3 de abril de 2018

España - Santiago de Compostela - Restaurante A Tafona

Gastronomía en la tahona

Una de las noches que pasamos en Santiago de Compostela reservamos mesa en el restaurante A Tafona, cuyos fogones están en manos de Lucía Freitas, cocinera que ha pasado por los restaurantes Celler de Can Roca, El Bohío y Mugaritz entre otros. La entrada al restaurante está situada en una pequeña calle que sale de la calle Virxe da Cerca, aunque esta última calle es la que figura como dirección, ya que forma parte de un hotel (que no nos pareció operativo durante nuestra visita). 




Nuestra mesa, que podría acoger a cuatro comensales, está situada frente a la cocina, y esto siempre es un plus añadido, porque ves el trajín que hay en ella, con mucho trabajo (no estaba completo el restaurante) pero con serenidad y organización. 



Un interesante y rico surtido de pan: de maíz y cebolla, de aceitunas, de castañas y pipas, de pasas y centeno, con agua de mar. Los panes en general durante nuestro viaje por Galicia siempre han resultado maravillosos en los restaurantes, para dar buena cuenta de ellos sin necesidad de que acompañen otros alimentos, muy sabrosos y con una masa suculenta. 


Una mantequilla que creo recordar que era a la trufa, pero no lo aseguro. 


Ofrecen dos menús de degustación, uno corto y uno largo, y aunque una pareja que unos pocos días antes habían cenado aquí nos había aconsejado el corto al considerar que sería suficiente, de nuevo nos marcamos un órdago al menú largo, ya que si hemos llegado hasta aquí vamos a intentar probarlo todo, y tener más abanico de experiencia. Nos preguntan por intolerancias, alergias o gustos, pero no nos dan una guía de menú, irán sorprendiéndonos en cada plato, contándonos de qué se trata.

También optamos por el maridaje, que en su mayoría será con vinos gallegos, que hay que hacer patria, además así nosotros ampliamos nuestros conocimientos. El primero es un Aphros Loureiro 2015, con el que ya nos sorprenden gratamente en paladar y ojos, ya que la copa en la que nos lo sirven es muy “cool”; es un vino verde espumoso, refrescante, con sabores cítricos, elaborado en la vecina Portugal. 



Comenzamos con una ronda de snacks.

El primero formado por un tirado de listado en hoja de limonero (al listado también se le llama bonito, aunque su textura y sabor se asemejan bastante no son lo mismo), un sabroso bocado aderezado con lima y un poco de ponzu (adoramos esta salsa japonesa, que muchos chefs españoles ya la usan como propia); y un airbag de tomate envuelto en panceta ahumada, que resulta crujiente y muy rico, mezclándose los tres sabores armónicamente (hojaldre, tomate y panceta). 




La segunda ronda de snacks consta de un cono crujiente de paté, cebolla crujiente y un cubo de gelatina de membrillo, muy rico y con contrastes de sabor y texturas; una brandada (en espuma) crujiente de bacalao, el crujiente es la propia piel del pescado, que para no ser uno de los que me gusten, me pareció muy bueno; y una croqueta de callos con emulsión de pimentón (como en una especie de alioli), y sigo con las sorpresas de mi paladar, porque ahora sí que sí, los callos no los soporto, y estos, al ser un bocado pequeño y en croqueta hasta me parecieron ricos. Por supuesto que la presentación en la caja de un celemín o similar y sobre una cama de trigo llama la atención, pero cuidado con no llevarse uno de esos granos a la boca. 


Los snacks terminan con una empanada líquida de maíz y caballa, así que en lugar de con cuchillo y tenedor te comes la empanada con cuchara. Impresionante, y el uso del maíz a mí personalmente me gusta, no tanto a mi pareja, que es más de trigo. 


Comenzamos una primera ronda de platos, acompañados por un Vid Vicious 2015, un vino de uva godello de la Ribeira Sacra, que el nombre ya impresiona, y que resultó estar bueno (que no debe ser una sorpresa, se supone que están elegidos a conciencia), además de presentar una etiqueta divertida. 


