1 de abril de 2016

Uzbekistán - Khiva - Kunha Ark


Vida y fe de verano

Desde la terraza elevada de la madraza Mohammed Amin Khan, junto al minarete Kalta Minor vemos nuestra próxima visita en la ciudad, siguiendo el itinerario programado por nuestro guía Oyott, la fortaleza Kunha Ark.


Pasamos junto a la oficina de información de turismo, que siempre es bueno saber que existen estos centros. 


Hacia atrás el minarete Kalta Minor con todo su esplendor en tamaño y color, y una de las torres de la madraza Mohammed Amin Khan; y es que en Khiva mires para donde mires, siempre encontrarás una visión especial, un ángulo diferente de un monumento, un detalle antes desapercibido, una tonalidad cambiante por la luz del sol... 


Entramos en una gran plaza o explanada, presidida en uno de sus lados por la fortaleza Kunha Ark. Es la plaza del palacio y el lugar donde tenían lugar las ejecuciones públicas, que anteriormente se realizaban junto a la puerta Polvon Darvoza. Como en otros muchos lugares del mundo, las ejecuciones congregaban a multitudes, deseosas de presenciar actos realmente crueles y brutales. En la actualidad su uso es mucho más agradable, se realizan conciertos durante la celebración de festivales. 


Kunha Ark era la residencia fortificada de los kan de Khiva, cuyos cimientos se remontan al siglo XII, reconstruyéndose y ampliándose en el siglo XVII por orden de Mohammed Erenk Khan, y luego decorada lujosamente por Alla Ulli Kan. El edificio fue destruido a mediados del siglo XVIII, cuando tropas iraníes invadieron el kanato, siendo reconstruido a principios del siglo XIX por Iltezer Khan. Su nombre significa “ciudadela original” o “fortaleza vieja”, ante cuya puerta, con un precioso y elaborado tallado, custodiada por dos torres unidas por un pasaje almenado, dan ganas de decir "Ábrete Sésamo". 


La ciudadela, aparte de los aposentos del kan también alojaba el harén, la ceca, los establos, el arsenal, barracones, una mezquita, el tribunal supremo, y la cárcel.

Tras cruzar la puerta se entra a un gran patio, donde parece que hay un escenario en el suelo, cuya decoración en colores azules nos hace sonreír, ¡no podía ser otro color!, y donde también hay un pozo. Además desde el patio se tiene una visión parcial del minarete Kalta Minor y del pishtaq de la madraza Mohammed Amin Khan



Del patio anterior pasamos a otro patio, donde hay una construcción circular en el suelo, sobre la que se colocaba la yurta real, una tienda de campaña de origen mongol que a los kanes les gustaba utilizar. El patio está rodeado de salas y se pueden ver las terrazas del piso superior.


En este patio, donde todos los visitantes están concentrados, tanto los que viajan con guía como por su cuenta, es en la sala de recepción real, un iwán (terraza o pórtico abierto) orientado hacia Oriente (valga la redundancia) para que sea más fresca. 


En el iwán destacan sus paredes cubiertas de azulejos blancos y azules, su techo artesonado y dos espléndidas columnas de madera tallada.

Oyott aprovecha para contarnos una leyenda. En el paraíso, un ángel femenino cometió un pecado, por lo que fue condenado al exilio, y para cumplir el castigo se le encargó a un genio que buscara un lugar donde el ángel muriera de hambre y sed. El genio buscó el lugar pero en este tiempo se enamoró del ángel, así que construyó una casa junto al río Amur Darya y así se creó la ciudad de Khiva. 



Desde el iwán se accede al Salón del Trono, donde el kan recibía las audiencias e impartía justicia (no siempre justa por cierto). La única puerta abierta de las tres es la central; y curiosamente no era la reservada para el kan, como suele pasar en los tres caminos a pagodas o templos o palacios en Asia; el orden sería: la de la derecha, para el kan; la del centro, para los consejeros; y la de la izquierda, para los viajeros. 



Paredes blancas y labradas -trabajo que recibe el nombre de ghanch, sobre todo cuando se realiza en alabastro-, hornacinas, y por supuesto el techo de madera pintado con vivos y alegres colores. La sencillez del interior con la opulencia del exterior. 


Desde el patio también vemos unos de esos llamados “objeto de deseo” en la ciudad por los visitantes, que curiosamente y supongo que por la hora de sol que es está vacío, la Torre del Vigía. No está incluido en las entradas que tenemos, su entrada se paga aparte, así que tendremos que esperar a tener tiempo libre para excursionar por nuestra cuenta. 


Salimos de este patio y volvemos al patio de entrada, esto es como un laberinto fácil pero de grandes paseos. Entramos a otro patio, donde se encuentra la Mezquita de Verano, que esto ya nos parece el súmmun del frescor religioso, cuyas columnas parecen estar pendientes de restauración (más bien reconstrucción total), porque en el país parece que al final todo se termina, y las ciudades recuperan sus monumentos. La mezquita fue ordenada construir por Allah Kuli Khan. 


Si no fuera por los elementos del mihrab y el minbar podría pasar por otra terraza de verano, porque presenta una decoración similar de azulejos blancos y azules, donde hay zonas también algo más dañadas, y que no tendrían porque restaurarse, no todo tiene que ser impoluto y perfecto, así se nota el paso del tiempo, la historia, y no por ello se pierde belleza, es más, en ocasiones hasta tiene más encanto.


El techo sí que se ha restaurado, supongo que también por una razón práctica, ante las lluvias sirve de protección y no hay goteras. 


Al fondo del patio, una pequeña sala albergaba la ceca, y ahora es un museo que exhibe billetes y monedas, destacando sobre todo la impresa en seda. 




También hay escenas con maniquíes del trabajo que se realizaba. 



Si no recuerdo mal, la mezquita de invierno aloja un museo de historia del Khorezm, y aparte de su interés, lo que agradecimos fue el aire acondicionado, frente al que nos colocábamos sin ningún pudor. Ya que no iríamos a ver las fortalezas del desierto, no por falta de ganas, nos conformamos con una maqueta, en este caso, la de Toprak Qala. 


También hay una maqueta de Itchan Qala de Khiva


En el exterior de la fortaleza, adosada a la muralla, hay una construcción, el Zindon, la prisión, cuyo nombre significa “oscuridad” en persa. La mayoría de las prisiones de Asia Central eran pozos, pero esto en Khiva no era posible por su alto nivel freático. 



Originalmente la cárcel constaba de tres habitaciones, de la que solo se conserva una. Las familias de los presos pagaban la multa para su liberación, y en caso de no hacerlo eran ejecutados.

En el interior de la celda, que es menos tétrico de lo que me esperaba, una recreación de presos, y algunas cadenas en las que eran colgados. Y es menos tétrico porque la crueldad de los gobernantes de Khiva es legendaria, como por ejemplo meter a los traidores al kanato en sacos cosidos llenos de gatos salvajes y hambrientos, cortar las manos a los ladrones, empalar a los violadores, cortar las orejas o la nariz… algunas torturas representadas en algunos cuadros y no tan lejanas en el tiempo. 




Con la visita a la cárcel termina de momento nuestra visita a Kunha Ark, quedando pendiente la Torre del Vigía

30 de marzo de 2016

Uzbekistán - Khiva - Madraza Mohammed Amin Khan - Minarete Kalta Minor - Madraza Matniyaz Divanbeghi


Mirada en turquesa

Hemos entrado a Itchan Qala, la ciudad fortificada de Khiva, por la puerta Ota Darvoza, tras la que hay una amplia calle en la que se suceden los puestos de artículos varios, donde incluso para estas temperaturas de abrasivo sol hay unos bonitos gorros de piel o pelo de oveja u otros animales, que por supuesto no apetece probarse para no perecer al momento en una lipotimia. A la derecha de la fotografía se ve la muralla que rodea la ciudadela o fortaleza, Kunha Ark.


En esta calle hay un cine, que ahora está cerrado, pero no parece que sea por la hora de la mañana sino que no parece abrirse con demasiada frecuencia; y eso que esa puerta labrada desata la imaginación, a noches de cine de verano, a jolgorio, a tés refrescantes...


A nuestra derecha surgen dos edificios llamativos, un mundo en turquesa y azul que desde el comienzo de la calle te atrapa la mirada y los sentidos.


Subiendo por unas escaleras a una terraza se encuentra en primer lugar la madraza Mohammed Amin Khan, la mayor madraza de Khiva y de Uzbekistán, creo que también de Asia Central, ocupando un área de 78 x 60 m. Fue construida entre 1851 y 1854 por orden de Mohammed Amin Khan, de quien recibe el nombre.

Sobre el gran pishtaq (arco) de la entrada está grabada la frase “este perfecto edificio se quedará aquí para siempre para alumbrar a nuestros descendientes”. 



En las esquinas de la madraza hay pequeños torreones decorados con azulejos; uno de sus laterales da a la plaza donde se encuentra la estatua de Al Kwarizmi




Actualmente la madraza está ocupada por el hotel Orient Star Khiva, una de las opciones que barajé para alojamiento en la ciudad precisamente por situarse en un edificio histórico y en especial en una madraza, pero que finalmente descarté porque me pareció poco práctico en sus habitaciones para nuestros gustos. Entramos a curiosear, supongo que en recepción y los clientes alojados estarán acostumbrados a este trasiego de curiosidad viajera, como ocurre en los paradores españoles. Bienvenidos al lujo educacional. 



Accedemos al patio, con zonas ajardinadas que le darán frescor a la piedra en las noches calurosas, y que si además tiene una buena pero tenue iluminación será un bonito lugar para relajarse. 


La madraza tiene dos plantas y tiene 125 celdas (khudjras), cada una de ellas con dos habitaciones. Las del segundo piso además disponían de un pequeño balcón. La madraza fue una de las instituciones educativas más ricas del kanato, poseyendo además numerosas tierras. Ahora las celdas alojan habitaciones de hotel, conde el aire acondicionado camuflado en cajas de madera es todo un detalle para no desmerecer el bonito conjunto. 



Aprovechando las puertas abiertas de algunas habitaciones podemos mirar su decoración, y es cuando efectivamente creo que no me equivoqué al descartarlo, por lo menos para nuestros gustos de alojamiento; estrecho, como era de suponer, y sobre todo la falta de luz a pesar de la rejilla de ladrillo sobre la puerta; posiblemente como alojamiento de invierno pueda resultar más interesante. Eso sí, encanto no le falta, y no por la decoración en sí de la habitación, sino por el propio lugar, con la ventaja de estar en el interior de la ciudad fortificada, aunque nuestro hotel afortunadamente no está muy lejos. 



Junto a la madraza-hotel y unida a él por una pasarela de madera el espectacular, sorprendente y azulado minarete Kalta Minor, que te deja sin palabras y los ojos abiertos.



Se trata de un minarete inacabado que comenzó a construirse por orden de Mohammed Amin Khan en 1851, que quería construir un minarete tan alto que se pudiera ver desde el camino a Bukhara, situada a más de 500 km (las pretensiones no eran pocas). El kan murió en 1855 durante una batalla con los turcomanos, y el minarete no estaba terminado, de los 70 m que tenía que tener se quedó en los 26 m que presenta, ya que su coste era demasiado alto para asumirlo, y así tiene una forma rechoncha y no estilizada, por lo que su nombre, kalta minor, significa minarete corto. El diámetro en la base es de 14,2 m. Todos números de dimensiones realmente impresionantes.

La leyenda, no puede faltar, dice que el kan de Bukhara se enteró de la construcción de este minarete y ordenó construir uno para rivalizar con Khiva, para lo que no tuvo mejor idea que llamar al arquitecto de Khiva; cuando se enteró el kan de Khiva se enfureció tanto que ordenó lanzar al arquitecto desde el minarete, quedándose la construcción sin terminar. Aunque esto no tiene mucho sentido, sin arquitecto no tienes minarete, que es lo quería el kan, con lo que es creíble que el alto coste de terminarlo fue lo que frenó su terminación. 


