8 de septiembre de 2013

Chile - Santiago - Universidad Católica - Archivo Nacional - Biblioteca Nacional - Iglesia y Convento/Museo de San Francisco



El pollo Martín

Desde el barrio de Lastarria hemos salido a la avenida Libertador Bernardo O'Higgins, dedicada al padre de la República de Chile, conocida como la Alameda, que es la principal arteria de la ciudad, con 13 km y que se suele encontrar colapsada en hora punta, pero hoy domingo por la mañana temprano está tranquila. Fue construida sobre un brazo del río Mapocho y recibió originalmente el nombre de Alameda de las Delicias, de la que toma su nombre abreviado. En ella encontramos de frente el grandioso edificio de la Universidad Católica, fundada en 1888. 





Nuestros movimientos estuvieron condicionados por los horarios de los lugares visitables, con lo que para nosotros fue un poco errático, había que asegurar entrar en algunos sitios, lo que significó ir como los cangrejos, tan pronto adelantábamos en nuestro paseo, teníamos que volver hacia atrás para rematar algunas zonas y edificios. Es dura y complicada la vida del visitante eventual y con tiempos justos. 


Pasamos junto a uno de las entradas del Cerro Santa Lucía, pero de momento no entramos, tenemos otros objetivos en mente. 




En la Alameda, más adelante del Cerro Santa Lucía, se encuentran los edificios del Archivo Nacional y la Biblioteca Nacional, por supuesto ambos cerrados, estamos en domingo. Están construidos en estilo francés y su interior, supuestamente ya que no lo vimos, está muy ornamentado. La biblioteca guarda una de las mayores colecciones de libros y documentos de Latinoamérica y alberga la biblioteca Medina, de la que dicen que es una hermosa sala. 





En la esquina de la Alameda con la calle Enrique Mac Iver (cuántas risas con su pronunciación tan parecida al increíble MacGyver -serie americana de los ochenta de gran éxito en España-) y custodiando el final de la Biblioteca Nacional, la figura de Barros Arana, pedagogo, diplomático e historiador, decorada por algunos ciudades con los colores de la bandera chilena alrededor del cuello. 




Como no todo son monumentos propiamente dichos e identificados, nos hace gracia, y nos gusta, la decoración vistosa de una, suponemos, tienda de juguetes, situada en la Alameda, en un antiguo palacete. 




Continuamos el paseo por la Alameda hasta llegar a la iglesia y convento de San Francisco. En la primera no entramos porque se estaba celebrando misa y en el segundo no lo hicimos porque comprobamos el horario para ver las posibilidades que teníamos y como había tiempo decidimos seguir el camino, pero dado que luego volvimos, vamos a aprovechar el paseo y conocerlos. 




La entrada a la iglesia, y al convento, se halla en una pequeña plaza que se abre en la Alameda, la plazuela de San Francisco. La primera impresión exterior es que corresponde a lo que entendemos como arquitectura colonial. 


Pedro de Valdivia levantó en 1550 la primera capilla que hubo en este lugar, para agradecer a la Virgen María su amparo durante la expedición por tierras chilenas y en 1575 se inició la construcción de un templo mayor. En 1583 un terremoto destruyó la iglesia y el edificio actual se terminó en 1628, cuando la orden franciscana levantó además de la iglesia, el convento con claustro, jardines y una enfermería. 


En el interior de la iglesia están enterrados la mujer de Pedro de Valdivia, Marina Ortiz de Gaete, y el arquitecto Toesca (nombre que aparecerá continuamente relacionado con los edificios de Santiago); pero no están como en otras iglesias en tumbas sobre el suelo o en nichos especiales, lo están en el subsuelo, con lo que no están a la vista de todos. 




La torre se incorporó en 1857 en estilo neoclásico, ya que las anteriores no resistieron los sucesivos terremotos que soportó la ciudad, aunque sí lo hizo la iglesia.  




Entramos en iglesia, la misa está terminando con lo que no molestaremos demasiado, pero dejarlo tras la visita al convento podría significar o nueva misa o puertas cerradas, con lo que intentamos ser lo menos visibles y oíbles que podemos. 




