24 de septiembre de 2013

Chile - Historia de Isla de Pascua



Rapa Nui, la isla grande encantada

Rapa Nui, la isla de Pascua, es la más aislada del mundo, se encuentra a 3.765 km de la costa chilena de Valparaíso, ciudad a la que pertenece, a 4.239 km de Tahití y a 2.250 km de la isla polinésica de Pitcairn. 


En 1995 fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad y se convirtió en Parque Nacional. 


La isla es de origen volcánico, formada en el resquicio de las placas de Nazca y del Pacífico por una serie de torrentes de lava procedentes de tres volcanes en erupción sucesivamente, que se juntaron hasta formar la masa de tierra que hoy es, con una superficie de 117 km2, la superficie de la ciudad de Segovia para hacernos una idea. Tiene forma de triángulo isósceles, con un volcán extinto en cada esquina, Poike o Puakatiki, al noreste, Maunga Terevaka, en el norte, y Rano Kau, al suroeste; y además cada colina es un volcán apagado. 


La longitud máxima en la isla es de 24 km, y la anchura de 12 km. Tiene un clima oceánico subtropical, con una temperatura media anual de 20º. 


En el año 2010 la NASA regaló una estrella a Rapa Nui, la número 221.475, bautizándola con su nombre, y es que por la ubicación de la isla se están descubriendo estrellas que son difíciles de ver desde otros puntos del planeta. 


Y comencemos con la historia de la isla, que tiene varias hipótesis dada la ausencia de crónicas históricas en las que basarse con seguridad, sobre todo porque en el siglo XIX casi todos los aborígenes de la isla fueron exterminados para ser vendidos como esclavos, muriendo la mayor parte de ellos, y con ellos la historia de sus orígenes, reales o de leyenda. 


Según los isleños la isla de Pascua fue descubierta por el rey (ariki) Hotu Matu'a, que llegó a la playa de Anakena procedente de las islas Marquesas, de la isla Hiva. Hay dos versiones de la razón de su llegada, podría ser porque su isla se hundía o por una guerra entre tribus, el caso es que todas las islas de alrededor estaban habitadas y tenía que buscar otra. Su hombre de confianza, el sacerdote Haumaka, soñó que el dios Make Make le llevaba por los aires a una isla desierta y le explicaba cómo llegar a ella, prometiéndole su protección en el viaje. Cuando Haumaka despertó le contó el sueño a Hotu Matu'a, que envió a siete exploradores en busca de la nueva tierra, que cuando volvieron de ella le aconsejaron que no fueran ya que era una isla agreste, llena de piedras y azotada por el viento. 


Sin embargo Hotu Matu'a partió con dos grandes piraguas, 300 hombres, mujeres y su reina, llevando provisiones, semillas, animales y herramientas. Tras 120 días de navegación desembarcaron en la bahía de Anakena alrededor de los siglos VIII-IX y Hotu Matu'a llamó a la isla Te Pito Te Henua, “el ombligo de la tierra o del mundo”, que también puede ser traducido como donde termina la tierra o donde comienza la tierra –lo mismo pero diferente-, y en la isla hay un lugar místico con este nombre, Te Pito Te Henua


Tras el desembarco la población en la isla fue creciendo rápidamente en los siglos siguientes, desarrollándose el culto al hombre y a los ancestros a través de la construcción de los moái. A Hotu Matu'a le sucedieron cincuenta y seis generaciones de reyes, hasta que en la década de 1680 llegó a la isla otro grupo al mando del jefe Tuu-ko-ihu. 


Los descendientes de Hotu Matu'a y sus hombres fueron llamados los orejas cortas, y los recién llegados orejas largas. Los orejas largas comenzaron a construir las figuras increíbles y desconcertantes de los famosos moái cada vez más grandes, para lo que utilizaban a los orejas cortas.


En esto de la construcción de los moái hay bastante confusión con las fechas, los ahu encontrados y su finalidad. Hace algo más de veinte años se pensaba que los moái eran del siglo XV, pero se ha ido alargando hacia atrás esta fecha hasta el siglo XII, que tiene más sentido por los más de mil moái que se han encontrado en la isla, en mejor o peor estado. Pero, si esto es así, ¿cómo el Ahu Akahanga, que es la tumba del rey Hotu Matu'a se realizó tan tarde?, ¿primero se construyó solo un ahu o plataforma a modo de altar para venerarle?, ¿posteriormente se comenzaron a tallar los moái y se colocó uno en el ahu?...La mitología oral que se ha conseguido transmitir no conoce de fechas y los arqueólogos e investigadores parece que no consiguen datar con exactitud. 

