20 de mayo de 2015

Canadá - Niagara on the Lake


 Una histórica y coqueta ciudad



Emprendemos la salida de Niagara Falls dejando atrás las maravillosas y lúdicas cataratas del Niágara, y atravesamos parte de la localidad, donde viven los locales sin atracciones, ruidos y olores de comida, donde hay bonitas casas de madera de principios de siglo XIX o en imitación a este estilo, muchas de ellas reconvertidas en alojamientos. Y aunque parezca increíble hasta resulta un oasis de tranquilidad, tan cerca del bullicio y tan alejada de él.
 
Pasamos junto al sorprendente Ten Thousand Buddha Temple, y escribo sorprendente porque nunca hubiera imaginado un templo budista precisamente en esta localización. 
 

También pasamos por la entrada a los Botanical Gardens, que seguro que tiene un agradable paseo por ellos. 
 
 
Por la Sir Adam Beck Hydroelectric Power y finalmente desde el autobús podemos captar con la cámara de refilón el Floral Clock


Salimos de Niagara Falls y entramos en Queenston Heights, donde parece ser que se encontraban originalmente las cataratas (impresionante el retroceso en 12.000 años, retroceso que provocará su desaparición en miles de años más). Queenston Heights fue un lugar muy disputado durante la guerra de 1812 con los estadounidenses.

Estamos en la península del Niágara, situada en el paralelo 43, aproximadamente a la misma latitud que el norte de California y algo más al sur que Burdeos; con estas pistas solo queda mencionar que en esta península se cultivan viñedos, favorecidos por el clima moderado del lago Ontario, las montañas del Niágara y la riqueza del suelo. Desde los años ochenta del siglo XX las explotaciones de la región se han desarrollado y algunos de sus vinos han sido galardonados en certámenes internacionales. 

En Ontario, y en la península del Niágara, se elabora el llamado vino de hielo: durante la vendimia algunas uvas se dejan en la vid, que se cubre con una red para protegerlas de los pájaros, y si las tormentas o el moho no las destruyen, las uvas adquieren un sabor más dulce y concentrado, hasta que el frío invierno las congela durante los meses de diciembre y enero, tras los cuales se recolectan a mano y en las horas previas al amanecer para que el calor del sol no mezcle el hielo con su jugo; a continuación se prensan y se guarda el mosto en cubas madurando durante varios meses, a veces incluso un año; después se decanta y se obtiene un vino de sabor intenso con un grado de alcohol superior al habitual. Lo malo de este vino es su alto precio, pero es que tiene un alto coste, se necesita más uva para elaborarlo, el proceso de elaboración es costoso y además hay un alto riesgo de perder la cosecha.

Entramos y paramos en la bonita localidad de Niagara on the Lake, una de las poblaciones mejor conservadas de Norteamérica, que refleja muy bien lo que sería la vida en el siglo XIX. Originalmente fue llamada Butlersburg en honor al coronel John Butler, luego pasó a llamarse Newark y fue la primera capital del Alto Canadá (ahora provincia de Ontario) de 1792 a 1796, siendo un sitio militar británico y de refugio para los legitimistas británicos que huían de los Estados Unidos.

En 1796, ante el temor de un ataque estadounidense por su proximidad a la frontera, la capitalidad pasó a York (hoy Toronto). Los temores estaban bien fundados, ya que en 1813 los estadounidenses cruzaron el río Niágara e incendiaron la ciudad, destruyendo algunas de las mansiones más elegantes de Ontario. Tras ello, la reconstrucción empezó casi de inmediato y desde entonces el aspecto de la ciudad se mantiene casi intacto.

En torno a 1880 cambia su nombre de Neward por el actual, Niagara on the Lake, para diferenciarse de Niagara Falls.

Estacionamos cerca del centro, junto a la St Vicent de Paul Church, en Picton St, construida en 1835, aunque lo que vemos en su entrada octogonal, un añadido en 1965. 
 
 
Giramos por la principal King St, pero no nos detenemos en este cruce importante, aunque sí disfrutamos bajo la fina lluvia de lo que vamos viendo en esta localidad que parece anclada en el tiempo, con sus bonitas y elegantes casas de madera. 
 

 
Ángel nos lleva directamente a paso acelerado a Queen’s Royal Park, un pequeño parque donde se alza un pabellón o gazebo que fue instalado para la filmación de la película La zona muerta, dirigida por David Cronenberg, basada en una novela de Stephen King y protagonizada por Christopher Walken. El parque y principalmente el pabellón están concurridos de turistas. 
 
