observatory Hill Hill por otro camino, afortunadamente tiene dos, y salimos al cruce de Lower Fort St con Argyle Place, este último es un pequeño parque al que todos los australianos tienen derecho a llevar su ganado a pacer, aunque nosotros no vimos paciendo ningún animal (ni de cuatro ni de dos patas). Aunque lo que resulta realmente encantador no es el parque sino la hilera de casas que lo bordean. 


A esta zona es a la que deberíamos haber salido desde Hickson Road en Millers Point, pero en su lugar hemos dado un rodeo, que no ha estado mal del todo. 

Enfrente se encuentra la Garrison Church, la Iglesia de la Guarnición, que fue la primera iglesia militar de la colonia. Se colocó la primera piedra en 1840 siendo, supuestamente, porque creo que este título me lo he encontrado en varios lugares del país al confeccionar la guía, la iglesia más antigua de Australia.



Su interior es sobrio pero muy cálido, no sé si lo digo mal pero muy british, donde destacan las vidrieras, el púlpito, las insignias y escudos de las tropas, el atril donde se lee la Biblia, el tríptico detrás del altar, el altar en madera de cedro. Detalles que un panel informativo a la entrada de la iglesia nos hace reparar en ellos.



Continuando por Lower Fort St, en una esquina se halla el pub más antiguo de la ciudad, el Hero of Waterloo, de 1844, que era el local favorito de las tropas de la guarnición (de la iglesia al pub o viceversa).



Una de las historias de marineros y de este pub en particular es la del crimping: los crimps llevaban a los recién llegados al pub para emborracharlos, eran dejados caer por una trampilla al sótano, arrastrados por un túnel y al despertarse se encontraban en alta mar navegando, habían sido reclutados involuntariamente. El sótano y el túnel también eran utilizados para el contrabando de ron.


A estas horas de la mañana no apetece una cerveza, pero con nocturnidad, a pesar de que la zona se ve demasiado tranquila para llegar y salir caminando, el ambiente tiene que animar a beberse más de una…y tentar la suerte.



Volvemos hacia atrás, hacia Garrison Church y enfilamos Argyle Street, donde se encuentra Argyle Cut, un túnel abierto en la piedra por presidiarios usando picos y martillos, tardando 18 años en construirse, desde su comienzo en 1843, necesitando de explosivos para terminarlo.


Bajando por la calle nos encontramos con unas escaleras, Argyle Steps, que decidimos explorar y salimos a un pasaje en alto, Gloucester Walk, con unas bonitas vistas sobre los tejados y chimeneas de las casas de The Rocks, que dan ganas de saltar y ponerse a cantar Chim Chiminey….tal cual Mary Poppins…nos sorprende y cautiva la ciudad con sus pequeños rincones.




Salimos a George Street, por el tramo final de la calle, donde los fines de semana se celebra un mercado, el Rocks Market, pero estamos a lunes y no hay nada. Bajamos por la calle en busca de Playfair Street, donde se encuentra la escultura First Impression, un memorial a los convictos, soldados y colonos que llegaron y construyeron The Rocks, representados en las tres caras de la escultura. 











Por Playfair Street entramos en una pequeña plaza, The Rocks Square, con una fuente algo más que curiosa y original



Decidimos repostar algo de comida, con un bocata de un Subway, es demasiado temprano para comer en serio, pero puede ser demasiado tarde si nos pega un bajón de jet lag, con lo que es más una solución de emergencia que de hambre propiamente dicho. 

Frente a la plaza la Argyle Terrace, un conjunto de bonitos edificios de los años 1875-1877 con bonitos balcones de hierro forjado, en los que se han instalado tiendas diversas



Salimos a Harrington St, donde nos encontramos un lindo pajarito, nuestro primer animal en libertad del país, un Ibis, que campa por la calle como si fuera suya buscando algo que llevarse a su grande y curvado pico.