Solo pensar en la altura proyectada impresiona, porque ya con estos 26 m es realmente espectacular, sobre todo por esos azulejos turquesas, azules y verdes que lo recubren, decoración que ya lo hace diferente a los demás minaretes, no solo en esta ciudad, también de los de Asia Central, ya que ninguno está cubierto en su totalidad, solo tienen pequeños detalles. Hasta su restauración en la década de 1970 no se descubrieron 3 m de esos 26, ya que estaban cubiertos de arena, y es que estamos en el desierto aunque no lo parezca. 


Una pena que no se pueda acceder al interior, y que no hayan habilitado una terraza para tener vistas de la ciudad, pero ya tendremos otras, desde la Torre del Vigía de la fortaleza Kunha Ark, desde el minarete de la madraza Islam Khodja, y desde el minarete de la mezquita Juma.

Frente al minarete y a la madraza Mohammed Amin Khan (derecha en la primera fotografía), la madraza Matniyaz Divanbeghi, de un solo piso, en esta ocasión transformada en un restaurante. Fue ordenada construir por un ministro (de ahí el nombre de Divanbeghi) de Mohammed Amin Khan en 1871. 



Uno de los puestos a los pies de la madraza Mohammed Amin Khan y del minarete es una tienda de cerámica, souvernirs, artículos varios y sobre todo de marionetas, con un nombre evocador, Ali Baba y los cuarenta ladrones, así que tanto por los artículos como por su nombre, entramos en ella y salimos con dos bonitas marionetas en la mano. 


28 de marzo de 2016

Uzbekistán - Khiva - Al Khwarizmi - Madraza Sha Qalandar Bobo - Ota Darvoza


La mítica Ruta de la Seda

Ya he comentado algo sobre la Ruta de la Seda durante el viaje por el país, pero ahora es el momento de desarrollarla un poco más. Durante siglos las grandes civilizaciones de Oriente y Occidente estuvieron conectadas por esta mítica ruta, una red frágil de rutas comerciales que atravesaban las montañas más altas y los desiertos más inhóspitos de Asia. El corazón de este comercio era Asia Central, cuyas ciudades crecieron prósperamente. Comerciantes, peregrinos, refugiados y diplomáticos viajaron por la ruta, intercambiaron ideas, bienes y tecnología, en la que se ha sido llamada por la historia como “la autopista de la información” (que privilegio el que formó parte de ella).

No había una única ruta, las rutas cambiaban todos los años dependiendo de las condiciones locales, ya que podían verse afectadas por la guerra, los ladrones o por desastres naturales. Las rutas del norte estaban plagadas de jinetes nómadas y además existía una falta de asentamientos para suministrar viandas y asistencia. Las rutas del sur atravesaban duros desiertos y pasos de montaña que en el invierno estaban congelados.

Aunque la ruta se fue ampliando durante siglos, su principal punto al este era la ciudad china de Chang’an (hoy Xi’an, y sus increíbles guerreros de terracota), y se extendía hasta llegar a Irán y Constantinopla, para terminar en Roma e incluso en España. Las ramas principales de la ruta se dirigían hacia el sur, a la India, y al norte, al Khorezm y el Volga ruso, a través de la estepa.

La seda no era el único comercio que se ejercía en la Ruta de la Seda, también se comerciaba con oro, plata, marfil, jade, lana, cuernos de rinoceronte, conchas de tortuga, cristal del Mediterráneo, pepinos, nueces, granadas, melocotones dorados de Samarcanda, sésamo, ajo, uva, vino, avestruces, porcelana, papel, té, jengibre, ruibarbo, bambú, laca, especias arábigas, incienso, hierbas medicinales, gemas, perfumes…

En medio de Oriente y Occidente estaba (y está por supuesto) Asia Central, que proveía de caballos y camellos bactrianos de dos jorobas para transportar las mercancías y los mercaderes.

