12 de marzo de 2014

Chile - Puerto Natales - Hotel Indigo



Un hotel boutique en el Fin del Mundo

El hotel de Puerto Natales fue elegido porque me pareció muy coqueto, con una ubicación entre buena y mala; buena, porque se encuentra junto a la costanera del Seno Última Esperanza; mala, porque está alejado del centro, no demasiado la verdad, pero sí lo justo como para quitarse las ganas de salir de él en noches desapacibles, como serán dos de tres noches que pasamos en Puerto Natales, en nuestro caso. Se trata del Hotel Indigo, de la cadena Noi. 

Posiblemente su exterior no es lo más llamativo ni favorecedor, aunque tiene su punto por la mezcla de materiales arquitectónicos. 


Fuente: terra.cl
 
En la zona de recepción hay un salón para descansar, así como mesas donde estudiar mapas y posibles excursiones, o para recordarlas o compartirlas. 




En esta zona hay colgada una pizarra con el tiempo actual y el previsto para tres días, que no pinta muy favorable, sobre todo por el viento, hoy a 18 km/h (la razón de no salir a cenar a la ciudad), parece que mañana nos dará un pequeño respiro por lo menos. La temperatura no tan baja como podíamos esperar, en su línea para ser invierno en una localización tan al sur.




Desde recepción parte una pequeña rampa que conduce al restaurante Kosten, estructurado en dos niveles. En el piso inferior se sirve el buffet de desayuno y fue donde ayer cenamos




El piso superior aloja el Lounge Bar, pero también hay mesas en las que sirven comidas. 




En esta zona de sofás nos pedimos un pisco sour, insisto con él a pesar de que no consigo que me guste plenamente, y una variedad del mismo, el calafate sour, que está menos fuerte y se bebe mejor: pisco, salsa de calafate (el calafate es un arbusto que tiene bayas con el mismo nombre, de las que se obtiene esta salsa densa), azúcar y zumo de limón. Y aquí coincidimos con otra pareja de españoles, que viven en Valencia, pero que son de una ciudad a 13 km de mi pueblo natal, ¡y nos encontramos aquí!, y es que el dicho de "el mundo es un pañuelo" se hace realidad donde menos te lo esperas.




En este loung también hay mesas con juegos, bueno, creo que realmente estaba esta mesa con un ajedrez. 




En un lateral del hueco central del edificio se encuentra la escalera de acceso a los pisos, cuyas habitaciones se encuentran en dos pasillos paralelos comunicados por una pasarela en voladizo, lo que le da un aire de ligereza a la estructura, aunque también algo de confusión, porque para acceder al último piso hay que cambiar de escalera, pero esto a la primera se aprende, ya que solo se trata de tres pisos. 


La escalera es mitad escalera de peldaños, mitad rampa, lo que nos vino de fábula para el día de la partida, ya que debido al temporal de viento y nieve se cortó la luz y sólo funcionaba el generador para alumbrar los pasillos, quedándonos a oscuras en la habitación. El ascensor no funcionaba y bajar las maletas por escaleras hubiera resultado agotador, pero mitad por escalera  y mitad por rampa se hizo algo menos pesado (todavía podemos hacer estos esfuerzos sin solicitar ayuda, pero todo llegará). 





En el piso inferior, al lado de las escaleras, un rincón tipo chillout, donde tras un día de excursión te podrías quedar en el séptimo cielo. Desde el hueco de la escalera se ve mucho mejor y se fotografia también mejor. 




Aunque para estar en el séptimo cielo lo mejor es subir al Aiken Spa, en el último piso. 







Hay dos piscinas jacuzzi en el exterior, que por supuesto no es la temporada idónea para probarlas, pero que presupongo colapsadas en temporada alta. 





Hora de pasar a la habitación, que en esta ocasión, y asesorados por nuestra amiga y agente de viajes, se trata de la suite, ya que ella estuvo alojada en este hotel, conoce nuestros gustos y la habitación standard le parecía algo pequeña. No se equivocó ella al asesorarnos ni nosotros al aceptar la propuesta. Está localizada en el último piso destinado a habitaciones.

  


A lo más difícil de adaptarse, tal y como habíamos sido avisados por ella, era al armario de concepto abierto, pero no como en otros hoteles en los que nos hemos alojado en este viaje, como los de la cadena Altiplánico, tanto en Isla de Pascua –con cortinillas- como en San Pedro de Atacama -en concepto alacena pero separado del dormitorio-. Debe ser una moda del diseño moderno, porque también en el hotel de New York en el que estuvimos Fin de Año de 2012 el armario era abierto, aunque el concepto era más de tipo vestidor al estar separado del dormitorio. Acepto armario y perchas como visión, pero que los cajones no existan o se reconviertan en baldas al aire libre no me convence (la ropa interior debe estar guardada y no exhibida aunque sean piezas de diseño). 




