Al salir de Bagaya Kyaung compramos unas bebidas frías, el calor es
asfixiante y la hidratación sumamente necesaria. Hoy toca una lata de café con leche
muy frío (que supongo que porque estaba frío y yo con ganas de beber,
porque no lo encontré tan malo como me esperaba). Después volvemos al trote de la carreta y a los hermosos paisajes a nuestro alrededor, con sus estampas de vida y de fe.
No
sé si por la admiración mostrada al pasar junto a las ruinas de Daw Gyan Paya o sencillamente por incluirlo por su cuenta, Myo decide parar
en Yadana Hsemee Paya, cuya cara de presentación es espectacular, y nos
recuerda mucho a las ruinas de My Son, en Vietnam, y algo más
lejanamente a las ruinas de Angkor, en Camboya. Los dos estamos ilusionados ante lo prometedor a primera vista de esta visita.
En primer plano hay tres estupas
grandes construidas en ladrillo, con formas diferentes y por supuesto con su hti. En la estupa de la derecha, sobre el dintel de entrada de piedra
labrada sobrevive parte de lo que suponemos se trata de la figura de una naga.
A la izquierda, una estupa en cuyo interior hay una imagen de Buda.
Finalmente la estupa central, que en su parte trasera nos tiene guardada una sorpresa, una imagen de Buda sentado.
La pequeña terraza que hay detrás de estas tres estupas está llena de encanto. En un lado permanece un edificio en ruinas, que produce algo de inseguridad por la inclinación de su fachada.
Sobre la puerta de entrada de este edificio, la figura del pavo real.
Asomarse
por esta puerta es tener una postal en la mente y en
nuestras cámaras: no hay techo, solo quedan las columnas en pie a ambos lados y las
paredes laterales, pero al fondo hay una estatua de Buda sentado que
seguramente en algún momento estuvo escondida entre la vegetación, vegetación salvaje que
ahora le aporta el complemento ideal. Un lugar con toda la magia
necesaria para quedarte en este enclave durante largo tiempo, que no es posible porque todos los visitantes quieren su fotografía.
Durante el viaje hemos tenido la suerte de conocer lugares y monumentos preciosos, algunos espectaculares, y otros llenos de magia, Yadana Hsemee Paya los reúne todos siendo una construcción simple, pero su situación, el paisaje y el misticismo que posee lo hace único y uno de los sitios que más nos impactó y que por supuesto nos gustó. No hemos llegado a Bagan, y esto sería algo así como una pequeña tapa de aperitivo para lo que nos espera en esta ciudad.
Con el traqueteo en el cuerpo por el paseo por Inwa en carreta, hacemos nuestra
primera parada en Bagaya Kyaung, un monasterio construido con madera de teca en
1834, de 57 m de largo y 32 m de ancho. En las escaleras de acceso, el
festival de la chancla tirada que no aparcada, y un cartel con las indicaciones de
respeto para visitarle (no calzado, no calcetines, no pantalones cortos,
no hombros descubiertos, y parece ser que incluso hubo –lo digo en
pasado porque nosotros no lo vimos- uno que rezaba “prohibido entrar
calzado, si le da miedo el calor del suelo, quédese en su casa”).
Bagaya
es un monasterio de teca sostenido por 267 postes de esta madera, el
mayor de ellos mide 18 m de altura y 2,7 m de diámetro.
Tras examinar los pilares, dejamos nuestras chanclas, intentamos dejarlas algo más colocadas que el resto, y subimos por la escalera de piedra.
Subimos
a la terraza de madera que rodea el edificio, que junto a la vegetación que rodea queda edificio confiere un conjunto muy exótico, eso sí, tenemos un sol justiciero sobre
nuestros cuerpos y sobre la tarima de madera del suelo, que parece la plancha de una barbacoa. Se parece mucho en general la construcción al palacio dorado o Shwenandaw Kyaung de Mandalay, aunque su tallado presenta menos filigranas.
Tanto
en el exterior como en el interior hay un gran trabajo labrado de la
madera, en puertas, ventanas y elementos decorativos; y sobre todo destaca la
figura del pavo real Kainayi, mitad ave, mitad mujer.
El interior es sobrio, predominando por supuesto la madera tallada como principal decoración.
En el santuario de la sala por supuesto hay una imagen de Buda, que en comparación con la norma resulta pequeña.
Como
se trata de un monasterio en activo pasamos a la sala donde se
imparten las enseñanzas, intentando molestar lo más mínimo al monje que
allí está leyendo (debe estar acostumbrado a las visitas sin parar, pero cuanto menos jaleo hagamos mejor).
Las visitas de la mañana terminan con nuestro paso por Hsinmyashin Paya Paya,
y en Sagaing comemos en restaurante de un hotel, lugar que en principio
no nos esperábamos, teníamos en mente que sería algo más propiamente
birmano y más "casero".
En el comedor las mesas son amplias,
para al menos ocho comensales, así que nos sentamos en una de ellas, que
están preparadas con un plato giratorio en el centro, para poder
compartir los platos con tranquilidad y con algo de jolgorio.
Tienen
una amplia carta seccionada por
productos con diferentes elaboraciones, y en inglés, por lo que es fácil
entender que pedir.
Los dos nos decantamos por
noodles -será nuestra alternativa al curry a partir de ahora-, uno solo con verduras y otro además con pollo. Un plato
contundente en cantidad y bueno de sabor, con lo que comimos muy bien.
Acompañado por una botella de cerveza birmana (que bueno es lo de no
conducir) y otra de agua. 11.000 kyats (3.500 y 4.000 por plato, 3.000
por cerveza, 500 por agua; unos 7€).
