11 de abril de 2012

España - Madrid - Jardín El Capricho (Alameda de Osuna) (1)


¡Date un capricho...!


En Madrid es famoso el impresionante Parque del Retiro, pero hay otro del que poco a poco se va hablando y conociendo, aunque para una mayoría de madrileños, como nosotros, seguía siendo un perfecto desconocido, así que teníamos que aprobar esta asignatura pendiente con la ciudad en la que vivimos.

El Jardín o Parque El Capricho, situado en el distrito de Barajas, en el barrio de La Alameda de Osuna, (Paseo de la Alameda s/n; Metro El Capricho) tiene una extensión de 14 hectáreas, y es el único jardín del romanticismo que se conserva en Madrid.

Su construcción se la debemos a los deseos de la duquesa de Osuna por tener una villa de recreo donde alejarse de la Corte y reposar de los deberes y compromisos inherentes a su posición. La duquesa, Doña María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel, estaba considerada una de las mujeres más inteligentes de la época, mecenas de artistas, toreros e intelectuales. Su marido, don Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Pacheco, noveno Duque de Osuna, era un enamorado de la literatura y de la música, siendo miembro de la Real Academia de la Lengua Española y disponía incluso de una orquesta particular.

En 1783 los duques compraron un terreno en las afueras de Madrid (actualmente ya no son las afueras) para construir una finca de recreo. Un año después, el arquitecto de la corte, Pablo Boutelou, expuso el proyecto inicial para el jardín, cuya construcción se desarrolló entre 1787 y 1839, un lapsus de tiempo muy largo para un jardín tan relativamente pequeño, falleciendo la duquesa en 1834, antes de verlo terminado.

El nivel y la calidad de su construcción se deben a los diferentes jardineros de las casas reales española y francesa que trabajaron en su creación, como Jean Baptiste Mulot, quien venía de trabajar en Versalles.

Al jardín se le atribuyen referencias inglesas, francesas e italianas, las cuales son reflejo de las influencias artísticas de los diseñadores del parque. Un nombre que se repite en muchas de las construcciones es el escenógrafo milanés Angel María Tadey. Se plantaron miles de ejemplares de árboles y flores, sobre todo lilas, las favoritas de la duquesa.

A la muerte de la duquesa, su primer nieto, Don Pedro Alcántara, heredó el ducado de Osuna y con él El Capricho, época en la que se realizan nuevas construcciones. Sin embargo, cuando muere en 1844, el ducado de Osuna pasó a manos de su hermano, con quien llegaría el primer declive. Auténtico derrochador y de carácter excéntrico, perdió toda la fortuna familiar por lo que a su muerte la finca hubo de ser subastada  38 años después para liquidar sus deudas, pasando a manos de la familia de banqueros Baüer. A pesar de que mantuvieron el paraje en un aceptable estado de conservación, su decadencia ya no tenía marcha atrás y poco a poco fueron vendiéndose sus pertenencias. 

Durante la Guerra de la Independencia, el recinto sufrió graves daños al ser utilizado por el general francés Agustín Belliard como campamento de sus tropas; durante este tiempo la duquesa se trasladó a vivir a Cádiz y tenía constancia de este deterioro por la correspondencia que mantenía con uno de los encargados del jardín que se había quedado en él. Tras retirarse los franceses, el jardín vuelve a manos de la duquesa y se lleva a cabo una reforma, además de repoblarse de árboles y de construir nuevos edificios.

Durante la República el jardín fue declarado Jardín Histórico, pero sin consecuencias efectivas sobre su mantenimiento.

Durante la Guerra Civil, lo que había sido un lugar de recreo se convirtió en Cuartel General del Ejército del Centro bajo las órdenes del general Miaja, de cuya época queda un entramado de bunkers que recorre el jardín. 