 
El parque se sitúa en la desembocadura del río Niágara en el lago Ontario, y por esta vista es por lo que hemos comenzado aquí la exploración de la ciudad. 
 

 
Desde el parque se divisa la orilla perteneciente al estadounidense estado de New York, donde se sitúa Fort Niagara
 
 
En territorio canadiense, a nuestra derecha se encuentra Fort Mississauga, y a nuestra izquierda, Fort George, pero como cualquiera de estos dos paseos y visitas nos llevarían demasiado tiempo, desistimos de intentarlo y decidimos, ya por nuestra cuenta, ir al centro, tomando de nuevo King St, donde en su cruce con Front St se encuentra un Bed and Breakfast que por su nombre supongo que antaño alojaría un banco, The old bank house. 
 

En el cruce de King St con Queen St se encuentra The Niagara Apothecary, una antigua farmacia que data de 1866, aunque posiblemente el edificio sea de 1820. 
 
 
Como farmacia dejó de funcionar en 1964 y ahora es una tienda de artículos varios, aunque afortunadamente se ha mantenido su decoración, con frascos, carteles, vitrinas, instrumentos (la campana es un dispensador de perfume que funcionaba con un penique, donde se colocaba en la campana un pañuelo que era rociado). No cobran por hacer fotografías, pero agradecen un donativo. Lo más importante es encontrar el momento adecuado para que al menos su interior esté lo más despejado posible de visitantes.
 
 


Caminamos por King St hasta la torre del reloj
 
 
Aprovechamos para entrar en una de las muchas tiendas que hay en esta calle, en este caso, de vinos, donde compramos ese famoso vino de hielo, pero sí no os va este líquido elemento hay otra tienda de mermeladas caseras a la que nos quedamos con las ganas de curiosear. Ya no queda tiempo para mucho más, pero una necesidad física nos lleva a entrar en el hotel situado en el cruce de King St y Queen St, frente a la farmacia, Prince of Wales
 
 
Hacemos un tres en uno, conocer el interior del hotel (cuyas fotos no han salido porque al intentar no sacar a las personas que disfrutaban de sus cenas y bebidas no se ve nada significativo en ellas), que es muy británico, con madera y cristaleras; evacuar y rellenar con unos capuccinos. 
 

 
Después de conocer esta coqueta localidad de Niagara on the Lake creo que es una buena alternativa para pasar un día entre viñedos, casas del siglo XIX, fuertes y tiendas. Hay 30 explotaciones vinícolas que pueden visitarse, y para ello, ir con alguien que no beba o mejor contratar un tour, despreocuparse y disfrutar.

Como es la última noche del tour, Ángel nos entrega la típica encuesta para rellenar con nuestras impresiones, y por lo que vimos y luego comentamos, todos nos dedicamos a escribir, y eso que normalmente nosotros solemos ser comedidos en estas valoraciones, pero en esta ocasión, hubo varios despropósitos logísticos, Roberval y L'Isle aux Coudres, que no se podían dejar por alto en el intento de favorecer a posteriores turistas. Eso sí, en lo que creo que hubo unanimidad fue en valorar la labor de Ángel, tanto en el aspecto cultural del país, como en su buen hacer para que el grupo funcionara.

11 de mayo de 2015

Canadá - Niagara Falls (localidad)



Niagara Falls, Amusement Town

La localidad canadiense de Niagara Falls se extiende unos 3 km a orillas del río Niágara, estando dividida en dos partes, la zona antigua, y la zona nueva, creada alrededor de las cataratas, donde se ha creado un algo espérpentico parque de atracciones, que asusta por encontrarse tan cerca de unas cataratas tan espectaculares.

No faltan los hoteles instalados en torres para poder tener vistas estupendas de las cataratas: el Marriott; el Tower Hotel (con forma de vaso), construido en 1962, siendo la primera torre observatorio en Niágara; el Hotel Embassy Suites; el Oakes Hotel; el Hilton and Suites; el Sheraton; Falls View Casino Resort, y la torre Skylon, construida en 1964 con 236 m de altura, que cuenta con dos restaurantes. Opciones de dormir y/o comer con vistas no faltan desde luego. 




Curiosos resultan los autobuses que circulan por la ciudad, los típicos londinenses de dos pisos, no sé si son una réplica o una compra directa como en el caso del hotel en el Parque Nacional de Seoraksan en Corea del Sur, aunque en este caso eran a título decorativo y no funcional (bueno, creo que fiestas también se podían celebrar en uno de ellos). Lo mejor de estos autobuses es que además de acercarte a las atracciones, en su precio (no precisamente barato) se incluye la entrada a algunas de ellos con pase prioritario para evitar colas. Lo realmente alucinante es que se contraten para bodas (pero el pensamiento norteamericano es otra historia). 