Ostra con gel de gin tonic, esferas de arbequina y un toque de lima. Si al final las ostras me van a gustar, porque la disfruté muchísimo, con el contrapunto justo de acidez. 


Mejillón en escabeche con puré de coco, salsa de boniato y curry rojo. Para ser mejillón estaba rico, sobre todo porque los acompañamientos le iban fenomenal y me disimularon su sabor tan peculiar, aunque no así su textura por supuesto, que mi boca no termina de aceptar con gusto. 


Vieira con emulsión de coral y sorbete de leche de tigre. Le hacemos la oda a la vieira, para nosotros el mejor bivalvo. El acompañamiento ideal, le aporta sabor pero no disimula el producto. 


La segunda ronda de platos va acompañada de un Sitta Laranxa, Orange wine, un vino albariño macerado con piel de naranja, que al oído nos hace sonreír y en paladar nos gusta. 


Salteado de setas con yema curada y cigala. Me atrevo a preguntar cómo se hace la yema curada, y tendré que probar a hacerla, ya que en teoría solo se macera en soja tres minutos por cada lado, y el resultado es exquisito; si además le ponemos el resto de ingredientes, tenemos un plato diez en poco tiempo. 


Pinto de la ría en escabeche, caldeirada cítrica de naranja y puré de boniato. El pinto es un pez que vive en zonas rocosas ricas en algas (viajar y comer traen nuevos conocimientos, y hoy ha llegado el pinto y sus hábitos de vida). Nos gusta el pinto, su punto de cocción y su guiso.


Al siguiente plato le acompaña un vino L’ombre, vino de Ribeira elaborado con uva treixadura. A los dos nos suena haber visto la etiqueta en alguna tienda de vinos especializada, pero no teníamos el gusto de haberlo probado.


Merluza (que también llaman pescada de Celeiro) con apionabo, hinojo y salsa de citronella. Está claro que los sabores cítricos dominan la gastronomía y las cocinas en la actualidad, pero es que el resultado es bueno, muy bueno. 


Los siguientes platos van acompañados del vino As Furnias, un tinto de la Ribera del Miño, elaborado con cuatro tipos de uva. 


Xarda (caballa) lacada en soja, berenjenas y jugo dashi ahumado de anchoa y berenjena. Un plato maravilloso, con un potente sabor, que nos lleva a Japón, y despierta nuestros recuerdos; un plato para pedir más raciones. 


Mollejas salteadas con trompetas de la muerte, alcachofas y puré de queso munster de vaca; de nuevo un tropezón en mis gustos, las mollejas, que tienen que estar bien hechas para comerlas y sobre todo que no tengan un sabor muy fuerte. Objetivo cumplido. 


Cerdo laqueado crujiente con helado de tamarindo, salsa de ajo negro y membrillo. Un semi agridulce para acompañar al siempre agradecido cerdito. Acompañado por un Quinta Toucedo, de la Ribeira Sacra, elaborado con uva mencía, un vino algo más potente para acompañar una carne también potente de sabor. 



Los postres llegan con un Sitta Pereiras, un vino dulce de las Rías Baixas, de uva albariño. 


El primer postres son kiwiños (un híbrido entre kiwi, ciruela y piña, aunque hay discusión entre sí realmente es un híbrido), chocolate blanco, albahaca y aceite de oliva (AOVE que es como ahora se le gusta llamar). Refrescante, dulce y con contrapuntos de sabor. 


El segundo postre tiene el nombre de “la vie en rose”, y está claro qué color predomina en él. Helados de fresa, frambuesa y lichi, piruletas de fresa y un toque de pimienta rosa. Como gusto personal, me sobrecargan tantas frutas rojas, aunque sean en helado que son fáciles de degustar, pero la composición del plato es bonita. 


