11 de febrero de 2014

Chile - Lago Todos los Santos - Puerto Varas



Y de repente, la niebla

Comenzamos el viaje de vuelta desde Peulla navegando nuevamente por el lago Todos los Santos, pero en esta ocasión lo hacemos bajo la niebla y la amenaza de lluvia, con lo que la visión de paisajes es diferente, si en el viaje de ida fue luminosa, en el de vuelta parece más "aventura", pero el frío nos hace desistir de pasar la mayor parte del tiempo de navegación en el exterior. 



 





Desembarcamos en Petrohué, y ahora no nos toca volver a ver los saltos del río, vamos directamente a Puerto Varas. Nos quedamos un rato en el hotel a descansar, y no es que el día haya sido cansado, porque la navegación por el lago es sumamente tranquila y lenta, pero la fina lluvia no nos motiva demasiado a salir, ¿y si caen chuzos de punta?


Tras el corto descanso insisto y termino convenciendo a mi partenaire de viaje para salir a dar una vuelta y encontrar un restaurante para cenar; nos damos un paseo en busca de uno, pero es temporada baja y está cerrado, con lo que nos dimos una vuelta para ver muy poco y catar el aire frío. Pasamos por otro de la lista, que sí está abierto, pero está completamente lleno (¿será que es realmente bueno?), y tras una de esas deliberaciones maritales que casi siempre gana él (aunque luego la fama se la llevan otras) decidimos nos esperar y salimos a la búsqueda de otro restaurante, ya no de una lista, sino de uno que nos guste por su presencia. En estas llegamos al Fogón Las Buenas Brasas, cuya entrada nos convence. 




Nos ofrecen el aperitivo mientras esperamos el plato que hemos decidido compartir: un rico pan caliente, un platito de pebre, con sus ingredientes cortados en trozos más grandes, y un platito con ceviche de salmón, que estaba bastante fuerte de sabor, aunque esta acidez es parte de la elaboración propia misma del ceviche. 







Compartimos una tabla de barbacoa para los dos, con su chorizo, salchicha tipo butifarra, chuletas de cordero y dos cortes de carne que no recuerdo a qué se correspondían exactamente, pero que estaban riquísimos de sabor, tiernos y en su punto, como toda la carne que hemos comido en el país. 




Acompañamos la comida con un vino estupendo, de uva carménère, un Reserva Medalla Real, de Bodegas Santa Rita, del valle del Maipo. Creemos que el mejor vino de lo que hemos catado en el país.




El restaurante aparte de por sus ricas carnes también es conocido por preparar sabrosas centollas, aunque nosotros en esta ocasión nos tiramos a la tierra, que no al barro, en lugar de al mar. 


10 de febrero de 2014

Chile - Peulla



Al grito de Jane y sin frenos

Tras la navegación por el lago Todos los Santos llegamos a Peulla, una pequeña localidad situada en un valle, destino turístico desde 1907 que se encuentra controlado casi en su totalidad por una familia. Lo más curioso del lugar es que tiene 220 días de lluvia al año, dos de cada tres, y si ayer no llovió estamos teniendo una suerte tremenda por volver a tener un día de sol espléndido. Su población es de 120 habitantes. 




Durante la travesía la agencia de excursiones nos ha ofrecido realizar varias actividades en Peulla, por supuesto fuera de programa y de pago, y es que pasaremos tres horas aquí para luego tomar el barco de regreso a Puerto Varas, navegando nuevamente por el Lago Todos los Santos, aunque tendremos peor tiempo, con lo que mejor utilizar las horas disponibles en alguna actividad. Las propuestas son: excursión en 4x4 para ir a una granja-hacienda de animales donde conocer al emú entre otros (al que conocimos bien de cerca en la granja Johnststone en Australia, y al que además nos comimos en varias ocasiones en el país, como en una de las cenas barbacoas en Ayers Rock, junto al mítico Uluru), así como con el vehículo vadear ríos (que suena más emocionante); tirolina o canopy sobre los árboles; y una cabalgata a caballo por el bosque. Con mejor tiempo ofrecen kayak o jet boat por el lago. Otra posibilidad es pasear por nuestra cuenta, aunque también se forman grupos organizados. 


Un vehículo decorado simpáticamente, a pesar de los cuernos, recoge a algunos pasajeros para repartirnos por donde comenzaremos nuestras diferentes actividades. 





En un ataque de amor marital, porque si yo no lo hago él tampoco, y la otra opción elegible,la  visita a la granja sinceramente no nos convencía nada, decidimos que vamos a tirarnos por tirolina de árbol en árbol y que sea lo que el destino y los árboles nos deparen. Para ello, en manos de dos jóvenes expertos en el tema que llevan esta actividad, y una vez pertrechados con nuestros arneses, guantes especiales y casco, subimos primero a pie por la montaña. Solo somos cuatro valientes que nos hemos apuntado. 




La subida a pie se me hace costosa, primero porque el ritmo de nuestros ayudantes para mí es infernal, van muy rápido y no quiero hacer perder tiempo al pequeño grupo, y la segunda razón, es porque viendo el sistema de tirolina voy pensando ¿en qué me estoy metiendo?




Para terminar de rizar el rizo en este paseo, se acaba con una pasarela sobre los árboles, eso sí, es corta y el tramo bastante bamboleante, pero no se convierte en terrorífico; más bien es como un pequeño aperitivo para ir despejando el vértigo. 




La seguridad es máxima, tenemos dos agarres de seguridad, que van colocando los dos encargados, de uno en uno, sin prisa pero sin pausa, sabiendo lo que hacen. En la primera plataforma de salto nos dan las instrucciones, aunque las irán repitiendo en varias de ellas, aparte de controlar bien la posición de partida. 




Uno de los dos ayudantes se lanza con total naturalidad a la siguiente plataforma, y es que él será el encargado de ir recibiéndonos de plataforma en plataforma, que en total serán diez. El que se ha quedado con nosotros nos coloca los arneses, la posición de las manos, siempre por detrás de la polea para no pillarnos, y nos recuerda cómo frenar. Lo ideal de la posición es poner una pierna sobre la otra, pero esto aunque suena fácil no lo es hasta unos cuantos saltos más. 


Preparada para el primer salto, no hay vuelta atrás, para salir de aquí no tengo otro modo (supongo que si tuviera un ataque de nervios algo se podría haber hecho, avisando a algún compañero para que me recogiera o siguiendo sola el camino de vuelta). Este salto lo intentan hacer más fácil colocando un pequeño escalón en la plataforma, pero la altura es mayor, con lo que pegar el salto al vacío y comenzar a deslizarse me lleva mi tiempo de concentración, y finalmente ¡allá voy!. 


Este es uno de los tramos más largos, con lo que parece que no va a tener fin y que si lo tiene no va a ser muy agradable. En la siguiente plataforma espera uno de los encargados, que además nos frena en caso de que no lo hagamos, y yo parece ser que no lo hacía, bien porque no tiraba con suficiente fuerza la cuerda hacia abajo o sencillamente porque apretaba la mano sobre la tirolina y el agarre pero no hacia abajo, así que el pobre me frenaba una vez tras otra. Además hay unas colchonetas, más bien duras para soportar el impacto de los pies, que protegen de un buen golpe contra el árbol. 




A nuestro alrededor un manto verde de árboles, y a nuestros pies un río, el paisaje desde la altura merece la pena el pequeño sufrimiento de terror del comienzo. 




Una de las plataformas tiene vistas a la cascada Velo de la Novia, a la que se puede llegar caminando en lugar de volando sobre los árboles. 




Los árboles por los que vamos saltando como monos descontrolados son coigües, aunque uno de ellos es un olivillo, pero allí no estaba yo como para clases de naturaleza, sino para mentalización interior. Como se puede ver se trata de árboles de gran altura, porque nosotros no estamos en la cima de ellos, sino a media altura. 




Se termina la actividad y nos vamos acercando al centro de operaciones. 




Para bajar se termina con dos rappel, descenso vertical, que no controlamos nosotros, directamente se encargan nuestros pacientes entrenadores. El primero de estos rappel me produce más ansiedad en la bajada que todas las tirolinas juntas, ya que es descolgarse al vacío a gran velocidad sin posibilidad de elección en la llegada. 




La experiencia resultó divertida y gratificante, con lo que poco a poco voy superando retos, por lo menos hago el intento, y además mi marido, mi compañero, disfruta haciendo estas pequeñas aventuras, aunque en alguna de ellas he tenido que abandonarle a mitad de la práctica, como en el submarinismo en la Gran Barrera de Coral de Australia. 


Terminada nuestra pequeña aventura sobre y entre los árboles, desde la cabaña donde dejamos los aparejos de seguridad caminamos hasta el hotel donde tenemos el punto de encuentro; aunque primero pasamos por lo que parece el antiguo hotel Peulla, que sinceramente por su aspecto ajado en algunas zonas (y si está en funcionamiento ¡madre mía!) nos traslada a una película de terror, de mucha sangre y muchos gritos (como no hemos visto su aspecto interior no quiero desmerecerle, puede que fuera la visión momentánea).




En los alrededores del hotel hay señales inequívocas sobre el cruce de lagos, entre Chile y Argentina, que se puede realizar y sobre el autobús a tomar en cada caso, que todo puede ser acabar donde no se quiera.