Para saber más sobre la construcción de los moái visitamos la cantera donde se tallaban, Rano Raraku, y allí aprendemos más sobre estas estatuas. 


Finalmente, los orejas cortas se rebelaron de la esclavitud y mataron a todos los orejas largas excepto a uno en la península de Poike, mediante una zanja en la que cayeron atrapados y murieron en el fuego que habían hecho los orejas cortas en la estepa. Durante el período de guerra se fueron derribando y destruyendo los moái. 


Realmente todo parece formar parte de una leyenda ya que existen diferentes versiones de la historia que añaden confusión a las investigaciones, ¿o será auténtica pero distorsionada?...más adelante sabremos algo más… o dudaremos algo más.


Los isleños desarrollaron su propia cultura, organizados en una sociedad bastante igualitaria compuesta de pequeñas tribus independientes. Crearon un nuevo idioma, las increíbles estatuas que pueblan la isla y un sistema de escritura llamado rongo rongo.


Pero no todo fue bueno, fueron un paradigma de autodestrucción ecológica, ya que talaron extensos palmerales para transportar los moái, construir embarcaciones o para hacer leña, y con la falta de bosques llegó la erosión del suelo, con lo que el terreno cultivable se hizo más pequeño, tenían menos productos agrícolas… el círculo se estrechaba, con la tala de los árboles desaparecieron las aves y no se podían construir canoas al faltar madera, por lo que tampoco se podía salir a pescar. A principios del siglo XIX no quedaba ni un árbol y actualmente se está realizando una importante labor de reforestación. Todo ello desencadenó las guerras entre tribus y la autoexterminación… ¿premonición de la extinción del planeta una vez llamado Tierra?


A finales del siglo XVII la población, que en su mejor época había llegado a los 15.000 habitantes, comenzó a menguar, tanto por las guerras como por los desastres naturales, como los seísmos y maremotos; además la falta de recursos naturales posiblemente desembocó en el canibalismo. 


Los corsarios de Edward Davis encontraron la isla, a finales del siglo XVII, y la llamaron Tierra de Davis, comenzando con ello un baile de nombres de la isla a lo largo de los siglos. 


El primer europeo en descubrir esta pequeña isla fue el almirante holandés Jacob Roggeveen, con una expedición de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. El domingo de Pascua de Resurrección de 1722 desembarcó en la isla, y por este motivo la bautizó con el nombre por el que  hoy mayoritariamente la conocemos y nombramos, isla de Pascua.


Roggeveen y sus hombres fueron recibidos por polinesios, parecidos a los de Tahití, que los rodearon, e incluso llegaron a tocar sus armas, con lo que se “vieron obligados” a abrir fuego y muchos murieron. Desde entonces la agresión marcó las relaciones entre foráneos y nativos. 


Roggeveen anotó que muchos moái seguían en pie y escribió: “No podemos entender cómo sin árboles para construir grúas, ni sogas resistentes se han podido poner de pie tales figuras, que deben pesar más de 10 toneladas; y, sobre todo, cómo ha llegado hasta aquí esta gente con esas pequeñas embarcaciones, en las que tienen que estar constantemente achicando agua”


En 1770 llegó una fragata con el capitán español Felipe González Ahedo desde Perú, que en compañía de dos religiosos llegaron hasta un punto elevado de la costa oriental, donde plantaron una cruz cristiana y tomaron posesión de la nueva tierra en nombre del rey. La isla fue llamada San Carlos, por el rey español Carlos III. Antes de irse hizo firmar a los pascuenses un documento que estos rubricaron con grandes círculos. 


El siguiente en llegar a la isla fue el capitán inglés James Cook (sí, el de la casa en Melbourne, el mundo y sus vueltas, las del Capitán Cook y las nuestras). Desembarcó en 1774 tras una travesía por las islas Sociedad, Tonga y Nueva Zelanda. Cook no tuvo ninguna duda de la ascendencia polinésica de los pascuenses. Los británicos llamaron a la isla La Nueva, Te Api.