Terminamos con unos cafés y unos petit fours: financier de cinco especias; macaron de naranja con crema de chocolate blanco y café; roca de cacahuete y kikos; cookie de avena; nueces y chocolate negro; polvorón; torrija, y nube de violeta y chicle. Por primera vez ataco los petit fours, y es que estaban buenísimos, aunque realmente fue gula pura y dura, porque mi estómago estaba completo. 


Desde aquí agradecemos a Lucía y a su equipo la labor que realizan, así como el buen servicio que nos ofrecieron; y sobre todo, darles la enhorabuena, ha sido una de las experiencias gastronómicas y vinícolas con la que más hemos disfrutado, por sabores, texturas, mezclas, presentación, e incluso el local acogedor e íntimo, con pocas mesas. No tenemos duda de que si volvemos a Santiago, volveremos A Tafona, aunque en la ciudad hay muchos más restaurantes para probar, pero se intentará hacer una buena agenda para que todos cuadren. 

2 de abril de 2018

Myanmar - Yangón - Malecón Botataung - Strand Hotel

Cocktail histórico

Botataung Paya está al lado del río Yangón, por lo que nos acercamos hasta el malecón Botataung, desde donde parten ferries como barcos de paseo que ofrecen cenas a bordo. 


También hay barcas taxi como medio de transporte para llegar a distritos o aldeas de Yangón. 



El ambiente aparentemente idílico de río y embarcaciones se rompe al mirar la orilla del río, un auténtico vertedero de basura. Normalmente me quedo tanto en fotografías como en letras o recuerdos con la parte idílica de los viajes, pero en casi todos hay otra parte que es más realista, y en este caso, más contaminante. 


Caminamos por Strand Road en dirección oeste, y lo hacemos por su acera interior, ya que si lo hacemos por la más cercana al río -donde al principio hay innumerables contenedores y no parece fácil para caminar- no sabemos con seguridad cuando podremos cruzar, no sabemos si habrá semáforo y a qué altura, así que mejor ir a lo seguro. 





Claramente este lado de la acera no es el mejor para las fotografías de los edificios, situados precisamente en esta acera, no se tiene una buena vista de ellos, así que nos conformamos con las visiones parciales que vamos teniendo de ellos.

En la esquina de Strand Road con Bo Aung Kyan Street está el edificio de ladrilos rojos de la Oficina de Correos, General Post Office, que había sido sede de la compañía Bulloch Brothers & Co. 


Cruzando 40th St, el edificio de la Embajada Británica. 


Cruzando Seikkhan Thar St, el Strand Hotel, construido por los hermanos Sarkies en 1896, también propietarios del hotel Raffles de Singapur. Durante la Segunda Guerra Mundial cerró y volvió a abrir en 1948. El presidente Ne Win ordenó su expropiación en 1963 y se fue deteriorando poco a poco, hasta que en 1991 el empresario indonesio Adrian Zecha se hizo cargo de él, para abrirlo nuevamente en 1995, y tras una nueva remodelación en 2016. 
 
El hotel fue una de las alternativas de alojamiento en la capital, pero precisamente su situación fue la que hizo que no lo eligiéramos; estaba demasiado alejado del centro (que no lo está realmente, es un interesante paseo), y la calle en la que se sitúa tiene un tráfico demencial. Pero ya que estábamos ante su puerta, y a pesar de las pintas de turistas sudorosos que llevábamos entramos en él. 


No nos queda de otra que entrar en el bar, en el Sarkies Bar, que resulta estar bastante ocupado y tiene un buen ambiente, con una decoración de pub clásico con toques modernos, que es muy acogedora. 


Decidimos que vamos a tener un merecido descanso, y así podremos hacer uso del baño sin problemas, y que nos vamos a tomar dos bebidas, que terminan siendo dos cocktails, un Martini y un Pegu Club (haciendo honor a este club colonial).