Los fieles y el cura nos impiden tener una visión más cercana y una fotografía más nítida de la imagen de la Virgen del Socorro que se encuentra en el altar. El acto de mirar lo volvemos a intentar tras nuestra visita al convento pero la imagen de la Virgen sigue sin ser tan nítida como debería. 


Se trata de la Virgen del Socorro, que Valdivia llevaba atada a su caballo desde que partió de Cusco (bien él, bien su compañera y amante Inés Suárez). Los conquistadores la proclamaron patrona de Santiago cuando los salvó del primer ataque que sufrieron de los indígenas. Es una imagen tallada en madera policromada, de 27 centímetros, y de este tamaño y la lejanía la razón de no verla con claridad. 




En la iglesia son varios los detalles que llaman la atención y que mencionar: los muros originales de la primera iglesia, con enormes sillares de piedra, la claraboya de la cúpula, los casetones en madera artesonada del techo. 







Nada más entrar en la iglesia hay un altar acristalado que contiene la inquietante imagen de Jesús de la Caña, imagen traída de Lima en 1630. 




Parte del edificio destinado a convento aloja ahora el Museo de San Francisco (1.000 CLP), que alberga una importante colección de pintura, imaginería, cerrajería y orfebrería.




La razón básica para visitar el museo no es el propio museo, que exhibe elementos interesantes y curiosos, sino el propio convento, con su impresionante claustro colonial. 




Se recorren los pasillos del claustro, con una gran tranquilidad y paz, ya sea religiosa o no, donde hay colocados y en exhibición algunos muebles, cuadros e imágenes religiosas. 




En el patio del claustro en lugar del típico pozo hay una fuente, la modernidad llega. A su alrededor vegetación que en algunos lugares parece más boscosa que un jardín, supongo que llegando la primavera llegarán los recortes, el aseo y las flores.




Tardó en aparecer, pero finalmente salió a saludarnos la mascota del convento, el gallo Martín, o alguno de sus descendientes, y es que hay que tener en cuenta que “ave que vuela, a la cazuela” (no, no creo realmente que se coman al gallo, más si lo tienen como mascota). 




Sin relación, supuestamente, con el gallo, otra ave, más majestuosa aunque menos arrogante en sus gestos, hace su aparición, un bonito pavo real; que suponemos tendrá que ver con una especie de aviario que había instalado en el patio. 




Desde el interior del patio se puede observar la segunda planta, no habilitada para el público, y la arquitectura de los arcos del claustro, que como se puede ver no son lisos como en el interior. 





En algunas de las salas a las que se accede desde los pasillos del claustro hay exhibiciones de arte colonial sacro del siglo XVI, muchas de ellas de la escuela de pintura limeña y cuzqueña, con tallas de santos y vírgenes; por algún motivo extraño no realizamos fotografías, y la verdad es que había algunas obras que por su composición y visión las hubieran merecido, como una estatua de San Pedro de Alcántara con un rostro cadavérico, lengua de cuero, dientes y pelo natural (lo del rostro completamente cierto, el resto de características no fui capaz de contrastarlas). 


En una de las salas se expone una reproducción de la medalla y el diploma del premio Nobel concedido en 1945 a la poetisa Gabriela Mistral, que al fallecer era seglar de la orden franciscana, así como cartas manuscritas de ella. 


A todas las salas no se podía acceder, muchas de ellas estaban siendo rehabilitadas y recolocadas. 




Se accede a un pequeño patio por detrás del claustro principal, donde se expone, entre otros objetos, un confesionario de madera viejo, aunque no tan viejo como los pecados de los hombres. 




Destacan las puertas y ventanas de madera, el trabajo de forja, y las grietas en las paredes, supongo que testigos de los terremotos sufridos en la ciudad, el último en el año 2010. 




Desde aquí se accede a una sala donde se exponen un gran número de cuadros sobre la vida de San Francisco de Asís, sala que sinceramente no recorrimos con detenimiento, fuímos contemplando los cuadros pero no nos tomamos el tiempo suficiente como para hacer una valoración de ningún tipo, aparte de la númerica. 


Saliendo del convento, en la plazuela de San Francisco, frente a la entrada del Hotel Plaza San Francisco y dando la espalda a la Alameda, se levanta la reproducción de un moái de la isla de Pascua, pero no sabemos si por algún motivo en especial o sencillamente es por amor patrio. 



El corto recorrido de este tramo de paseo por la Alameda. 



