5 de junio de 2012

España - Santuario de la Peña de Francia (Salamanca)


Por la serranía francesa

Nuevo día y nuevas nieblas, pero ya que hemos madrugado tenemos que aprovechar el día, y posiblemente para algunos no sería la mejor manera, pero todo lo negativo siempre tiene un aspecto positivo, así que comencemos. 

Desde Mogarraz vamos a La Alberca, y en este camino buscamos pero no encontramos, y lo tuvimos que tener frente a nuestras narices, el sendero que conduce a la Ermita de Majadas Viejas, que se encuentra en el cruce de varias carreteras donde hay una cruz, lugar donde los peregrinos del Camino de Santiago dejan una piedra, simbolizando la renuncia a los pecados y el mal. 

Desde La Alberca en lugar de tomar la carretera que conduce al Valle de las Batuecas, tomamos la contraria, que se dirige a la Peña de Francia, que va ascendiendo por la montaña y según vamos ganando en altura la niebla se va haciendo más potente, y vamos viendo un paisaje nevado. 


Los últimos 3 km del asfalto de la carretera que conducen a la cima y al Santuario de la Peña de Francia están en bastante mal estado, supongo que la razón es que el terreno y la carretera pertenecerán al santuario y no a la Comunidad de Castilla-León, pero esto sólo es una suposición mía, y la razón puede ser cualquiera. 
 
Arriba nos encontramos más nieve, y nieve virgen porque los turistas todavía no han llegado, con lo que el lugar tiene un encanto muy especial. 

Los orígenes del santuario se remontan a 1434, cuando el caballero francés Simón Vela encontró en la cima la imagen de la Virgen y construyó una pequeña capilla. Tres años más tarde, los dominicos se hicieron cargo del lugar y levantaron la iglesia, el convento y la hospedería. 

Nos recibe a la entrada del complejo del santuario un gran reloj de sol, pero la nieve lo cubre y no se puede ver con claridad, incluso pasa desapercibido como reloj y llama incluso más la atención una placa invocando la paz en uno de los laterales de la columna que sale del “pozo” del reloj. 



Se sube una pequeña cuesta y se llega a una plaza presidida por una cruz, al fondo se encuentran las dependencias del convento.


Al inicio de la plaza, a mano izquierda se encuentra la capilla de la Blanca, construida en el siglo XVI sobre la cueva sobre la que apareció la imagen de la Virgen. 


Hacia la derecha un amplio camino, completamente cubierto por la nieve, donde a la derecha se encuentra una de las entradas a la hospedería, ya que también se puede acceder por otra puerta antes de emprender la cuesta de subida. 


Frente a la hospedería se alza la iglesia, con una portada del siglo XVIII. Sus puertas están cerradas, y un guía que llegó acompañando a unos turistas de Zaragoza intentó en la hospedería que avisarán a los monjes para poder visitarla, pero tras un tiempo de espera no llegaron los monjes con la llave, así que tanto ellos como nosotros desistimos de esperar para ver el interior de la iglesia y la imagen de la Virgen negra. 


De la iglesia destaca la torre con el escudo de los dominicos. 



El camino entre la iglesia y la hospedería está cubierto de nieve y niebla, aunque hay momentos en que la niebla quiere ir desapareciendo, pero es muy breve. 


Lo bueno y bonito de esta visita incompleta ha sido el paisaje místico que nos hemos encontrado, lo malo, aparte de no poder entrar en la iglesia por llegar tan temprano, es que desde la Peña de Francia se obtienen unas fabulosas vistas de la zona y alrededores, con unas mirillas señalando los lugares que están escritos sobre la barandilla en piedra. 


Tras decidir que no esperamos a los monjes con su llave ni a la posible desaparición de la niebla, hecho este que sucedería hacia el mediodía y serían aproximadamente las diez y media de la mañana cuando salimos del santuario.