Cuando salimos del hotel ya es de noche y no se ve casi nada, ya no tiene sentido buscar edificios y sus fachadas, por lo menos no todos, así que continuamos por Strand Road, donde en el cruce con Pansodan St está el edificio de Myanmar Port Authority, que ya habíamos visto por el día; y en el cruce con Maha Bandoola Garden St el edificio de la Custom House


Decidimos subir por Maha Bandoola Garden St, por si caminar por Sule Paya Rd es más difícil por el tráfico, aunque ya a estas horas ha descendido mucho, pasando junto al edificio del Tribunal Supremo, cuya entrada principal y torre dan al jardín Mahabandoola


Lo que nos encontramos  en esta calle es un puesto tras otro de comidas, algunos realmente con muy buena apariencia, con unas brochetas listas para ser consumidas. 



Giramos a la izquierda por Mahabandoola Road en dirección a Sule Paya, donde se encuentra el edificio de Aya Bank, y donde los puestos de comida están en plena ebullición. 



Junto a Sule Paya negociamos el precio de un taxi, que al ser por la noche nos sale más caro que los que hemos tomado durante el día, y además nos encontramos con un “manager”, ya que el precio no fue negociado con el taxista sino con un negociador, que no sé si propietario del mismo. Llegamos al hotel, nos duchamos y pedimos la cena en la habitación, para estar relajados y tranquilos, además de ir adelantando algo el equipaje, que mañana emprendemos viaje por el país, y volaremos a Mandalay.

Nos hubiera gustado pasear más por la zona colonial de la ciudad, nos han quedado muchos edificios que conocer, pero no ha sido posible, y además hemos invertido tiempo en nosotros -cuerpos y almas-, tomando el cocktail con tranquilidad en el legendario Strand Hotel, que poco a poco me voy relajando y no soy tan ambiciosa como antaño para abarcar todo lo posible, ya nos concedemos descansos merecidos, recompensas saludables.

22 de marzo de 2018

Myanmar - Yangón - Botataung Paya

En el interior de la pagoda

Después de comer en el hotel decidimos volver a salir a explorar la ciudad de Yangón, aprovechando que la lluvia sigue dando treguas intermitentes, aunque una buena alternativa hubiera sido quedarnos en la piscina descansando, pero vamos a intentar aprovechar el tiempo lo mejor posible sin necesidad de darnos palizas como antaño. Tomamos un taxi porque el paseo caminando sin ser extremadamente largo, nos llevaría un buen rato y se nos iría el tiempo en llegar, negociamos el precio y en compañía de un simpático conductor emprendemos el camino. 



Llegamos a Botataung Paya, y el taxista nos deja en la puerta, pero no de entrada exterior sino interior, tal cual si fuéramos con Myo, nos da algunos consejos, indicaciones y explicaciones y además nos deja su tarjeta ya que le hemos dicho que tras nuestro periplo por el país volveremos a Yangón, y si necesitamos transporte, mejor alguien conocido, gracias Mr.Aye. 

La puerta de entrada exterior está custodiada por dos pequeños chinthes, sobre todo en comparación con todos los chinthes que veremos por todas las pagodas del país, que se suelen ver a distancia. 




Pagamos la entrada (6.000MMK), dejamos nuestras chanclas -el señor encargado de este menester hasta nos deja una pequeña silla para que nos las quitemos con más comodidad, así que al recogerlas dejamos un donativo, aunque sin silla también lo hubiéramos hecho- y lo primero es entrar al interior de la estupa, ya que en este caso como en el de Maha Wizaya Paya este es hueco. Para evitar atascos en el flujo de visitantes en la estupa hay un camino marcado, con un pasillo de entrada y otro de salida; además se pasa por un arco de seguridad. 


El interior es un camino en zigzag – los radios de una circunferencia más o menos- con las paredes recubiertas en grandes paneles dorados, que te deslumbran y deslumbran fogonazos en las fotografías si no se toma uno el tiempo adecuado para hacerlas, pero eso era parar el tráfico de visitantes, que no era excesivo pero si continuo, con lo que mejor no.