Tras la guerra, en 1943 el jardín fue declarado Jardín Artístico y la finca pasó por manos de varias inmobiliarias hasta que en 1974 el Ayuntamiento de Madrid compró el parque, siendo declarado Bien de Interés Cultural en 1985, y varios años después se comenzó su restauración. Tras varios periodos de abandono, fue nuevamente recuperado en 1999, trabajo que en 2001 le valió el diploma Europa Nostra y actualmente se puede ver cómo continúan los trabajos de acondicionamiento. 

Son tres tipos de jardines los que se pueden ver en El Capricho: el parterre o jardín francés, con su característica uniformidad de setos y árboles; el giardino italiano, con su combinación de setos y árboles creciendo de modo que protegen en verano y aprovechan el calor en invierno; y el jardín paisajista inglés, donde la vegetación crece de forma más pura, menos artificial, con olmos, almendros, encinas y lilos. 

En la mayor parte de las construcciones que se encuentran diseminadas en el parque hay paneles de información sobre ellos, que allí resultaron interesantes y que me están ayudando a confeccionar la visita. 

Para situarnos el mapa del parque, donde se ven todos los puntos de interés, y cuyos números reflejo en el reportaje para localizarlos más fácilmente.  


Se entra al jardín, con la prohibición de entrar con alimentos, animales y bicicletas, por un torno que suponemos hace de contador de visitas, limitadas a 1.000 personas al día, y tras un corto paseo se llega a una plaza circular, llamada Plaza de Toros (21) por albergar en su momento corridas de los mismos. 


Al fondo de la plaza se encuentra lo que era la puerta trasera al jardín, una verja con el nombre del parque inscrito en ella, con grandes connotaciones de romanticismo en sus filigranas de hierro.


Hacia el frente sale un bonito paseo, el Paseo de los Duelistas (23), que con sol hubiera resultado más hermoso, pero el tiempo no quiso acompañarnos en esta visita. 


A nuestra izquierda vemos una construcción, y la vemos tan cercana y tan coqueta, que decidimos, como hipnotizados, saltarnos este paseo de momento y dirigirnos hacia la Casa de la Vieja (20). Posiblemente no es el mejor recorrido, y ahora ya realizado creo que sería mejor comenzar por el Paseo de los Duelistas, que es más un camino principal y terminar por esta construcción. 

Estamos en la parte del jardín tipo paisajista o inglés, por lo que este edificio debía dar una imagen de total naturalidad, de ahí la impresión de tosquedad  al compararla con otras construcciones del recinto, aunque para mis ojos de tosca no tiene nada y sí me lo parecieron otras que no deberían ser (cuestión de sensaciones).

Curiosamente, y a diferencia de otros jardines europeos en que dada la pobreza de este tipo de materiales, han tenido que reconstruirse en varias ocasiones, ésta es la construcción original del siglo XVIII que, gracias al clima seco de Madrid, ha permitido su permanencia en el tiempo.

En el exterior hay un pequeño huerto, cuya razón ahora conoceremos. Es una de las construcciones más caprichosas (no en vano el nombre del parque, el capricho de la duquesa) de las que se encuentran en el jardín. Fue construida entre 1792 y 1795 imitando una casa de labranza de dos pisos, seguramente similar a las que existirían en la granja que había antes en este terreno antes de convertirse en jardín. 


Donde mejor se pone de manifiesto que esta casa es un auténtico capricho es en su interior, que desgraciadamente hoy se haya vacío y no se puede acceder a él, con las paredes decoradas con objetos típicos de las casas de labranza pintados al estilo goyesco o trampantojos. También hay enseres, imitaciones de alimentos realizadas en madera, pero lo más curioso eran los modelos de los supuestos habitantes, muñecos de dimensiones reales dotados de movimientos. 

En la cocina había un armario, un juego de café, un fregadero, una mesa, tres taburetes, una tinaja, cacharros, platos, cubiertos, dos jamones, siete chorizos, tres morcillas, un pastelón, un melón, espárragos, pimientos, etc.

En el cuarto llamado “de la Vieja” se encontraban dos muñecos, uno representando una anciana hilando y el otro a un muchacho. Años después de terminarse la construcción del edificio se añadió otro autómata representando a un labriego. El mobiliario de esta sala consistía en dos camas, dos sillas, un taburete y una mesilla.