Los alrededores del hotel son naturaleza pura, con caminos para vehículos todoterrenos, pero que también apetece utilizar para caminar o hacerlo sin camino muy definido sabiendo bien lo que se anda. 




Tras el corto paseo finalmente llegamos hasta el hotel Natura, que tiene mejor presencia y prestancia que el anterior, aunque pensándolo fríamente las paredes del antiguo tendrán muchas historias que contar. 




Una vez en el hotel, lo primero es intentar comer, tenemos menos de una hora para hacerlo, y si el servicio no es rápido nos quedaremos a medias, con lo que mejor sería quedarnos a cero. Pedimos un consomé para entrar en calor, y eso que con la tirolina ya hemos entrado lo nuestro, pero el día ha sido de frío en los saltos del Petrohue y frío en la navegación por el lago Todos los Santos. El consomé resultó demasiado grasoso, muy contundente. 




De segundo plato los dos nos decantamos por la merluza austral, rebozada o a la romana y a la plancha, mejor la segunda, aunque sinceramente no nos pareció merluza, ni austral ni septentrional, o no nos pareció una buena merluza para lo que esperábamos (si el producto es bueno no importa demasiado el lugar o la forma de elaboración). 





Hoy toca probar una nueva cerveza chilena, la Polar Imperial, tipo Lager. 




El servicio ha sido muy rápido, con lo que tenemos algo de tiempo para componernos y para curiosear un poco por el hotel, que tiene rincones muy agradables para pasar tardes o noches, aunque puede que el trasero se resienta rápidamente de la dureza y la planicie maderera.




La barra del bar es preciosa, un árbol en el que han practicado una hendidura en el centro. 




Tenemos que estar a las puertas del hotel a las 14.45 para tomar el autobús de vuelta al embarcadero y allí estamos los viajeros esperando el autobús. 
      

Una nota para posibles viajeros: desde Peulla, y llegando como nosotros desde Puerto Varas por carretera hasta Petrohué y luego navegando por el lago Todos los Santos, se puede realizar el que seguro es interesante paisajísticamente, cruce de lagos, en el que se atraviesan dos parques nacionales y cuatro lagos. La ruta sigue el camino Huilliche, por el que se adentraron los jesuitas en busca de la Ciudad de los Césares, para terminar en San Carlos de Bariloche, Argentina. Se puede hacer noche en Peulla y realizar el cruce al día siguiente o se puede llegar a dormir a Bariloche en el mismo día; pero son necesarios al menos dos o tres días para que no se convierta en una excursión paliza en la que se disfrute poco. Nosotros no la hicimos, porque no teníamos dos días más para realizarla, a no ser que sacrificaremos otros destinos o los alrededores de Puerto Varas, pero en esta ocasión no tocaba conocer Argentina, solo Chile. 



7 de febrero de 2014

Chile - Parque Nacional Vicente Pérez Rosales - Lago Todos los Santos



¡Por Todos los Santos!

Tras nuestra visita a los saltos del río Petrohue la siguiente parada es en el embarcadero de la pequeña localidad de Petrohue


Donde tomamos una embarcación que surca las aguas del tranquilo lago de Todos los Santos (mirar mapa de localización). 


El lago es de origen glaciar y recibe su nombre al ser descubierto el 1 de noviembre de 1670 por el misionero jesuita Nicolás Mascardi cuando iba en busca de la Ciudad de los Césares, la ciudad de Eldorado en la región Austral, que nació de la imaginación por supervivencia de los expedicionarios que volvían fracasados y arruinados de sus aventuras, para intentar eludir las deudas, las acusaciones de sabotaje e incluso la cárcel. 


El primero en intentar la aventura de la Ciudad de los Césares fue Juan Díaz de Solís, al que le siguió Sebastián Caboto y posteriormente, Francisco César, del que recibe su nombre, que escribió un detallado informe sobre la misteriosa ciudad llena de tesoros y minas. 


Juan Caboto llegó a elaborar mapas y cartas de navegación que vendía y en el siglo XVII su ubicación era ya muy detallada, “a 160 leguas de Mendoza, 190 de San Juan y 286 de Buenos Aires, en las laderas de los Andes, equidistante de Magallanes y de la provincia de Cuyo”. Con estos detalles, la Corte de Madrid en 1642 ordenó al gobernador del Río de la Plata que cobrase impuestos a los habitantes de la ciudad, pero aunque la buscó, no la encontró (tiene "guasa" la historia de los impuestos). 


Tras varias expediciones, en 1670 el padre Mascardi, guiado por una princesa pehuenche que estaba prisionera, llegó hasta el lago Nahuel Huapi, en Argentina, pasando por el lago de Todos los Santos, y luego llegó hasta el océano Atlántico hasta en cuatro ocasiones. 


Después del padre Mascardi, asesinado por los indígenas en su último viaje, otros misioneros emprendieron la búsqueda de la ciudad, al tiempo que evangelizaban a los pueblos que se encontraban. Los nativos le contaron al padre Francisco Menéndez una ruta para llegar a la Ciudad de los Césares, partiendo en su búsqueda en 1794. El padre notó que las mujeres que había encontrado en viajes anteriores llevan mejores abalorios que los que él les había entregado, y ellas le explicaron que se las traían de Buenos Aires; de este modo se descubrió que la Ciudad de los Césares sólo había existido en la imaginación. 


El barco zarpa de Petrohué con un perfecto paisaje montañoso y nevado. 



Desde el lago se tiene una hermosa visión del volcán Osorno. Una erupción de este volcán fue la que cortó la comunicación entre este lago y el de Llanquihue.




El lago tiene fama de ser el más bonito de Chile, pero creo que este calificativo se lo disputarían muchos de los lagos que hay en la zona centro-sur del país, que no son pocos. Por el color de sus aguas también recibe el nombre de Esmeralda. 




En las laderas de las montañas que rodean el lago vemos casas, que nos parece asombroso vivir tan aislado, dependiendo de una embarcación para poder entrar y salir -no parecen solo casas destinadas al turismo y a la pesca-., ya que no hay carreteras ni caminos que llegan a ellas.

En las riberas del lago se establecieron muy pocos colonos con el plan de Pérez Rosales




En 1903 el lago fue redescubierto por el alemán Roth, un empresario argentino que comenzó a realizar una excursión llamada Cruce de Lagos, ya que como he contado con la historia de la Ciudad de los Césares este lago chileno comunica con el lago argentino Nahuel Huapi (mirar mapa de ruta y localización). 




El barco navega muy despacio, afortunadamente luce un sol espléndido, pero ninguno de estos factores quita el frío que hace al pasar la mayor parte del tiempo en las cubiertas exteriores para disfrutar del paisaje, el aire que da en la cara es helador. 




Por este frío que pasamos durante la travesía entramos a la cafetería para estar más calientes, que nuestros cuerpos dejen de estar en punto de congelación, cosa que yo hago con una leche con cacao y unas galletas de chocolate; pero desde dentro se tienen las mismas vistas que desde fuera, eso sí, algo distorsionadas por el cristal y los salpicones del agua. 





El barco no va completo de capacidad, se nota que es invierno y que el turismo no acude con la misma afluencia que en verano, por lo que la mayoría de asientos se encuentra vacío, y no solo porque la mayor parte de los pasajeros lógicamente estemos en el exterior disfrutando del paisaje. A pesar de este aforo incompleto hubo un momento de lleno completo en la cafetería, parece que los humanos acudimos en manada a los mismos sitios: al exterior, al interior.


Pasamos por el volcán Puntiagudo (2.493 m), cuya forma se debe a la resistencia a la erosión de la roca volcánica de la que está compuesto. 





Pero no perdemos de vista al volcán Osorno. 




Continuamos el viaje plácidamente, entrando y saliendo de la embarcación, enfriando y calentando -lo mejor para pillar un buen constipado o gripazo-, a veces colocándonos a popa, en otras a proa. 




Durante el viaje ocurre un hecho, en realidad ocurre en dos ocasiones, en las que una pequeña barca se acerca al barco donde navegamos para recoger pasajeros, se trata de niños que vuelven de la escuela, y el único modo de llegar y volver es este. Bravo por los padres que velan por la educación de los hijos, y bravo por los hijos que aguantan este trajín diario (suponemos lo del colegio por llevar lo que nos parece un uniforme y mochilas). 





El deshielo en las montañas está comenzando y con él la aparición de cascadas en las laderas. 




Allí creíamos que estábamos fotografiando al volcán Tronador (3.491 m) pero al contrastar la información no parece ser este -no cuadra con la forma del volcán-, no miramos donde debíamos. Este volcán marca la frontera con Argentina. 




Al que sí parece que la cámara -y nuestros ojos- capturó fue al Cerro Techado, más bien la cima o techo que se veía. 




Tras dos horas de navegación tranquila con paisajes perfectos llegamos a destino, Peulla (mirar mapa de localización). 






Durante el viaje el guía ha realizado una labor de información de las actividades que podremos hacer en Peulla, y es el momento de apuntarse y pagar la elegida, que en nuestro caso será una pequeña aventura de canopy o tirolina. 
 
El viaje de vuelta por el lago ya no fue bajo este sol espléndido, las nubes nos arroparon durante todo el camino, pareciendo que el cielo iba a descargar de repente los dos días de tregua que nos había dado en la tierra de la lluvia.