6 de septiembre de 2013

Chile - Santiago - Barrio Lastarria - Palacio Bruna - Plaza Mulato Gil de Castro - Iglesia de la Vera Cruz



Por el barrio de artistas

En Santiago vive más de un tercio de la población del país, con más de seis millones de habitantes, abarcando la ciudad 641 km2 en una cuenca situada entre los Andes al este y la cordillera costera al oeste. El río Mapocho divide la ciudad. 


Pedro de Valdivia llegó a lo que hoy es la ciudad de Santiago el 13 de febrero de 1540, festividad de Santa Lucía, asentándose junto a un cerro que dividía el río Mapocho en dos brazos y dominaba la llanura, al que le puso el nombre de la santa. 

Valdivia fundó la ciudad con el nombre de Santiago de la Nueva Extremadura el 12 de febrero de 1541, fecha en la plantó una cruz en lo que hoy es la plaza de Armas y el alarife (arquitecto o maestro de obras) Pedro de Gambo trazó las cuadras según las ordenanzas castellanas: 126 manzanas de 138 varas de lada, separadas por calles de 12 varas de ancho; la manzana central se quedó libre para la plaza; para la catedral se reservó la manzana oeste; y Valdivia se quedó con la manzana norte para su casa, el cabildo y la cárcel; las demás manzanas fueron adjudicadas a los soldados, según sus méritos. 


Pese a los continuos ataques de los indígenas, las inundaciones y los terremotos, los conquistadores no se rindieron y la población comenzó a crecer. 


Llegaron las órdenes religiosas, que establecieron sus conventos, más o menos en los lugares que ocupan actualmente y también soldados que venían a luchar contra los rebeldes indígenas de Araucanía. 


Hasta después del terremoto de 1730 no comenzó la verdadera construcción de la ciudad. En 1780 llegó desde Madrid el arquitecto italiano Joaquín Toesca para construir la catedral, y posteriormente continuó con los edificios civiles más importantes. 

De esas historias morbosas que precisamente por su morbo nos gusta leer: Toesca se casó en 1782 con una criolla adolescente, que para librarse de él lo llegó a envenenar poniéndole mercurio en un plato de espárragos; la esposa fue internada en un convento de las Agustinas, de donde “saltaba como una gata las murallas para entregarse a sus excesos libidinosos”, aunque Toesca la perdonó en repetidas ocasiones hasta encerrarla con mayor seguridad en el beaterio de Peumo en 1793 (esta historia está contada por el escritor Jorge Edwards en su novela El sueño de la historia). 


A finales del siglo XVIII el gobernador colonial Ambrosio O’Higgins, padre de Bernardo O'Higgins dictó normas para intentar eliminar la suciedad de las calles, poner orden en la plaza y transformar la cañada en un paseo, la Alameda de las Delicias, hoy Avenida Libertador Bernardo O’Higgins o la Alameda


A mediados del siglo XIX, cuando se descubrieron las minas de carbón en la costa de Concepción, de cobre en Rancagua, de plata en Chañarcillo, sus propietarios se construyeron en Santiago suntuosos palacios. Arquitectos llegados de Francia construyeron edificios al estilo de los de París de Napoleón III, estilo que se copiaba también en toda Europa. 


El aspecto de las calles quedo casi inalterado hasta que en 1872 fue elegido intendente (alcalde) Benjamín Vicuña Mackenna, que ordenó construir un “camino de cintura” para limitar la instalación de industrias “sucias”, se trazaron calles, se abrieron plazas, se adoquinaron calzadas, se regularon acequias, se construyeron puentes sobre el río Mapocho…


A medida que avanzaba el siglo XX, campesinos empobrecidos emigraban en masa a Santiago, y las clases acomodadas de la ciudad emigraban a los barrios del este (dato que se puede constatar paseando por la ciudad y viendo los edificios abandonados y/o descuidados). Surgieron multitud de asentamientos chabolistas, llamados callampas, es decir, setas, ya que aparecían de la noche a la mañana. 


En la última década del siglo XX la polución aparece en Santiago, al tiempo que se agravan las diferencias sociales, problemas que siguen intentando resolver las autoridades (ninguno de ellos resuelto). 