Al igual que ocurrió con Roggeveen, los británicos también dispararon a la población al acercarse a ellos y a sus propiedades. Quizás lo que se demostraba con esta actitud de los isleños, sin disimulo o malicia a la hora de acercarse a los bultos y tomar objetos de los recién llegados, era que el sentido de la propiedad no coincidía en absoluto con la de los europeos, o sencillamente, creyeron que sus ancestros les enviaban aquellos regalos. Bendita inocencia. 


Los británicos, enfermos de escorbuto, se vieron obligados a hacerse a la mar, y se llevaron consigo unos cestos de boniatos, que aquí la bendita inocencia de los pascuenses se tornó en malévola picardía, ya que habían cargado los cestos con piedras y por encima había colocado unos pocos boniatos. 


También en el siglo XVIII, en 1786 y procedente de Chile, llegó a la isla el conde de La Pérouse, explorador y oficial de la Marina Francesa. Llamó a la isla, Vaihú. 


Vemos que todo el que llegaba dejaba su impronta a través del nombre de la isla. 


A finales del siglo XVIII, empresarios europeos y norteamericanos vieron el océano Pacífico como una inmensa fuente de recursos para explotar. Los balleneros incluyeron la isla en sus itinerarios y con ello comenzaron a cometerse un sinfín de atrocidades. 


En 1805 el ballenero norteamericana Nancy desembarcó en la isla, raptó a 12 hombres y 10 mujeres, que se llevó para la caza de focas. Otro ballenero norteamericano, Pindos, raptó a mujeres para violarlas y después las arrojó al mar. 


Tras los balleneros llegaron los dueños de plantaciones que querían satisfacer la creciente demanda de productos tropicales como el caucho, el azúcar y el café. 


A principios de la década de 1860 marineros tahitianos bautizaron a la isla con el nombre de Rapa Nui, Gran Rapa o Isla Grande, debido a que les recordaba en su forma a una isla llamada Rapa, que en la actualidad recibe el nombre de Rapa Iti, Pequeña Rapa. 


Más tarde llegaron los traficantes de esclavos, que o secuestraban a los nativos o los obligaban a firmar contratos para trabajar en las minas y plantaciones de países tan lejanos como Australia y Perú.


En Perú se había abolido la esclavitud en 1855 y las haciendas, las minas de guano y el ferrocarril se habían quedado sin mano de obra, con lo que hacia 1860 comenzaron a “contratar polinesios como trabajadores temporeros”. En poco más de un año llegaron 18 barcos a la isla y se llevaron 1.800 personas, un tercio de la población, de los que se desconoce el número que murieron al ser capturados o en el viaje. 


Uno de los actos más brutales se realizo en 1862, cuando una incursión peruana en la madrugada de Nochebuena llegaron a la isla vestidos con ropajes de vivos colores y regalos, con ello querían conseguir que los rapanui salieran a recibirles, y cuando esto ocurrió se dio la orden de capturarlos o matar a los que se resistieran. Fueron capturados más de mil rapanui.


El periódico El Mercurio de Lima denunció esta esclavitud encubierta y el gobierno ordenó parar el tráfico. De todas formas, las inhumanas condiciones de vida en los yacimientos de guano, el hambre y las epidemias acabaron con la vida de cerca de novecientos pascuenses antes que el obispo Jaussen de Tahití tuviese la ocasión de intervenir a su favor, protestando ante el representante francés en Lima, tras lo cual las autoridades peruanas ordenaron el regreso de los rapanui a su isla, de los que en principio solo volvieron 100. 


Luego se exigió la repatriación de los que todavía quedaban en Perú, y encontraron a otros cien, de los cuales ochenta y cinco murieron a bordo a causa de la viruela, y los quince que llegaron llevaron la enfermedad con ellos, así que tristemente en la década de 1870 sólo quedaban en la isla poco más de un centenar de habitantes nativos. 


Con la pérdida de vidas humanas también se perdieron la cultura y los conocimientos de su gente. 


Cuando en 1864 llegó el primer misionero a la isla, el sistema social estaba completamente destruido: no había jefes ni quedaba nadie que pudiera leer las tablillas rongo rongo en las que se contaba la historia, los ritos, la vida, y de lo poco que quedaba, considerado una cultura pagana por los misioneros, estos se encargaron de destruirlo. 


La historia de la isla es destrucción tras destrucción, propia y ajena. 


El primero que llegó fue el francés Eugene Eyraud, que no era cura, y se encontró un recibimiento hostil, por lo que tuvo que huir, y volvió al cabo de dos años con refuerzos y ya levantaron la primera iglesia. 


Los pascuenses aprendieron a cantar salmos en francés y en latín, y como reciprocidad invitaron a los misioneros a su fiesta del hombre pájaro (ya conoceremos durante nuestra visita a la isla el ritual de esta fiesta), que fue la última que se celebró, en 1866, ya que era incompatible con el bautismo y las creencias y costumbres cristianas (como era ese mandamiento, no dirás el nombre de Dios en vano…)


La explotación comercial de la isla se inició en 1868, cuando el francés Jean Batptiste Dutrou-Bornier fundó una hacienda ovejera, por supuesto con ovejas “importadas”. La idea era transformar la isla entera en un rancho, y todos los isleños serían expulsados a las plantaciones de Tahití. El infame (adjetivo de mi cosecha y me quedo corta) Dutrou-Bornier se proclamó rey de Santa María de Pascua, se casó con una reina nativa y fundó un Consejo de Estado que el mismo presidía.


El misionero alemán Theodor Zumbohm le servía de secretario, aunque se negó a firmar como testigo en los contratos de compra de terrenos que el “rey francés” obligaba a firmar a los nativos. Dutrou-Bornier entró en cólera, quemó la iglesia y mató a mucha gente, incluso a los niños, obligó a los misioneros que se negaban a sus pretensiones a abandonar la isla, y estos se llevaron con ellos a 168 rapanui a las Islas Gambier, en la Polinesia Francesa. 


Dutrou-Bornier se dio cuenta que la expulsión de misioneros y nativos le favorecía, con lo que otros doscientos rapanui más aceptaron de mala gana su traslado a Tahití y Mangareva, con lo que en Rapa Nui sólo quedaron un centenar de personas, que sufrieron tantos abusos y malos tratos que en 1876 acabaron matándole. 


En 1877, Alfonse Pinard, comandante de un barco francés, contó en la isla 111 nativos. Escalofriante el dato, durante siglos entre propios y foráneos la isla se había despoblado. 


Hagamos un pequeño repaso: España reclamó la isla en 1770 pero luego no mantuvo esta reivindicación, no envió ninguna expedición y con el ocaso de su hegemonía en Latinoamérica a comienzos del siglo XIX quedaba abierto el camino para que otra potencia se apropiase de la isla; los franceses parece que tampoco tenían interés en la isla, alejada de sus rutas comerciales. 


Así, el obispo de Tahití convenció al gobierno chileno de que tomara la isla bajo su jurisdicción, y en 1888, durante el arrebato expansionista del país, tras la Guerra del Pacífico, se anexionó la isla de Pascua, encargando los trámites al capitán de fragata Policarpo Toro, que cuando llegó los nativos no tuvieron más remedio que firmar en un documento la cesión de la soberanía, para siempre y sin reservas, sin importar que los jefes no supieran leer o escribir o que incluso las firmas estuvieran falsificadas… la misma historia otra vez, aunque en Nueva Zelanda y Australia hay hechos que poco a poco se intentan subsanar de algún modo, pero queda un largo viaje en esta pequeña isla por recorrer para hacerlo. 


Se cuenta que el rey Atamu Tekena accedió al trato presentando a Policarpo Toro un puñado de tierra en una mano y un puñado de hierba en la otra, le dio la tierra, pero se quedó con la tierra, con lo que daba a entender que podía utilizar la tierra, pero dejaba claro que no traspasaba la propiedad. 


Chile en la isla vio la posibilidad de aprovecharla para la ganadería, además de un puerto de acceso al comercio con Asia. Pero fueron pocos los chilenos interesados en colonizar, por lo que Policarpo Toro fracasó en su intento. 


Finalmente el gobierno chileno cedió el usufructo de la isla a las empresas ganaderas, en primer lugar a una chilena, propiedad de un empresario de Valparaíso, Enrique Merlier, que cuando se arruinó pidió dinero a una empresa escocesa, Williams & Balfour; que se dedicaba a la cría de ovejas, con la que terminó fundando la Sociedad Explotadora de la Isla de Pascua (CEDIP), que administró la isla hasta 1953, año en el que se revocó la licencia (historia de ayer mismo). 


Los pascuenses recuerdan la época de dominio de la CEDIP como un tiempo de opresión. Al igual que como estaban con Dutrou-Bornier, se encontraban concentrados en el poblado, la actual Hanga Roa, cercados de alambradas y sin permiso para salir de él, incluso ni para salir  pescar, y se les obligaba a trabajar por muy poco o nada de dinero. Y todo para aprovechar al máximo el terreno de la isla como pasto para las ovejas, pasto para sus beneficios. 


En 1914 los pascuenses se rebelaron. En el puerto había un barco chileno cuyo capitán quedó sobrecogido. “Viven en la más absoluta miseria y no tienen ni ropa para cubrirse. La situación es tan mala, que no tienen qué comer. No se les vende carne y no se les permite salir a pescar”. Aquel informe no tuvo eco. 


El capuchino alemán Sebastian Englert llegó a la isla en 1935 pero no actúo ante la situación que vivían los rapanui y los castigos que les infligían, a él le interesaba cristianizarlos, pero realizó un buen acto, aprender el lenguaje y cultura rapanui, recogió datos e historias que luego plasmó en el libro La tierra de Hotu Matua, que no sé cuanto veraz sea porque no lo he leído, pero del que supongo se habrán sacado muchos datos de la historia que aquí estoy narrando. 


En la década de 1930, con la llegada de inmigrantes a la isla, tres cuartos de la población eran mestizos, con todo tipo de nacionalidades, tahitianos, norteamericanos, alemanes... 


La teoría de que los primeros habitantes de la isla de Pascua eran polinesios la puso en duda el explorador noruego Thor Heyerdahl, que tras un año realizando excavaciones en la isla escribió un libro, Aku Aku, el secreto de la isla de Pascua, con la idea que en realidad habían llegado desde la costa peruana huyendo de la destrucción del imperio Tiahuanaco, surgido en torno al lago Titicaca, en Bolivia. Heyerdahl creía que posteriormente se les habría unido un grupo de polinesios, y que ambos grupos vivieron en armonía. 


En 1947 para demostrar su teoría, Heyerdahl consiguió navegar, no sin dificultades, en una balsa construida de madera, la Kon-Tiki, desde Perú hasta Tahití, tras 101 días de navegación, demostrando con ello que era posible que una cultura latinoamericana anterior a los incas hubiese colonizado el Pacífico. 


Este otoño ha llegado a las pantallas una película basada en estos hechos, que yo intenté ver en el vuelo de vuelta a Madrid, pero que el cansancio me lo impedía, y es que al ir con subtítulos los ojos se me acababan cerrando, y cuando la paraba, los ojos se me abrían, pero así no había manera ni de ver la película ni de dormir, pero está muy interesante e intentaré verla completa. 


Otros después de Heyerdahl han intentado realizar la travesía, con fortuna o sin ella. Además, cuando la noticia de la travesía de Heyerdahl llegó a la isla varios isleños construyeron sus embarcaciones con la idea de escapar, llegando a lograrlo algunos, por lo que la empresa ganadera apostó guardias para frenar el éxodo  (ni contigo ni sin ti, no los querían en la isla pero tampoco que se marcharan, la poca mano de obra barata se les escapaba claro). 


De todas formas, la teoría de Heyerdahl es mayormente rechazada por los arqueólogos, aunque siempre quedan otros “visionarios” que realizan las suyas, como que los rapanui son descendientes de los egipcios, que son extraterrestres, o incluso que son supervivientes del continente perdido de la Atlántida. 


La teoría más aceptada enlaza con la leyenda de Hotu Matu'a, llegando los primeros habitantes a la isla desde las islas Marquesas, Mangarevas, Cook, Sociedad o desde la isla Pitcairn, hacia el siglo VIII, aunque cada vez se afianza más el siglo XII –y es que datos de fechas no se encuentran fácilmente en la isla, ni  para los hechos ni para los moái-, permaneciendo aislados hasta la aparición de los europeos. 


Nos hemos ido un poco de la historia de la isla de Pascua como territorio chileno, parezco una abuelita contando batallitas y perdiéndose entre ellas, pero unas llevan a las otras, y todas llevan al comienzo. 