Ya os habéis dado cuenta que la estrella de la habitación es la bañera, colocada en un pequeño altillo de la habitación, con dos ventanales en esquina. Pide ser disfrutada inmediatamente aunque la música de fondo, el fuerte viento que soplaba y movía las chapas de las construcciones haciéndolas sonar como si realmente fuera a llegar el fin del mundo, no favorecía la relajación.




En este concepto de habitación de diseño abierto, el lavado también se encuentra integrado dentro de la habitación; al fondo se encuentra la ducha, quizás algo oscura e incómoda por no disponer de una pequeña repisa donde colocar el champú y el gel, y el suelo a estas edades es algo incómodo para este menester. Por supuesto, el inodoro no participa de este diseño y tiene su propio habitáculo cerrado. 





Desde una de las ventanas de la habitación tenemos vista a la costanera, al Seno de Última Esperanza y a la sierra Dorotea. 




Un hotel recomendable sin lugar a dudas, aunque deberían mejorar su carta en el restaurante para ser completo. De la misma cadena, en Santiago nos alojamos en el Hotel Noi Vitacura, que aunque menos sorprendente que éste, cumplió con nuestras expectativas.


10 de marzo de 2014

Chile - De Puerto Varas a Puerto Natales



Un laaaaaaaargo viaje 

Esta mañana no madrugamos como la de ayer por lo que nos conformamos con ver el amanecer desde las ventanas de la habitación y no junto al lago Llanquihue, aunque los volcanes Osorno y Calbuco siguen escondidos, no como el día que nos dieron la bienvenida




A las 9.15 de la mañana nos recogen en el hotel, en esta ocasión no viene Apolo, tiene el día libre, y nos recoge un compañero para trasladarnos al aeropuerto El Tepual de Puerto Montt, y tras nuestros paseos por Puerto Varas, Puerto Octay y Frutillar, entendemos el uso de la madera en su construcción. Es el aeropuerto que más nos ha gustado, supongo que también porque se nota su reciente renovación. 






Hoy volamos con Sky Airline, la segunda compañía del país, porque no encontramos ningún vuelo disponible y a una hora adecuada con LAN. Volamos en un Airbus 319 hacia el sur del país, a Punta Arenas –lo más al sur del país que visitaremos-, a 1.307 km, con una duración estimada de 2 h 10 m.



En el precio del billete está incluida la comida -detalle sorprendente porque en los vuelos nacionales de nuestra compañía patria ya sólo dan los buenos días/tardes/noches-: patatas con mayonesa y lomo apanado (empanado), de postre, macedonia y un bizcocho de chocolate (no el brownie de LAN, al que ya tenemos algo de manía a pesar de estar realmente rico). 




Nuestros asientos están en el lado derecho del avión, con lo que la cordillera de los Andes queda a nuestra izquierda y no la podemos ver, pero vamos viendo las cumbres nevadas del sur de Chile junto al océano (no me atrevo a decir que sean parte del llamado Campo de Hielo del Sur). 







Parece que estemos volando sobre un planeta helado (más quisiera yo que fuera la Antártida). 




Nos acercamos a Punta Arenas y sobrevolamos el estrecho de Magallanes






Aterrizamos a la hora prevista (incluso con adelanto de unos pocos minutos) en el Aeropuerto Presidente Carlos Ibáñez de Punta Arenas





A la salida del aeropuerto nos espera el simpático y dicharachero Obdulio, un magallánico que en sus últimos años de trabajo se dedica al turismo. Lo primero que notamos al salir al exterior es el fuerte viento que sopla, no es aire, no es viento, es un desagradable vendaval. Atravesamos Punta Arenas por la avenida Manuel Bulnes y vamos tomando nota que los lugares visitables no se encuentran tan cerca como parecía sobre el mapa (no es que creyera que estaban cerca pero sí a un paseo agradable), y más con este viento. La segunda fotografía corresponde al Monumento al Inmigrante Croata.





Obdulio nos lleva a la terminal de Buses Fernández, porque nuestro viaja continúa, pero no podía ser ni en avión directo ni con conexión, tenía que ser en autobús. 




La terminal tiene el aspecto de terminal antigua, tanto en su exterior como en su interior, de los años cuarenta o cincuenta en España. Nos recogen las maletas, que las dejan en un pequeño recinto al alcance de cualquiera (y es que en este bendito país nuestro parece que la honestidad ha pasado a otra vida, con lo que no estamos acostumbrados a estos actos, o que en este bendito país chileno y en estas latitudes todavía hay buena gente y gente inocente). 