Entramos en un conjunto de casas sin techo, como un pequeño laberinto, donde se puede sentir la humedad de las piedras, el moho…y las ratas pululando como a principios del siglo XX durante la epidemia de peste. Desconozco su nombre, su localización exacta (creo que una zona entre Mille Lane, Kendall, Lane y George St) y supongo que serían edificios que han sobrevivido parcialmente a la demolición y al paso del tiempo, pero es algo especial caminar entre sus muros.



A la salida de estos edificios nos topamos con el Rocks Discovery Museum, instalado en una casa de postas de 1850, con una suponemos interesante colección de objetos e imágenes que desgranan la historia de The Rocks, pero decidimos saltarnos esta visita, es lo que tiene el tiempo, que hay que intentar controlarlo lo mejor que entendemos, y preferimos pasear por las calles de la zona, que ya nos cuentan su historia que entrar en el museo, pero estoy convencida que su visita debe ser instructiva, porque además se ha contado con los aborígenes para contar la historia completa.



Por George St seguimos bajando para encontrar Suez Canal, un callejón pequeño (tan pequeño que a la que te descuidas te lo saltas si no andas en su búsqueda y sabes por dónde se localiza) que era conocido Sewer’s Canal, la cloaca, que ya con el nombre no incita a verlo pero ya no estamos en 1880 y todo está limpio, con las figuras recortadas de habitantes de la zona contando sus historias.



De este callejón salimos a Nurses Walk, otro callejón dedicado a las mujeres convictas que fueron reclutadas para trabajar en los hospitales de la ciudad.


De este callejón a Harrington St  y por una serie de escaleras, cuyo lado izquierdo se mantiene con escalones desnivelados por el tiempo y la humedad alcanzamos la parte trasera de una serie de casas, Susannah Place. 


Desafortunadamente está cerrado, es la hora de comer, y no podemos visitarlas, como era nuestra intención. Para intentar dar continuidad a esta zona de The Rocks vamos a entrar ahora, ya que esta visita la realizamos después.

Lo primero que hacemos es entrar en la encantadora tienda donde venden los tickets, 8AU$, donde nos atiende una simpática mujer de pelo cano, mirada dulce, sonrisa agradable, más parecía que nos iba a invitar a tomar una taza de té que a vendernos las entradas y a enseñarnos este museo. 

La razón de entrar es porque es la posibilidad de conocer cómo se ha vivido en The Rocks a lo largo del tiempo, y porque fue como un déjà vu de New York y sus edificios de inmigrantes del Lower East Side.

Susannah Place es una hilera de casas construidas en 1844 que han albergado a trabajadores desde esta fecha hasta 1990. Cada casa tiene dos habitaciones en la planta baja, que servían de sala y comedor, dos en la superior, los dormitorios, una cocina y una bodega en el sótano. 

Nuestra visita es en ingles, con lo que la señora se esforzó bastante para que la entendiéramos, aunque en muchas ocasiones nos perdimos, pero lo básico creo que lo captamos (con este inglés habría que trabajar mucho y duro). No hacemos fotos, no recuerdo si porque no se podía o sencillamente porque estábamos concentrados en el idioma. 

Para preservar su estructura no se realizan reparaciones a no ser que sean estrictamente necesarias, con lo que se nota perfectamente el paso del tiempo en desconchones, humedades, agujeros…aun así es curioso que nos dejan sentarnos en las sillas, sillones y sofás que decoran las casas, es más, nos incita la buena señora continuamente a ello, con lo que claramente son elementos puramente decorativos, que se han añadido para dar algo de vida al interior, y como el edificio estos muebles también tienen sus desperfectos. 

Lo que finalmente nos cuentan estas casas es la lucha de la supervivencia, y ellas mismas han quedado como supervivientes y memoria del pasado trabajador de las familias que las habitaron y que ayudaron a construir, a su modo, el Sydney actual. 

Un mapa de The Rocks para situarnos mejor: