16 de octubre de 2017

Costa Rica - San José - Barrio de Amón


Parques y edificios

Último día en Costa Rica y en San José (Chepe para los amigos), y disponemos de unas tres horas para dar algún paseo, que dado que no he salido muy mal del vértigo nos atrevemos a dar. Para ello, pedimos un taxi en el hotel para que nos lleve hasta la Casa Amarilla, en el barrio de Amón, una mansión construida en estilo colonial en la década de 1920 como sede de la Corte de Justicia, con la financiación de Andrew Carnegie –tras la destrucción del anterior edificio para la Corte que se construyó en Cartago, durante el terremoto de 1910, y que también había sido financiado por Carnegie-, siendo el arquitecto su cuñado. En la actualidad es la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. 


En el jardín del edificio hay una ceiba que plantó John F. Kennedy durante la visita que realizó al país en 1963, y aunque no pudimos acceder al recinto, suponemos que se puede tratar de este árbol. 


A la izquierda de la Casa Amarilla está el edificio INS (Instituto Nacional de Seguros), del que había leído que tenía una impresionante fachada de cristal, pero claro, este adjetivo impresionante se tiene que referir en comparación al conjunto arquitectónico actual de San José, no es extrapolable a otras ciudades. 


A la derecha de la Casa Amarilla nos llama la atención un edificio en estado algo descuidado, pero que merecería una buena restauración porque presenta una bonita fachada, el Edificio Jiménez (Apartamentos Jiménez), construido en la década de 1940 con la idea de alojar consultorios médicos, y estos finalmente pasaron a ser usados como apartamentos.



Frente a este edificio, la antigua Fábrica Nacional de Licores, construida en 1856, que desde 1994 alberga el Centro Nacional de Cultura y el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo. Ocupa toda una manzana, unos 14.000 m2. 



Frente a todos estos edificios está el parque España, creado en 1862 como una plaza para realizar actividades vinculadas a la Fábrica Nacional de Licores, convirtiéndose en un lugar de descanso para los boyeros que en sus carretas traían materiales para la fabricación de los licores. En 1920 recibió su nombre actual (ya veremos si lo mantiene). 



En el parque hay un busto de Isabel la Católica, en homenaje al Quinto Centenario del Descubrimiento de América. 



También hay una estatua del conquistador Juan Vázquez de Coronado, al que parece que no le tienen mucho aprecio por los botes de pintura que le han tirado (en el pedestal una pintada de plena actualidad en España, "12-Octubre, Nada que celebrar"). 


Sin tanta polémica y con orgullo patrio, unas placas de homenaje al himno nacional del país, que fue cantado en este lugar por primera vez. 


Con fachada al parque, un curioso edificio, el Edificio Metálico, fabricado en hierro y metal en Bélgica y transportado a San José en 1892, tardándose cuatro años en montarlo. Hoy aloja un colegio. 



En lugar de seguir los puntos del mapa que llevamos hacemos caso a las indicaciones del taxista, pero o bien las entendimos mal o las ejecutamos mal, y caminamos por una calle algo desangelada, la avenida 7a, por detrás del Edificio Jiménez. Además hay que tener en cuenta que es domingo y es temprano, con lo que la vida en la ciudad, y sobre todo en esta parte de ella, está todavía descansando, y no vemos a casi nadie de paseo. 


Llegamos a un descampado con grafitis, que nos produce la sensación como si este lugar albergara algo cultural. 


Salimos a la avenida 7, y en la esquina con la calle 15 se alza el edificio El Molino, construido en 1884, transformado en Apartamentos Interamericanos, que no parece que esté en uso precisamente. Originalmente alojaba la primera planta hidroeléctrica del país, siendo San José la tercera ciudad del mundo, tras Nueva York y París, en alumbrar sus calles con luz eléctrica (si fuera pregunta de trivial nunca pensaría en San José). En 1900 la planta fue destruida durante un acto revolucionario y el edificio se vendió a la compañía Molinos Victoriana, transformándose en un molino de trigo, y en 1910 fue otra vez vendido, para pasar a moler café. En 1939 se vende una vez más y tras el intento fallido de instalar una fábrica de cerámicas, se procedió a su conversión en apartamentos de lujo, sobre todo para aquella época, ya que se utilizaron materiales nobles.

Al lado se sitúa la Embajada de México, un edificio neoclásico representativo, pero nos lo pasamos en este momento y luego ya nos olvidamos de girar para llegar hasta él, y si no hay fotografía es que no había buen ángulo para hacerla. 


Enfrente de este edificio hay otra entrada al Centro Nacional de Cultura. 


Bajamos por la calle 15, pasando junto a la Biblioteca Nacional, que me parece que tiene un diseño brutalista pero no lo afirmo. 


En la esquina con la avenida 3, la plaza de la Libertad Electoral (olé con el nombre que más de uno en España -o más bien en donde se quieren separar de ella- adoptaría con gusto). 


Enfrente, el Parque Nacional, el mayor parque de la ciudad, donde nos encontramos con la cara menos amable de ella, ya que en sus bancos hay durmiendo gente (suponemos que sin hogar y otros trasnochados y pasados de vuelta de la noche anterior). 



En el parque destaca el Monumento Nacional, realizado en 1953 como homenaje a la expulsión del filibustero William Walker, en la batalla de Santa Rosa de 1856 y en la batalla de Rivas de 1856. Las figuras representan a Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, El Salvador y Honduras (las Provincias Unidas de Centroamérica). 



Caminamos por la avenida 1, donde se encuentran la Asamblea Legislativa –un edificio sin mucho encanto o directamente sin él, por lo menos lo que vimos de él-, damos media vuelta para volver a la avenida 3 por la calle 15 -con grafitis malos y menos malos-, donde se encuentra el Tribunal Supremo de Elecciones




Llegamos al pequeño jardín de Paz, al que da una fachada del Edificio Metálico. 



A continuación se halla el parque Morazán, dedicado a Francisco Morazán, el general que intentó unir los países de América Central bajo una única bandera en el siglo XIX. En su centro está el Templo de Música, una gran glorieta de hormigón algo desvencijada, que parece ser una réplica del templo del amor y la música del palacio de Versalles. En este lugar hubo un lago, que debido a los problemas de salud que provocaba, en 1887 fue rellenado para construir el parque. 

 
Mapa de lugares:


13 de octubre de 2017

Costa Rica - San José - Hotel Grano de Oro


Estancia boutique

Nuestro último día en el país y lo pasamos en San José, la capital, la logística aérea así lo quiere, y nosotros también, así podíamos visitar lugares que en nuestra primera parada no nos hubiera dado tiempo. Elegimos un hotel boutique por varias razones: la primera, por él mismo; y la segunda por su situación, en la parte oeste de la ciudad, ya que en la este nos habíamos alojado en el hotel Presidente, y la teoría era que esta zona central de la ciudad tenía que estar bien recorrida y podíamos dedicarnos con tranquilidad a esta, pero ya sabemos que los planes no se desarrollan siempre (por no decir nunca) como se piensan y durante nuestra primera parada en la capital el recorrido no fue tan fructífero como estaba previsto, aunque sí convincente.

El edificio que alberga el hotel Grano de Oro fue construido alrededor de 1910 como residencia para la familia Pozuelo, y un matrimonio canadiense que estaba de vacaciones en Costa Rica la compró para convertirlo en hotel boutique, que se inauguró en 1991. Trascurrido un año, el negocio funcionó y adquirieron otra casa, también propiedad de la familia Pozuelo, para ampliarlo. El hotel como está en la actualidad se abrió en 2007. 


Nos registramos en recepción pero no tenemos suerte y nuestra habitación no está disponible, algo con lo que ya contábamos porque a pesar del largo viaje desde la península de Osa todavía es demasiado temprano. Lo ideal habría sido dejar las maletas e irnos a pasear por los alrededores, pero mi cuerpo no estaba para bromas, tenía el vaivén de la barca y sobre todo el vértigo que me desequilibraba, así que decidimos ir al bar, antesala del restaurante, para descansar mientras esperábamos la habitación.



Por cortesía nos ofrecen bebidas, una cerveza artesanal local -elaborada en Monteverde- y un jugo de tamarindo (creo que de eso era). 





El arreglo de la habitación se demora más tiempo de lo previsto pero no nos queda de otra que esperar, yo no me encuentro con fuerzas para salir a dar ni un pequeño paseo, así que nos sirven dos copas de champán, cortesía desde recepción por este alargamiento de tiempo en espera (no es que el alcohol vaya a ser lo mejor para mí, pero ya que esta allí, al menos le daremos unos sorbos). 


Desde el bar se accede a la zona de desayunos, un agradable patio. 


Mesas amplias, sillas cómodas, servicio muy agradable…todo genial. 


El desayuno del día siguiente, cuyo horario tuvimos que confirmar a nuestra llegada al país, supongo que al tener completo el hotel sería un caos si todos los clientes bajamos a la misma hora. Para él, más sano; para ella, recuperada o no, menos saludable. 



Vamos a recorrer un poco el laberíntico hotel, ya que al ser resultado de la unión de varios edificios, los espacios se unen por medio de escaleras y pequeños patios, siempre con muchas plantas, e incluso con fuentes. 



Para llegar a nuestra habitación pasamos por una terraza exterior en la que hay dos jacuzzis, en los que nunca vimos a nadie, pero la verdad es que por la noche podían haber estado colapsados, porque el lugar era muy tranquilo. 


Unas escaleras tapadas con plástico conducen a nuestra habitación, en el último piso del hotel, por lo que el día de llegada, con mi vértigo fue un poco calvario llegar a ella. El plástico descubriremos esa tarde-noche que es para protegernos de la lluvia. 

Para el último día de estancia en Costa Rica hemos elegido la mejor habitación del hotel, la más amplia y con mejores vistas, la Suite Grano de Oro, que está forrada en madera y su decoración es muy clásica. A lo mejor fue una premonición el elegirla porque dado mi estado físico esta tarde la pasamos en ella, yo en la cama dormitando y recuperándome del vértigo, y mi marido vigilando mi reposo. Además d
isponemos de una cafetera de cápsulas para tomarnos un café o una infusión a nuestro gusto.



En una esquina de la habitación hay un jacuzzi, con lo que no tenemos que salir a los exteriores si deseamos un baño de burbujas. 



El baño también está forrado en madera, y la ducha es amplia (en todos los hoteles del país me han llamado la atención siempre su gran tamaño) aunque su tamaño en general no es excesivamente grande; a la entrada hay una zona para maquillaje con una repisa. 


Tenemos vistas de la ciudad, no son grandes vistas porque tampoco es una gran ciudad y no estamos precisamente en el casco más antiguo como para al menos ver algunas torres de las iglesias. 


Desde la terraza de los jacuzzis se puede ver la amplia cristalera de la habitación. 


Dado mi cuerpo de jota decidimos pedir la comida en la habitación, así me evitaba el arreglarme, y sobre todo, bajar y subir por las escaleras. Unos nachos de aperitivo. 


Unas sabrosas fajitas de pollo, ¡riquísimas! 



Y un sándwich (más bien bocadillo para nosotros por el tipo de pan) de lomito de res, acompañado de pico de gallo, ¡buenísimo! 


Tras pasar la tarde descansando, por la noche sí bajamos a cenar, ya que el día de nuestra llegada llamamos para hacer una reserva en el restaurante.