El taxi, tras nuestro paseo en helicóptero sobre las cataratas del Niágara nos deja en el Sheraton Hotel, situado junto al casino Niagara. Entre casinos, restaurantes y luces de neón que se deben encender en la noche esto es como un mini Las Vegas canadienses. 

Que tiene su continuación en el Niagara Falls estadounidense. 

Nos reunimos con el grupo del tour en el hotel, ya que hoy comeremos en su restaurante, y como está situado en una planta alta no dejamos pasar la ocasión, así hacíamos dos cosas a la vez, comer y ver, porque si hubiera sido en un restaurante a pie de calle, posiblemente hubiéramos optado por un perrito caliente o un trozo de pizza para aprovechar el tiempo en otras actividades lúdicas, ya en las cataratas ya en este peculiar parque de atracciones.

La comida es tipo buffet y no resulta mala, aparte de la posibilidad de elección que siempre es más favorable que un menú cerrado. Acompañamos con cerveza canadiense, seguimos con Molson pero otra variedad. 

Tenemos vistas del skyline de Niagara Falls. 

Pero por supuesta las vistas más apreciadas son de las cataratas, y para tenerlas nítidas salimos en turnos a un pequeño balcón habilitado. 



El Rainbow Bridge que comunica Canadá con EEUU siempre colapsado de tráfico.

Después de comer nos queda algo de tiempo libre, no demasiado, que aprovechamos para curiosear por Niagara Falls, así que giramos por Clifton Hill y nos encontramos con un parque de atracciones terrorífico (adjetivo aplicado en dos acepciones, por las propias instalaciones y por la monstruosidad que han sido capaces de crear). 

Hay un museo de cera, que parece que si falta es una carencia y un despropósito. Enfrente, el museo dedicado a los récords Guinness. 

Los restaurantes también son una atracción en sí mismos por sus singulares decoraciones. 

No falta el olor a dulce en el aire, parque de atracciones y azúcar son dos elementos asociados; empacho a pie de calle.

Como ya he comentado muchas atracciones están dedicadas al terror, como la casa encantada de Drácula (que con esa entrada podría pasar por la consulta macabra de un dentista). 


Divertido parece el museo Ripley’s Believe It or Not? Con un King Kong sobre un mini Empire State inclinado. 


Un museo de motos Harley-Davidson. 


La mediana noria, porque más grandes en el mundo las hay, y en localizaciones más atípicas, como en Osaka.

Aquí Frankestein come Whoopers. 

Y tiene su casa al lado para echarse la siesta, si le dejan los gritos de los que entran en ella. 

En una pequeña atracción de la MGM, con león rugiente incluido, hay escasos usuarios, porque a simple vista no parece ser lo suficientemente adrenalínica, pero desconocemos si tiene algo más curioso que no se ve. 

Aún a riesgo de parecer terroríficamente hortera o terroríficamente yankee, pasar un día en Niagara Falls debe ser divertido, disfrutar de la naturaleza con las cataratas y sus posibilidades, así como de estas atracciones, y por la noche, llena de luces tiene que tener su encanto particular y especial. Cierto es que más gratificante sería pasear por el Niagara Parkway que sigue el curso del río hacia el norte hasta la población de Niagara on the Lake, a unos 20 km. Como también parece más sensato que en lugar de crear unas cataratas tan urbanas, este parque de atracciones se hubiera situado más alejada de ellas, para preservar su entorno, pero "money es money".

7 de mayo de 2015

España - Madrid - (Restaurante) StreetXO



Estrellas low cost

En un sábado tontuno nos acercamos a intentar comer a la zona del Gourmet Experience del centro comercial El Corte Inglés de Serrano, porque allí se ha instalado el restaurante-bar de concepción asiática callejera de Daviz Muñoz (Dabiz escribe él, que no sé como lo pronuncia), el laureado chef con tres estrellas Michelin que tenemos en Madrid (o ¿Madriz?). Dado que intentar comer en su restaurante formal Diverxo, es tarea casi imposible (fines de semana completos y entre semana que es cuando hay algún hueco para nosotros es imposible acudir), acudimos a StreetXO para ver si teníamos más suerte, y así probábamos su cocina, aunque no en su versión más extendida y seguramente no tan creativa y extravagante, pero por algo se empieza.