A nosotros nos recuerda de alguna forma el juego del laberinto de espejos, cambiando éstos por paneles dorados, y con un camino sin pérdida. 



Realizado el circuito de pasillos por el interior se termina llegando a la cámara de la reliquia, con un santuario de marfil decorado con oro y piedras preciosas, que contiene un cabello de Buda (menuda peluca con los cabellos repartidos en Myanmar y por otros países del mundo). 


También hay vitrinas en las que se exponen figuras de mediano tamaño de Buda, están a resguardo tras una verja. 


Salimos al complejo de la pagoda, para ver su estupa principal ahora ya su exterior y los templos, santuarios y pabellones que lo conforman. 

Botataung es una de las tres estupas principales de Yangón, junto con Shwedagon Paya y Sule Paya, y debe su nombre, Botataung o Botahtaun,g a los 1.000 líderes militares que escoltaron las reliquias de Buda traídas desde la India hace 2.500 años –bo significa líder y tataung mil- por dos comerciantes y que ahora se custodian en Shwedagon Paya. Las reliquias llegaron por barco al malecón del río Yangón que hay junto a la pagoda, el malecón Botataung, y la custodia de estos soldados se realizó solamente desde el río al lugar donde se alza (cuestión de metros para tanto despliegue). En este lío de pelos y reliquias, parece ser que el rey Okkalappa regaló uno de estos mechones a los comerciantes y por ello se construyó la pagoda, para custodiarlo y venerarlo debidamente. Posteriormente llegaron dos reliquias más, de cabello y cuerpo (que no sé de donde llegaron).

En noviembre de 1943 durante la Segunda Guerra Mundial una bomba británica cayó sobre ella, reconstruyéndose una vez finalizada la guerra, momento en el que se decidió hacerla hueca, terminándose en 1953. Durante la construcción se encontró la cámara de las reliquias. Su estupa mide 40 m y esta coronada por un hti



Alrededor de la estupa se encuentran los puestos planetarios, os presento al de los nacidos en lunes, dominados por la luna, cuyo símbolo es el tigre. 


Paseamos por el complejo andando con mucho cuidado, la lluvia del día ha dejado el suelo con muchos charcos y a la que te descuidas te pegas un patinazo, aunque intentas ir con la alfombrilla verde para evitarlos, pero de vez en cuando hay que salirse de ella para llegar a algún lugar que nos llama la atención o tener un mejor ángulo de visión. 



Hay un estanque con cientos o miles de tortugas. 


En un pabellón (cruzando una pasarela sobre el estanque) hay figuras de nats, espíritus protectores, que enlazan con la creencia hindú y que con la implantación del budismo como fe se permitió su culto. Uno de ellos es Bobogyi, el espíritu guardián de la pagoda, que está altamente solicitado y por lo tanto rodeado de fieles; la segunda fotografía no sé a quién representa; creo que la tercera corresponde a Thurathadi y la cuarta a Thagyamin, el rey de los nat. 

 



En otro pabellón hay una imagen de Buda dorada, del reinado del rey Mindon Min, que durante la época británica se guardó en el palacio real del rey Thibaw Min en Mandalay, pero cuando este se exilió a la India fue llevada a Londres, exhibiéndose en el Museo Albert & Victoria, y en 1951 fue devuelta al país y colocada aquí. 



En los jardines hay una estatua de bronce pero que en la lejanía parecía madera por su tono oscuro, es una imagen del Buda de la Sabiduría. 


Las ofrendas también se doran, así que las frutas lucen al natural o doradas y brillantes. 


Finalmente entramos en una sala con varias estatuas. 


Lo más llamativo o curioso de esta sala se encuentra al fondo, un carrusel de las ofrendas monetarias, tal cual juego de la rana adaptado a la religión, que se realiza sobre una maqueta del complejo de la estupa. Lo religioso y lo lúdico parece que en Myanmar van la mayoría de las veces en el mismo plano.