4 de mayo de 2014

Chile - Santiago - Barrio Brasil - Convento e Iglesia de la Preciosa Sangre - Plaza Brasil - Fundación Víctor Jara



¡Justicia!

Después de nuestra pequeña parada en la plaza Yungay del barrio homónimo, por la calle Santo Domingo llegamos a su cruce con la calle General Bulnes, donde nos sorprende a la vista un palacete, y es que entramos en el Barrio Brasil, no hay una barrera definida entre este barrio y el de Yungay, sencillamente aparecen construcciones más ostentosas, aunque se siguen manteniendo las casas populares. Entre los palacios que se mantienen, no siempre en el mejor estado de conservación posible o idóneo, el palacio Alamós, construido entre 1921 y 1925. 


Al llegar a la avenida Ricardo Cummings giramos a nuestra derecha por ella. 


A principios del siglo XX el Barrio Brasil era una zona residencial elegante, pero en la década de 1940 sus adinerados residentes comenzaron a trasladarse al norte, y posteriormente, el barrio quedó separado del resto de la ciudad por la construcción de la autopista, cayendo en el olvido (menos para sus habitantes, claro); a causa de este olvido el barrio se salvó del desarrollo urbanístico y muchas de sus mansiones se han conservado casi intactas (y es que decir intactas en Santiago es muy difícil, bien por su deterioro, bien por sus pintadas sucias o por su grafitis simpáticos). 


Giramos por la calle Compañía de Jesús para encontrarnos con el convento e iglesia de la Preciosa Sangre, construida a partir de 1875 y finalizada en 1905, que llama la atención por su colorido bermellón, color que no sé si tiene alguna explicación, ¿imitación a sangre por el nombre de la iglesia? ¿recordatorio colonial?, no es la primera iglesia que vemos en Santiago con una fachada en tono granate. Es una obra a medias entre los arquitectos Chelli (falleció durante la construcción) y Cremonesi. 


La calle Compañía de Jesús llega hasta la plaza Brasil, un pulmón verde del barrio, que recibió este nombre por la Embajada de Brasil, que se situaba en un palacete junto a ella. 


En la plaza una placa conmemorativa al cantautor brasileño Antonio Carlos Jobim.


En el centro de la plaza lo que destaca sobre todo es un área destinada a juegos infantiles, inaugurados en 1993, obra de la artista Federica Matta, en los que se representan elementos geográficos (volcanes) y culturales de chile. Les falta una mano de pintura (como en tantos y tantos lugares de la ciudad) para que el conjunto resulte perfecto, pero claro, mantener estos juegos que deben ser utilizados continuamente representaría un alto coste, y el país necesita inyectar pesos para otros menesteres menos lúdicos y más necesarios y vitales, pero creo que merecería la pena hacer un pequeño esfuerzo. 







En el paseo Huérfanos, que bordea la plaza en uno de sus laterales, se puede ver una casa de estilo colonial, creo que actualmente ocupada por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. 


A la derecha de esta casa, la Fundación Víctor Jara o Galpón Víctor Jara, un centro cultural en el que se realizan exposiciones de fotografía, pintura, escultura, espectáculos de música y danza, teatro… En este año, 2013, el galpón fue clausurado por las autoridades al no disponer de permiso de edificabilidad y por otros problemas administrativos. 

En el corto rato que estuvimos allí notamos que Víctor Jara tiene mucho tirón ya que no dejó de pasar gente buscando el galpón, haciendo fotografías a su exterior. 


Victor Jara era militante del Partido Comunista de Chile, activista político, profesor, director de teatro, cantautor, músico, todo truncado con el golpe de Estado de 1973. Víctor fue uno de los artistas de la Nueva Canción Chilena, siendo además director artístico del grupo Quilapayún. Con la llegada a la presidencia de Chile de Salvador Allende fue nombrado embajador cultural. 

Víctor Jara fue detenido por los militares al día siguiente del golpe de Estado en la Universidad junto a alumnos y profesores, siendo trasladado al Estadio de Chile, torturado (en su afán de dañar y humillar le llegan a romper las manos) y finalmente asesinado tras cuatro días (que serían como años); su cuerpo en encontrado el día 19 con 44 impactos de bala. El Estadio ha sido renombrado en su honor con su nombre. 


Estando preso Víctor escribió su último poema, Somos cinco mil

Somos cinco mil
En esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
En las ciudades y en todo el país?
Solo aquí
Diez mil manos siembran
Y hacen andar las fábricas
¡Cuánta humanidad
Con hambre, frío, pánico, dolor,
Presión moral, terror y locura!


El 22 de septiembre de 1973 el astrónomo soviético Chernykh bautizó como Víctor Jara a un asteroide del cinturón principal descubierto por él. 

Recordemos a Víctor Jara con una de sus canciones, y unámonos a la petición de ¡Justicia para Víctor!, justicia en la que sus torturadores tengan un juicio por su crimen, y ¡Justicia! para los ciudadanos anónimos que fueron asesinados o desaparecidos. 


Bruce Springteen en su reciente concierto en Santiago homenajeó a las víctimas del golpe de Estado de 1973 y a Víctor. 


        
Salimos de la plaza Brasil por la arbolada en el centro avenida de Brasil, donde hay una importante (y abrumante) concentración de talleres mecánicos o tiendas de repuestos para vehículos. 


 Un mapa del recorrido:



30 de abril de 2014

Chile - Santiago - Barrio Yungay - Plaza de Yungay - Iglesia de San Saturnino



Los rotos chilenos

Después de nuestra comida en el interesante Boulevard Lavaud, continuamos nuestro paseo por el barrio Yungay y lo hacemos caminando por la calle Libertad, ofreciéndonos la arquitectura cuidada o descuidada, las casas coloridas o descoloridas.





La calle desemboca en la plaza de Yungay, el corazón del barrio, que fue construida en 1839 en homenaje a la batalla de Yungay, en la que salió victorioso Chile frente a la Confederación peruano-boliviana. La plaza me produce la sensación de ser centro de reunión para hacer lo que en España llamamos “botellón”. 




En el centro de la plaza se alza la estatua del Roto Chileno, realizada por Virginio Arias, que la esculpió en París mientras en Chile tenía lugar la Guerra del Pacífico, recibiendo originalmente el nombre de Héroe del Pacífico, pero tras colocarla en la plaza se le cambió por el que es conocida desde entonces. La denominación de roto chileno viene desde el tiempo de la conquista española, tras la vuelta de Diego de Almagro en la desastrosa expedición por el Desierto de Atacama, de la que volvieron con un aspecto andrajoso; más adelante los soldados de extracción social más humilde fueron apodados rotos chilenos. 





En un costado de la plaza, en la calle Santo Domingo, se alza la iglesia de San Saturnino, construida en 1844 en estilo gótico y que tras el terremoto del 27 de febrero de 2010 ha cerrado sus puertas, y los efectos del mismo se pueden todavía notar en la rotura de cristales que tres años después todavía no se han repuesto. 





En otro de los costados, en la calle Rafael Sotomayor, lo que destacan son los grafitis que decoran las fachadas. 





Tomamos la calle Santo Domingo y de nuevo nos encontramos con un mundo de grafitis, que hacen más ameno el paseo y le dan colorido (no siempre del bueno, que no quiero alentar a este tipo de pintadas a diestro y siniestro en ninguna ciudad) al barrio, algunos de los cuales son fiesteros, otros claramente reivindicativos y por supuesto no faltan las pintadas sin ton ni son, solo para "guarrear" la pared.









Resulta curioso cómo después de nuestros paseos por los barrios de Bellavista y Patronato, y por este de Yungay, tenemos una amplia colección fotográfica de pintadas urbanas.

Un mapa del corto recorrido, que no sería necesario realmente pero así doy continuidad al paseo. 


28 de abril de 2014

Chile - Santiago - Peluquería Francesa - Restaurante Boulevard Lavaud



El baño de Narnia y la peluquería

En el barrio Yungay por el que estamos paseando, en la esquina de la calle Libertad con la calle Compañía de Jesús se encuentra el edificio de la Peluquería Francesa, que tras varios traslados terminó estableciéndose en este lugar en 1925. 




Es la peluquería más antigua del país, data de 1868, y al seguir en funcionamiento todavía es posible ser afeitado a navaja, con paños calientes, talco y colonia (hemos retrocedido un siglo de repente). La decoración es tal cual era, con un precioso aire retro. Estaba a cargo de tres maestros peluqueros franceses que solían realizar las llamadas “peras napoleónicas”, de moda en aquella época. 




Pero el edificio, de dos pisos, no es solo la bonita peluquería de la planta baja, el resto está ocupado por el restaurante Boulevard Lavaud, que fue creado como un lugar para el entretenimiento en 1999 por Christian Lavaud Oyarzún, nieto del fundador de la peluquería, Èmile Lavaud. Entramos para curiosear, primero para ver la peluquería no sólo desde los cristales del exterior, sino también porque el restaurante continuaba con una interesante decoración y al final decidimos quedarnos a comer aquí, aunque la hora era temprana y había varias alternativas más por la zona, siendo esta una de ellas. 


El restaurante está amueblado y decorado con todo tipo de muebles y objetos antiguos, reciclados para diferentes usos para los que fueron concebido, o simplemente como detalles, como estos secadores de peluquería de señoras, y es que al lado de la peluquería de caballeros se abrió otra para señoras, pero ya no está en funcionamiento. 




Mientras esperamos la comida hacemos un pequeño recorrido por el restaurante, quedándonos asombrados de sus rincones y detalles, a cada cual más simpático o más bonito o raro, aparte de parecer en parte una auténtica chamarilería, eso sí, de postín. 






En este recorrideo por el restaurante recordamos una canción infantil, que se cantaba primero normal y luego en rondas utilizando en cada una de ellas una sola vocal: “Cuando Fernando Séptimo usaba paletó… / Caanda Farnanda Saptama asaba palata…”. 

Y hoy por fin mi curiosidad me lleva a saber que es el paletó, una especie de levita que se solía llevar sobre el frac. 




Elegimos mesa, el restaurante está prácticamente vacío, y lo hacemos por considerar que es un rincón acogedor, al lado de las mesas con los secadores de pie, entre cortinajes rojos que parecen dar más intimidad. La mesa resulta ser una máquina de coser reciclada, que nos parece una idea genial y realmente bonita. 




Y al elegir la mesa lo hacemos al lado del lugar donde todos los comensales intentamos siempre evitar, los baños, pero claro no había una señal que advirtiera que entrando ¡en el armario! accederíamos a ellos. Divertido, genial y muy bien disimulados, aunque ello lleve a esta confusión. Si nos dicen que es el ropero no nos sorprendería, pero ¡el baño!, hay que tomas nota de estas lecciones de camuflaje y así conocemos el baño de Narnia, aunque no nos lleva a un mundo fantástico. 

Ya sabemos qué mesa no volver a elegir, porque hoy al ser temprano y no haber mucho público comensal no fuimos molestados, más bien parecía nuestro salón con baño privado. 





Los salvamanteles, siguiendo la tónica de ser de papel, ofrecen un mapa con las calles y lugares visitables por el barrio; además de satisfacer el estómago y la vista, satisfacen la curiosidad turística. 

De aperitivo, un pebre, más suave que de costumbre, y un paté, también ligero de sabor; acompañados de un rico pancito. 




Para compartir, unos calamares apanados (recordar, apanados es empanados) con salsa mayonesa. Aceptables.




Para él, entrecot de de cordero al ajillo, que estaba tierno y sabroso, acompañado de patatas asadas con pimentón. 




Para ella, pato a la naranja acompañado de patatas rustidas.De aceptable a bien.




Nos sorprende la cantidad, e incluso la calidad, de los platos, ya que cuando uno se encuentra en estos sitios en ocasiones ambas son desmerecidas por el propio lugar o por la afluencia turística, pero afortunadamente no fue el caso, sin llegar a decir que fue una comida espectacular, sí que resultó ser una buena comida. 


Compartimos un surtido de postres, de izquierda a derecha: expreso de chocolate (chocolate bitter y licor de amaretto cubierto con suave mousse de chocolate blanco), dúo de brownies de chocolate, créme brûlée (¿qué fue antes, esta crema francesa o la crema catalana?) y dulce Patria (crema a base de almendras, whisky y especias, que resulta está riquísima a pesar de la nata -otro de los ingredientes culinarios que evito o intento evitar). 




Mientras comíamos pasó un grupo de turistas españoles a cotillear el local, y es que las guías las seguimos al encontrar en ellas lugares curiosos o diferentes, y leer sobre este lugar apetece conocerle. 


Con la cuenta nos entregan un periódico en el que cuentan la historia del lugar, también está la carta del restaurante, personajes famosos chilenos, historias de cocinas, un mapa del barrio y una explicación de alguno de los lugares y monumentos que se pueden conocer en él (una pena no haber dispuesto de esta información con anterioridad porque hay lugares muy interesantes pero esto significaría dar marcha atrás y nosotros tenemos que ir hacia delante). 


En el lugar también se puede desayunar o tomar la merienda o lo que los chilenos llaman las once, y por las noches rematar la velada con cócteles y copas, ¿alguien da más?. 




Lo de tomar las onces es muy curioso, y sobre el origen de la palabra hay varias alternativas: traducción inglesa, o como es más posible, y más pícaro, para tapar la costumbre de los hombres al salir de las salitreras de acompañar la merienda con un trago (o más) de aguardiente... y aguardiente tiene once letras. 
En un local cercano al restaurante y la peluquería hay una tienda de los mismos propietarios, El Antiguo Almacén, donde es posible adquirir mobiliario y objetos de decoración de antaño.