31 de mayo de 2012

España - Valle de las Batuecas - Monasterio del Desierto de San José (Salamanca)


¡Estás embobado! 

Desde La Alberca tomamos la carretera que se adentra en uno de los valles de la Sierra de Francia, el Valle de las Batuecas, del que dicen que uno de los más hermosos de esta sierra, pero claro, si en la villa comenzaba a nevar, al subir un puerto de montaña la nieve ha sido más abundante y ha cuajado más rápidamente. 


Sin saber si podremos seguir o no, decidimos continuar la carretera, si la Guardia Civil no ha cortado el paso se supone que se puede conducir, y además llevamos cadenas por si la cosa se pusiera realmente mal, aunque lo mejor sería dar la vuelta en este caso y dejar el turismo para mejor ocasión metereológica.
 
Alcanzamos el Puerto del Portillo, a 1.230 m de altitud. 


Lo malo es que desde el mirador de este puerto se tenían que contemplar unas buenas y bonitas vistas del valle, pero la niebla impide cualquier visión, aunque el paisaje nevado tiene su punto, yo y mi fijación por la nieve, como en La Acebeda


Bajando el puerto nos adentramos en el Valle de las Batuecas, que comunica con otra zona desconocida todavía para nosotros, y que no hemos podido explorar en esta ocasión, que es la de Las Hurdes. La nieve desaparece, y la niebla se va moviendo y disipando, con lo que de vez en cuando nos deja ver el paisaje, lo difícil es encontrar un lugar donde aparcar bien el coche, que no es cuestión de dejarlo mal puesto para los demás conductores, aunque no había mucha circulación.


Al fondo del valle hay un pequeño parking para hacer dos pequeñas rutas, la primera conduce al Monasterio del Desierto de San José, a poco más de un kilómetro. La primera parte se realiza por una pasarela de madera con paneles explicativos sobre la fauna y flora del lugar. 



El camino se hace bien cruzando el río Batuecas o bien caminando a su orilla, y además el río baja cargado de agua, no parece que la sequía en esta zona haya hecho estragos como en el resto de España. 


En el sotobosque las plantas viven bajo los grandes árboles que las cobijan; se puede ver lavanda, brezo, jara, piorno serrano, aunque ver nosotros no vimos mucho ya que las plantas no habían florecido como debían. 

Las estampas del bosque con el musgo son muy diferentes a las coloridas de las primavera en flor, pero así parece el escenario de un cuento, de aspecto algo tenebroso con las ramas retorcidas de algunos de sus árboles.



El valle fue el lugar elegido por los padres carmelitas en el siglo XVI para fundar el Desierto de San José, terminándose en 1688. El monasterio ha sufrido varios incendios y un progresivo deterioro que lo llevó prácticamente a la ruina, hasta que en el siglo XX se reconstruye, instalándose nuevamente los carmelitas en él en 1950. 


El convento no es visitable (salvo petición expresa y realizada con anterioridad), con lo que lo único que se puede hacer es quedarse a sus puertas y caminar algo junto al muro que lo encierra. 

Viendo el lugar donde se ubica el monasterio se entiende sin ninguna explicación la expresión “estar en las Batuecas”, como sinónimo de embobamiento. 


En el Centro de Interpretación de las Batuecas se reproduce el monasterio y la vida monástica, pero como era lunes nuestro día de visita estaba cerrado, aunque nos produjo la sensación de no tener mucho movimiento o actividad desde hace tiempo (esto es impresión nuestra y no confirmación). 

Desde el monasterio continúa una ruta, de algo más de un kilómetro, que conduce a las pinturas rupestres de Cabras Pintadas, datadas en torno a los 7.000-5.000 años. 

El comienzo de la ruta ya de por si apetece hacerlo, pero no estábamos preparados para hacerla, la mente también tiene su punto para estas acitividades a pesar de lo corta que es, aparte de que el tiempo no acompañaba si de repente le daba por ponerse a llover fuerte, si hubiera brillado el sol por lo menos lo hubiéramos intentado.