La empresa escocesa se fue de la isla con el fin de la licencia y con la invención de la lana sintética, pero para los rapanui la situación no cambió. El gobierno de la isla pasa a manos chilenas a partir de 1953, dependiendo de la Quinta Región, Valparaíso, permaneciendo bajo control militar hasta mediados de la década de 1960, con un breve intervalo de gobierno civil hasta el golpe militar de 1973


En 1964, bajo la presidencia de Eduardo Frei se presentó un proyecto de ley al Parlamento para declarar iguales a los pascuenses y a los chilenos continentales. Poco después, un rapanui, Alfonso Rapu, de 22 años, que había sido adoptado por una familia chilena en el “continente”, volvió a la isla y escribió al presidente Frei denunciando la situación de terror e indefensión que se vivía en la isla. La carta fue publicada en la prensa y en la ciudad de Santiago causó un gran efecto. Los militares detuvieron a Alfonso Rapu, pero los rapanui bloquearon los caminos y lograron evitar su deportación, con lo que logró escapar y se escondió en una cueva. 


En 1965 Rapu ganó las elecciones municipales. Un año después, los rapanui obtuvieron la nacionalidad chilena y se quitaron las alambradas de Hanga Roa (después de haber paseado por la ciudad no me imagino la existencia de estas abominables alambradas en el paraíso, y la vida detrás de ellas). 


En 1967 se construyó un aeropuerto militar, que desde 1970 fue utilizado para aviones con turistas, y las cosas cambiaron tanto en la isla como en el continente, donde vieron la piedra filosofal del turismo. 


En las décadas de 1970 y 1980 se mejoró el suministro de agua y de electricidad, se construyeron un hospital y una escuela, y se realizó una ampliación del aeropuerto con el objetivo de convertirlo en pista de aterrizaje de emergencia para la lanzadera espacial de EEUU. 


En el 2008 la isla de Pascua fue declarada territorio especial dentro de Chile, lo que se refleja en un mayor grado de autonomía, pero la independencia no está puesta en la mesa de negociaciones, principalmente porque a pesar del turismo la economía isleña depende de Chile continental -el conti le llaman los pascuenses-. 


La principal reivindicación de los rapanui es la devolución de sus tierras (como ya he comentado el círculo polinesio de Nueva Zelanda y Australia en reclamación de derechos y usurpaciones, para ser administrados por ellos; y es que una tercera parte de la isla es Parque Nacional. 


En la actualidad hay unos 6.500 habitantes, siendo los rapanui minoría respecto a los chilenos continentales. 


En la celebración del V Centenario del Descubrimiento se despertó la conciencia de los pueblos indígenas de Chile, los mapuche, aymara, atacameños, rapanui, y se promulgó la Ley Indígena para defender sus derechos. 


De la isla de Pascua solo conocía (y solo en una mínima parte) sus increíbles moái pero no tenía ninguna idea sobre su historia y conocerla ha sido impactante, porque desconocía tanta tragedia, y ahora después de haberla visitado, me impacta más porque es un lugar muy especial, lleno de magia, en este planeta. Y además tras visitar Nueva Zelanda la versión de los polinesios es mucho más creíble por similitud de razas y cultura, y hasta por los propios moái. 



23 de septiembre de 2013

Chile - Santiago - Cerro de Santa Lucía



Huelén (Dolor)

Emprendemos el camino de vuelta hacia el hotel desde la Basílica de la Merced por la calle Merced, y hacemos la última visita del día al cerro de Santa Lucía (entrada gratuita). Hay varias entradas al cerro, nosotros lo hacemos por la de la confluencia de las calles Merced, José Miguel de la Barra, Santa Lucía y Victoria Subercaseaux, subiendo por unas nada agradables escaleras (pocas realmente) a estas horas del día y de paseo en nuestras piernas, pero con caminar en el cerro ya contábamos y estábamos dispuestos. 


A la entrada, más bien sería como una segunda entrada hay un registro de visitantes, número y país de origen, como en muchos lugares turísticos para estadísticas. 




Fue en este lugar, en lo que era un simple afloramiento rocoso, donde Pedro de Valdivia y 150 hombres  que lo acompañaban acamparon por primera vez tras su llegada del arduo viaje desde Cusco, sirviendo de punto estratégico de defensa, y donde Valdivia decidió fundar la ciudad. El cerro recibió el nombre en honor de la onomástica de la santa del día que llegaron, el 13 de diciembre, Santa Lucía. Para los mapuche el cerro recibía el nombre de Huelén, dolor o tristeza en su lengua, mapudungun. 