En el cuarto contiguo, llamado “Gabinete de Musgo”, las paredes y los asientos de las ocho sillas estaban recubiertos de musgo, y también había una mesa circular de mármol.

El retrete disponía de un orinal grande y otro pequeño. 

En el piso de arriba se encuentra el cuarto llamado “Gabinete Rico”, adornado con pinturas neoclásicas, un velador y doce sillas con asientos de paja. 

Por último, la sala con acceso al balcón contenía dos bancos de pino. 

Una pena no poder ver ni una foto de cómo era este sorprendente interior. 


A pesar de que la primavera, la razón de haber elegido esta fecha para visitar el jardín, ha sido cortada por un tiempo casi invernal durante Semana Santa, en algunos puntos del jardín vamos viendo cómo las flores van surgiendo y llenándolo de alegre colorido, y fotos primaverales  las iré alternando con las construcciones y lugares del parque, que al fin y al cabo es lo que es.

 
Mapa en mano, decidimos no volver hacia el Paseo de los Duelistas y continuar hasta la parte superior del jardín. Pasamos por una construcción llamada Polvorín (39), del que no vimos un cartel de información pero que es de suponer, y así lo he leído en internet, data de la época de la Guerra Civil, relacionado con los búnkeres que también se construyeron. 






Al final de este camino se encuentra el Casino de Baile (18), una construcción de las últimas realizadas en el jardín, que consta de dos plantas, la inferior cuadrada y la superior octogonal. Originalmente había un edificio anterior y a la vuelta de la duquesa, tras su exilio en Cádiz durante la ocupación francesa, ordenó la construcción en 1815 de este pabellón al arquitecto Antonio López Aguado, autor de la Puerta de Toledo. 

La primera desilusión es que no se puede entrar al pabellón, como ocurrirá en todas las demás construcciones del parque.

En la primera planta se encontraban la maquinaria y el depósito de agua y en la segunda, dando nombre y razón de ser al edificio, el salón de baile, que cuenta con una alegre decoración de pilastras jónicas, alternándose en las paredes los huecos de las ventanas y los espejos; en el techo una pintura neoclásica representa al Zodíaco y el suelo está realizado con maderas nobles. En el inventario de enseres consta una imponente lámpara de bronce en estilo neogótico, que por supuesto ya no existe.   


En el exterior del pabellón destacan cuatro relieves representando las estaciones del año sobre las puertas. 


A pesar de su aparente magnificencia yo encuentro algo toscos tanto estos relieves como la decoración de las barandillas de hierro, a pesar de sus bonitos cisnes, pero no sé hasta qué punto es original o reconstrucción con los no mejores materiales y los no mejores acabados (que me perdonen las personas que hayan colaborado en este rehabilitación o en su construcción, pero las sensaciones son las que son y no puedo ocultarlas, pero esto es una valoración personal y por lo tanto completamente subjetiva sin necesidad de tener apuntes técnicos o artísticos). 


Por un lado, el pabellón tiene vistas a un jardín de flores (19), pero está en proyecto de jardín y de flores, con lo que no hicimos ni el intento de pasear hacia él. Hacia el otro lado de este jardín de flores y de la valla que rodea a El Capricho se situaban las cuadras y hoy este terreno lo ocupa un camping. 


Por el otro desde el pabellón sale una doble escalinata que da a una ría (10), por la que se podía llegar en barca desde el lago (más adelante lo conoceremos). El casino de baile se construyó sobre el pozo que vierte sus aguas en la ría. El agua sale a la ría desde una pequeña “cueva” en la que hay una escultura de un jabalí. 


Llegar en barca a este pabellón sería como un pequeño parque de atracciones de la época. 