En un principio decidimos salir a dar una vuelta por la ciudad, pero tras pasear por la primera manzana contra el viento, lo que nos hace luchar en cada paso, o a favor de él, que nos empuja ayudándonos a caminar o a tropezar, yo decido volver a la estación y esperar a que salga el autobús, no será algo más de media hora y lo prefiero a caerme o agarrarme un constipado innecesario. Mi marido, valiente él, decide salir para buscar una tienda donde comprar bebida y algo de comida para pasar el viaje que tenemos por delante. 


Lo más bonito de la terminal es el autobús de los comienzos de la empresa que hay en su interior. 




A las 14.30 emprendemos el viaje desde Punta Arenas a Puerto Natales, 250 km por delante. 




Y lo hacemos viajando por la pampa patagónica, en la que abundan el coirón, especie vegetal que conocimos y vimos en Atacama, y las estancias ganaderas con sus ovejas o en ocasiones vacas (siento las fotos pero el fotógrafo oficial estaba en huelga de brazos caídos). 






Al cabo de una hora de viaje aproximadamente empieza a aparecer la nieve en el paisaje, al tiempo que las animitas, pequeños altares como homenaje a las víctimas en la carretera, como las que vimos durante el trayecto de Calama a San Pedro de Atacama y viceversa. En algunos tramos del camino, en esta pampa fría y ventosa, aparece la nieve cubriendo parte del paisaje.


Espero que a la vuelta, de Puerto Natales a Punta Arenas haya mejores fotos, porque además el paisaje del viaje se lo merece, y de alguna manera fuímos afortunados en este viaje de vuelta





Tras tres horas de viaje (que no se hicieron ni largas ni incómodas) llegamos a Puerto Natales

La alternativa a la suma de avión y  carretera para llegar se encuentra en el ferry, que desde Puerto Montt zarpa dirección a Puerto Natales, pasando por el archipiélago de Chiloé y haciendo escala en glaciares, pero para este presumiblemente interesante viaje se necesitan cuatro días, de los que no disponemos, y no siempre es una travesía grata de realizar, tanto por el mal estado del mar como del clima o incluso por los pasajeros vacunos que suelen ir en el ferry. 




El transfer nos espera en la estación de autobuses para trasladarnos al hotel. De nuevo el viento es la compañía en la ciudad, y cuando bajamos las maletas del coche, como la calle está en cuesta y llevan ruedas, casi salen rodando solas. Esto cambia nuestros planes completamente, porque pensábamos salir a caminar, ya que todavía es de día y habíamos visto animación en las calles del centro de Puerto Natales, pero de esta forma se nos quitan las ganas, seríamos empujados a donde quiera el viento y moverse sería un esfuerzo hasta contraproducente para nuestra salud e incluso integridad física (había que sentir la fuerza del viento allí para entenderme). 


A pesar de que esperamos con optimismo que el viento amainase, no lo hizo, además comenzó a llover un aguacero tremendo, con lo que finalmente ni paseo ni nada, un recorrido por las instalaciones del hotel y a cenar en él. 


Para esta primera noche elegimos la mesa debajo de las escaleras del restaurante, que está dividido en dos pisos, el superior es más tipo un bar lounge, donde tomar cafés, copas, tener partidos de juegos, conversaciones, pero también se puede cenar en él. 


Para beber pedimos vino de uva carménère, Las Mulas de Bodegas Torres, del Valle Central, que no nos disgusta, pero que no nos emociona tanto como lo hizo el de la Bodega Santa Rita en Puerto Varas, para nuestro paladar el mejor de esta clase de uva que probamos en el país. La curiosidad del nombre del vino radica en que está dedicado a Rufina, una mula que en el viñedo San Luis de Alico ha contribuido, junto a otras mulas, a fertilizar el suelo, además de ser depredadores de insectos dañinos para la vid. 




Para él, un entrecot o lomo de ternera con salsa a la pimienta (eso me parece por la foto, pero no lo recuerdo aunque creo que no era queso casi con 99% de seguridad), sobre una cama de puré de choclo (maíz). 




Para ella, salmón con verduras salteadas, y de nuevo no recuerdo la salsa que lo acompañaba (parece que no estaba allí esa noche), aunque parece una salsa de tomate. 




Para ellos, a compartir, un flan. 




Por las críticas que había leído en internet me esperaba más del restaurante, que me decepcionó desde la entrega de la carta, algo confusa y no muy acorde su diseño con el glamour del hotel, rematando con no disponer de todos los platos, principalmente de la famosa centolla del sur, y es que estamos en temporada baja, el hotel se nota que no está en plena ocupación, y en todo se tiene que notar. Le podría dar otra oportunidad porque el hotel en general se merece una segunda visita.