En este fluido comercio un viajero de nombre Marco Polo contó maravillas de un mundo que la mayoría de Europa desconocía, sobre reinos cuya abundancia y delicadeza eran ignoradas, citó lugares, costumbres, animales y edificios que el tiempo fue borrando. Cuando en el siglo XIX se acuñó el término Ruta de la Seda se hizo principalmente basándose en las impresiones del mercader veneciano.

Tanto Bukhara como Khiva se levantaron como centros de intercambio en torno a oasis, a medio camino entre el rigor del desierto de Karakul y las Montañas Celestiales, Tian Shan. El agua se transportaba a estas ciudades mediante canales, que se acumulaba en estanques, donde a veces se estancaba (ocurría más veces de lo deseable) y se volvía ponzoñosa, siendo una frecuente causa de epidemias. Tras la llegada de los soviéticos, se suprimieron los estanques y se renovó el sistema de riego.

En un tiempo en que las distancias eran enormes y se necesitaban muchos días para ir de un lugar a otro, fue necesario inventar algo para paliar las necesidades de los viajes. El transporte se efectuaba a lomos de caballos, mulas o camellos. Así surgen los caravasares o caravanserais, palabras que derivan del persa gayrawan (caravana) y sara (habitación); pronto se convertirían en lugares indispensables para descansar y recuperar fuerzas, así como para protegerse de los temibles bandidos que asolaban las rutas comerciales.

Desde Turquía hasta China, pasando por Irán y Asia Central, se encuentran restos de estas antiguas posadas, algunas en estado de ruina y otras han sido restauradas para reutilizarlas como alojamiento, restaurante, o para uso comercial –o las tres a la vez-. A menudo se construían a intervalos de un día de camino. Byron en Viaje a Oxiana escribió: “… nos acompañó a un caravasar contiguo al bazar principal, un viejo enclave de aspecto toscano y rodeado de arcos de madera, donde todos tuvimos nuestra habitación, tantas alfombras como quisimos, una jofaina de cobre en donde lavarnos y un criado barbudo calzado con botas altas de enormes tacones que abandonó su fusil para ayudarnos en la cocina”.

Pierre Loti, otro escritor enamorado de Oriente, muy ligado a Estambul, escribe su llegada a un caravasar en el relato Hacia Ispahán: “Un parador desmoronado, pero de tal modo monumental, que ningún atrio de basílica podría compararse en dimensiones a esta entrada revestida de mayólica azul”.

Pero para gustos los colores, y Robert Whitney Imbrie, vicecónsul de Estados Unidos en Turquía, recorrió el país en los años veinte del siglo XX y escribió cómo su intérprete le prometió llevarle al más afamado alojamiento, y se sintió apesadumbrado, pues no creía que sus gastadas y sufridas ropas de montar fueran las más apropiadas para un hotel de lujo. Al entrar en el patio del caravasar vio caballos, camellos y otros animales y pensó que se trataba de un establo, pero su sorpresa fue grande cuando el intérprete le señaló que aquel sería el lujoso hotel donde pasarían la noche.

Inexpugnables por fuera, cálidos por dentro, el caravasar era el único alto seguro en el desierto. Su diseño arquitectónico suele tener forma cuadrada o rectangular, y casi siempre están construidos en adobe. Su perímetro está amurallado como si de un fuerte se tratara. Para acceder al recinto, al patio central, hay una única entrada protegida por una grandiosa puerta que por la noche se cerraba y era vigilada por un cuerpo de guardia. En los laterales, los pórticos dan acceso a diferentes habitaciones más o menos amplias que se utilizaban para los viajeros, animales, almacenes, cocina… A menudo una escalera lleva al piso superior, donde se encuentran los dormitorios de los viajeros y de las personas que atendían y vigilaban el caravasar.

Un detalle importante del caravasar es que todas las ventanas y puertas se abrían mirando al patio, ninguna hacia el exterior, claramente con la idea de convertirlo en un fuerte inexpugnable. Adosadas a las cuatro esquinas se construían torres de vigilancia.