Continuando el camino paralelo a la ría se llega hasta el Lago (11), donde nadan los patos, que enseguida que notan la presencia humana comienzan una carrera loca para ser los primeros en llegar a nosotros en busca de comida. La duquesa quiso que en su jardín hubiera un lugar de tipo anglo-chino, tan de moda en el siglo XVIII y por ello la creación de la ría, el lago y una isla en él. 


Alrededor del lago se encuentra lo que queda del antiguo embarcadero (16), marcado junto  a un árbol con un empedrado en el suelo, y otro empedrado más grande señala el lugar donde se situaba el Pabellón de Esteras (15), del que solo queda el suelo y las bases donde se asentaban las columnas que lo sujetaban. 


En el centro del lago hay una isla y en ella un monumento al tercer Duque de Osuna y virrey de Nápoles y Sicilia (13), con una columna erigida a su memoria y una cascada en su parte inferior. A la muerte de Felipe III el duque se opuso al nuevo valido, el Conde Duque de Olivares y esto le llevó a la cárcel, donde murió. Un amigo de altas letras y pluma rápida, Don Francisco de Quevedo, le dedicó unos versos al duque. 


Antes de continuar el paseo bordeando el lago, un inciso para contar que al lado del embarcadero se encuentra lo que llaman la Montaña Rusa (17), que como es de suponer no se trata de tal sino de una pequeña colina con dos caminos, uno de subida y otro de bajada, pero ambos tienen cortado el acceso por no estar en buen estado y ser proclives a los resbalones. La función original de esta colina era contemplar el lago y los alrededores desde una posición elevada. 

Como no teníamos claro lo que buscábamos en el primer paseo no fuimos capaces de encontrarlo o de estar seguros de lo que podría ser y a la vuelta volvimos a insistir sobre nuestros pasos para por lo menos no quedarnos con el gusanillo de un punto sin conocer del parque. 


Volvemos hacia el lago y desde el embarcadero se tiene la bonita visión de dos elementos del jardín. 


La  Casa de Cañas (14) es un particular embarcadero construido entre 1792 y 1795, que recibe lógicamente su nombre del material en el que está realizado. Además de servir para este uso también se utilizaba como un pabellón de reposo o un comedor abierto al lago. Esta construcción ha tenido que ser restaurada por el grave deterioro en que se encontraba. 




En el interior del embarcadero llama la atención la existencia de un trampantojo simulando el interior de una tienda de campaña a través del que se divisa un paisaje, una de esas sorpresas que no te esperas y sacan tu sonrisa. Las paredes del comedor, al que no se puede acceder, también están decoradas con esta técnica, en este caso unas finas columnas sujetan un toldo pintado. 


Tras la Casa de Cañas se encuentra el puente de hierro (12) que cruza la ría por uno de los extremos del lago. Fue realizado en 1830 y curiosamente es el puente de hierro más antiguo de los conservados en España, aunque siempre se le ha atribuido esta distinción al sevillano puente de Triana, que fue construido entre 1845 y 1852. Será pequeño, estará escondido, pero lo qué es tiene que ser escrito, y un dato accesorio es que en la Comunidad de Madrid el segundo puente de hierro más antiguo es el de Fuentidueña de Tajo, construido entre 1868 y 1876, al que creo que no tenemos el gusto de conocer y eso que aquí hemos asistido a la boda de unos amigos, pero claro, las razones de visita son diferentes.

Para mantener el buen estado de las construcciones no se permite el acceso al puente. 


Entre los patos del lago un cisne negro solitario.



En lugar de continuar el camino junto a la ría nos desvíamos un poco hacia el interior cruzando por un puente sobre un pequeño arroyo que cruza de lado a lado el jardín. 



Para llegar a la Ermita (36), con un aspecto entre bucólico y de cuento.


La ermita tiene planta rectangular y única, en su interior contaba con trampantojos y musgo artificial, además de un autómata, colocado en 1816 en sustitución de los dos ermitaños que habían vivido allí. 