Las vistas de la Milla de Oro madrileña, la calle Serrano, son buenas desde la cristalera y las terrazas del centro. 



Hace dos años intentamos cenar en su restaurante, cuando se localizaba en la calle Pensamiento, pero una mala gestión de reservas (en nuestro caso no confirmaron hasta el mismo día de ella) y un malentendido por mi parte (confusión de oídos) y que ya habíamos reservado en otro restaurante al tratarse de una celebración y ante la falta de confirmación, Gastro Sergi Arola, no pudo realizarse el encuentro.

En StreetXO no se puede reservar, hay que hacer cola para ir entrando ordenadamente. Ventaja e inconveniente a la vez; ventaja, porque en teoría hay más posibilidades; inconveniente, porque no se sabe a la hora que se comerá con certeza. Así que lo mejor es llegar temprano para hacer cola y entrar en la primera tanda de comensales, y es lo que hicimos nosotros, aunque la cola ya era importante cuando nos pusimos, pero aún así, casi por los pelos entramos en este turno.

Se entra por una cortina de plástico, como la que se veían (no sé si siguen en activo) en los mataderos, por ejemplo; aunque también podría ser un centro de lavado automático de coches, en que de repente en lugar de jabón comenzara a caer comida. El logo es como un grafiti, y allí está David marcando cresta. Original, pues sí. 



La imitación a los restaurantes callejeros asiáticos es que la mayoría de los asientos se encuentran en la amplia barra que rodea el centro de operaciones culinarias; alrededor de la barra taburetes dispares, algunos clásicos y otros montados sobre cajas de envío de mercancías. También hay una terraza (el día era bueno pero a la sombra no apetecible) y unas cuantas mesas normales (concebidas creo que para personas con discapacidad o con niños). 

Fuente: hola.com

La carta es totalmente apetecible, menos dos platos cuyos ingredientes no son de mi agrado, con lo que tenemos que poner sentido común y sobre todo consenso. 



Si algo es de aplauso es la perfecta organización del equipo de cocineros y camareros; no los conté pero fácilmente habría diez-doce detrás de la barra, cantando (más bien gritando a tope) las comandas. Esto es meritorio, ya no solo por las órdenes que tengan de David, sino por el propio equipo, que en lugar del típico mandil negro llevan una especie de camisa de fuerza (y es que hay que estar un poco loco para aguantar el ritmo en cocina). 


Los peores asientos en la barra son sin duda los situados frente a la parrilla, y nosotros estamos hacia un lado, con lo que algo del calor nos llega, pero no tanto como para sudar la gota gorda. 


Aunque no solemos tomar aperitivo bebible alcohólico para comenzar una comida (a excepción de una copa de champán), en este caso lo hacemos, ya que vamos a probar la oferta del local, hagámoslo completamente. Preguntados sobre nuestros gustos, a él le aconsejan un negrini (vermut rojo, ginebra y campari) con frutos rojos macerados; y a mí, algo fuerte, whisky con mango (aquí comienzo a tener dudas de si podré bajar de la banqueta dignamente), del que primero tengo que comer la cuchara con los pequeños trozos de mango para que el paladar se inunde de su sabor y potencie el líquido. No sé cuál de los dos me pareció más fuerte, el mío se suavizaba con el mango (o con los tragos), y su presentación en vaso de cartón tipo café callejero es curiosa (aparte de evitar tener que lavar y que es material reciclable). 


Si volvemos a comer aquí creo que evitaría tomar cóctel y directamente pasaríamos a pedir vino (aunque en la carta no había ninguno que nos convenciera especialmente) o cerveza. 

Decidimos que vamos a pedir cuatro platos para compartir, si el estómago se queda insatisfecho ya seguimos haciendo pruebas. Los cubiertos de plástico, usar y tirar, como una comida comprada en la calle.

Lasaña coreana de wonton y vaca vieja gallega con shitakes (setas), tomates escabechados, picantes, bechamel de cabra cardamomo. Ya el adjetivo coreano nos gana a la primera y no hay discusión en su elección. Realmente sabrosa y jugosa la lasaña, de la que daban ganas de pedirse una bandeja. ¡Qué difícil es compartir cuando está rico!



Pez mantequilla a la robata con mojo canarionikkei, pastel de patata y bacon ahumado, con aliño de cesar salad. La robata es un modo de cocción de origen japonés, que sería como una brocheta a la barbacoa. Si el encuentro con el pez mantequilla suele ser algo anodino e insulso, a pesar del gran aprecio que en Japón le tienen, en este caso el mojo le da el punto perfecto. Por un momento pensé que eran chips de yuca, pero eran chips de patata. 