La vida en el interior de los caravasares era generalmente muy animada. Unas caravanas llegaban con gran bullicio y otras partían. Lo primero que hacían los recién llegados era aligerar la carga de los animales y acomodarla. A veces, el patio central se transformaba en un gran bazar donde los comerciantes exhibían sus mercancías para la venta. Por la noche, la actividad era más relajada, siendo el momento de transmitirse útiles y valiosas informaciones sobre las apartadas regiones que tenían que recorrer, así como el momento de fumarse una pipa de agua (narguile) y escuchar a los contadores de cuentos que por unas monedas entretenían a los huéspedes con sus divertidas historias.

El número exacto de caravasares construidos en la Ruta de la Seda es muy difícil de precisar; la mayoría fueron construidos entre finales del siglo XVI y principios del XIX. Solo en Irán, el rey Shah Abbas mandó edificar alrededor de un millar.

A finales del siglo XIX, con la aparición del motor, los caravasares comenzaron su declive, ya que las distancias se acortan y no hacen falta tantas jornadas de viaje. Los animales son reemplazados por grandes camiones. Así, los caravasares se convierten en una reliquia del pasado, y una utopía del presente para los viajeros de ahora.

Tras esta introducción, para comenzar oficialmente la Ruta de la Seda Oyott tras nuestro paseo acelerado por la ciudad se para en una plaza en la que hay un mapa de esta ruta con las ciudades más importantes por las que pasaba; mapa en el que destaca la mala ubicación de Granada, más situada a la altura de Valencia, y además en el interior. 


La plaza es una amplia explanada en la que destacan diversos edificios a su alrededor, por lo que no sabes si escuchar al guía o perderte con la mirada y dejar que los pies te lleven donde quieran. En la fotografía, a la derecha, una fachada lateral de la madraza Mohammed Amin Khan, y al fondo la fortaleza Kunha Ark, con su Torre del Vigía.


En la plaza está la estatua de Al Khwarizmi o Al Khorezmi, latinizado como Algoritmi o en español como Al-Juarismi, estos dos nombres ya dan el indicio de a qué se dedicaba: matemático, astrónomo y geógrafo que escribió más de veinte libros. Sobre su lugar de nacimiento, en el año 783, hay dudas y discusión; para algunos, fue en Bagdad, donde vivió y murió, pero como nosotros estamos en Uzbekistán, aquí se apuesta por su nacimiento en esta bella ciudad, Khiva, más bien en sus alrededores. A Al Khwarizmi se le deben los nombres de guarismo, algoritmo y álgebra, y fue el que introdujo nuestro sistema de numeración decimal.



Frente a la plaza, en la zona de la ciudad fuera de las murallas, Dichon Qala, que tenía sus propias murallas, la madraza Sha Qalandar Bobo y su minarete de 18 m de altura, construidos a finales del siglo XIX. Ambos se encuentran junto a la tumba del jeque Qalandar Bobo, un sufí que llegó a la ciudad con dos hermanos y se quedó aquí, enseñando su fe. 


Junto a la plaza se encuentra otra de las entradas en la muralla a Itchan Qala (la ciudadela), la puerta oeste, Ota Darvoza, la Puerta Padre, que es por la que generalmente se entra a la ciudad, y donde por supuesto se paga entrada, con la ventaja que vale para dos días y para la mayor parte de los lugares a visitar (si entraran todos ya no sería negocio) así como el derecho de realizar fotografías. La puerta resulto destruida por el terremoto de 1920 –otra versión es que fue derribada por los soviéticos para permitir el paso de los vehículos- y se reconstruyó en la década de 1970. En el interior de la puerta había habitaciones para los vigilantes. 


En el interior de la puerta no solo se adquieren las entradas para la visita, también hay un amplio abanico de productos a la venta. 


Nada más pasar la puerta, en el muro hay un mapa de Itchan Qala en azulejos turquesas, todo un detalle del mundo de color de Uzbekistán. 


Ahora comenzaremos a visitar Itchan Qala, cuya restauración comenzó a realizarse durante la época soviética.