Se tiene que seguir el curso del río Batuecas, que como baja fuerte de agua no sería de extrañar tener que meterse de “patas en él”. 


Nos hubiera gustado continuar ruta por carretera por otros pueblos, pero como teníamos que comer y el día anterior lo habíamos hecho tan bien en el Restaurante Mirasierra, volvimos a Mogarraz para dar buena cuenta de nuevas y ricas viandas. 


28 de mayo de 2012

España - La Alberca (Salamanca) - Casa Museo Sátur Juanela - Plaza del Padre Arsenio - El Humilladero - Ermita de San Antonio


El homenaje de un nieto a sus abuelos

Tras la visita a la iglesia nos quedan algunos puntos de la villa por conocer, pero antes de emprender este camino de salida entramos a visitar la Casa Museo Sátur Juanela, la casa de unos albercanos donde criaron a sus cuatro hijos y a algunos de sus nietos, entre ellos, Sátur, que  en colaboración con su esposa, devoción y buen saber han hecho una preciosa labor, para que los que no sepan lo que es vivir en un pueblo puedan conocerlo a través de las vivencias de los demás; y es que los pueblos ya no son lo mismo que fueron pero no hay que olvidarlos jamás. 

Las casas albercanas suelen ser de tres plantas, y los niveles se disponen en saliente, de modo que los grandes voladizos y aleros de las casas se juntan en altura produciendo sombra en el interior de la calle, aparte de una protección casi natural a la lluvia y la nieve. 

Se accede a la casa por la planta baja, que era donde se encontraban las cuadras, y que Sátur ha decorado con todo lujo de detalles, de aparejos de labranza y otras faenas, solo faltaban los animales. Aparte de encontrarse la taquilla para pagar la entrada, 2,5€, también hay una tienda de recuerdos, incluyendo artículos comestibles, como perrunillas y galletas. 


En el primer piso se situaban los dormitorios, que no sólo eran dormitorios al uso actual, eran salas multiusos. En el techo sobre las escaleras un hueco albergaba el llamado noque del estraperlo, donde se escondían los productos que llegaban de contrabando de Portugal, una manera más de ganarse la vida en unos años de pobreza o miseria o malas cosechas…de todo un poco. 

Hay dos grandes salas, la primera es la sala de adelante o de diario, donde destaca sobre todo a nuestros ojos de pueblo, un gran brasero, ¡la de tardes de invierno que habremos pasado comiendo pipas y frutos secos a su calor! y las historias contadas a su alrededor...letras de amor y cariño.


Alrededor de la sala hay tres huecos o salas, uno es la alcoba de diario (el de matrimonio Juanela, en la fotografía), otro es la alcoba del mozo (para los hijos mayores) y otro más pequeño era la alcoba de los niños, donde se colocaba la cuna, y ahora incluso tiene el detalle de un taca-taca de madera. 

Los colchones se rellenaban de vainas secas de judías, de envolturas de mazorca o de mazorcas, lo que no parece muy mullido, dato que Sátur que nos confirmó. Yo no conocí estos tipos de colchones, mi cuerpo recuerda los rellenos de lana de oveja, que había que golpear a menudo para que estuviera blanda y bien asentada para que no estuviera dura, pero creo que nada que ver unos con otros.

A mí estas habitaciones, pegadas a los muros me daban sensación de frío, a pesar del brasero colocado en el centro, que yo por la noche hubiera arrimado a mi cama haciendo trampas respecto al resto de los durmientes. 


En este primer piso, hacia el otro lado del pequeño pasillo, se encuentra la sala de atrás o sala buena, donde se celebraban los acontecimientos familiares: bodas, bautizos, comuniones…, donde no falta un detalle por colocar en la alacena o en las paredes. 