Lo poco que vimos de
las calles en Sagaing nos hace ver que siguen la tónica casi general de todas las
poblaciones, difíciles para caminar por ellas ya que no hay aceras, hay
montones de tierra, coches aparcados, tiendas que dificultan el paso, y
arena o barro si ha llovido.
Volvemos a cruzar el puente Yadanabon sobre el río Irrawaddy.
Paramos
en un embarcadero del río para ir a nuestro próximo destino de visita,
la antigua ciudad de Inwa (rebautizada Ava por los británicos, y como
mayoritariamente es conocida) ya que aunque se puede llegar en coche, el
rodeo que se tiene que dar es demasiado grande, y así aparte de ser más
rápido, se navega y se tienen bonitas vistas y sensaciones.
Antes
de embarcar somos asediados por una legión de vendedoras artículos en
mano, y finalmente caigo comprando un sombrero que vale como tal y en
teoría como abanico, pero esta segunda función no es tan buena como la
primera y principal.
El sonido del bote
en el que navegamos nos recuerda nuestra navegación en el rio Mekong en Vietnam,
que tantas buenas emociones nos despertaron, tantas imágenes nos ofreció
y tantos recuerdos nos dejó.
A la llegada al
embarcadero de Inwa, otra legión de vendedoras principalmente, que
también hay algún chico, nos espera para seguirnos durante una parte del
camino intentando vender sus productos; además mi sombrero nuevo me
delata como compradora, con lo que puedo ser considerada presa fácil con
otro artículo.
Inwa, que significa “boca del lago”, se
encuentra a unos 16 km al sur de Mandalay, situada en una especie de
isla entre los ríos Irrawaddy y Myitnge, limitada al sur además por un canal de este último, y por eso hemos llegado en bote como medio más
rápido. Inwa fue capital del reino birmano casi 400 años, de 1364 a 1752, con una continuidad más
larga que ninguna otra ciudad, y posteriormente también lo fue de 1764 a 1783 y de 1823 a
1841, nombrada por el rey Bagydaw, hasta que tras el terremoto de 1830
la ciudad fue arrasada por un terremoto que destruyó la mayor parte de sus
edificios.
El nombre pali de Inwa era Ratmapura, “la ciudad de
las gemas”. Cuando los británicos ocuparon el sur de Myanmar, después de
la Segunda Guerra Anglobirmana, gran parte del norte del país era
conocido como el reino de Ava.
Lo primero es contratar el medio de transporte con
el que nos moveremos, y este no es otro que un coche de caballos, que a
priori parece un poco pintoresco, tanto por él mismo como por la bonita
decoración de las carretas. Por supuesto Myo es el que realiza esta
labor, tras lo cual subimos al mismo.
La verdad es que el camino parece más una romería que se pone en marcha en dirección a un santuario, dado el tráfico de turistas y carretas.
Yo
voy sentada junto al conductor, a su lado izquierdo, y me tengo que
agarrar con fuerza para no salir despedida o para no volcarme sobre él,
acto que no creo que le gustara demasiado, aunque estoy segura que le
habrá pasado en más de una ocasión. Es divertido aunque un poco
agotador.
Cuando en el camino hay una cuesta el
conductor azuza al caballo (que penita me da) para que pueda afrontarla
con fuerza y con todo el peso del que está tirando.
El
paisaje que nos rodea nos parece espectacular, donde se mezclan los campos de cultivo
con la vegetación y las estupas, y a pesar del trajín de los coches de
caballos se siente una inmensa tranquilidad contagiosa.
Pasamos
junto a un complejo antiguo de pagodas de ladrillo que nos llama la
atención, Daw Gyan Paya, pero no paramos, aunque nosotros mostramos
nuestra admiración con palabras de alabanza.
Creo
que parte del encanto que mantiene esta ciudad es el que no circulen
coches por ella, y así debería ser para no masificarla más de lo que ya
está; la solución sería tan fácil como construir un pequeño puente que
cruzara el afluente del río Irrawaddy, el río Myitnge, pero también
supongo que no está en los planes a corto o medio plazo, Myanmar tiene
otros aspectos a ir mejorando y este no debe ser prioritario. Yo voto
por los coches de caballos y el mantenimiento de estos puestos de
trabajo, pero con unas condiciones adecuadas para los animales siempre.
El recorrido que vamos a realizar se puede hacer a pie
-pero no hacerlo en el coche de caballos es perderse una experiencia
más-, que cuenta con la ventaja de poder tomar caminos alternativos,
pasar por lugares y monumentos no tan transitados, ya que como he
mencionado hay muchas estupas, muchas de ellas algo escondidas entre la
vegetación. Por un momento pensé en hacer el camino de salida andando,
pero una vez allí decidí que mejor no: el calor, el polvo, los
excrementos, el tráfico de carretas, no era lo más indicado, y si
nosotros nos adentrábamos por los caminos posiblemente nos quedaríamos
atrapados en ellos sin remisión, porque nos pierde hacer estas cosas y
perdernos con rumbo pero sin ruta, dejándonos llevar por lo que surge en
el camino, así que asumimos que no veremos todo lo que esta increíble
ciudad ofrece. Para aquellos interesados en caminar, lo mejor es hacerlo
en la temporada que no haga mucho calor, ir provistos de agua, y sobre
todo de tiempo, y si es necesario pasar el día en este histórica y
sorprendente ciudad para exprimirla y disfrutarla bien y con calma.
En la ciudad hay un museo por si alguien
está interesado en visitarle, pero no puedo decir nada de su interior,
si es lo suficientemente interesante o es una recopilación menor.
Nuestra primera visión de esta ciudad al trote nos ha encandilado y estamos ansiosos de conocerla todo lo que podamos.