Hasta finales del siglo XIX del cerro se sacaba piedra para la construcción de las casas de Santiago, y en sus cuevas se refugiaban delincuentes y mendigos. En 1872, el intendente de Santiago Benjamín Vicuña Mackenna comenzó la transformación del peñón rocoso en un conjunto de veredas, jardines, fuentes, plazas, estatuas, miradores, y lo transformó en un parque público, en el que se plantaron entre otros árboles naranjos del Maipo y palmeras de La Campana. Se tardaron seis meses en realizar la obra, siendo según su arquitecto, el parque realizado en menos tiempo, con menos elementos y con más vastas proporciones de grandeza del mundo…el arquitecto se valía solo.


La primera parada es en el que llaman jardín circular, un pequeño jardín alrededor de una fuente, en el que han plantado alegres flores de colores.





Al fondo se distingue el Castillo Hidalgo, cuyo acceso está prohibido, ya que está dedicado a la realización de eventos (para la clase más pudiente de Santiago). El castillo fue construido por los realistas durante la guerra de independencia chilena (1814-1817), y ahora lleva el nombre de un héroe independentista. 


En esta zona hay un acceso sin necesidad de escaleras, un ascensor acristalado que se toma en la calle Santa Lucía, supongo que aparte de para la gente de movilidad reducida para los invitados a los eventos en el castillo, que no es cuestión de llegar empapado de sudor por la caminata. 




Hacia la derecha hay un camino con indicaciones pero parece que su paso está cortado por una cadena pequeña, y como no vemos tampoco gente andando por allí no nos animamos a entrar, no vaya a ser que luego haya que dar la vuelta.



Bordeamos el castillo Hidalgo por un camino empedrado a la izquierda, donde hay más gente circulando, aunque no lo parezca en la fotografía, y aunque el otro camino parecía más bucólico y de cerro, desde este vemos el lateral del castillo. 





Tras un corto paseo se llega a la Plaza de Pedro de Valdivia




No hace falta explicar la razón del nombre de la plaza, está presidida por una estatua del conquistador español y fundador de la ciudad.



Desde la terraza de la plaza obtenemos vistas de la ciudad, con el telón, algo confuso,  de la magnífica cordillera de los Andes. 





No, no es niebla lo que impide una visión perfecta, es una gran capa de contaminación que desgraciadamente rodea la ciudad, y que en invierno (hay que recordar que agosto es final de invierno en el hemisferio sur) suele ser más acuciante. Entre esa neblina contaminante destaca la silueta del que será el edificio más alto de Santiago, la Gran Torre Santiago, junto al centro comercial Costanera Center




Una pena que el estanque de la plaza no esté lleno de agua y la visión sea mejor, aunque el cartel de aviso no deja de ser simpático, Pileta no apta para el baño, más de uno en el verano seguro que se metería de lleno en ella.




Sobre el cerro hay un mirador a modo de atalaya medieval. 





No nos queda otra que subir, y no porque pensemos que esa diferencia de altura nos proporcionará mejores vistas, sino por aquello de que estamos allí. El camino de subida y bajada es una romería de gente, y eso que es estrecho, sobre escalera de rocas, y además el acceso a la pequeña atalaya de la esquina es mucho más estrecho.






Bajamos del mirador y emprendemos el camino de bajada del cerro, afortunadamente hay un camino –realmente hay varios pero algunos están cerrados porque hubo desprendimientos de tierra- que lo bordea enteramente y también hay diferentes entradas al cerro como comenté, lo que permite dar la vuelta completa por él. 


Llegamos hasta la ermita Benjamín Vicuña Mackenna, a la que no se puede acceder ni rodear precisamente por ese cierre de caminos por precaución. La ermita lleva el nombre del intendente de Santiago bajo cuyo mando se realizaron las obras de habilitación como paseo del cerro, aparte de otras muchas obras que europeizaron la ciudad y en ella yace la familia Vicuña. 




Continuamos el descenso hasta la terraza de Caupolicán, encontrando en el camino pequeños cañones a modo de decoración. Desde la terraza se obtienen nuevas vistas de la ciudad, de su contaminación, incluso de su tráfico a estas horas de la tarde dominical.  