En esta sala hay otros dos pequeños huecos o salas en uno de los lados. El primero corresponde a la alcoba buena, que era el cuarto de huéspedes y también donde se cuidaba a los enfermos; el segundo es el cuarto de las patatas o despensa, donde se guardaban alimentos para agasajar en las celebraciones o visitas de los familiares o amigos. 

En el segundo piso casi todo gira en relación a la cocina y a los alimentos. La cocina, casi en el centro de la planta, está decorada cual si hubieran terminado de comer; un lugar donde encontrarse todos y donde contarse el día. Un cuarto trasero en esta cocina aloja la despensa


Hacia un lado de este piso se encuentra el que llaman campocasa, un espacio iluminado (aunque no lo parezca por la foto, pero es que el día era más allá de negro por las nubes y la lluvia) donde reunirse en torno a un brasero. Junto a la cocina era el corazón de la casa. En los muebles se exponía la loza más vistosa y mejor que poseía la familia. 


Desde esta sala se accede a un balcón, la solana, que aparte de tener vistas a la calle para ver qué pasaba en ella, se utilizaba para secar frutos y para ventilar la casa. 


El tercer piso, el sobrao, era almacén de alimentos y materiales, donde se realizaban varias tareas, y en las que Sátur proyecta un vídeo muy instructivo sobre la construcción de la casa, y las costumbres de La Alberca, que podrían ser de cualquier pueblo de la geografía española, con la diferencia de los trajes (que ahora son regionales y antes eran de diario) que se visten en unos u otros pueblos. 

Por un lado se encuentra el horno del pan, donde se cocía el pan para varios días, tanto de trigo como de centeno. 


Por otro, las mazorcas con las que rellenar colchones o hacer cestos con las envolturas, además de la elaboración de muebles y su labrado, a los que también se dedicaba el abuelo Juanela, éste era su pequeño taller. 



En y desde el piso de arriba se observan dos detalles alimentarios: por uno, las castañas, que con calor y humo se convertían en castañas pilongas porque se podían almacenar más tiempo que frescas, y por otro, la chacina, los embutidos, que se curaban y ahumaban con el humo del fuego de la cocina. El cuarto de la chacina se encontraba en el segundo piso, detrás de la despensa de la cocina. 


En el interior, una de las paredes nos muestra el entramado, no se ha enfoscado en la rehabilitación de la casa de blanco como era lo normal hacerlo para que podamos verlo. 


En la Sierra de Francia  en la artesanía destacan los trabajos de bordados, que se suelen lucir en los trajes típicos, pero también los típicos “paños de nuestras abuelas”. 


La casa está llena de múltiples detalles: los muebles, la loza, la ropa de cama, los utensilios, las puertas…hay que llevar los ojos bien abiertos y con ganas de descubrir cosas o de redescubrirlas para aquellos que las han conocido en sus pueblos, con sus abuelos. 

Gracias Sátur por tu labor, por tus recuerdos, por el hermoso homenaje a tus abuelos, por recordarnos nuestros orígenes y por hacernos partícipe de alguna manera. 


Pedirle a Sátur que os enseñe la “caja fuerte” de la abuela, aunque seguramente él lo hara al finalizar la visita, que termina con un chupito y una degustación de unas galletas pequeñas redondas que están para pillarse un empacho y unas perrunillas. 

Salimos del casco histórico de La Alberca nevando pero sin cuajar, por la calle del Tablado para llegar a la plaza del padre Arsenio, o plaza del Tablado, donde hay una cruz y unas columnas traídas del convento de Nuestra Señora de Gracia de la localidad de San Martín del Castañar.




En coche visitamos El Humilladero, al lado de la Ermita de San Blas, y la Ermita de San Antonio, situadas en las carreteras de circunvalación de La Alberca. 



Si Mogarraz tiene un encanto muy particular en su pequeño casco histórico, La Alberca lo tiene en un casco mucho más grande, y las dos son localidades a conocer en una visita por la zona, como lo son otras villas señoriales que iremos conociendo.