La idea era que el edificio tuviera aspecto de ruina y envejecimiento, para lo que se pintaron los muros exteriores resquebrajados y recubiertos por musgo, de nuevo utilizando la técnica del trampantojo, del que también hay ejemplos en el interior, con la reproducción de una iglesia en ruina, un altar, unas ventanas y varios elementos más. 


Un camino empedrado da acceso a la ermita pero un rotundo NO PISAR corta todas las intenciones (se trata de mantener el jardín no de deteriorarlo). 

En el exterior se ha reconstruido el pórtico lateral de madera que había desaparecido por completo y se han eliminado las capas de pintura que se fueron superponiendo hasta llegar a la capa original. 



En el jardín se pueden encontrar coquetos rincones, aunque casi todo él es realmente coqueto, ¿no dan unas ganas tremendas de sentarse en este banco con un libro de mil y pico páginas?


Volvemos hacia la ría, porque rodeándola por dos de sus lados, ya que aquí termina en forma de "L", se encuentra la Zona de Juegos (9), área en la que se encontraban instaladas durante la primavera y el verano dos atracciones, que datan de 1798: el Columpio, una barca de madera a modo de balancín, y el Juego de la Sortija, una especie de tiovivo formado por un pilar techado con cuatro barras horizontales que giraban sobre él y de las que colgaban dos caballos de madera y dos cestas de globo. No queda nada de los juegos, solo las bases y señales de algunos de sus postes, además la zona verde no estaba en un estado todo lo saludable que debería.  

Fernando VII visitó en jardín en 1816 y paso por esta zona de juegos (fácil es imaginarlo sentado sobre el caballito de juguete del tiovivo...sin maldad...). 


Un sendero desde la zona de juegos conduce directamente al Fortín (8), otro de los elementos singulares y a la vez más atractivos a nuestros ojos. En la garita se colocaba un muñeco vestido de soldado a tamaño natural. Hasta el fortín llega la ría artificial por la que se puede llegar navegando hasta el lago, pero nosotros no tenemos acceso ni a pie ni en barca.


Madoz lo detalla de la siguiente manera: “Hay un fuerte de figura triangular con baluartes, puentes estables, levadizo y foso de agua que lo circunda. Este fuerte está guarnecido por doce piezas de artillería de varios calibres con sus correspondientes arcas de municiones, con juegos de armas, asta, bandera y demás útiles de defensa y ornato”. 


Cerca del fortín se encuentra la Casa del Artillero (7), construida con apariencia de ruina, siguiendo los cánones del jardín tipo paisajista. 



En el punto donde estamos volvemos a girar hacia nuestra izquierda ya que en esta esquina superior del jardín se encuentra el Estanque de las Tencas (6), el más grande de los que se encuentran en el parque, que se encuentra sin agua y sin tencas, supongo que en mantenimiento y rehabilitación. 


Hasta aquí más o menos hemos visitado la mitad del jardín en aproximadamente una hora y cuarto, a paso tranquilo, sin prisas y disfrutando del entorno, las prisas para otro momento, que ahora estamos de capricho. En la siguiente entrega paseamos por la otra mitad del parque caprichoso de una duquesa con inquietudes.



9 de abril de 2012

España - Calçotada en Roda de Barà (Tarragona)

Al vent, con el calçot al vent

Más que un viaje hoy toca relatar una pequeña escapada, aprovechando esa línea férrea de alta velocidad que hace que no estemos tan lejos como parece y que además sea cómodo viajar. 

No hay piedras, no hay historia, pero hay vida, comida y sobre todo AMIGOS. De lo que puedo hablar es de los ingredientes necesarios, claro que de la amistad también se puede hablar y mucho, pero siempre es mejor actuar. 

Como estábamos en época, 17 de marzo, el plato principal fue una calçotada, que es típica de la zona de Valls en Tarragona, y ya que estábamos en la provincia que mejor que un buen homenaje para todos.

Para una buena calçotada unos buenos calçots, una variedad de cebolleta.


Leña para hacer un buen fuego. 


El fuego se pone en marcha. 


Y se colocan los calçots sobre la rejilla para que se hagan bien tiernos. 


Si hay un ingrediente primordial es tener un buen cocinero que esté pendiente para que no se queme la comida y con cuidado de no quemarse al meter la mano allí dentro, preparado con  guantes para evitarlo. 


En este momento lo que cuenta es la paciencia, esto no es cuestión de ponerlos y quitarlos, así que entre trago y trago, conversación y charla se nos va pasando la mañana y los calçots se van haciendo.



 Lo típico para acompañar una calçotada, aprovechando ese fuego y esas brasas, es carne "light": butifarra, morcilla, panceta. 



Por supuesto no puede faltar el pan tostado, aunque a estas rebanadas les falta "sucarles" (untar sacando el jugo) unos tomates con un chorrito de aceite para que estuvieran al punto perfecto. 


Los calçots una vez hechos se envuelven en papel de periódico y se dejan sobre una teja para que guarden el calor. Se suelen presentar sin el papel sobre la teja, pero como esto es una reunión de amigos la parafernalia se puede saltar, que al fin y al cabo lo que queríamos era comer. 


El calçot se pela para comerlo, es como quitarle un preservativo a la cebolla, porque solo se come lo tierno, la parte blanca, y las puntas verdes tampoco se comen. Con una mano sujetas por los tallos verdes y con la otra tiras de ellos, los quemados y negruzcos, para quitarlos.

Otro de los ingredientes importantes en una calçotada es la salsa, que es la salsa romescu o romesco que se elabora con tomate, pan, ajo, almendras, pimiento rojo, aceite y romero, por supuesto. Es una salsa de escándalo, en la que mojar el calçot es una delicia pero mojar el pan un auténtico pecado. 



Esta no es una comida para "delicados", porque el calçot está lleno de brasas y este es el resultado. 


Luego es el turno de la carne, que también se puede acompañar con unas mongetes, unas alubias blancas aliñadas con un chorro de aceite o no, pero nosotros también nos saltamos las legumbres y directamente fuímos a la grasa. 

No hay nada como una buena comida en buena compañía. ¡Buen provecho!, ¡Bon profit!

 

26 de marzo de 2012

España - Ráfales/Ráfels (Teruel)


Sin molino pero con aceite

Se nos termina el tiempo de vacaciones que estamos disfrutando a ritmo lento en la comarca del Matarraña, hoy volvemos a Madrid pero lo haremos viajando, que es lo que más nos gusta. Una casi norma establecida es que los viajes de ida en carretera los hacemos por la ruta más rápida y fácil pero la vuelta, dado que solemos ser madrugadores, nos gusta descubrir y explorar, aunque sea a vista rápida, nuevos lugares si nuestros compromisos y nuestro tiempo nos lo permiten. 

En esta ocasión salimos más tarde de lo previsto del hotel porque estuvimos de una gratificante conversación de desayuno, chefs de prestigio, maîtres de sabiduría en gin tonics y otros aspectos de la buena vida, clientes gastronómicos, clientes senderistas y nosotros, que somos un poco de todo, libamos de todos los aspectos posibles. 

Salimos del hotel a la A-1414 en dirección a Monroyo y a poca distancia surge una carretera, que no figura en el mapa de la guía Repsol de este año 2012 (tan nueva no puede ser para que no aparezca en este mapa...digo yo), que conduce a Ráfales, y allá que nos vamos. El paraje de esta carretera merece la pena, sigue el curso del río Tastavins, que desgraciadamente no lleva caudal de agua suficiente para verlo en esplendor, pero por el que sin duda merecerá la pena realizar rutas para caminar. 

Llegamos a Ráfales, cuyo casco urbano se ubica entre las cuencas de los ríos Tastavins y Guadalope.

Su historia es similar a la que hemos leído de otros pueblos, pero en esta ocasión no la encuentro escrita en la red. En la comarca del Matarraña se encuentran poblados paleolíticos, yacimientos del neolítico, vestigios romanos, algunos restos musulmanes, que dejaron numerosos topónimos. A partir de la reconquista llega la Orden de Calatrava, la guerra de Sucesión, las guerras carlistas, la guerra civil…demasiadas guerras. 

Antes de entrar al casco urbano hacemos una primera parada en el Molí de l’Hereu, un hotel en el que además se ha instalado un museo del aceite, pero nuestro gozo aceitero en un pozo, estaban de merecidas vacaciones y no pudimos visitarlo. Justo enfrente de este antiguo molino se halla un Jardín Botánico, pero aquí nuestra decisión fue dejarlo pendiente y entrar en la población.

Según vamos entrando volvemos a salir ya que seguimos la indicación que conduce a la Ermita de San Rafael, una construcción del siglo XVIII. 


La puerta de acceso se encuentra protegida por un porche adintelado y adosada a la ermita se encuentra la casa del ermitaño. 


La zona alrededor de la ermita tiene bastantes mesas de picnic o merenderos que no todo va a ser anglicismos teniendo nuestro propio vocabulario, lo que deja constancia que debe ser un lugar recurrente para pasar los días de buen tiempo. Y por supuesto, al estar en el cerro de San Rafael volvemos a tener vistas sobre el paisaje circundante.


Ahora ya sí entramos en el casco urbano, entrando directamente en la plaza Mayor, donde hay una fuente y donde destacan sobre todo las fachadas azulonas de algunas casas. 


En la plaza, aparte de los propios edificios que la rodean, destaca la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, construida en el siglo XIV sobre la base de otra iglesia que se comenzó a construir en el siglo XIII. 


Las obras se paralizaron en 1348 por una terrible peste, finalizando esta primera etapa constructiva a finales del siglo XV. En el siglo XVI se construyó un segundo tramo y finalmente en el XVII se amplió y se añadieron la portada, el torreón y la espadaña. 


Durante la Guerra Civil se destruyeron las imágenes del interior y fue utilizada como almacén por los anarcosindicalistas, ensanchando la portada para permitir el paso de camiones, siendo restituida a su forma original en una restauración.

En esta ocasión sí rodeamos la iglesia  para descubrir por la parte de atrás una escultura moderna, que aunque no nos desagrada nos impacta, supongo que en ciudades europeas más grandes estamos acostumbrados a estos contrastes pero no lo esperábamos en un pueblo de esta comarca (la escultura asoma en la parte izquierda de la foto).


Y descubrimos sus pequeños o grandes detalles, como una una ventana gótica.  



Lo que no hicimos, y es para hacerlo, es mirar bien sus curiosos canecillos, yo con la vista, propia de mi edad, no fui capaz de distinguirlos pero con el objetivo de la cámara se hubiera podido hacer. Uno de ellos es de los extrañamente eróticos que decoran muchas iglesias, en esta ocasión un falo bien grande con dos caras a los lados. 

La calle que baja desde la iglesia presenta soportales a los dos lados 


En los soportales del lado izquierdo se encuentra la Casa Consistorial que como ya viene siendo regla general presenta una Lonja, y en este caso se encuentra adosada a la muralla y a uno de sus portales de entrada a la villa. Fue edificada entre 1575 y 1589 en estilo renacentista. 


Junto a la Casa Consistorial se encuentra la cárcel, cuya puerta nos parece más baja y estrecha que las que hemos visto en otros pueblos, y esto ya es mucho porque ninguna se ha destacado por su amplitud. 


Si se continúa recto, pasando bajo el Ayuntamiento, se llega al Portal del Abrevadero, que recuerda el importante pasado que ejerció la ganadería pastoril en la comarca, ya que dentro del casco urbano existían corrales para las ovejas. 


Saliendo por este portal se sale también de la villa. 


Si por el contrario se gira a la izquierda en una composición arquitectónica de arcos (bonito rincón). Se entra por el Portal de San Roque, con una capilla dedicada al santo. El portal fue edificado posiblemente en el siglo XIV, añadiéndose posteriormente la capilla en estilo barroco en uno de sus laterales. 