Costillas de raya y hojas de banana más sambal indonesio de pasta de crustáceos. Spicy salmorejo cremoso picante, con pan de gambas. En la pescadería que frecuento no tienen raya, solo la he conseguido en una ocasión, y es un pescado que me gusta mucho, a pesar de tener que ir limpiando sus espinas (lo de chupetear también puede ser un placer), así que tampoco hubo dudas en esta elección.

Este plato lo presentan sobre un salvamanteles de papel, que como podréis suponer terminó como un cuadro artístico. La raya es cocinada en la barbacoa envuelta en hoja de banana (en Vietnam y Camboya estas hojas son utilizadas en muchos platos, como supongo también lo será en otros países asiáticos). El sambal es un condimento de origen indonesio elaborado con pimientos, donde por supuesto no faltan los picantes. El contrapunto lo da el salmorejo de forma equilibrada. Y qué decir del típico pan de gambas, no hace falta desmerecer un producto conocido y famoso, solo presentarlo de otra forma, con otro sabor y toque. 



Chili crab, pimentón, chipotles (chile seco y picante), palo cortado (vino dulce), acompañados de mantou (panecillos chinos al vapor). Fue la elección más arriesgada, pero ya que estábamos ¿porque no? El chili crab es originario de Singapur, se trata de una salsa espesa, potente y en este caso bien picante, con pequeños cangrejos, a los que hay que meter mano para comer (por lo tanto los dedos o te los chupas o te los limpias constantemente para poder seguir la tarea…). Nos gustó y sorprendió pero no es un plato para repetir con asiduidad. Los panecillos estaban riquísimos. 



Finalmente no nos hemos quedado con hambre, las cantidades a compartir son realmente generosas (a no ser que se sea un gran comedor). La sorpresa nos la encontramos en la cuenta: dos cócteles, una cerveza, dos botellas de agua, cuatro platos…89 € (el precio de los platos varía entre los 11-15 €). Para nosotros una relación precio-calidad-cantidad insuperable, Dabiz nos ha ganado el estómago por goleada y sin estar preparados para ello, lo que tiene doble mérito. ¿Repetir?, ¡por supuesto!, aunque sospecho que tendremos que buscar fechas en las que la cola no sea especialmente grande. Ahora sí que tenemos ganas de probar su cocina en Diverxo, aunque para ello tengamos que hacer una reserva a seis o más meses vista, sabiendo que no tendrá que ver mucho con lo que hemos comido hoy, aparte de esa fusión de cocina asiática que tanto gusta a los cocineros o chefs.

Como no hemos tomado postre (ni preguntamos pero creo que no ofrecen) a la salida hacemos la segunda parada en esta zona del Gourmet Experience, y creo que la razón de esta falta dulce en la carta de StreetXO. Rocambolesc, la heladería de Jordi Roca, el repostero de los hermanos Roca, también laureados con tres estrellas Michelin; un pequeño espacio decorado como la fábrica de chocolate de Willy Wonka. También sirven cafés, y tanto estos como los helados se pueden tomar (disfrutar y degustar) en tres mesas altas en el espacio que ocupan. 


Fuente: hola.com

Como los sabores más sorprendentes que ofrecen de helado no nos apetecen demasiado en este momento, elegimos un clásico de chocolate, servido en tarrina (que también puede ser en cucurucho), y al que se pueden añadir toppings (nubes de violeta, chocolates, frutos secos…). Un helado muy cremoso, muy sabroso, y contundente. 



Para rematar la jornada solo nos faltó tomarnos un cóctel a base de tequila o mezcal en la antojería Cascabel, del mexicano Roberto Ruiz, artífice del también laureado y famoso PuntoMX, que ya tiene una estrella Michelin. Pero esto lo dejamos para otra ocasión, y así disfrutamos de los cócteles y de su comida (ya que en el restaurante ocurre como en Diverxo, es difícil realizar una reserva). 

Fuente: hola.com

Lo peor del espacio en general es el alto ruido. Desde Cascabel suena música mexicana, por ejemplo la famosa canción del grupo reivindicativo Molotov, Gimme the power, que los camareros gritan a pleno pulmón en una de sus frases: ¡Viva México cabrones!

En resumen, una formidable apuesta gastronómica del Gourmet Experience, aunque el espacio se queda algo pequeño y resulta un poco caótico (colas para los restaurantes, colas para la heladería, que aunque estén organizadas no deja de crearse un tapón).