Caupolicán fue un líder mapuche que combatió contra los conquistadores españoles en el sur de Chile, tras la frontera natural del río Bío Bío. Cooperó con el mítico Lautaro en la toma del fuerte Tucapel, batalla en la que los españoles fueron derrotados y en la que murió Valdivia, presuntamente siendo torturado cruelmente (tal cruelmente como él había ordenado en cientos de ocasiones anteriores la muerte de indígenas). Su vida, su lucha, la escribió Alonso de Ercilla en el poema épico La Araucana


Supongo que no es casualidad que dos terrazas del cerro tengan las estatuas del vencedor y del vencido, aunque sí es curioso que sea la figura de Caupolicán y no la de Lautaro. 




En la plaza hay dos figuras tipo tótem, que no sé si corresponderán a Caupolicán y a su esposa Fresia, o no tienen nada que ver, y sencillamente eran una obra de arte de exposición permanente o temporal. 




Tras los tótems había un cañón más grande, no tan de juguete como el anterior, desde el que suponemos (siempre suposiciones) a las doce del mediodía realizan un disparo desde el siglo XVIII para marcar la hora, pero nosotros ninguno de los días lo escuchamos, lo que no quiere decir que no se haga, a lo mejor sólo significa que somos duros de oído. 


Emprendemos la última bajada del cerro. 




La última terraza del cerro es la más impresionante visualmente, la terraza Neptuno





Viendo esta terraza sin localización se podría ubicar en un país europeo fácilmente, Francia o Austria…, Vicuña Mackenna es lo que quería y lo logró. 




Acometemos el último tramo de escaleras para salir del cerro Santa Lucía por la puerta que da a la Alameda, puerta por la que pasamos esta mañana, más o menos frente a la Universidad Católica, pero por la que no entramos, dejando el cerro y sus vistas para última hora de la tarde. 


En el muro de entrada un mural dedicado a la poetisa Gabriela Mistral. 




Algo más adelante en la Alameda, y en los jardines al pie del cerro hay una piedra con parte de la carta que Pedro de Valdivia escribió al rey Carlos V de España el 4 de septiembre de 1545: “… Y para que haga saber a los mercaderes y gentes que se quisieren venir a avencidar que vengan porque esta tierra es tal que para vivir en ella y perpetuarse no la hay mejor en el mundo. Dígolo porque es muy llana, sanísima, de mucho contento… Y las minas riquísimas de oro e toda la terra está llena dello y donde quieran que quisieren sacarlo… Y agua y leña y yerba para sus ganados, que parece la crió Dios a posta para poderlo tener todo a la mano…”. 




Nosotros emprendemos el camino de vuelta al hotel, durante el que miramos si hay algún local abierto, por la plaza Mulato Gil de Castro, que nos convenza lo suficiente como para luego salir a cenar, pero a estas horas el barrio se ve tranquilo, por lo menos por las calles por las que pasamos, así que una vez en el hotel, tras descansar un poco decidimos que cenaremos en el hotel, si nos dan de cenar claro. 


No demasiado tarde, llevamos dos días de trajín y mañana nos toca madrugar, con lo que sería bueno dormir y descansar más, bajamos a la pequeña sala del hotel habilitada para desayunos y cenas frugales, nada de grandes platos, ofrecen ensaladas y sándwiches, lo típico para una cena informal tanto en casa como fuera de ella. 


Seguimos con la cata de cervezas chilenas, una Mestra tipo blonde ale. 




Los platos que pedimos son para compartir, no sabemos si nos habremos quedado cortos o no, pero ante la duda de pasarnos, mejor ser comedidos. Una tabla de quesos y fiambres, acompañada de unos crutones de verduras –muy ricos, sobre todo los de cebolla confitada-. 





El otro plato es una típica quesadilla de carne y queso (queso, queso y queso; además con un puntito alto de picante), que por supuesto van acompañada de guacamole o salsa de palta, que los chilenos (desconozco si los mexicanos también) toman también para el desayuno como iríamos viendo (en lugar de mermelada, palta). 




Tenía dudas de si terminar la visita por Santiago o realizar la crónica según el viaje que hicimos, decidiéndome por esta segunda opción, así tendréis el mismo trajín que nosotros, con maletas arriba y abajo, vuelos y sus esperas, traslados, hoteles... la sufrida vida del turista que tanto nos gusta. Los paseos para conocer Santiago continuaran en el barrio de Providencia y ahora volamos a la magnífica isla de Pascua.