Pasado el portal continuamos la calle disfrutando de su arquitectura, con casas pintadas en azulón, con calles transversales a modo de los típicos pasadizos cubiertos...con todo lo típico pero que nos sigue encandilando.




Tomamos la calle del Castillo, que conduce a lo que queda del mismo. Se entra al castillo por una portada en arco sobre la que se encuentra el escudo de la Orden de Calatrava.


En 1337 el rey Pedro IV el Ceremonioso otorgó a Ráfales el título de villa y la Orden de Calatrava mandó construir este castillo, seguramente sobre una edificación árabe. Del castillo quedan restos de paredes en el patio de armas, el arco de entrada, escudos con la cruz de los calatravos y uno con tres conchas. 




Tras perder su función defensiva el castillo acogió el hospital y el pósito municipal. Posteriormente se habitó como vivienda particular y corrales. De estas modificaciones supongo que surgió el balcón de madera en curva sobre la puerta de entrada. 


En una puerta lateral nos llaman la atención unos detalles bonitos de los que nuestra mente nos trae recuerdos de nuestros pueblos y de sus llaves imposibles de llevar en el bolso o en el bolsillo.


Volvemos a callejear por la villa para seguir descubriendo sus lugares, en este caso los recuerdos son de los hórreos gallegos, en menor escala y medida, pero parece que la función y utilidad son parecidas.  


Con esto finalizamos nuestra visita por Ráfales, por la comarca del Matarraña y el Maestrazgo y emprendemos el camino de vuelta hacia Madrid dando un pequeño rodeo. Por la TE-V-3005 salimos a la N-232, carretera que tomamos en dirección a Morella, pasando por la ya conocida Monroyo, a cuyas afueras hay uno de esos hoteles con encanto, aparte de curioso, con buena gastronomía al parecer, Consolación.

Pasamos por Morella, ya en la provincia de Castellón para volver a admirarla desde un mirador en la carretera, ya la habíamos visitado y nos dejo muy buen recuerdo, otra de las visitas que hay que apuntarse. 


Pasado Morella tomamos la CV-12 hasta su cruce con la CV-15 que tomamos en dirección hacia Villafranca del Cid, dejando pendiente la visión de Ares del Maestre, un pueblo que en nuestra visita anterior nos sorprendió por su ubicación y por su frío. Pasado Villafranca del Cid continuamos por la A-227 hasta Cantavieja, de nuevo en la provincia de Teruel, donde no hubo unanimidad para quedarnos a comer, grato recuerdo gastronómico tenemos de esta localidad, así como arquitectónico e histórico. 


Pasado Cantavieja, por la A-226 se encuentra el Puerto del Cuarto, donde paramos a comer con las viandas que gustosamente nos habían obsequiado en hotel La Torre del Visco, previa compra de unas barras de pan de leña en Villafranca del Cid creo recordar. 


Continuamos por la A-226 hasta Teruel, donde pretendíamos tomar un café, pero como fue imposible aparcar acabamos dando unas vueltas por la ciudad, que nos pareció increíble, con unos lugares magníficos, no en vano es la ciudad del mudéjar, pero aparte de esto tiene otros encantos, o eso nos pareció. 

Desde Teruel tomamos la autovía A-23 hasta Monreal del Campo y allí tomar la N-211 para hacer la vuelta por el camino de ida. 


Llegamos a Madrid felices y contentos, han sido cinco días gratificantes visual y gastronómicamente, además por primera vez hemos ido relajados, lo que se entiende como vacaciones por regla general, y nos ha sentado muy bien. Nuestras almas siguen doloridas porque hay heridas que sólo el tiempo ayuda a cicatrizar para que no sangren, pero entendemos que la vida sigue y ella nos lo ha enseñado demasiado bien, en lo bueno y en lo malo. 

El Maestrazgo, la comarca del Matarraña son zonas a descubrir y con las que maravillarse en sus parajes y villas, y es que TERUEL EXISTE y que nuestros ojos puedan seguir viéndolo.