Nuestro paseo por Santiago comienza en el barrio donde se sitúa el hotel donde nos alojamos, el barrio Lastarria, teóricamente de moda entre artistas, actores y jóvenes creativos, que recibe su nombre de uno de sus habitantes, el escritor y pensador liberal Don José Victorino Lastarria, que además tiene el nombre de una calle, conocida sencillamente por Lastarria.


Lo primero que se encuentran nuestros ojos es el edificio del Palacio Bruna, de inspiración renacentista, fue construido a principios del siglo XX por orden del empresario salitrero Augusto Bruna, y fue diseñado parcialmente por un poeta chileno, Pedro Prado, que estudió arquitectura sin llegar a licenciarse. Actualmente es sede de la Cámara Nacional de Comercio. 




Tras ello salimos a la calle Merced, donde nos empiezan a sorprender las fachadas de sus edificios, que a pesar de estar descuidadas, desprotegidas y pintarrajeadas, hablan del esplendor arquitectónico de la ciudad, y que con una mano de pintura y otra de restauración, Santiago sería mucho Santiago, como iremos descubriendo en nuestros paseos de norte a sur, de este a oeste –y esta restauración se va haciendo lentamente, pero como a brochazos, según los designios de los nuevos ricos que al igual que ocurre en New York se van apoderando de las zonas y revitalizándolas-. Posiblemente no sería una ciudad esplendorosa pero sí realmente bella, aunque es entendible que el dinero tiene que ir a la gente, no a los edificios, aunque si la ciudad es más bonita podría atraer más turismo, y el turismo significa dinero… ¿la pescadilla que se muerde la cola? ¿falta de voluntad? La restauración va teniendo lugar, y es el turismo el que la propicia, con la conversión de estas casas en hostales, hoteles, restaurantes, locales de ocio…




Del edificio, de estilo art noveau, también destaca su trabajo en forja, tanto en las ventanas como en los balcones. 




Desde la calle Merced sale una pequeña calle peatonal en la que están comenzado a colocar puestos de librerías, que termina en la pequeña (calle y plaza es todo uno)  plaza Mulato Gil de Castro, aunque realmente la plaza también consta de un pequeño patio que ahora acoge un restaurante con sus puertas cerradas al ser hora temprana. La plaza debe su nombre al pintor limeño José Gil de Castro, un importante retratista que llegó a Chile alrededor de 1800 que se estableció en este barrio. 




En la calle destaca un edificio “otoñal”, que en primavera-verano supongo será un esplendor en la hierba, pero en este tiempo es un caserón entre bucólico y terrorífico. 




En la esquina de la plaza destaca otro edificio, en cuya planta baja antaño alojaba un restaurante y ahora no había rastro de él.




Desde la plaza sale la calle José Victorino Lastarria, en la que destacan varios lugares; en su cruce con Villacencio por un lado, una cafetería-sala de arte-tienda de artesanías, la Casa Observatorio Lastarria, y por otro el Café Biógrafo, y en la propia calle, junto a este café, el Cine El Biógrafo. Todo está cerrado, en preparación para comenzar el día, o eso suponemos. No hay fotos porque nuestra intención primera era pasear por la zona por la noche e intentar encontrarla algo más animada, pero de las intenciones a las acciones hay un trecho, y además en el caso del café las pintadas desanimaron a mi marido, le faltaba encontrarse un poco más con la ciudad para conocerla en lo bueno y en lo malo, con sus actos de vandalismo indiscriminado. 


El cine fue construido en la década de los 80 del siglo XX por una agrupación de directores de cine publicitario, que fue uno de los locales preferidos por los artistas y políticos de izquierdas, y está dedicado al cine de calidad, al cine independiente norteamericano y europeo (bueno, su cartelera creo que puede ser bastante desconcertante, con algunos títulos menos independientes). 




Más adelante en la calle surge la iglesia de la Vera Cruz, con su colorida fachada. La iglesia data de 1857, siendo diseñada en estilo neoclásico por los arquitectos Claudio Brunet des Baines y Fermín Vivaceta, aunque su color rojizo es puramente colonial. 





Continuando por la calle Lastarria se sale a la Avenida Libertador Bernardo O’Higgins, más conocida como la Alameda

Comenzamos con un paseo corto por Santiago y poco a poco iremos cogiendo fuerzas. Un mapa del recorrido: